¡Qué lejos pasa la esperanza por las casas de cartón!

...el primer paso de la experiencia de Guillermo Romero Salamanca fue conocer “dos Ciudad Bolívar”. Las dos caras de tal localidad bogotana: “Una buena, la otra mala...”. ¡La real y la irreal...! 

Por José Orellano

     Cuando en diálogo con el amigo-colega-periodista Guillermo Romero Salamanca comenzamos a adentrarnos en su experiencia de índole social —muy al margen de nuestra profesión—, no pude evitar echar a volar mente hacia muchos años ha, en busca de la música y la letra de una vieja canción que había de imbuirme, piel erizada, ojos pugnando por no mojarse, en lo que él me contaba.

     Aquellos eran años de mi actividad periodística andando en su primer quinquenio, también los eran de coqueteos, en alguno de esos años, con la invitación a conformar una célula urbana del Ejército de Liberación Nacional, ELN —el sacrificio del padre Camilo, la dinámica del cura Pérez, reuniones medio-clandestinas en el edificio Jaar, mismo que en alguna ocasión fue sede de juzgados en Barranquilla—, y aquellos años lo fueron también para la irrupción en la programación de la radio juvenil de una canción protesta que me hacía recrear ideales de rebeldía.

     Su frase final, los dos últimos versos, qué lejos pasa la esperanza/ por las casas de cartón —la letra original dice que en los techos, la que me tararee hace más de 40 años decía en las casas, pero yo corrijo y cambio las preposiciones: quito en y pongo por—, esa verdad de a puño, digo, era acicate para asumir, íntimamente, el riesgo de asomarme a la membresía urbana de un movimiento que, creía yo, pudiera generar la transformación

social anhelada.

     Pero aquella intención

A punta de ladrillos regalados, se puede reconstruir la esperanza, pero a tal asunto hay que dedicarle tiempo y comprensión…

 terminó tal como arrancó: se había comenzado a agrupar gente del mismo corte oficioso mediante el boca a boca, pero una de esas bocas, boca femenina, desbordada frente a una boca anhelante masculina, dio al traste con aquellos ímpetus. Incluso, un agente de la Policía de la Escuela Antonio Nariño, que me conocía gracias a una vuelta periodística que tiempo atrás —por indicaciones de mi director— había realizado con la institución, me abordó un día en el Cañón Verde del Paseo Bolívar y me alertó sobre la desbocada. “Ojo”, me dijo, “una colega tuya, ‘fulanita de tal’, estuvo hablando en un bar de lo que ustedes hablan en el edificio Jaar”.

     Yo iba en 25-26 años. Y la alerta del policía bastó: las enseñanzas comunistas de El libro rojo de Mao, en hojas de papel de arroz, texto al que me apegaba, a escondidas, desde los meses iniciales de Estudios Generales en la Universidad del Atlántico, y la intentona de hacerme eleno citadino, se sepultaron para siempre, pero aquella canción había de seguir acompañándome, por un largo rato, en las preferencias de mis gustos musicales, mientras El libro rojo —quizás el segundo libro más publicado de la historia después de la Biblia— había de fumárselo, hoja por hoja, ciclo por ciclo, literalmente, un amigo marihuanero, con quien hoy, de vez en cuando, suelo chatear. Algo mayor que yo, su lucidez es asombrosa cuando tocamos el tema. ¡Y a cagarnos de la risa!

     Para aquella mañana de reencuentro de dos viejos amigos en Juan Valdez-Oma del Centro Comercial Santafé, el tema a tratar había surgido de un dato que, desde Cartagena, me había suministrado el promotor de artistas Moisés de la Cruz, luego de que yo encontrara por fin en él a quien me facilitara el número del celular del colega bogotano. Una misión que se me había vuelto casi imposible en mis 11 años de residencia en Bogotá, los cuales cumplí el 16 de julio pasado. 16 de julio, una fecha muy especial para mí: a mis inocentes 10 años, un día como ese hice la primera comunión: soy, pues, ¡del

Guillermo Romero Salamanca, de espaldas, en compañía de Luis Eduardo González, en Juan Valdéz-Oma, del Centro Comercial Santafé, donde transcurrió el diálogo que da pie a este seriado croniquero…  

combo de la Virgen del Carmen!

