Cuento largo o novela corta de JJ (VII y VIII)

     Patricia entre tanto, con su juventud había atraído a pesar de su estado, la atención del joven estudiante de leyes. Cada domingo, cuando las campanas de la Iglesia del Carmen hacían el llamado para la misa de once, burlando vigilancias y saltando cercas, Luis Miguel visitaba religiosamente a quien le había robado la tranquilidad.

     Como un rito, ella rasgaba la guitarra y empezaba a recitar con su voz delicada y cadenciosa, versos del poeta gitano. Y en un transportarse a sitios no descubiertos en su alma, el muchacho se enredaba más en sentimientos que le arrebataban su estado mental.

     “Canta mujer, canta solo para mí, pues en tu voz, la cordura pierdo y cada vez siento más que te quiero”, le decía Luis mí, como la niña ya le llamaba.

     Y sin hacerse rogar, la amada combinaba poemas, con otras delicadas canciones que al Romeo arrebataban. Los dos en delirio total, a unir sus cuerpos entregaban, sin importar las redondeces que la incipiente gravidez iba mostrando. Era una pasión loca y los mutuos adoradores, alcanzaban éxtasis inimaginables en ese marco del jardín

de flores coloradas.

     Y con ese amor surgido en medio de las matas de las trinitarias florecidas, tomaron la determinación de unirse en matrimonio. La madre aún atribulada por la tragedia que le había sacudido años atrás, no tuvo más que consentir ese romance que para la gente del común, resultaría extraño. Sin embargo, Luis Miguel, arropado por las fuerzas de una querencia sin fronteras, tomó para sí la paternidad del ser que la joven llevaba en sus entrañas.

     La familia de Luis Miguel, al principio se mostró opuesta a semejante locura. Pero con los días y ante la actitud decidida del mozuelo, quebraron resistencias. Además, había logrado superar los exámenes para titularse de abogado y con esta muestra de responsabilidad derribó uno de los obstáculos que podían ser usados en su contra. El otro, sería la crítica de una sociedad bastante pacata para esos tiempos, pero venciendo hipocresías y orgullos falsos, esta talanquera pronto cayó para felicidad de los ardientes novios.

     La unión se llevó a cabo en la Iglesia de la Virgen del Carmen en la misa de las cinco de la mañana de un domingo alegre. Ella, orgullosa y vestida de blanco, lucía su preñez con cierta discreción, ante la presencia de las dos familias y los pocos feligreses madrugadores, que no estaban enterados de la ceremonia. Para la época, resultaba intolerable

esta clase de ceremonias que podían hacer recobrar el regreso de la niña al entorno social sin que hubiese críticas de índole alguna. Pero si las familias lucían radiantes, poco importaba lo que el común de las gentes pensara.

     Además, porque suponía Patricia los motivos de la ausencia del amado. Algo le decía que había sido atrapado por el enfrentamiento entre republicanos y franquistas. De otro lado, los dictados del corazón le decían que el retorno era imposible, por lo que no hubo barrera alguna que le impidiera obedecer el camino nuevo que el destino le había trazado.

     “Viviremos por algún tiempo en Puerto, mientras tiene lugar el alumbramiento. Después veremos cómo va marchando tu profesión”, había sentenciado la hermosa Dulcinea, previa conversación con su madre.

     —Será mejor así. Trabajaré algunos negocios con mi padre y vendré por la tarde, para pasar la noche acá. Los sábados y domingos permaneceremos juntos, en el cuarto del fondo, donde nos conocimos —dijo Luis Miguel, aceptando de entrada cierta conducta que se conservaría durante los incontables años siguientes.

      Los fines de semana ayudaban en la atención de los huéspedes y los domingos asistían a misa de once, bajo la mirada escrutadora de los vecinos que poco a poco fueron aceptando a la pareja. Sobre todo, por cuanto en ellos se reflejaba un inmenso y poderoso amor que desarmaba a cualquiera y porque desde el patio de las matas rojas y bermesí, les llegaban a todos, llevadas por la brisa, las notas alegres de una guitarra y la melodiosa garganta de Patricia Garcés con sus canciones gitanas:

     La luna vino a la fragua/con su polisón de nardos. /El niño la mira, mira. /El niño la está mirando. /En el aire conmovido/ mueve la luna sus brazos/y enseña, lubrica y pura/ sus senos de duro estaño. / Huye luna, luna, luna. / Si vinieran los gitanos, /harían con tu corazón/ collares y anillos blancos….

     (Fragmento del poema Romance de la Luna Luna de F. García Lorca.)

     La lumbre del cigarrillo debía ser cubierta con la mano, cuando se fumaba en horas de la noche. La recomendación la habían dado los superiores del soldado que en la madrugada custodiaba el campamento del batallón republicano en las afueras de Granada. Juan Carlos Aragonés a veces olvidaba esta regla porque su pensamiento se encontraba lejos, al otro lado del Atlántico.

     Hacía pocos días, una punzada en el pecho le había hecho doblar casi hasta tocar el suelo, cuando recordó la forma infame que asesinaron a Federico García Lorca. Había sido fusilado sin fórmula de juicio y sus verdugos le arrastraron, cubierto de sangre, para enterrarle en una fosa común. Como queriendo sepultar lo que había sido y las hermosas poesías que hablaban de gitanerías, de lunas amorosas, de casadas infieles y de hermanos bíblicos pecadores por pasión y lujuria. Desde ese momento, la imagen del poeta no se apartaba de su mente. Tenía un apego casi religioso, con los escritos del recientemente inmolado bardo.

