CAPÍTULO XII: EL SABOR DE VARIAS UNIVERSIDADES

     De la universidad del Norte salí con el alma en cien pedazos, quebrado. Tras haber perdido tres materias primarias, me sentía deshecho, desilusionado de mí mismo. Quedé desorientado. El rumbo de qué estudiar, estaba perdido, el ánimo andábata cubierto de escepticismo y, con resquemor, miraba a mis progenitores.

     No alcancé la primera meta, estaba perdido.

     En Bogotá no se pudo y en esa academia me partían en materias culturales. Sin una estrella que me orientara, no sabía hacia dónde correr para educarme y en qué capacitarme. Las fuerzas y ganas por la electrónica agonizaban, los caminos se cerraban, mi máxima ilusión quedaba relegada por falta de mayores resquicios en un país donde la guerra importaba más que la educación y la salud.

     Con tanta experiencia en el ramo soñaba con diseños e inventos, pero una cosa es lo que se quiere y otra las oportunidades que brinda la vida, que en muchas ocasiones está llena de inconvenientes. Se pueden esquivar con pericia y con suerte, pero esta no se compra, nos elige, llega de improviso. Cuando toca tu puerta, atrápala bien fuerte, métela a tu aposento, ánclale, que no se marche… Cuando no se aprovecha quedan las lamentaciones de lo que no volverá y lo mucho que se perdió, no se sabe cuándo volverá o jamás regresará.

     Tras la derrota, una pereza cerebral me deprimió. Un sin pensar, la mente en blanco. La última esperanza fue ingeniería eléctrica, pero no rendí. A la deriva y derrotado, mi padre me ofreció la oportunidad de estudiar ingeniería civil en la CUC. Ni idea de qué se trataba esa profesión, pero me sonaba el nombre, Ingeniería. Y eran muchos otros los estudiantes de las universidades del Norte, del Atlántico y Autónoma, los que buscábamos asilo en esa entidad, la última opción. Esa U era un oasis para los vencidos. En esos tiempos, la fama en ese plantel era totalmente pésima y le solían llamar Puerto Galeón en Barranquilla: afirmaban que era un paseo estudiar allí. Los expulsados de las otras instituciones terminábamos como única opción en ese refugio. Éramos renegados aun con la mala fama que se gastaba: una institución de regular educación. Pura palabrería del saber costeño, que le pone apodos y crea chismes. En la costa, a lo que pueden, le sacan el chiste y hablar de estudiar en la CUC sería dar rienda suelta a bromas entre los universitarios. Alrededor existen muchos tomaderos, algunos casi hasta horas de la madrugada. Cuando se sacaba una buena nota en un parcial o un examen, en algún lugar se celebraba. Y muchos estudiantes terminaban bebiendo por días, perdían el semestre y lo atribuían al centro educativo, aunque que no fuera cierto: sus maestros eran estrictos y exigentes, trataban de mejorar el nivel académico. En Curramba, puerto de rumba, capital del carnaval y con unas águilas frías bien ricas, no faltaba la disculpa para ‘refrescarse’ y terminar en una fiesta entre semana. Y más en el weekend, tras terminar clases y prácticas.

     Nunca olvido a mis compañeros. Compartíamos miles de aventuras, sueños y trasnochadas en labores de preparación de trabajos, exámenes, investigaciones en casa de uno de ellos —a quien estimo como compadre—. Amanecíamos, desayunábamos plátano verde cocido con queso rallado por encima, suero costeño, una tajada de queso salado, una rodaja gruesa de bollo de yuca y una taza grande café con leche que su padre nos preparaba con franco cariño. El papá de mi compañero, licenciado en matemáticas, profesor en varias escuelas superiores, también estudiaba Arquitectura. Un compañero de él tocaba guitarra y emitía sonidos exquisitos de música instrumental en los ratos libres de nuestro estudio nocturno. Nos deleitaba. Él, un afamado concertista, el cuarto de estudio, un salón al fondo de la casa con tres mesas de dibujo, la biblioteca llena de obras de cálculo, arquitectura, ingeniería y muchas revistas de diseño arquitectónico y en otros estantes una docena de maquetas y proyectos con formas increíbles y varias docenas de planos enrollados que formaban nuestras ideas de ingenio moderno reestructural. Por las noches, en grupo, nos acompañábamos en nuestras noctambulas labores, hasta el amanecer. Tocaba hacer rendir el día y las horas, trampeándole a la noche el tiempo. En sí, hoy veo que fuimos un grupo cerrado, de buen ingenio, con un espíritu triunfalista, invencible, forjado bajo el criterio de hacer las cosas bien, con disciplina y calidad perfeccionista.