     Pues bien, apenas mi contertulio comenzó a narrar su experiencia, evoqué aquella canción, sin precisar de a mucho melodía y letra —‘patinadas de olvido’, como

patinan algunos nombres de amores vívidos y vividos—, pero casi convencido de que la interpretaban Los bukis y Marco Antonio Solís. Sobre el tema que nos convocaba, hablamos por lapso de una hora, pero la letra y la melodía que conlleva lo lejos que pasa la esperanza por las casas de cartón no aparecieron ni siquiera en trocitos de versos en mis neuronas. Y es que hay que tener en cuenta que de haberla escuchado por primera vez y de haberme aferrado, sin melodía, a su última frase —qué lejos pasa la esperanza en (por) las casas de cartón—, había transcurrido un tiempo más allá del momento en que surgió la amistad con Guillo: ¡algo más de 40 años!, cuando El Heraldo era abonado de la agencia nacional de noticias Colprensa y Guillermo cubría información de espectáculos.

     Al volver a casa, me fui directo al computador —la tecnología por celular no es mi fuerte, ni deseo que lo sea— a tratar de superar, vía web, esa cierta frustración que comenzaba a fastidiarme: el fallido intento, una y otra vez, de la recordación de la canción que, de una u otra manera, había de meterme emocionalmente con la experiencia del colega Romero Salamanca: apareció Google en pantalla y, en el casillero correspondiente, línea de búsqueda web, puse “qué lejos pasa la esperanza/ en las casas de cartón”. Y, en efecto, Google me mandó a Marco Antonio Solís con el acompañamiento de Los bukis, en YouTube, pero… la verdad: era la letra, sí. Era la letra, pero la que escuchaba no era la melodía que se había depositado, decenios ha, en el fondo auditivo-musical del relicario de mis recuerdos. Al escuchar el tema, supuse entonces que la canción se llamaba ‘Casas de cartón’, «sí, así se llama», me dije y, entonces, recurriendo a aquellas tres palabras, volví a consultar a Google. Inmediatamente me proyectó un grupo de versiones que circulan por YouTube. Fui activándolas una a una, incluida la interpretación de Alí Primera —los recuerdos se sacudían y comenzaban a fluir—, de quien se oye la versión original: él es el autor,

pero su melodía tampoco era la que yo buscaba, aunque Primera agrega, recitada, una estrofa de conmovedor contenido que no figura en las otras versiones:

«¡Ay!, cae la lluvia,

viene-viene el sufrimiento,

pero si la lluvia pasa,

¿cuándo pasa el sufrimiento?

¿cuándo pasa la esperanza?».

     Quise precisar más información sobre Primera y Google, por intermedio de buenamusica.com, se encargó de refrescarme la memoria: Primera había sido un dirigente social de izquierda en Venezuela, fue el creador de la ‘Canción necesaria’ —con música también original de él—, grabó el tema con el título ‘Techos de cartón’ y murió en un accidente de tránsito en 1985, el cual, para muchos de sus seguidores, obedeció a un “atentando orquestado en su contra por parte de enemigos políticos”, un hecho nunca verificado, pero tampoco jamás desvirtuado. “Alí Primera fue objeto de numerosas persecuciones a causa de la temática de sus canciones y su militancia de izquierda”, precisan sus seguidores, sin dejar de ensalzarlo como un prolífico creador, a punta de sencillas palabras, de “música popular, folclórica y, sobre todo, de canción protesta”. Pero Primera siempre insistió, reitero, que lo de él era

 ‘Canción necesaria’, no protesta.

