Ante dos países: el de papeles y el real…

     Un chiste común dice que en Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos.

     Es un chiste que ha deambulado por salones, pasillos y sitios públicos, entre dientes y bajo la manga. Es un chiste que revestido de mamadera de gallo va en serio y configura una “identidad externa”, foránea, retórica y esquizofrénica denominada paria. Un paria es aquel que discrimina al cercano y adula al lejano, reconoce estereotipos que desconocen o niegan sus peculiaridades y los rasgos de su cultura y raza. Paria es aquel que discrimina al vecino, por tener una marca nueva de un carro, computador o celular, y se va a los Estados Unidos a lavar platos y baños, pero de regreso a su país invierte en un apartamento y dice que trabajo en la Nasa.

     Después de siglos de un esfuerzo vergonzoso por fingir lo que no somos, ha llegado la hora de parecernos a nosotros y no a los otros. Esto implica abandonar los estereotipos por las culturas foráneas. Ahora, cuando la constitución del 91 reconoce que somos una sociedad multiétnica y multicultural, es urgente reconocernos en el mestizaje que nos avergonzó por siglos, por no ser blancos como los europeos. Aquí, cada vez que había una cumbre, corríamos a esconder a los negros, a los indios, a los bobos y mendigos y a posar de acuerdo con los gustos y gestos europeos. Como bien dijo Martí, éramos una máscara con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. En suma, una visión distorsionada producto de tres siglos de

colonización y otros dos de República independiente.

     Si miramos aguas arriba para comprender los orígenes históricos de la distorsión que padecemos, lo primero que salta a la vista, es la práctica de la intolerancia desde los tiempos coloniales. Lo primero que expresan algunos de los cronistas de indias, en especial Juan de Castellanos, es como los españoles empezaron a mirar por encima del hombro las prácticas y rituales de los nativos, la risa burlona que les producía ver como los indígenas veneraban sus dioses como a Bochica y Bachue, en torno a la cascada del Tequendama, como danzaban en torno a ella. Todo ese mundo de raíces mágicas que aun reposan en el inconsciente colectivo de los pueblos originarios fue burlado por el colonizador. Lo que no sabían los españoles es que, a su vez, los nativos tenían la misma impresión de ellos al verlos agachados orándoles a dos palos cruzados —la cruz—. ¿Qué empezó a configurarse allí? Una cultura que se impone y niega la otra y la otra que, aunque simula la impuesta, empieza a practicar la propia desde el fondo del ser, a camuflarse en el sincretismo religioso.

     En segundo lugar, una rápida mirada a los orígenes de lo que sería la Republica de Colombia, nos permite ver el afán que tenían nuestros dirigentes de imponer una cultura de la exclusión. Las prácticas políticas, así lo señalan: las guerras civiles del siglo XIX, que no eran más que la incapacidad de los adversarios por ponerse de acuerdo a través de la palabra para dirimir conflictos políticos y partidarios que viéndolos hoy, no eran tan graves, para pasar a las armas como único procedimiento válido. En este periodo se dieron por lo menos

nueve guerras civiles, y quién sabe cuántos conatos, reyertas y motines en donde el vencedor, fuera federalista o centralista, liberal o conservador, dictaba una constitución sobre los campos aun humeantes de la batalla, que servía como premio al vencedor y como cruel mordaza al vencido. Desde entonces, los colombianos nos acostumbramos a presentir, muy por dentro del corazón, que los procedimientos violentos son los únicos triunfantes hasta ahora. Muy pronto lo que se instaló en la sociedad, fue la práctica de la violencia, un mundo de la vida cotidiana dogmático, autoritario y profundamente discriminador.

    Hoy lo que tenemos —y padecemos— es una clase dirigente y política extraña a la vida y a los intereses de la Nación, distanciada de la gente y tramposa, que utiliza un discurso democratizador, pero que practica la corrupción y el acomodo amiguista. Estamos en un repecho de la historia, turbio, rarísimo y paradójico, donde existe la posibilidad de encontrarnos por lo que somos y por lo que queremos ser. Una sociedad inédita en su mestizaje, tal vez, el más bello de América en medio de regiones que oscilan entre llanuras y montañas, mares y paramos con climas distintos, rodeados por una vegetación diferente y con un paisaje de profundidades siempre cambiantes. Pero como dijo García Márquez, somos todavía dos países: uno, el de los papeles y, el otro, el de la realidad. Realidad que en un acto esquizofrénico seguimos negando, aunque se viva y se sienta.

    Ha llegado la hora de recostar un taburete y sentarnos a comprender los pormenores de nuestra historia, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.

N. de la D.: a manera de post-presentación:

     Honestamente, al director de El Muelle Caribe lo entusiasman y lo llenan de regocijo mensajes como este:

     Alonsoramirezcampo<alonsoramirez@hotmail.com>: “¿Qué posibilidad hay de escribir columnas de opinión en el muelle sobre temas educativos y culturales?”

     Sin artificios, le contestamos que “Todas las posibilidades... Fundé el diario La Libertad en condición de Jefe de Redacción, 1979, y lo inauguró el presidente Turbay, quien dijo que en ese periódico no había “retenes ni aduanillas para las ideas”... Tomé la frase y la puse en el cabezote... Y, 38 años después, sigue siendo divisa que enarbolo... En El Muelle Caribe no hay “retenes ni aduanillas para las ideas”... BIENVENIDO… Y fuerte abrazo…

     Alonso Ramírez Campo respondió: “Gracias por invitarme a escribir en su periódico, les envío una primera columna, a ver qué posibilidades hay para su publicación. Si es así, me envían un mensaje para poderlo mirar y me dicen si puedo participar semanalmente en este medio. Les agradezco de antemano.

     Volvimos a escribirle y le dijimos: “Buenas tardes, Alonso... Y te lo digo: Ha llegado la hora de recostar un taburete y sentarnos a LEERTE (parafraseamos un aparte del  párrafo final de su primera columna)… Sobran las palabras… Te pido solo (los barranquilleros-soledeños no sabemos ustear) un breve perfil: requiero elaborar la obvia presentación (incluido el intercambio de mensajes por e-mail).

     Bienvenido y fuerte abrazo…

     Mandó el breve perfil, pero ninguna mano hay que meterle... Más explicito, para dónde... Leamos:

    Nombre: Alonso Ramírez Campo.

    Profesión: Docente-Ciencias sociales y económicas del Distrito Capital.

    Ciudad: Bogotá.

     Soy un costeño en la nevera, nací en Santa Marta, en Pescaito, en medio del bullicio de los vecinos por un partido de fútbol en ‘La castellana’, el arrullo del mar y la mirada puesta en las nieves perpetuas de la Sierra . 

     Actualmente curso un doctorado en educación con la Universidad Baja California, escribí en 2012 un texto titulado 'Pedagogía del deseo' que tuvo un éxito singular: tan solo vendí un ejemplar. Escribí por cinco años en una revista extinguida y, ajá, soy solo lo que puedo ser: un soñador de mil batallas por la palabra . 

     Dirección de correo electrónico: alonsoramirez@hotmail.com

     Teléfono: 3173801873 

     Gracias. Alonso Ramírez C.

     "Sin aspavientos, volvimos a escribirle: “Nojooooooooda... Y yo aclarándote que no sabemos USTEAR... Hermoso trabajo hice una vez sobre Pescaito para El Heraldo Deportivo... Y bastante que jodí por esa zona de Jaricho, Pibe y tú, durante mis tres pasos por El Informador.

Abrazo pescaitero".