Tres más... ¡Otras 3 crónicas de Guillermo Romero S.

     Uno de los comerciales de mayor impacto en la televisión colombiana lo protagonizó Jairo Alonso Vargas. Vestido de saco y corbata, el presentador por muchos años del Reinado Nacional de Belleza y excantante de la Nueva Vieja Ola, anunciaba la llegada del Turbonetics5, el primer televisor a color en el país.

     El aparato, sin control remoto y con una perilla para girar hasta 12 posibilidades de canales, fue ensamblado por Sharp, empresa controlada en esos años por la familia del embajador Fernando Londoño Capurro.

     Jairo Alonso, todo ceremonioso, anunciaba también que el Turbonetics5 lo vendía Automotora Gran Colombia, daba 19 meses para pagarlo y sin intereses. “Así usted tendrá a color sus novelas preferidas, sus noticieros, sus películas y todas sus diversiones”, agregaba.

     Era ilógico que se anunciaran las ventas de televisores a color, en transmisiones en 

blanco y negro. Pero así pasó.

     Se avecinaba el encendido de esta novedad en el país.

     La primera mermelada la tuvieron los telespectadores el 13 de junio de 1974. Ese día, por primera vez en Colombia, se hacía una emisión con esa modalidad. Se pusieron pantallas gigantes en el Coliseo El Campín y en el Gimnasio del Pueblo en Santiago de Cali. Se agolparon miles de aficionados del fútbol para ver la inauguración del Mundial y el partido entre Brasil y Yugoslavia.

     El encuentro quedó a cero goles, pero quienes asistieron al espectáculo quedaron con las ganas de repetir el postre.

     Desde ese momento, cada ocho días, los domingos a las siete de la noche, doña Gloria Valencia de Castaño manifestaba en su programa ‘Naturalia’, la frase que se convirtió en grito de batalla: “Lástima que la televisión no sea a color”.

     Pasaron 5 años para cumplirle el sueño a la primera dama de la televisión. El 1 de diciembre de 1979, el presidente de entonces, el mismo del estatuto de seguridad, Julio César Turbay Aayala, cumplió con lo prometido en su campaña política y puso en marcha el decreto 2811 de 1978, con el cual se daba la orden de hacer lo posible para que el país estuviera a la altura de las comunicaciones internacionales.

     ¿Cuáles fueron las primeras imágenes en color en Colombia? Pues, desde luego, el discurso del presidente en el Palacio de Nariño.

     A finales de la década de los setenta, gran parte de la televisión se transmitía en color, porque eran películas internacionales, pero se veían en tonos grises. Como el material venía en estuches metálicos, se llamó a esa programación como la era de los ‘enlatados’. 

     Series como M*A*S*H* —con historias de médicos en la guerra de Corea-—,  El Hombre Nuclear —conocido como el hombre de los seis millones de dólares—, El gran Telly Savalas protagonizaba Kojak, un temible policía de Nueva York; La Familia Ingalls —que llegaba los domingos a las ocho de la noche—; La Mujer Maravilla, Baretta —otro policía especial—, La Mujer Biónica, Los Ángeles de Charlie, el Crucero del Amor, La isla de la Fantasía y El Hombre Increíble, entre otros.

     Las aventuras de El Chavo del 8, El Chapulín colorado y la Carabina de

Ambrosio —con la espectacular Gina Montes, Chavelo y César Costa— llegaban de México y dominaban varios horarios.

     La producción nacional estaba comandada por Fernando González Pacheco-Castro, con Animalandia… Le seguía El Cuento del Domingo —con libretos de Pepe Sánchez y Bernardo Romero Pereiro—, la novela más exitosa era La Abuela con doña Teresa Gutiérrez.

     Pepe Sánchez era el maestro de RTI y era director y guionista de la comedia Don Chinche, que contaba con un elenco conformado por Héctor Ulluoa, Silvio Ángel, Chela del Río, Delfina Guido, Hernando Casanova, Jorge Velosa, Humberto Martínez Salcedo, Cristina Penagos, Gloria Gómez, entre otros.

     El musical que presentaba las estrellas nacionales e internacionales del momento era ‘El show de las estrellas’ de Jorge Barón, pero aún no se le había dado por dar la ‘patadita de la suerte’ que había institucionalizado don Raúl Velasco en México.

     Don Abelardo Forero Benavides y Ramón de Zubiría, hablaban de El pasado en presente.

     Y todos querían ver en su esplendor a la gran Amparo Grisales, en todos los tonos posibles.