     Antes de ciber-viajar en la investigación sobre Alí Primera, había encontrado, exacta, la interpretación melódica que buscaba, esa que, para alegría de mi alma, por un lado, y para

acicate de mi sensiblería, por el otro, volvió a rodar nítida por la tornamesa

‘Los guaraguao’ de Venezuela, finales del siglo XX, surgió en la onda de la canción social protesta… Alí Primera los surtía de temas…

de las evocaciones como yo, sin haberla recordado plena, la concebía: la interpretada y grabada en su primera producción discográfica en 1973 —otra ‘patinada de olvido’— por ‘Los guaraguao’, un grupo musical, también venezolano, aportante muy importante  dentro del movimiento de la nueva canción latinoamericana surgida en esas calendas y que, en el caso de la agrupación, se soportaba discográficamente en la producción de Primera, en eso que él llamaba ‘Canción necesaria’. ‘Los guaraguao’ —vocablo aborigen que designa al halcón— “cayó en un letargo” ‘con la muerte de Primera.

     Tras la que pudiera considerarse ‘una larga digresión’, retomo el hilo de esta nota que, a la postre, rueda como introducción a la turbadora historia que se desprende de la experiencia vivida por Guillermo y su relato, tan turbadora, que necesariamente tengo que enmrcarla en el triste y sostenido lamento de la canción de Alí Primera, interpretada por él mismo o por Solís o por Javier Álvarez o por ‘Los guaraguao’ o gritada en el baño por más de un cantante frustrado, entre quienes me incluyo. Para mí, la versión que más expresa sentimientos en su interpretación no es la del mismo Primera sino la de ‘Los guaraguao’ (Aquí va un video, con letra y todo):

Qué triste… se oye la lluvia,
en los techos de cartón… 
Qué triste… vive mi gente, 
en las casas de cartón… 
Viene bajando el obrero, 
casi arrastrando sus pasos 
por el peso del sufrir… 
mira que mucho ha sufrir, 
mira que pesa el sufrir. 
Arriba…

Niños color de mi tierra,

con sus mismas cicatrices, 
millonarios de lombrices 
y… por eso:

qué tristes viven los niños 
en las casas de cartón…
¡Qué alegres…! viven los perros,

en casa del explotador.
Usted no lo va a creer, pero hay escuelas de perros 

deja a la mujer preñada, 
abajo está la ciudad 
y se pierde en su maraña: 
hoy es lo mismo que ayer:
es su mundo, sin mañana.
Qué triste… se oye la lluvia, 
en los techos de cartón…
Qué triste… vive mi gente, 
en las casas de cartón.

y les dan educación: 
pa’que no muerdan los diarios,
pero el patrón: hace años,

muchos años,

que está mordiendo al obrero.
Qué triste… se oye la lluvia 
en los techos de cartón…
qué lejos pasa la esperanza

por las casas de cartón.

     ¿Mejor descripción de la vida miserable en los cinturones de pobreza absoluta de las urbes latinoamericanas de hoy, o de hace 44 años, para dónde? Toda una crónica de Nuevo Periodismo escrita en versos por Alí Primera.

     Por su dramático y, al tiempo, pugnaz contenido, en muchos países de este lado del mundo la censuraron.

     Y si el asunto hubiera sido superado en el lapso de los últimos 44 años, vaya y venga. Pero no. Nada ha cambiado, así las cifras hablen a su acomodo. Por el contrario: va in crescendo.

     Y a lo mejor, peor que antes.

