Nota del directorCon Edgar Awad Virviescas, hijo del inolvidable colega Fernando Awad Blanco, y hermano de David, hemos consolidado una relación virtual. Publica en Facebook y le hemos hecho seguimiento lector a sus narraciones. Nos hemos comunicado telefónicamente con él, que vive en Yopal, y le hemos solicitado que nos permita reproducir su trabajo evocativo en esta página. A su turno, él nos ha pedido que le demos cabida a su serie ‘El pájaro loco’, que, cuenta Edgar, es su biografía… En esta actualización, capítulos III y IV, de un total del seis.

Capítulo III

     A los pocos días de arribar a Barranquilla, me matricularon en el Colegio San Francisco de Asís, en la carrera 38 con 72, un excelente centro educativo.

     La edificación, en forma de L, con tres pisos, con una infinidad de salones para las clases, dos canchas de básquet y dos de futbol.

     Ingresé sin problemas, palanqueado por mi tía, quien hablo con los sacerdotes: ella se relacionaba con facilidad con las personas.

     El alma mater dirigida por los padres franciscanos, de los que lucen

En la carrera 38, entre calles 70 y 72 de Barranquilla, la antigua sede del colegio San Francisco. Allí, por ‘cachaco’, a Edgar le correspondió perder peleas a puño limpio… Hasta cuando aprendió el efectivo truco que le enseñó su tía… A partir de entonces, todo cambió.

túnicas largas: en esa familia religiosa usan de uniforme el color café oscuro, de cinturón portan una suave y gruesa cuerda clara y debajo del hábito,

pantalón. Se caracterizan por sus sandalias de cuero y votos de pobreza. Cargan en sus espaldas el capucho, como símbolo y costumbre muy antigua en su vestimenta.

   Cursaba segundo de primaria y, con suerte, me tocó una profe súper joven, de cabello claro. Me deleitaba verla en sus clases, por su estilo tierno de enseñar, muy agraciada. Algo inefable me ocurría: jamás falté a una clase y cumplía

gustoso con las tareas asignadas… Por ella olvide a la azafata de mis sueños. Me gustaba verla moverse en el tablero. 50 años después volví a verla: ¡qué tristeza!, había perdido la frescura, la maja figura y el encanto de la juventud. Entré en shock y no fui capaz de saludarle. Hoy me duele no haberla elogiado, pero en mi mente siempre la recordaba joven, jovial… Difícilmente reconozco el paso del tiempo: mi cerebro guarda recuerdos fotográficos, nunca tomo en cuenta el tiempo, siempre en mi memoria los magníficos momentos permanecen congelados e imborrables.

     Pero, ¿sabes?, nada es perfecto. Mi pronunciación al hablar no gustaba, los compañeros detectaron que era cachaco. Me molestaban y terminaba metido en

problemas: peleas en el salón, en recreo o en el patio.

     Nos citábamos exactamente donde parqueaban los buses, que era el lugar perfecto para pelear, o a la vuelta del colegio, por lo escondido: los maestros, en esos lugares, no nos pillaban. Esos pelaos sabían pelear con

Familia religiosa que usa de uniforme hábitos de color café oscuro, de cinturón portan una suave y gruesa cuerda clara y debajo, pantalón. Se caracterizan por sus sandalias de cuero y votos de pobreza: los padres franciscanos.

puños y patadas y yo siempre terminaba con las narices rotas, un ojo negro y, en el peor de los casos cojeando, todo adolorido… Y mamá quejándose en rectoría.

     Ser cachaco es una peste en la Costa, no nos quieren, pero terminan apreciándonos. Me tocó aprender a hablar ‘corroncho’, como los costeños. Mi primo ‘El mono’ me enseñaba por las noches a decir, ñerda, nojoda, ah ñoñi, eche, y otras palabras algo groseras. Los términos en la Costa son diferentes. Por ejemplo: no cuelgan la ropa, la guindan; al bombillo le dicen foco; la llave del agua es la pluma; no se cortan el cabello, se motilan, y… el protagonista de la

película es ‘el chacho’…

     También no faltaron las clases de boxeo, pero la verdad eso no era para mí. Total: cachaco y, para rematar, era el consentido y no era un pelado callejero con mañas. Mi tía me dio un consejo sabio: que en la pelea me agachara y cogiera un puñado de tierra y se lo tirara al contendor en la cara para que le callera en los ojos y cuando estuviera aturdido, le pegara, lo levantara a trompadas: ¡qué buena técnica! Me dio los mejores resultados y mejoró mi vida estudiantil.