     También, donde una compañera, en el patio de su casa rodeado por árboles frutales. Trepábamos a coger en especial guayabas, mangos, que serían nuestras medias nueves. Estudiábamos, reíamos de las anécdotas, eran buenos tiempos, aunque con correndillas por los quehaceres universitarios y la falta de dinero para las fotocopias, el transporte, la compra de textos universitarios. Hacíamos rendir el dinero y tiempo, luchando por un sueño: graduarnos

rápido y salir a trabajar.

     Los ascendientes de mis compañeros formaron parte

importante para nuestra

Vecinos de barrio del autor de esta nota: en los extremos, doña Elvira Gutiérrez de Mendoza y su esposo Félix Mendoza. Al centro, la hija de matrimonio Judy Mendoza Gutiérrez. La “cheveridad” de las buenas amistades, en las reminiscencias.

formación con amistad y cariño desinteresado, eran unos parientes putativos. Muchos quedan, otros se fueron. Aun con el paso y peso de los años, los tengo en mente. Fueron complacientes, buena gente: nos dieron lo mejor por ser compañeros de sus hijos. ¡Gloria!, donde estén.

     También, donde una compañera, en el patio de su casa rodeado por árboles frutales. Trepábamos a coger en especial guayabas, mangos, que serían nuestras medias nueves. Estudiábamos, reíamos de las anécdotas, eran buenos tiempos, aunque con correndillas por los quehaceres universitarios y la falta de dinero para las fotocopias, el transporte, la compra de textos universitarios. Hacíamos rendir el dinero y tiempo, luchando por un sueño: graduarnos rápido y salir a trabajar.

     Los ascendientes de mis compañeros formaron parte importante de nuestra formación con amistad y cariño desinteresado, eran unos parientes putativos. Muchos quedan, otros se fueron. Aun con el paso y peso de los años, los tengo en mente. Fueron complacientes, buena gente: nos dieron lo mejor por ser compañeros de sus hijos. ¡Gloria!, donde estén.

     El año de 2016 visité un par de amigos de noventa años, padres de grandes camaradas del barrio El Silencio. Al verme, me reconocieron a pesar de mis cien kilos de gordura y de más de 15 años sin vernos. Qué grato, con más hijos: los nietos y bisnietos. Reímos de nuestros cabellos blancos y nuestros bastones. Compañeros de apoyo en el trasegar de nuestros últimos años, nos contamos las añoranzas de viejos tiempos y los presentes y narramos nuestras vidas recientes. En su casa, todo seguía casi igual, como congelado en el tiempo: los mismos adornos, con tal cual cuadro nuevo, con foto reciente del último cumpleaños. Al fondo, una pieza de museo y, dando testimonio fiel de lo vivido, el escritorio de mi amigo Contador, no de historias, sino de contabilidades, con libros grandes llamados libro gordo. Y a diario, tal cual factura, pendientes a asentamientos contables en los librejos o más anotaciones numéricas y cuentas por sacar con su calculadora Casio. Todavía, un papel amarillento y empolvado de la última suma de hace diez años, de antes del retiro forzoso y justo por los achaques de la vejez y la misión cumplida con seis hijos y una docena de nietos y cinco bisnietos.

