Qué cerca pasa la esperanza por las casas’e cartón-tabla-zinc (II)

Los primeros 30.000 ladrillos que le regalaron a Guillermo Romero Salamanca para que arrancara una obra social, fueron llevados a Ciudad Bolívar en tres viajes de 10.000 cada uno. El camión era un doble troque y tenía capacidad para cargar solo 10.000.

     Había de primar el gris, no solo por el cielo nublado o por la carencia casi absoluta de los más mínimos e indispensables servicios básicos…

     Un gris que —más allá de lo físico— se percibe a través de los ojos del alma, sí, pero ni siquiera por la imperiosa necesidad de abrirse paso, entre el hedor imperante, con las narices untadas de ACPM…

     Me refiero al gris de la desesperanza, casi tangible e incluso fétido, enrollado en los estados de ánimo de humanos vivientes en muchos sitios de la sabana, en la geografía bogotana, con extensión a otros puntos de Cundinamarca.

     Gente que vive presionada por su mismísima vida.

     Habitantes de terrenos de invasión, en los cuales nadie tiene escrituras: una figurada torre de Babel, no idiomática sino socio-étnica-multi-cultural, como condición de vida que ha dejado asentar un indolente Estado, el colombiano, para un amplio sector de su gente.

     Apretuja de todo, sin distingo entre víctimas de la violencia en todas sus formas. Los hay desplazados, desmovilizados, reinsertados, exguerrilleros, exparamilitares, lo que se quiera —una comunidad negra por acá, la otra de indios por allá—, los hay transgéneros, homosexuales, lesbianas, gente con hijos, abuelos y abuelas, jóvenes sin oficio, niños millonarios en lombrices e infecciones, de todo: un inmenso trozo de la sociedad colombiana que, en su día a día, difícilmente encuentra modos de paliar el frío. Mucho menos el hambre. Hoy es lo mismo que ayer: ¡un mundo sin mañana!

     Y hasta pudiera creerse y decir que se trata de una comunidad normal, con la inevitable aclaración de que es una

comunidad normal, sí, pero repleta de anormalidades.

     Era 13 de abril de 2014 cuando, en medio de tarde gris para un impresionante aguacero —que no dejaba ver lo existente a 50 centímetros de distancia—, aquel periodista, que calzaba tenis, llegó por primera vez a Cazucá, localidad 4 de Soacha. Quiso caminar bajo el diluvio y, al poner pie en tierra, se fue de culo. “Ese fue mi bautizo”, dice, precisando que rodó un buen tramo por el lodazal.

     Y sigamos haciéndole, pues, a este interesante ejercicio,

En una selfie sin mucho dominio en la materia, Orellano y Romero Salamanca: dúo periodístico para este seriado croniquero e intertextualizado.

creo, de intertextualización  sobre la narración —una entrevista, con sus preguntas y respuestas— que, sobre su experiencia como gestor social en barrios de miseria absoluta, me ha hecho el colega.

     El olor era insoportable —ese mal olor que no se quita del olfato, que, aunque se salga de la zona afectada, persiste en los sentidos e igual al otro día: nauseabundo, asqueroso, para ponerse a pensar en la infección que un visitante se puede ganar allí—, pero los habitantes lo soportan como si nada.

     En el lugar no hay alcantarillado. En medio de un aguacero, los arroyos arrastran de todo, la mierda física en primer orden. “Me metí en una casita, a guarecerme del aguacero —qué triste, se oye la lluvia/ en las casas de…—, pero tuve que salirme porque me mojaba más adentro que afuera. Pasó el aguacero, me puse a caminar por las ‘calles’ de ese barrio y salí de allí con barro-mierda hasta las orejas”, narra el periodista, citadino, residente en

Bogotá, estrato 4…

     De allí, sin embargo, salió enamorado. Enamorado del barrio y de la oportunidad que se le abría para llevar su obra social hasta Cazucá, para acercarles la esperanza a esa gente que, de tanto sufrir —mira que mucho ha sufrir/, mira que pesa el sufrir/— se volvió incrédula: porque han sufrido mucho, les ha tocado huir, correr de un lado para el otro, el peso de las amenazas, la mala convivencia con vecinos, las muertes en medio de las guerras, el micro-

narcotráfico, ¡cuántavaina! Eso sí, el periodista se previno primero: nunca más volvería a rodar de culo por las calles de Cazucá, en Soacha; ni del Divino Niño y los 