     La conducta, siempre de mal en peor. Trataba, pero no levantaba buenas notas. La profe habló con mis compañeros

¡Ah…! Los buses de aquellas épocas, el bus escolar perteneciente al colegio San Francisco de Barranquilla. Detrás de ellos, los encuentros a trompadas y patadas.

y algunos dejaron de burlarse del cachaco. Unos compañeros me enseñaron las rutas de los buses del colegio y, por más de seis meses, me las ingenié para tomar el transporte que

pasaba por casa sin pagar la mensualidad, de ¡puro vivo!

     Algunos sábados, con mi tío, alistábamos el campero para el viaje del domingo, en ocasiones a fincas de amigos de él o para el mar. El paseíto a la playa, ¡qué tortura! Recuerdo que antes de llegar a Puerto Colombia, subíamos por una pequeña loma, cuando estábamos en lo alto veía asomarse la vista de ese vasto mar y me entraba un miedo,

tanto, que mis tripas traqueaban con los retorcijones, me temblaban las piernas, creo que empalidecía. Al llegar, me alistaban la pantaloneta para el baño, felices me echaban al mar, sabían de mi miedo y dizque para quitármelo me zambullían. Con terror, veía cuando unas olas grandes, muy anchas, se aproximaban, levantándose más altas, como gigantes manos, a hundirme en esa agua turbia y salada. Ese día, mis

primos gozaban gracias a mi pánico. Mi padre me decía: “no tengas miedo, no seas gallina”.

Un paseíto de Edgar a la playa, durante sus primeros años en Barranquilla, “¡qué tortura!”… Apenas “veía asomarse la vista de ese vasto mar, me entraba un miedo, tanto, que mis tripas traqueaban con los retorcijones, me temblaban las piernas, creo que empalidecía”, dice el autobiógrafo.

     Finalizábamos el día en francachela. Recuerdo canciones de esa época como ‘Se va el caimán’, ‘Te olvidé’ y unos vallenatos con los cuales mis tíos, muy expertos, tiraban paso muy junticos, me agarraban de una mano cada uno, para que aprendiera a bailar con ellos, pero mi cuerpo era muy duro, mi cintura rígida, torpe, sin el ritmo ágil, entusiasta de la sangre costeña… En fin: cachaco tenía que ser… Con los años, tomé figura, hablado y ritmo.

     Desde Villavicencio, en la linda Colombia (Junio de 2017).

CAPÍTULO IV

     Al terminar el año escolar regresamos a Bogotá, a ‘Cachaquilandía’.

     A mi padre lo habían contratado en una emisora, creo que él trabajaba en algo de presentador, locutor ó periodista. Me parecía el trabajo más fácil del mundo. Era solo hablar y hablar. Emocionados, lo escuchábamos con mamá en sus reportes noticiosos en un radio transistor shape, con forro de cuero oscuro; aprendí algo muy bueno, que por siempre me ha servido: a escuchar radio, un universo mágico de sonidos, en el cual los murmullos y los ruidos hacen deleitar la imaginación. Y la poner a volar por horizontes nuevos, a conocer personajes por su voz, a oírlos contar su diario vivir, y eso me ocurría escuchando la radio, las radionovelas de 1963. Mamá también me narraba historias de la familia, todos los días.

Fernando Awad, Consuelo Virviescas de Awad, Lilia Revelo Awad y Fany Awad de Revelo, arriba; en la parte inferior, Servio Revelo A., Edgar Awad Virviescas, Gustavo y Eduardo Revelo Awad.

Creo que, por esos hechos, soy contador de mundologías, autodidacta, malo o bueno.

     En esa época, me acuerdo, andaba de moda

un baile tonto: el tal twist, moviendo la cintura circularmente para dar medios círculos con los pies muy simple… Ni forma de comparar con lo visto en la tierra de la amistad, la bella Barranquilla, donde saben bailar y brillar hebilla, suavemente como flotando en el aire con ritmo Caribe.