     Hoy solo me pesa que se me olvido decirles “los quiero amigos”.

     Nota: En el ejercicio de este recuento, no nombro a nadie, ni siquiera con el apodo. Es una idea que ejecuto a modo de anotar y describir para dar una vista general a la narración, en la cual la figura conceptual, el principal y único personaje, con nombre propio, es El Pájaro Loco.

Desde El Cerro El Venado en Casanare en la vistosa Colombia-agosto 2017

CAPÍTULO XIII: LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA

     Para los años setenta, vivíamos en el barrio los Andes. En la esquina de la 27 funcionaba la tienda de mi padrino. Por amabilidad y mi interés lucrativo, llamaba ‘El Padrino’ al tendero. ‘El, algo gordito, muy amable, me regalaba dulces o ñapas, lo cual era costumbre en esos tiempos. En ocasiones me daba alguna moneda de más, que yo me aprovechaba para guardarla en mi bolsillo, dándomelas de vivo. Para la Navidad, algún regalo me daba. Por eso, y otras cosas, no cambiaba de tienda. Con los años, en un diplomado de Administración en EAN, aprendí que eso era un valor agregado y una forma de amarrar los clientes o lo que técnicamente llamamos ‘fidelizar los clientes’, que en mi negocio me ha servido mucho estos últimos años.

     El panadero, un joven bien vestido, muy puntual y elocuente, llegaba en su bicicleta: una panadera Monark de color rojo, con una corneta en el manubrio, una bola de caucho negro que él espichaba y sonaba al llegar con el producto. En la parrilla trasera cargaba un canasto grande donde portaba los panes. Me fascinaba el pan costeño fresco, crocante y suave. Todos los días, a la hora del desayuno, el señor nos llevaba el alimento, a las 7 en punto. Los domingos, mi padre hablaba mucho tiempo con el joven, pensaba que le hacía perder tiempo en su recorrido. Su hablar no me extrañaba, mi padre, muy sencillo, dialogaba con todo el mundo, como buscando una historia o crónica, siempre era bueno para charlar. Con el paso de pocos años, el joven se graduó de Abogado y terminó trabajando con papá en la emisora. En alguna ocasión mi progenitor me contó de lo especial que era ese muchacho, me dijo: “Es muy inteligente y escribe muy bien, pero muy bien, tiene una redacción fantástica”. Nunca se me ocurrió preguntar su nombre y, total, ¿para qué? Siempre me acuerdo de cosas y de los hechos, pero los nombres se me olvidan. Sin embargo, un domingo nos invitaron a la casa del amigo periodista y licenciado en Leyes. Nos atendieron muy bien, muy educados, con buena etiqueta. Su esposa, una joven bien blanca, muy pero muy bonita, con la nariz respingada. Pensé para mis adentros: ‘El periodista cuenta con suerte’. Trigueño, como el que les escribe esta

nota, y, ¿pa’qué? Somos como feítos. Jajajajajajaja… Quisiera dar su nombre, pero en esta nota no nombraré con nombre a nadie, como un ejercicio de narrador-aprendiz.

     Muchos años pasaron me dediqué a actividades de electrónica y comercio, y más me trasnochaba la idea de escribir, era como un bicho que pica y rasca-rasca. Las conexiones cerebrales dando vueltas en la cabeza. Hace como seis años, viviendo solo, me atreví a escribir una historia llamada ‘El Monje de la 15’. Al terminarla la guardé en el cajón de mi mesita de noche con cierto escepticismo por estar basado en una historia real, con fantasma incluido.