     Si hoy viviera, Bruce Lee había de cumplir, el reciente 27 de noviembre, 77 años de nacido.

     Cuando falleció, el 20 de julio de 1973, apenas tenía 32 y el mundo entero dudó sobre los motivos de su muerte. Aparecieron decenas de versiones según las cuales un complot internacional se había organizado para evitar que siguiera arrasando en el cine, otros decían que obedecía a un golpe mientras grababa una película, unos más aseguraban que no había fallecido, sino que se escondía y, otros más, sostenían que había sido llevado por los

extraterrestres. Lo cierto es que días antes de fallecer sufría de desmayos y dolores de cabeza. El día fatal, Lee estaba en Hong Kong, en el apartamento de la actriz Betti Ting. Sintió un malestar y ella le dio un analgésico. El actor quedó inconsciente y cuando le llevaron al hospital, había fallecido.

      Pero es que nadie lo podía creer. ¿Bruce Lee, muerto? No. Eso era ilógico. ¿Cómo iba a fallecer el más grande peleador que le había ganado todos los enfrentamientos posibles y que incluso había propuesto una pelea con Casius Clay o Mohamed Alí, el más grande boxeador de todos los tiempos?

     Las películas de Bruce Lee no llevaban romance, ni batallas con sables o fusiles, ni historias musicales. Eran narraciones hechas con miradas, puños, patadas voladoras y golpes con los brazos y las piernas. Él tuvo varias escuelas de artes marciales y organizó una filosofía de vida. Millones de personas en el mundo entero seguían sus lecciones, sus entrenamientos y las filas para ver cada una de las películas eran enormes. Teatros como el Olympia de Bogotá, que podía albergar a 5 mil personas, ofrecía espectáculos a las 3 de la tarde, a las 6 y a las 9 de la noche, con llenos totales cuando presentaba cintas como ‘El dragón’, ‘El regreso del dragón’, ‘Furia oriental’, ‘El gran jefe’ y ‘Juego con la muerte’.

     Con el surgimiento de Bruce Lee y sus enseñanzas de artes marciales, nuevos mercados como las ventas de kimonos, cinturones blancos, verdes, azules y negros comenzaron a ofrecerse en las grandes tiendas.

     En Colombia, durante la época del canal Teletigre de doña Consuelo Montejo, se habían visto capítulos en los cuales Bruce Lee actuaba como Kato en la serie el Avispón verde, una trama que lo mostraba colaborándole al director de un periódico a descubrir a los culpables de misteriosos casos policíacos.

     Ni el mismo Bruce sabía de su éxito y cuando fue al Asia, miles de seguidores le decían simplemente Kato.

     Bruce dictaba sus clases, tenía sus escuelas de artes marciales, pero cuando debía actuar entrenaba él mismo a los extras y a sus contrincantes, entre los cuales se cuenta el gran Chuck Norris. Un día, por ejemplo, un extra lo retó y el actor no se inmutó y le dijo, “venga a ver y muéstreme que es lo que sabe”.

     “Se movieron un poco, hasta que recibió una patada de Bruce. Eso fue suficiente y terminó todo… ¡muy rápido!”, comentaba el también actor y muchas veces ‘enemigo’ en las películas Bolo Yeung.

     Una de las virtudes de Bruce fue el perfecto dominio del ejercicio. Tenía una rutina que incluían desde zancadillas, estiramientos, levantamiento de pesas y muchos abdominales.

     “La región abdominal y de la cintura son las coordenadas de todas las partes del cuerpo y actúan como el centro de gravedad. Por lo tanto, se puede promover la capacidad de controlar la acción del cuerpo y dominar nuestro cuerpo con mayor facilidad”, escribió en su catálogo.

     Su gran golpe lo asestaba con su patada. Sus estiramientos de 180 grados lo han hecho inalcanzable.

     Han pasado 44 años desde su muerte, pero cada vez sorprende aún más a sus seguidores. Su película ‘El juego con la muerte’ la han visto en YouTube más de 9 millones de personas, entre otras. El vestido amarillo que utilizó allí fue subastado en el 2013 por la suma de cien mil dólares.

     Bruce continúa siendo leyenda y muchos añoran sus patadas y sus gritos de gato.

     Han pasado 30 años y el crimen del famoso bolerista Víctor Yturbe está sin aclarar. Es más, las versiones aumentan, pero el silencio de las autoridades policíacas de México es permanente.

     La noticia se dio a conocer la misma noche de los hechos del 29 de noviembre de 1987. Y entonces, miles de mujeres en México, Estados Unidos, Centro América, Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador soltaron un profundo suspiro por el vocalista del detalle, la elegancia de voz, la mirada conquistadora y la tesitura media que las hacía temblar de emoción.