     Lo chévere de Bogotá fue encontrarme con mi abuela, una madre consentidora y alcahueta. Mientras mamá era imponiendo disciplina y cariño, mi tía, tíos y primos maternos, todos cachacos, eran personas diferentes, muy educados, demasiados amables… Su forma muy diferente a la de mis parientes en la Costa, que eran alegres, extrovertidos, abiertos, muy sinceros, sin tapujos para hablar, muy pero muy amplios.

     Mis padres tomaron en arriendo un apartamento en un segundo piso y esa capital es muy fría, ¡nojoda! Y bañarme, ¡qué sacrificio! El agua sale como témpanos de hielo, como si la sacaras del congelador. Comenzó a faltarme la tierrita del calor. Para salir, tocaba arropado de pies a cabeza. Mamá me ponía hasta dos sacos para cuidarme. La gente viste con ropas oscuras, ¡qué vaina! Se ven como de luto a toda hora. En la costa veía vestir a la gente con campantes multicolores, hasta en ello se ve la vida coloreada como un fastuoso arco iris de alegría, eternamente con olor y sabor a carnaval.

     En esa residencia permanecía, del colegio al hábitat y de la vivienda al colegio, todo el tiempo, encerrado, jugando solo, inventándome compañeros de juego imaginarios. De vez en cuando venía mi tía, siempre con humor y unos cuentos fantásticos del quehacer diario o llegaban primas de mamá con sus hijas y jugábamos al papá y la mamá o echábamos chistes. Recuerdo que un día les conté un chiste a unas primas de esas simpáticas historias costeñas que escuché en el colegio de Barranquilla y mis tíos me excomulgaron con mis primas. No volvieron a dejarme ver a mis primas, por ‘costeño vulgar’.

     Esa Bogotá, qué cosa tan horrible, con ladrones que salen de cualquier lado con infinidad de métodos y técnicas. Para esos años era común el rasponazo al reloj, lo practicaban los gamines y corrían tan rápido que estoy seguro de que rompían récords mundiales de atletismo. Era muy simpático verles correr por la Caracas o la Décima… Se escuchaban solo gritos diciendo fuertemente “cójanlo, cójanlo” y las señoras a cuidar sus oídos y cadenas en el pecho, apretando fuertemente sus bolsos. Ala: Bogotá es peligrosa.

     En el colegio era muy chistoso y contradictorio. Todos me llamaban ‘El costeño’ y me

molestaban. Incluso, mi profesora, una cachaca normal, así me llamaba. Algunos compañeros me

La avenida Caracas de aquellas épocas, cuando el raponazo era una avanzada especialidad de la delincuencia, la cual provocaba algo muy simpático cuando, en huida después de coronar, salían a correr.

decían, y no sabía por qué, “costeño mamaburra”. Jajajajaja…

     Bogotá, muy bonita, sin embargo, muy fría, seria, oscura y lluviosa. Sus gentes, muy abrigadas de cuerpo y amistad. Así es su manera: se envuelven en una coraza para protegerse, volviéndose secos. No hablan casi, muy precavidos o temerosos, nada serviciales, desconfiados hasta de la sombra. Creen a toda hora que les van a robar y si es así, solo hablan monosílabos “Si, No”. Allá en ‘Cachaquilandia’ lo que sobra es la deshonestidad, hasta en el Congreso de la República.

     Me contaron que un domingo un señor con sus copas en la cabeza montado en su bicicleta, una Monark-panadera, de esas grandes, buenas, iba pasando por el Palacio de San Carlos y le dio por dejarla allí, parqueada en la reja de la mansión. Enseguida corrió el cadete de la Guardia presidencial y le dijo: “Señor, usted no puede dejar esa bicicleta aquí”… “¿Por qué?”, requirió el ciudadano. “Porque este es el Palacio presidencial”, contesto el guarda. El hombre, ebrio, se tocó la cabeza y respondió: “Pero la calle es libre, yo la dejo donde me dé la gana”… “Sí, pero aquí no, porque por acá pasan el Presidente, los ministros y los senadores”… El borrachín se rascó la cabeza y se quedó pensando unos minutos… Al poco rato respondió: “Sí, usted tiene razón. Le pondré cadena con candado”.

     Desde el tranquilo cerro El Venado de la bella Colombia (Junio 2017).

Bogotá, muy bonita, sin embargo, muy fría, seria, oscura y lluviosa. Sus gentes, muy abrigadas de cuerpo y amistad. Así es su manera: se envuelven en una coraza para protegerse, volviéndose secos.