     El 21 de agosto de 2016 fallece mi madre y, en el pecho, guardé mucho dolor. Para noviembre entendí que lo mejor para pasar el luto era dedicarme a escribir su vida y de esta manera descargar el dolor y otros males que me oprimían el alma. Para principios de enero de 2017, me decidí a publicar su historia. Un día me asusté, muchos amigos me escribían y se congratulaban: amistades que hacía años no me saludaban y, para sorpresa, un Licenciado en Leyes, Escritor y Periodista, también me saludaba. Desde ese día, la amistad ha crecido con el paso de los meses y atando cabos descubro que es ni más ni menos que el joven señor que, en una bicicleta. nos llevaba pan a la puerta de la casa. ¿Sabes? Hoy lo conozco mucho mejor y no solo es un doctor en leyes, es todo un caballero, intelectual, un gran ser humano. Me ha dado el gusto de leer sus magníficas historias y su novela ‘Hotel Puerto Colombia’. Estos son los premios que recibo por escribir una novela llamada “Consuelito”. Hoy creo que son bendiciones, que mis padres, desde el más allá, me premian y fortalecen mi cerebro para plasmar más recuerdos, contar con un gran maestro, como este amigo… Hoy solo puedo decirle, modestamente, “¡gracias J.J. por tu amistad!”.

     ¿Sabes? Siempre, donde vivimos, fuimos rodeados por los mejores vecinos, que nunca fueron amigos sino familiares, con quienes compartíamos hasta la tacita de azúcar. Son muchos que, con dolor, no puedo nombrar porque rompería el tamaño de esta nota. En verdad, los costeños somos calidad, compadres, siempre francos y extrovertidos. Hablamos sin pelos en la lengua y somos leales por toda la vida.

     En el barrio los Andes éramos algo pobres, pero muy felices. No teníamos televisor, ni siquiera en blanco y negro. Para ver TV tocaba colgarnos de la ventana de una casa vecina que nos dejaba ver un ratico y sin hacer ruido ni desorden. La televisión a color la veíamos en la sala de una casa de citas donde tenían un aparato grande de marca Zenit, comprado en Sears, al cual le colgaba en frente un vidrio de colores y creíamos que era la TV a colores. Solo de lejitos podíamos mirar porque nos prohibían ver o entrar a esa casa de prostitutas o dizque ‘de vida alegre’.

     Muchas noches nos sentábamos en la casa de algún abuelo para

escuchar sus cuentos y consejos que nos enriquecieron y formaron nuestra personalidad. 

     Los domingos fueron los días maravillosos, con papá leyendo el periódico y yo quitándole la revista, los comis o muñequitos y los juegos. Por la tarde, la compañía de mis tíos paternos y el gran amigo Químico Farmaceuta y, en ocasiones muy comunes, ilustres periodistas y locutores. Ellos se enfrascaban en charlas de política, tratando de arreglar el país que todavía no anda bien.

     A las seis de la tarde asistíamos a cine, a un teatro sin techo, con bancas viejas de madera, desde donde veíamos las artes de la pantalla grande, en ocasiones cruzando los dedos para que no lloviera, para no perder la plata de la entrada y, qué ricas las críspetas callejeras que comprábamos antes de entrar al teatrico.

     Cada quince días me llegaba la carta de mi abuela y tía materna que me escribían animosamente para animarnos a estudiar y mandaban tal cual foto y las encomiendas con dulces de la capital. El esposo de mi tía trabaja en una editorial y me mandaba tal cual libro de tecnología o algún aeromodelo para armar y ponerlos a volar y que en algún momento se accidentaban y hasta ahí quedaba el juego de ingeniero aeronáutico.

     En la Libertad, con libertad de joven, entraba y salía buscando a mi padre o su gran jefe, un señor de origen libanés, quien siempre me dejaba una lección para mí vida con sus consejos. Nunca entendí por qué me permitían tanta confianza, pero con mucho gusto me saludaban los amigos de mi papá. En muchas ocasiones veía y hasta tomamos tinto con otro joven de gran cabellera ensortijada, quien era el hombre orquesta en el periódico la libertad y que en la foto lo presento. Hoy, gran amigo y director de la revista digital El Muelle Caribe.

     Desde un rincón del país de los sueños COLOMBIA-agosto 2017