Material rocoso para cimentar una obra que ha mejorado viviendas en 20 barrios de Ciudad Bolívar y 15 municipios de Cundinamarca. Con botas especiales se armó Romero Salamanca para estar el frente de este programa que lidera con apoyo de algunas empresas privadas.

altos del Divino Niño, ni del Machuelo y el Minuto de María, ni de Acapulco y Monterrey, ni de El tesoro y El tesorito, ni de Arabia y Bellaflor, sectores de Ciudad Bolívar, en Bogotá; ni de El progreso, en Cazucá… Jamás volvería a rodar de cúbito dorsal por fangales de otras calles en los 20 barrios de Ciudad Bolívar y los 15 municipios de Cundinamarca que han sido beneficiados con la misión del hombre. Su prevención consistió en comprarse un par de botas ‘fangaleras’ con punta de acero, “las primeras que calcé en mi vida”.

     Y cuenta: “Esas botas pesan como un berraco, pero hay que cargarlas. Con esto, se reafirmó mi enamoramiento por ese barrio, Cazucá… Es que yo miraba para todas partes y era polisombra, eran tablas, latas, cartón, y ver esos niños famélicos, en algunos sectores con sarna, con infecciones —todas las que tú quieras—, aquellas caras de abatimiento, ver esas mujeres, ver a esa gente abrazando la desesperanza… ¡Uf!... Y entonces yo les dije: «Puedo conseguirles un ladrillo en estas condiciones» y la gente me dijo: «Bueno, listo».

     Para cuando sucedió el pasaje en las calles-fangal de Cazucá, el periodista Guillermo Romero Salamanca ya llevaba un año largo en esos ajetreos muy distantes de su profesión, de su cotidianidad, de este oficio que no deja de sentarlo, todos los santos días, frente al computador, en su casa de Colina Campestre, para que produzca periodismo, para que escriba la columna diaria ‘Empápate’, por ejemplo: píldoras informativas, incluso con ‘chivas’, con motivo de la visita del Papa Francisco a Colombia.

     Hacía el encuentro con esa misión social que cumple con orgullo desde hace cuatro años, lo había llevado Transmilenio. Pero no como usuario, no como pasajero. Se había vinculado como gestor social al Sistema Integrado de Transporte Público de Bogota, D.C., pero ese enganche laboral no lo satisfizo de arrancada.

     “Me engañaron, porque me dijeron que iban a darme la localidad

Guillermo Romero Salamanca

de Suba, pero cuando llegué a Transmilenio me cambiaron la

perspectiva, me mandaron para Ciudad Bolívar, porque nadie quería atender ese vasto y heterogéneo sector”, dice.

         Y es que con todo lo que se dice sobre el diario vivir en esa ‘ciudad’ dentro de la Gran Ciudad, no hay forma de evitar el susto. Y es que se dicen tantas cosas negativas del anchísimo lugar —la degradación social, la ley del más fuerte, impuesta a punta de amenazas, el atracador, el violador, el asesino sin corazón—, que incluso hasta la perspectiva de saber dónde queda se diluye en los afluentes del miedo.

     Cuando Transmilenio lo mandó trabajar a Ciudad Bolívar, Romero Salamanca —un bogotano de mucho más de medio siglo viviendo en Bogotá— ¡ni siquiera sabía el punto cardinal dónde queda el lugar en el cual iba a laborar! “Apenas llegué me hice amigo de un colega que trabaja a favor de la localidad y el comenzó a mostrarme Ciudad Bolívar, todo lo que es Ciudad Bolívar. Días después conocí los presidentes de las juntas de acción comunal y me fueron mostrando la otra Ciudad Bolívar”, precisa el periodista.