     Y esto solo lograba regresar a los recuerdos de la mujercita que por azar del destino había conocido y en solo unos pocos días se le había metido en el alma allá, en un pequeño puerto colombiano. Se propuso sobrevivir a la guerra y mientras tanto se alimentaba de ese amor y de los versos del poeta granadino.

     Noche arriba los dos con luna llena/ yo me puse a llorar y tú reías. /Tu desdén era un dios/ las quejas mías/momentos y palomas en cadena. 

     Terminada la guerra civil, Juan Carlos Aragonés decidió regresar en busca de ese amor perdido en una costa lejana de Colombia. Por fortuna, sus padres sobrevivieron a la catástrofe y habiendo logrado salvar

algo de su gran patrimonio, entregaron al ansioso excapitán parte de sus riquezas con la idea de que el hijo comenzara una nueva existencia lejos de los horrores de algo que había desecho a su tierra natal y la vida de todos. Nunca había logrado restablecer la comunicación con la amada perdida, pero esa decisión no sería de fácil consecución, pues habiendo militado en los grupos que respaldaban al gobierno republicano, empezaron a darse las represalias contra los vencidos y él se encontraba, precisamente, en este grupo amenazado.

     Empezaron los fusilamientos y la persecución de civiles, de un poder militar que estaba en cabeza del General Francisco Franco, quien después del 1° de abril de 1939, final de la Guerra Civil, inició una vendetta que llevó al exilio a más de 400 mil españoles, a las cárceles un estimado de 270 mil presos y a la muerte, a cerca de 50 mil peninsulares ejecutados por el régimen. Para colmo, estaba en efervescencia la Segunda Guerra Mundial. Corría el año 1940 y ya Alemania había invadido Polonia un año atrás. Italianos y españoles tenían su bando claro, junto a las tropas de Hitler.

     Todo un panorama desalentador para el marino con un amor lejano, pero su afán de regreso no tenía modo de ser contenido. Eludió como pudo los miles de trampas del Generalísimo, evadió los retenes de la guardia civil y, como pudo, llegó a Bilbao, atravesando toda la península hacia el norte, buscando la salida más alejada de Granada. Viejo conocido de tripulaciones mercantes, logró un angustioso cupo en un viejo carguero de bandera panameña, cuyo capitán le encomendó en las noches otear el mar en busca de submarinos teutones que les pudiera hundir.

     En sus valijas, un cargamento de libros de García Lorca para la amada incierta. Juan Carlos a la par que trataba de distinguir alguna señal de alarma que denunciase la presencia de alguna nave poco amistosa en su superficie, iba recordando las pocas noches de pasión que había vivido en una tranquila aldea perdida en la Bahía de Cupino. Era esa la paz, volcán que ahora perseguía y que se había convertido en su objetivo.

     Noches y días interminables de zozobra que solo se calmaron cuando avistó El Cabo de la Vela. Sabía que al voltear esa tierra guajira que se entierra como un puño en el mar, estaría a menos de un día de Puerto Colombia. Pero, había algo que ignoraba el bravo capitán y que los acontecimientos le irían poco a poco revelando.

     A la altura de Santa Marta, el navío empezó a acercarse hacia la Costa. Era obvio que el rumbo no era el indicado años atrás cuando dirigía El Almería. Inició una ruta diferente.

     A la distancia y con los catalejos que aún pendían de su cuello, observó como una mancha de barro ancha e impetuosa que se iba internando en el océano. Casi dos o tres millas, mar adentro. Llevaba mucha fuerza. En el centro de la misma, un pequeño remolcador amenazaba con irse a pique y hacía señales dirigidas al buque de carga. Pensó que era una emergencia y que tendrían que acudir al salvamento del pequeño bote, pues El Titán II, que así estaba bautizado el vapor, se dirigió en línea recta al sitio del posible naufragio.

     Subió a toda prisa hasta el puente de mando para ponerse a órdenes del capitán Joseph Corner y ayudar en lo posible a los tripulantes en problemas.

     Falsa alarma, pues se trataba de los arriesgados oficiales del Puerto de Barranquilla que pedían autorización para subir al barco a uno de sus prácticos con el fin de guiar por el canal navegable de Bocas de Ceniza a ese gigante que venía del Puerto de Barcelona y que entraba al Rio Magdalena para atracar horas más tarde en el muelle principal de la ciudad.

     Entonces y solo en ese momento, se enteró que aquel coloso de hierro y cemento de sus pesares, había pasado a ser únicamente una atracción turística de fin de semana.

     Y vino a su memoria un trozo del bardo de Granada, cuando un par de lágrimas asomaban a sus pupilas:

     El otoño vendrá con caracolas, /uva de niebla y monjes agrupados, /pero nadie querrá mirar tus ojos /porque te has muerto para siempre.

     Porque te has muerto para siempre, /como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan/en un montón de perros apagados. 

     (Fragmento del poema ‘Alma ausente’ de F. García Lorca)

Continuará con... Un puerto desconocido y Con los corazones a flor de piel

Agosto: 81 años del fusilamiento del poeta

Ilustración tomada de http://www.humanidades.ues.edu.sv difundida en 2015 con motivo de los 79 años del fusilamiento, a manos de la dictadura franquista, del polifacético artista, poeta y dramaturgo español Federico García Lorca. Salvaje acción ejecutada el 19 de agosto de 1936, en Alfacar, España. Hace 81 años.