“Uno debe hacer lo que le gusta” (I)

     Colgada en aquella pared —era la de una alcoba matrimonial—, la guitarra estaba rota y solo tenía tres cuerdas, maltratadas, todas sin templar.

     La imagen de la guitarra rota, desvencijada y desajustada, impactó a aquel niño-adolescente —14 años— que, al verla, sintió como que cierto pesar y, sin pensarlo dos veces, pasó los dedos de su mano izquierda sobre las cuerdas, al tiempo que sentía que aquel primer contacto con ese instrumento lo envolvía en un halo como de música de otro mundo, quizá celestial, sin que nunca antes jamás en él hubiese esbozado alguna inclinación por este arte.

     Recuperado del impacto emocional, descolgó la guitarra rota, la apretó contra su pecho y comenzó a rasguearla, al revés, él es zurdo: vibraciones que no eran sonidos acordes y que, a pesar de que eran casi ruido por las condiciones del instrumento, lo cautivaron.

     “Me estremecí y, en medio de esa experiencia, algo extraño: una voz 

interior —un algo místico— que me dijo: «¡Tú puedes crear!», pero en ese momento no le puse mucha atención”, recuerda. Sin embargo, quedó ‘timbrado’, tocado por lo que había vivido en aquellos momentos.

     Plena atención sí le puso, allí en la alcoba de sus padres, al nombre de la guitarra: ‘Epaminondas Padilla’. Era marca de fábrica, el nombre de un viejo artesano que, junto con su hermano Jeremías, tenía, allá por los años 40 del siglo XX, un taller para fabricar guitarras en San Victorino, centro histórico de Bogotá. Y a sus productos los rotulaba ‘Epaminondas Padilla’.

     “El nombre de Epaminondas me causó risa, nunca lo había oído”, recuerda entre risas Fernando. Y a raíz de ese otro impacto emocional que le causó tal nombre, creó: “«Haré no un LP sino un EP», me dije para mis adentros. Y enseguida me inventé un personaje para mis aventuras creativas adolescentes: «Con Epaminondas haré originales 

‘epaminondazos’», me dije”.

     Aquella sensación musical que lo envolvió al manipular la ‘Epaminondas Padilla’ había de durarle varios días, algunas semanas, pero no lo impulsó a interesarse, de una vez, y de lleno, por la música. Y así había de terminar su bachillerato —con una cierta creciente pasión por crear—. Y había de ingresar a la universidad para graduarse de economista. Profesión que no ejerce.

     De aquel encuentro con la guitarra rota han transcurrido 23 años. Y hoy, de 37 cumplidos, el 

protagonista de esta historia recuerda que había comentado su experiencia a compañeros de bachillerato y que, apropiado de aquel instrumento y en pleno auge de su paso de niño a adolescente —la guitarra rota no podía salir de casa—, comenzó a crear instrumentales mentales y guturales: compuso ‘La caja toráxica’, acompañada de latigazos de percusión tanto al tórax como a la caja de la guitarra rota. Y, bajo la misma ‘técnica’, compuso también ‘Olas’. Y él mismo se proporcionaba un sonido estéreo a lo que iba creando: para lograrlo, hacía pasar el sonido vocal por entre sus dientes.

     “Grababa en una grabadora ‘Panasonic’, muy antigua”, recuerda.

     Se llama Fernando Mora Rodríguez, economista, quien hoy vive de dictar clases de inglés a domicilio por intermedio de su marca Navarquía —“un barco terrestre”,

Arriba, frente al computador en el cual monta sus partituras. Abajo, con orgullo casi infantil, hojea y ojea —para que el cronista lo vea—, el álbum en el cual colecciona, impresas, partituras de algo más de sesenta canciones de su autoría: ¡es su máximo tesoro! No le ha generado ingresos, pero lo hace feliz.

pregona su sitio Facebook—: “Emprender, innovar para generar nuevos caminos…”. Y desde la perspectiva navarquiana y la filosofía de que ‘Uno debe hacer lo que le gusta’, Fernando fue perfeccionando su inglés, fue 

a Australia para ello, pero también, motu proprio, se fue metiendo a músico, actividad a la cual ha terminado por dedicarle seis horas, y a veces un poco más, de su diario vivir. Vive para la música, pero no vive de la música.