     Son dos Ciudad Bolívar, literalmente opuestas: “Una buena y la otra mala, sin términos medios”. Y lo reiteramos: “Sí, claro, lógico, la administración muestra lo mejor, las mejores callecitas, los mejores barrios, lo pasea a uno

por donde puede entrar el carro, «no hay ningún problema»”, dice Guillermo que piensa el gobierno.

La otra Ciudad Bolívar, la mala, la esconde el Estado dentro de su discurso de gobierno alegando equilibrio, inclusión y sentido social.

Un antes y un después… No pertenecen a la misma vivienda, pero proyectan una clara idea de lo que se ejecuta, desde el sector privado, en barrios de pobreza de Bogotá y el departamento.

     En compañía del presidente de la junta que, de una, llevó al

periodista a los puntos que debe ser, se entra a El tesoro, El tesorito, Arabia, Bellaflor —¡qué ironía! ¡vaya nombres para la pobreza extrema, que hasta pudiera calificarse de ‘sostenible’!—, barriadas donde el citadino choca con otra realidad de la pobreza: personas desplazadas, mujeres en situación de prostitución, de abandono, de casas hechas con lata, con tablas, con cartón, con polisombra verde. “Y, entonces, uno dice: «Bueno, ¿y aquí qué pasó? ¿Dónde está el Estado?» Es la que uno ve en todo el país, pero que se refleja con más crudeza cuando uno la respira y la vive por ratos en sitios de Ciudad Bolívar. O en Cazucá”.

     Se habían escrito las razones para que el periodista se retirara de Transmilenio. Dios lo tenía indicado para otros oficios, para otros menesteres en la vida, para que se convirtiera en Su Instrumento para ejercer justicia social y activar programas de mejoramiento de vivienda, para que fuera y proclamara, aquí, allá y acullá, que… “¡Qué cerca, pasa la esperanza por las casas’e cartón, de tabla, de zinc, de polisombra verde!”.

     Fue y habló con un amigo residente en Zipaquirá. El tema fue uno solo: ese inmenso puñado de colombianos que vive muy mal, en unas condiciones de vida muy difíciles, sobre todo en viviendas hechas con pedazos de tablas, con latas, con polisombra verde, con cartón, sin pisos de cemento, sin baño, sin letrina y hasta sin luz artificial, transcurridos ya 17 años del siglo XXI, cuando la aldea hace rato se volvió global, la visión futurista del mundo, por parte de Marshall McLuhan, ante la veloz evolución de las comunicaciones: la televisión, la radio, otros medios, la informática y ahora las nuevas tecnologías —la ciber autopista—, transformando el planeta Tierra en una descomunal aldea cuyos aldeanos se enteran inmediatamente de lo que ocurre a decenas de miles de kilómetros de distancia gracias a las dimensiones reducidas del entorno donde viven como consecuencia de la vertiginosa velocidad

a que viajan las comunicaciones.

     En infinidad de sitios de la aldea ya globalizada, persiste la miseria a la que hace 44 años le cantó Alí Primera, la miseria aquella de Petare, aquella de los cordones tuguriales de Caracas, esos mismos que, igualitos, siguen allí…

     Y aquí en Bogotá, hay —muy reiterativo lo cuenta Romero Salamanca tras haberlo presenciado y vivido durante los últimos cuatro años— familias que orinan y cagan en tarros porque no cuentan con un sanitario ni con una ducha bajo la

El plan ‘recuperación de la esperanza’ en sitios de extrema pobreza en Bogotá y Cundinamarca surte efectos. Más iluminación entre el gris de la desesperanza —como se quisiera decir ‘esos ojos bañados de luz’— no tiene forma de ponerse en duda. Raza negra en procura de sentirse bien.

cual puedan bañarse dignamente y no encima de un costal.

     Mientras departían en torno a un tinto en una cafetería allí en

Zipaquirá, los dos amigos no se preocupaban por hablar despacio. Otros dos parroquianos que también tomaban tinto allí, desconocidos para aquellos, como que lo escucharon todo. Uno de ellos se fue hasta la mesa del periodista y su amigo de Zipaquirá y, sin mediar palabras, dijo: “¡Te regalo 10.000 ladrillos!”… El otro también se vino y sumó: “Yo te doy 20.000”.

