De marketing político y estrategias

     Colombia vive un momento aciago de su historia política. La corrupción no es sólo un problema de malandros. Se trata de todo un sistema político clientelista basado en intercambios de votos por dinero y apoyos electorales por contratos. Los incentivos en su interior premian el crimen y castigan la probidad, promueven a los oportunistas y hunden a los buenos. Una de las condiciones de la corrupción es que la justicia misma sea corrupta, desgreñada e ineficiente. Los corruptos saben que aún si son descubiertas sus fechorías no serán castigadas, pues los jueces también se prestan a intercambios de nóminas y posiciones para mantenerse o ascender en la cúpula de la Justicia.

     La corrupción siempre ha existido en Colombia, aunque quizá fue menos evidente en el pasado, cuando las posiciones políticas se llenaban con los bolígrafos de los jefes de los dos partidos tradicionales y el presidente asignaba gobernaciones y estas las alcaldías. Con la descentralización, la atomización de los partidos y la mayor competencia electoral, los intercambios se han vuelto más complejos y el financiamiento de las campañas crucial, donde entran a decidir los contratistas. Aunque todavía subsisten confrontaciones ideológicas entre partidos, juega más el propio control de la contratación que los enfrentamientos entre centro y derecha. Cuando la izquierda ha ganado elecciones ha seguido las pautas del clientelismo y de la corrupción que lo caracteriza.

     La definición del concepto de clientelismo político puede ser lograda examinando sus elementos —los que se enumeran a continuación.

     Es un fenómeno netamente político y de gobierno, que describe un tipo de relación entre gobernantes o funcionarios de gobierno, de un lado, y personas o grupos civiles, del otro. La esencia del clientelismo radica en un intercambio de favores entre gobernantes y personas o grupos de ellas —dentro de una relación de

mutuo beneficio.

     El clientelismo, por tanto, describe un arreglo de intercambios: «si me das eso, te doy esto», en una transacción en la que ambos ganan apoyándose mutuamente.

     La naturaleza del clientelismo es claramente informal —está fuera de todo protocolo oficial, de todo formalismo y se basa en acuerdos verbales. El clientelismo necesita a dos personales, el llamado patrón y su cliente.

     El patrón es un gobernante o grupo de ellos, que tienen el poder, los recursos y la capacidad para dar un tratamiento privilegiado al otro personaje, el cliente —quien promete al patrón respaldo y soporte

     El clientelismo es más probable y está más extendido en los regímenes en los que los gobiernos tienen más funciones y poderes: cuanto más poder posea una autoridad política más tendrá como material de intercambio.

     Esta es una condición poco tratada explícitamente. El clientelismo florece en regímenes de gobiernos grandes, con mucho poder y muchas funciones —típicamente un gobierno interventor en lo económico o un estado de bienestar.

     Un caso concreto de clientelismo es el de la compra de votos: se otorgan privilegios y se dan bienes o servicios a cambio de votos, lo que muestra una asimetría de poder entre el patrón y el cliente.

     El patrón tiene más poder y más facultades que el cliente, el que tiene una posición subordinada pero necesaria para los fines del patrón.  Entre el patrón y los clientes muchas veces existe un personaje adicional, el intermediario entre ambos. Por ejemplo, un líder sindical que a cambio de un privilegio como el no permitir disidencia en su sindicato negocia los votos de sus agremiados en las próximas elecciones.

     El arreglo de intercambios de favores mutuos está asociado con corrupción gubernamental. Es claro que el gobernante en estos casos está usando recursos, fondos y poder políticos para un provecho personal o partidista.

     El clientelismo va en contra de la idea de que los gobernantes han sido elegidos para trabajar en beneficio general y no particular —mucho menos para usar recursos públicos para fines propios.

     Entonces, ya puede verse que en esa relación de beneficio mutuo entre patrones y clientes se ha dejado fuera al resto de las personas. Una prohibición de importaciones, por ejemplo, para proteger a una empresa nacional y a su sindicato, priva a todo el resto de productos de mejor calidad y menores precios.

     El clientelismo como una forma de organización política tiene, por tanto, un gran daño general producido por el beneficio mutuo entre patrones y clientes.

     El clientelismo puede estar presente en programas gubernamentales de ayuda a segmentos pobres y marginados —un riesgo siempre presente que hace pensar a esas personas que dichos programas solo podrán mantenerse si votan por el gobierno que los creó. Esta idea puede ser aprovechada con buenos resultados durante períodos electorales.

