Pensar la cultura desde lo propio, sin dejar de ser universal

     Desde los tiempos de la ilustración en el siglo XVIII, el hombre ha investigado para esclarecer las causas del funcionamiento de la naturaleza en procura de predecir y controlar su devenir. Con el desarrollo de las ciencias humanas y sociales la acción de los hombres y mujeres a comienzos del siglo XIX, pronto serían objetos de investigación que, al igual que la naturaleza, plantearía el reto para los científicos sociales de entonces de esclarecer el porqué del actuar individual y colectivo. Stuart Mill, por ejemplo, fue un pensador de mediados del siglo XIX, que consideraba que un único método científico serviría para todas las ciencias, ya que consideraba que los seres humanos y las sociedades pertenecían al orden natural. De allí se entiende que, en su inicio, las disciplinas humanas pusieran su énfasis en tratar de explicar, antes que comprender la acción social.

     El orden de la explicación es, por definición, el orden de la cientificidad; la

cientificidad solo se puede predicar de dos cosas: aquello que puede ser demostrado en el orden de las matemáticas y en el orden de las ciencias naturales.

     No obstante, a la fuerza que adquirió el monismo metodológico explicativo, pronto surgió, a finales del siglo XIX, una tendencia metodológica tendiente a plantear una ciencia social interpretativa. Desde entonces, se partió del criterio de que una acción social en el orden de la explicación es completamente distinta a una explicación en el

orden de la naturaleza.

     De acuerdo con Estanislao Zuleta, cuando nos referimos a las ciencias humanas, si se logra explicar algo que le ocurre a una persona o a un pueblo, deberíamos tener en cuenta que la ignorancia que tiene de lo que le ocurre, es parte de lo que le ocurre. En palabras de este autor: “Se puede muy bien hacer una investigación como Galileo y llegar a la conclusión de que no es verdad que el sol gire alrededor de nosotros para alumbrarnos y se esconda de

Stuart Mill                            Estanislao Zuleta

noche para darnos la oportunidad de dormir y descansar y sí

que la tierra gira sobre sí misma y da esa apariencia. Se puede llegar a esa conclusión, pero al sistema solar no le pasa nada. El sistema solar funcionaba igual cuando Tolomeo creía lo que creía, que cuando Galileo descubrió lo que descubrió: nada cambió, ese es el problema. En cambio, si uno hace un descubrimiento en ciencias humanas y se da cuenta que estaba equivocado, entonces cambia la cosa estudiada; el no saber hace parte del objeto de estudio y no existe estudio en las ciencias humanas que no sea neutral”.

     En general, en las ciencias humanas no opera la neutralidad, porque tocan la vida propia, la idea que uno se hace de sí mismo, el orden de valoraciones, son inevitables para justificar o no una acción social.

     Desde mediados del siglo XX, los retos que surgieron para las disciplinas sociales estuvieron relacionados con la necesidad de rescatar las intenciones, los propósitos, los

sentimientos y pensamientos elaborados por los individuos,

El sistema solar funcionaba igual cuando Tolomeo creía lo que creía, que cuando Galileo descubrió lo que descubrió: nada cambió...

previos al fenómeno social y manifestado mediante la acción social.

     Es a partir de este momento cuando creció el interés por parte de los científicos sociales, especialmente desde los estudios antropológicos culturales y sociales, como los realizados por Levi-Strauss en la región del mato grosso (Brasil): en su trabajo de campo sobre la cultura de los Caduveos trató de comprender desde dentro de su comunidad, conviviendo y compartiendo con ellos, los símbolos del entramado cultural, especialmente los relacionados con la pintura como sentido de vida. Una cosa era explicar la conducta de estos pueblos remotos desde la comodidad de un escritorio, explicándolo desde afuera o buscando las causas de la conducta, y otra bien distinta era buscar el significado de la acción desde ellos.

     Desde que la antropología cultural dio sus primeros pasos como disciplina científica —inicios del siglo XX con los estudios de Malinowsky en el Pacifico—, se le reconoció su notable esfuerzo por comprender las culturas lejanas y se le vinculo siempre a los estudios académicos.

     Pero entrados los años setentas comenzó a cuestionarse el modo de realizar los estudios etnográficos, sobre todo la licitud de los trabajos de campo. Se sospechaba que, al tratarse de trabajos llevados a cabo por investigadores europeos y norteamericanos y en pueblos exóticos y primitivos, era una actividad en gran medida etnocentrista. Según García Amulburu, “era como si la presencia del antropólogo dijera: «yo que provengo de una cultura superior, vengo aquí a ver las cosas raras que hacéis vosotros, los salvajes; cosas que son raras y salvajes, son diferentes a las

que hacemos nosotros, la gente civilizada»”.