     Guillermo Romero Salamanca se atortoló: ¡30 mil ladrillos! “¿Yo qué hago con 30.000 ladrillos?”, se preguntó. “Imagínate que yo te dijera en este momento: «Viejo José, te regalo 30.000 ladrillos»”. ¿Tú qué harías?”.

     Guardo silencio y prefiero seguir encauzado en los pormenores de este pasaje de la historia: Guillermo les dijo “muchas gracias” a los desconocidos… Estos le dijeron “no hay de qué, pase usted cuando quiera”. Y cada uno le dejó la tarjeta de presentación. “Toda la vida he sido periodista, qué iba a saber de cargamentos de ladrillos, ni de camiones para recoger 30.000 rectángulos rojos de arcilla, en dos sitios distintos. ¿Cómo llevarlos? ¿Qué hacer? ¡Programación en cero!, pero se me ocurrió llamar a una lideresa de Ciudad Bolívar, Inés, y le dije: «Me regalaron 30.000 ladrillos»«¡Tráigalos!», me contestó. Pero eso de «¡Tráigalos!» suena a todo un paseo. Después fue a buscar el camión y comenzó a hablar con camioneros, con uno, con el otro, con uno más y les decía: «Oiga,

necesitamos llevar 30.000 ladrillos a Ciudad Bolívar»

     «¿A dónde?», me preguntaban con inocultable malicia.

     «A Ciudad Bolívar», volvía a decirles.

     «No, yo por allá no voy»… ¡Y nada los movía!”.

     De tanto buscar e insistir, encontró por fin el camionero ideal —Corazón tan disparado… Pero yo voy con cuidado… No me arriesgo en marcha suelta—: Rafael Salazar, un conocido. Guillermo le dijo: “Venga, viejo Rafa, vamos a llevar unos ladrillos a Ciudad Bolívar”. El hombre le

contestó: «Yo voy si me paga por adelantado y si me

Estado de muchas calles en Cazucá. Cuando llueve, son pistas de lodo para el patinaje no deseado…

acompaña, porque a mí me da mucho miedo ir solo por allá».

     El periodista bogotano le dijo: “Listo, vamos” y se fueron a cargar el ladrillo. Al día siguiente, a las 3:30 de la madrugada, Salazar recogió a Romero Sampayo en la calle 138 con Autopista Norte y partieron hacia Ciudad Bolívar. A las 5:30, cuando el resplandor alborear aun demoraba en asomarse por el horizonte, llegaron. La gente no se había levantado y les tocó hacer de despertador…

     “Repartimos un primer viaje de ladrillos… Después tocó hacer otro, porque en ese momento el camión era un doble troque y no le cabían sino 10.000… Tocó hacer otro viaje y uno más hasta completar los 30.000 que me habían donado”, precisa Guillermo.

     Precavido como es, hizo reportería: anotó nombres de los receptores de la carga, el número de la cédula de ciudadanía y el número de teléfono móvil, tomó fotos y armó un paquete informativo para los ladrilleros, los propietarios de Tablegres y de Gredos —aquellos desconocidos en la cafetería de Zipaquirá—. Les entregó la prueba de la entrega que había hecho y les dijo: “Aquí tienen su informe, los puse a buen recaudo, porque… ¿Qué hago yo con 30.000 ladrillos? Y en mi casa, en conjunto residencial, no puedo guardarlos”.

     «¿Ya terminó?», le dijeron los propietarios de la ladrillera Tablegres y de Adoquín Bloque Estructural Gredos Ltda. «¡Ahí tiene 30.000 ladrillos más».

     “¿Cómo?”, se preguntó sorprendido Guillermo Romero Salamanca…

     De esa manera se había puesto la primera piedra para la construcción de un programa social que, con el transcurrir de los meses, había de llamarse ‘Ladrillo verde’, verde como la esperanza… Como esa esperanza que, entonces, comenzaba a acercarse a las casas’e cartón, de tabla, de zinc, de polisombra verde…

     Comenzaba una lucha entre el verde de la esperanza vs el gris de un pesimismo muy mal enquistado…

Continuará