     Porque si en aquellos años, Primera se daba licencia para cantar que “Usted no lo va a creer/ pero hay escuelas de perros/ y les dan educación/ pa’que no muerdan los diarios”, hoy él se aterraría si estuviera vivo. Porque para cuando él le cantó a aquella realidad naciente —escuelas de perros— aun los canes no tenían más importancia familiar que un adulto mayor, ‘el viejo jodón que hay que mandar al ancianato’, por ejemplo, y que hasta muchos niños. Y casos se ven, y en creciente número, de mamás que atienden con mucha más dedicación, con mucho más amor a su mascota que a su hijo. Y qué hablar de la sociedad toda: a los perros los purgan, les crean sociedades defensoras, les legislan derechos —y todo eso está bien, la verdad; como esa legislada que se acaba de dar para ‘proteger’ al adulto mayor del maltrato de sus propios hijos y familiares— pero a los niños los dejan ‘millonarios de lombrices’. Una importancia animal, de animal irracional, que promocionan los diarios, mismos que, a lo mejor, se sienten dichosos porque las escuelas de perro los protegían para el patrón, cuando el periódico de papel era el que mandaba.

     Y uno, de pronto, se imaginaría que millonarios en lombrices solo los hay en el cinturón corruptor reinante en La

 Guajira o en el Chocó o en…

     En Venezuela, patria del uno y del otro —de ‘Los guaraguao’ y de Primera— la miseria crece exponencialmente, como igual crece la riqueza del explotador.

     Y ‘Los techos de cartón’ o ‘Las casas de cartón’, aquella canción social protesta que brotó en 1973, la ‘canción necesaria’, hoy hasta pudiera tener más vigencia que ayer…

     Pues bien: ‘niños millonarios de lombrices’ también lo hay en los cinturones de miseria de Bogotá y Cundinamarca… Y hasta allí  donde está llegando la obra social del amigo-colega-periodista

He ahí la pobreza a la cual le han cantado Alí Primera y ‘Los guaraguao’: los asfixiantes cordones de hambruna que abundan en su Venezuela de siempre…

Guillermo Romero Salamanca mediante un programa que llegó a sus manos sin buscarlo, mucho menos sin quererlo.

     Hoy, Guillermo lo quiere, lo ama… Hoy, busca aquí, allá y acullá, para seguir queriéndolo. Recrea la esperanza.

     Y comenzando por el principio en su caso, el primer paso de la experiencia de Guillermo Romero Salamanca fue conocer “dos Ciudad Bolívar”. Las dos caras de tal localidad bogotana: “Una buena, la otra mala...”.

     —No te entiendo —le digo.

     “La buena… Esa que la administración te muestra: ves lo mejor, las mejores callecitas, los mejores barrios… El que gobierna lo pasea a uno por donde puede entrar el carro, ‘no hay ningún problema’…”

          —¿Y la otra?

     “Te juntas con el presidente de la junta comunal, por ejemplo, y ese sí te lleva hasta la otra cara...  Entra uno a ‘El tesoro’, ‘El tesorito’, ‘Arabia’ o ‘Bella flor’, solo para mencionar cuatro —«cuánta ironía con tales nombres», habré de decir yo—, y uno se encuentra con la realidad más cruda de la pobreza, más allá de la extrema: personas desplazadas, mujeres en situación de prostitución, niños pipones, enfermos —«millonarios de lombrices», anoto ahora yo—, abandono, las casas hechas con

lata, con tablas, con cartón, aguas residuales por doquier, olores que producen náuseas en el visitante, ese el fétido ambiente que todos

“Niños color de mi tierra, con sus mismas cicatrices, millonarios de lombrices… y… por eso: qué tristes viven los niños, en las casas de cartón…”… La alegría y la esperanza a los niños de zonas marginales de Bogotá y Cundinamarca se las está llevando el periodista Romero Salamanca.

 respiran, y, entonces uno dice: «Bueno, ¿y aquí qué pasó?»”.

     —¿Y qué pasó?

     “Que lo que uno ve en todo el país en cuestión de miseria extrema se refleja, quizá con mucho de desesperanza, aquí en la capital de la República”.

     …qué lejos pasa la esperanza, por las casas de cartón...

                      Próxima entrega: cuando la pobreza extrema no quiere zafarse de la desesperanza.

                    “Pero a la esperanza hay que volver a instaurarla”, sostiene

                    Guillermo Romero Salamanca. Y en esas anda… A punta de ladrillo.