     ‘Mi segundo amor’, ‘Verónica’, ‘Miénteme’, ‘Señora’, ‘Tres regalos’, ‘Felicidad’, ‘Te pido y te ruego’, ‘Sabrás que no me quieres’ y una espléndida lista de temas acompañada de un trío de cuerdas comenzaron a sonar en emisoras mexicanas y en equipos de sonidos de centenares de casas.

     ¿Cómo podía ser posible que el hombre que enamoraba cantando con su estilo

aquella melodía que dice: “Yo sé que en los mil besos que te he dado en la boca se me fue el corazón… Y dicen que es pecado querer como te quiero, quizás tengan razón…”, estuviera muerto?

     Era para no creerlo. Con la versión que hiciera del magistral tema de Julio Jaramillo: “Ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”, las jovencillas blanqueaban los ojos.

     Seis meses atrás había cumplido 51 años. Había nacido el 8 de mayo de 1936 en Ciudad Valles, México. Su nombre completo era Víctor Manuel de Anda Iturbe.

     Antes de dedicarse al canto, el bolerista de suave voz, se rebuscaba la vida como payaso acuático y un día en una de sus piruetas se cayó al agua, con el grave problema que no sabía nadar. Al verlo en esa desesperación por aferrarse a un esquí, el locutor que animaba la fiesta dijo: “Este tipo, se parece a un pirulí”. Hacía referencia a un dulce mexicano de varios colores.

     A la gran Verónica Castro le dedicó una canción que llevaba su nombre. Su video donde le musita a la encantadora actriz palabras como: “Quiero, tus ojos mirar, quiero tu boca besar. Verónica, extraño tu voz cuando no estás junto a mí”. “Verónica, extraño tu voz cuando no estás junta a mí. Verónica, te quiero decir que te extraño tanto que no puedo más que te quiero tanto, amor”.

     Su versión de “Miénteme” del maestro Armando Domínguez Borrás fue sencillamente magistral. La había hecho el Trio Los Diamantes y la fascinante Olga Guillot, pero El Pirulí le quedó perfecta. Además, muchos hombres llevaban el tema en serenatas y las cantaban cuando estaban desengañados.

     El Pirulí parecía desbaratar su voz cantando: “Voy viviendo ya de tus mentiras, sé que tu cariño no, no es sincero. Sé que mientes al besar y mientes al decir te quiero, me conformo porque sé, que pago mi maldad de ayer”. Y después de tomar un aire seguía con su despecho: “Siempre fui llevado por la mala, es por eso que, que te quiero tanto. Más irás a mi vivir la dicha con tu amor fingido, miénteme una eternidad que, que me hace tu maldad, feliz”.

     No lo podían creer sus fanáticas y después terminaba su canción, mientras se ajustaba el negro corbatín y lanzaba una mirada al profundo de las almas de sus seguidoras: “Y qué más da, la vida es una mentira, miénteme más, que me hace tu maldad feliz”.

     Ese era el secreto de El Pirulí: cantarle al corazón de los enamorados. Por eso unos lo querían y otros lo odiaban.

EL MISTERIO DE LA TRAGEDIA

     La noche fatal de “el pirulí” estaba descansando en su casa en Atizapán, Estado de México. Sonó el timbre y él corrió hacia la puerta, porque pensaba que era su hija que había salido y no se había llevado las llaves. Tan pronto abrió, tres hombres le dispararon y le propinaron seis balazos. Todos de muerte. Cuando llegaron los sabuesos de la investigación se dieron cuenta que la escena del crimen había sido trocada e incluso el tapete estaba limpio.

     Después se encontró un sillón ensangrentado de la sala de la casa del Pirulí en el río Moritas. Los medios se atrevieron a decir que su esposa Irma le había disparado. Situación que nunca se comprobó.

     Otra versión decía que todo había sido por cuestiones pasionales por un novio celoso, otra aseguraba que era por un ajuste de cuentas por las deudas que tenía el vocalista y una más sostenía que era por unos posibles nexos con el crimen organizado. Un año después el caso se cerró por la poca colaboración de la familia del ‘Pirulí’ para esclarecer la muerte del famoso bolerista que enamoró a miles de mujeres con su voz.

     Los medios de comunicación mexicanos se preguntan qué habría ocurrido aquella noche, pero sostienen que si aún no se sabe cómo se perdió el hijo de Charles Lindbergh, más fácil sería averiguar por qué mataron a Víctor si era tan buen bolerista.