MIGUEL MALDONADO MARTÍNEZ

     Las valoraciones sobre el Congreso constitutivo del Partido de las FARC no pueden limitarse a si nos gustó o no su nuevo logo o la pertinencia de mantener sus siglas, aún con sus nuevos significados. Aunque válidas, estas preocupaciones se han impuesto sobre otras, de mayor calado, porque en algunos ha primado el ‘cálculo’ sobre el marketing político, restando atención a la proyección disruptiva con la que surge esta organización ya en la legalidad, producto de su carácter y naturaleza. El papel histórico de las FARC no cabe en las elucubraciones de oficina de X o Y intelectualoide, aferrados, por demás, a las

experiencias —nada despreciables— de partidos morados de lejanas tierras.

     Una fuerza, con nuevos bríos y con la templanza reafirmada, llega a nutrir el espectro de

Lleno total en la Plaza Bolívar de Bogotá para la celebración del Concierto de la Reconciliación, este viernes 1° de septiembre, con motivo de la presentación oficial del nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, FARC.

la izquierda colombiana. Que no quede posibilidad para titubeos: la consolidación de la vía de solución política y la construcción de la paz democrática requiere rodear al nuevo partido y plantear alianzas justas y necesarias, máxime cuando se acerca un año electoral definitorio de la política nacional y del futuro del proceso de paz. La discusión sobre la unidad de los comunistas está en el centro y debe tramitarse a todos los niveles sin prisas, pero sin pausas.

     Las FARC no llegan a la política, siempre lo han estado. De diversas formas producto de las lógicas de la guerra, pero han mantenido permanente contacto y una ligazón estrecha con el pueblo durante 53 años de lucha insurgente. La palabra, única arma al decir de Timo, debe seguir recorriendo todos los rincones de Colombia para convencer a quienes no lo están, de que sí tenemos otra oportunidad sobre esta tierra. Ahí está la clave: la fuerza se construye con la gente, con el trabajo diario, con abnegación, con el ejemplo, con la incorruptibilidad, características que los han acompañado medio siglo. La construcción del poder se hace en el movimiento de lo real. Que las encuestas no nos quiten el sueño... hay millones de colombianos que han perdido la esperanza.  Nos toca devolvérsela.

     Los retos se multiplican a diario en el horizonte. Ahí está el tamaño del esfuerzo que debemos emprender, en otras condiciones, para enamorar los corazones y las mentes de nuestros compatriotas. Cuenten con los comunistas, camaradas. Echemos a andar la Nueva Colombia.

 

     Los colombianos no podemos seguir aceptando que los corruptos utilicen el Estado para su lucro y vanidad personal. La política no debe estar para engrosar los bolsillos y apetitos personales de pocos, mientras niños mueren de hambre y se reducen los presupuestos de sectores tan importantes para el desarrollo del país como la ciencia, la educación, la innovación y la tecnología.

     Debemos entender que así como existen políticos corruptos que han desangrado al Estado con malos manejos, enriqueciéndose con contratos astronómicos, tambien en todos los ambitos de la sociedad la corrupción se ha filtrado. . Por ejemplo, hay médicos corruptos que practican procedimientos sin los mínimos requerimientos de sanidad arriesgando la vida de sus pacientes, o ingenieros corruptos que construyen vías, puentes sin responsabilidad, ni calidad,  siendo la ciudadanía los únicos afectados.

     Por tal razón, hace una semana propuse  El Pacto de transparencia en la Justicia y cero tolerancia con la corrupción, eficaz y oportuno que solucione el mayor problema de este país: la corrupción, además de la necesidad de pedir acompañamiento internacional para que siga de cerca las investigaciones relacionadas con este tema, tal y como lo hizo Guatemala con la Comisión Internacional Contra La impunidad (CICIG).  Porque para ser francos, los colombianos ya no creemos en las instituciones tal y como funcionan hoy, ya que pocos proceso de investigación en contra de la corrección prosperan.

     Lastimosamente, hoy la moral y la ética del Estado se encuentran en estado de coma y la única manera de salir de allí es unirnos como sociedad, juntos debemos cambiar muchas prácticas y lograr que la política sea el escenario desde donde se maneje el Estado para el servicio y el bien común. Porque ahora cuando la situación de Colombia es realmente difícil, debemos exigir un trabajo más juicioso y responsable  por parte de todos. En el momento de trabajar juntos por lo que nos une: el deseo de una Nación fuerte que nos haga sentir orgullosos a nosotros y a las generaciones venideras.  

     ¡Apoyemos y unámonos, porque juntos somos fuertes y podemos sacar este país adelante!