     Él se había apropiado de la guitarra —no debía sacarla de casa, no valía la pena, estaba rota, le decían sus mayores. ¡Quién sabe qué historia guardaba!—, pero en ella, y en casa, sí podía explorar, con ella comenzaba a ‘balbucear’ música. También había de lograr la suya, su propia guitarra, normalita, de madera, la cual se terciaba a la espalda y en la cual también había de explorar. En ella seguía ‘balbuceando’.

     En el colegio les había hablado a sus compañeros sobre esa cierta pasión que comenzaba a crecer en él y muchos comenzaban a admirarlo sobre la base de lo que él contaba y la guitarra allí, terciada a su espalda. Pero cuando le decían «Mora, ¡toque!», quedaba al descubierto que ¡no sabía hacerlo!

     Con los ingresos que le proporciona la enseñanza a domicilio del inglés —y alguna línea crediticia—, ha podido dotarse de cuatro guitarras eléctricas, un piano, dos computadores, equipos para grabar y editar videos y ha montado un mini-estudio para grabación y edición en una de las alcobas del cálido apartamento que habita al norte de Bogotá. Vive solo y en solitariedad acompañada de soledad, especialmente hacia la madrugada, trata de perfeccionarse como músico. ¡Él bien sabe lo que tiene para plasmar, en notas —do, re, mi, fa, sol, la, si— y claves y escalas y otros signos musicales, notación musical entre esas cinco rayas rectas, horizontales, paralelas y equidistantes, que así, juntas, dan, sobre un papel o proyectan en una pantalla de computador, la forma visible de la locución pentagrama!

     Ahora Fernando admite, eufórico, que ha sido un autodidacta, que desde la perspectiva de que cada canción es una lección, ha tomado de grandes músicos y del folclor para ‘balbucear’ sus ‘locuras’ y llevarlas hasta el 

pentagrama y crear las partituras. Lecciones de

Fernando Mora Rodríguez, enmarcado en guitarras, su mundo...

teoría musical —40 horas— vino a recibirlas apenas en 2015, cuando ya llevaba ocho años haciendo canciones instrumentales, valiéndose solo de la guitarra y la creatividad. El profesor, Gonzalo ‘Chalo’ Cantor, se resistía a creer que su alumno fuera empírico, ante tantos acordes que podía sacarle a la guitarra.

     “Yo he aprendido de todo el mundo”, dice. “Cada músico, con sus canciones, da lecciones. Lo que no tomo es una discografía completa de alguien, porque no quiero ser la cara de ese alguien. Una o dos canciones para aprender: de música clásica, de Colombia, de Perú. Tomo la riqueza de esos mundos ya explorados, para también hacer mi mundo”, dice. Y presenta a esos maestros de la música: “Sebastián Bach y Mauricio Vicencio, músico andino, muy creativo, una leyenda en Latinoamerica”.

     Con ese “no quiero ser la cara de ese alguien”, Fernando da un “NO” rotundo a eso que ahora se estila, y al por mayor, y que se denomina cover musical: la interpretación de un éxito de otro —sea un grupo o un solista— y que, inclusive, llega a ser admitido, y consumido, si se ejecuta como una copia exacta del original.

     —¿Mozart, Beethoven…?

     “De Beethoven, versiones de arreglos que ha hecho para guitarra: ‘El himno a la alegria’, por ejemplo… Me llama la atención el guitarrista Miguel Rozo… Me gusta ‘Asturias’, tema de música clásica...”

     Dejar completamente terminada su primera canción fue un logro a sus 20-21 años y hace apenas año y medio montó la primera partitura. En 15 años de estar metido de lleno en la música, lleva 65 canciones. Y a toda esa

producción, él mismo le pone calificación, de 1 a 100: 98.