     Ese fue el caso de Levi- Strauss, en su trabajo de campo sobre la cultura caduvea en Brasil y de Glifford Gueertz sobre la religión de Java en Indonesia. En general, sobre la verisimilitud de los trabajos de campo de los antropólogos europeos, se consideraba que estos en su concepción Eurocentrista, podrían aplicar la idea técnica y de progreso propia de la sociedades modernas europeas y norteamericanas a civilizaciones con bajísimos niveles técnicos desde el punto de vista práctico. Esa era la mirada típica de la cultura occidental, la de mirar por encima del hombro a las demás, como balbuceo incipiente de lo

Levi- Strauss                     Glifford Gueertz

que ellas ya conocían divinamente.

Efectivamente, estos antropólogos se encontraron con civilizaciones que denominaban primitivas, mucho más evolucionadas en aspectos propios de la creatividad del pueblo, en donde —nosotros los latinoamericanos, que fuimos incluidos por adopción forzada como hijos de occidente— hemos padecido también una involución en temas como el arte y la cultura. En el decir coloquial de Estanislao Zuleta, “el arte no como el producto de una determinada especialización de un grupo más o menos de elite, de un gremio más o menos especializado, sino el arte como producto general de la sociedad. El arte como, por ejemplo, el Romancero Español, o en los Romanceros Servíos y rusos, el arte como la música que hacia el pueblo que ya no hace, sino que consume, pero que es distinto: ahora la música se la hace Lucho Bermúdez o le empacan y le mandan la salsa de Nueva York para que aquí la bailen. El arte que hacía el pueblo, el arte narrativo popular, el pueblo que hizo anónimamente los cuentos de hadas al mismo tiempo tan nuevos, y tan lejanos de la ideología dominante, son de la edad media y no son cristianos. Nadie está buscando salvarse en la otra vida; todo el mundo está buscando casarse con la princesa en esta, los animales hablan —son animistas—, el bosque se llena de problemas, la naturaleza se vuelve encantada —eso no tiene nada que ver con el cristianismo—. Es popular y no tiene nada que ver con la ideología dominante, es una cosa novedosísima, bellísima y, sin embargo, es anónima, se riega por todas partes. Eso no se hace hoy por mucho bachillerato y carrera que haga, el hombre resulta hasta incapaz de contar un paseo y termina diciendo que fue chévere”.

Esto fue lo que les sucedió a los antropólogos europeos y norteamericanos, se encontraron con civilizaciones rarísimas, atrasadísimas en lo tecnológico, pero no en lo artístico. Con mujeres esquimales escultoras de gran talla, pero no con una, sino con todas en general, en huesos de colmillo, lo mismo en Brasil con el arte Caduveo, con un fenómeno colectivo de gran envergadura: con una división del trabajo, en donde los hombres eran escultores y las mujeres eran pintoras.

     En este sentido, la antropología y sobre todo los antropólogos en estos momentos tenían el reto de despojarse de los prejuicios eurocéntricos, lo que demando en los trabajos de campo, un esfuerzo, no tanto de neutralidad, pero sí de objetividad al tomar notas de las situaciones observadas. Eso se puede apreciar en los testimonios de Levi- Strauss en el capítulo ‘Los caduveos’ contenidos en su obra, ‘Tristes trópicos’. Si hay algo que hay que reconocerles a la antropólogos en estos momentos, es su esfuerzo en la comprensión de estas culturas tan extrañas y lejanas, el tratar de mirar objetivamente los episodios, de entender los mitos y los ritos que subyacen en los actos sociales. No

sucedió lo mismo con otras disciplinas de las ciencias humanas, como la filosofía y la historia que permanecieron viendo el mundo desde el ombligo de Europa. Sin embargo, en mi parecer, la mirada eurocéntrica sigue pesando mucho en nuestra academia. Todavía aquí en Colombia, seguimos siendo Eurocéntricos. Es así, como, trabajos de campo, como los de Fals Borda en ‘Historia doble de la Costa’ —que nada tienen que envidiarles a los de Levi- Strauss o Gliford Geertz—, no son valorados lo suficiente por una academia con prejuicios sobre lo propio como la nuestra, o los de Zapata Olivella, tan curiosamente olvidados.

     Así las cosas, el colonialismo que padecemos los

Fals Borda                        Zapata Olivella

colombianos no es solo económico o político, es ante todo mental y hace presencia todavía con mucha fuerza en nuestra academia y trabajos investigativos.

     Todavía creemos que el pensamiento viene de Europa o Estados Unidos, y si por casualidad algún compatriota se atreve a hacerlo desde Colombia, para América y el mundo, está enfermo o es un loco.

     Desde luego, no se trata de encerrarnos en la parroquia, y declararnos el ombligo del mundo o algo parecido como les sucede a los europeos, pero si pensar desde lo propio la cultura sin dejar de ser universal.