     “Extraordinaria experiencia esa de pasar a partituras. Allí plasmas todas tus ideas y es algo que cada músico debe hacer”, precisa Fernando, sentado frente al computador estipulado para tal tarea.

     Hasta su apartamento en un quinto piso, hasta el cual se llega por escalinatas no tan ‘matadoras’ —y desde el cual los ojos jamás se cansarán de ver, a través del ventanal, el hermoso paisaje hasta más allá de norte de Bogotá— me había metido, una mañana de estas, a dialogar por largo rato con el músico, el mismo personaje con quien, por allá a finales del mes

Este es todo el espacio que requiere el músico para crear, escribir y grabar canciones y videos. Una alcoba de su apartamento.

de agosto pasado, había coincidido en la estación ‘Calle 187’, para irnos

a compartir asientos contiguos en un articulado y con quien habíamos venido relacionándonos desde la condición de vecinos de residencia: Parques de Mirandela.

     En persona, face to face, tête à tête, cara a cara, mientras nos desplazábamos en Transmilenio, él me extendería especial motivación: “Uno debe hacer lo que le gusta”, me dijo esa vez...

     En aquella ocasión, uno al lado del otro, él a mi derecha, sin ningún preámbulo, comenzamos a hablar de lo que nos ocupa el tiempo, lo que, de pronto, “¡nos apasiona!”: A él, Navarquía, me dijo; a mí, El Muelle Caribe, le reiteré…

     Ahora, cuando Navarquía ancla en El Muelle Caribe, con una filosofía bien clara: ¡el uno soporte para el otro!, Fernando y yo estamos empecinados en que las actuales generaciones se apasionen por la música, en cualesquiera de sus técnicas y géneros. Y desde hace cinco semanas, ¡el uno soporte para el otro!, Navarquía y El Muelle Caribe han venido invitando a que, completamente gratis, diez interesados aprendan a ejecutar, cada semana, guitarra ‘fingerstyle’ y/o acústica. En cinco semanas se han montado cinco canciones originales con sus respectivas partituras.

     Acá, en su apartamento de un 5° piso, Fernando Mora Rodríguez permite un diálogo extenso, sin prosopopeyas.

     Aquí, eufórico, me muestra, como si hubiera recibido un premio, el mensaje que le llegó a su e-mail de parte de Cienytec —CIENcia Y TECnica—, empresa líder en el mercado de equipos e instrumentos científicos para laboratorio en Colombia y Latino América, constituida en 1966 por el capitán de corbeta retirado Alberto Ospina Taborda.

     Y es que, por su especialidad científica, Cienytec celebra cada semana ‘La tertulia de los martes’ y al tertuliadero correspondiente al 21 de noviembre pasado, fue invitado Fernando. Así le escribieron:

     De: Cienytec, Alberto Ospina T. <alberto.ospina@cienytec.com>
     Fecha: 27 de noviembre de 2017, 22:07
     Asunto: tertulia del martes 21
     Para: ‘Navarquía’ <navarquia@gmail.com>
     Apreciado Fernando:

     Muchas gracias por la excelente presentación de tu arte de la guitarra, con la cual contribuiste de manera efectiva al éxito de la tertulia del martes pasado. Muchos de los participantes me han manifestado su satisfacción y agradecimiento por el espacio cultural de la tertulia, con énfasis en la parte del intermedio musical que fue especialmente brillante gracias a tu participación. Espero seguir contando contigo y tu guitarra, componentes artísticos imprescindibles de las futuras tertulias. Sentí mucho no haber podido quedarme hasta el final para darte este agradecimiento personalmente. Cordial abrazo. Alberto.

     Alberto Ospina T.

     Bogotá, Colombia

     Y de todos los continentes, gracias a la inmediatez propiciada por las nuevas tecnologías, Fernando recibe mensajes alabando su creatividad. El más reciente, comentado por el guitarrista este domingo, le ha llegado del Reino Unido: “¿Cómo hace para crear tanta belleza?”, le preguntaron.

Continuará