Otro cuento largo (cinco capítulos) de JJ

     En la escuela El Escorial de Pamplona, cursando segundo de primaria, José, que era un poco curioso, en su tiempo de recreo, encontró un verdadero tesoro.

     En un cuarto casi abandonado, lleno de telarañas y de pupitres en mal estado, cerca de un rincón, halló un estante con varios rollos de papel y de libros en desuso. Al desenrollar y desempolvar el primer rollo, alcanzó a ver los contornos de un mapa. En la parte superior, a manera de título, en visibles letras negras, ‘Los grandes ríos de Colombia’ y una línea con muchas curvaturas casi en el centro que iba de sur a norte, recorriendo casi todo el trazado del mismo.

     Como pudo y usando un pañito rojo que también había encontrado en el sitio, fue despejando letra a letra, el curso de esa sinuosidad que le llamaba la atención. Fueron apareciendo los signos que ya conocía desde el primer año. Y como una mágica llamada, leyó de corrido: Rio Magdalena… y supo al instante que de pronto esa sería otra llave 

ignorada para conocer lo que más deseaba con intensidad, pues Carlos Julio, su hermano del alma, le había enseñado que, siguiendo el curso de las aguas, alguno les llevaría a conocer lo que, desde la quebrada de la casa campesina, habían anhelado al construir sus barcos de papel: el Mar Caribe.

     Afanosamente, limpió cada centímetro del mapa y pudo descubrir que esa gran corriente pasaba por Santander, en un punto que se llamaba Puerto Wilches y que, por esa vía, llegaría al Océano Atlántico. Y con esa sapiencia natural de los niños, miró que, en el borde de abajo, aparecían unos símbolos para desentrañar el significado de lo que querían decir. Fue así como supo que unas líneas delgaditas, eran las carreteras que unían a las diferentes poblaciones que aparecían con un punto negro y al lado, los nombres de las mismas. Buscó y halló la comunicación entre Pamplona y Bucaramanga, llamada la carretera central del norte.

     Entendió que otras líneas negritas, con rayitas sucesivas transversales, eran indicativo de que no se trataba de una carretera, sino de una línea de tren. Los ferrocarriles, los había conocido en el teatro de cine, donde su hermano mayor trabajaba y lo metía a hurtadillas, los sábados y domingos, para que viera películas de vaqueros y de indios. Y así, en secreto, en ese cuarto abandonado de la escuela primaria, durante los recreos, el niño, fue montando su propia cinta.

     Le contó de su hallazgo a Carlos Julio y este le incentivaba para que buscara más datos. Supieron que, en Bucaramanga, la capital de Santander, el ferrocarril, llegaba a un sitio que se llamaba Café Madrid y desde allí partía hacia Puerto Wilches, por donde pasaba el Magdalena. Esa ciudad, ya la conocían, pues visitaban a algunos parientes con frecuencia. Era una vía hermosa y lo que más les gustaba, era el paso por el Páramo de Berlín, el sitio más alto de la carretera, muy frío, cubierto de una neblina espesa y lleno de lagunas y de arroyos claros. Allí, regularmente paraban los buses de Copetrán para que los pasajeros pudiesen tomar un refrigerio o para almorzar, alrededor de fogones de carbón que calentaban el ambiente.

     Todo eso lo recordaba con claridad, pues desde el patio de la escuela se divisaba el corte de la montaña por la vía y también los buses y carros que parecían de juguete de lo pequeños que la distancia los mostraba. José continuó con sus clases secretas de

Croquis del Río Magdalena.

geografía en los mapas del olvidado salón, mientras en su mente

construía una nueva salida hacia el Mar Caribe y más conocimientos de la raza que le obsesionaba: los motilones, de los cuales, como se sabe, se creía originario y por lo tanto, caribeño, como lo intuía.

     Sus padres no le creían cuando, tres años más tarde, debieron salir del pueblo de manera forzada. Ellos, los mayores, eran partidarios de ir hacia los lados de Cúcuta, pero el plan trazado por los hijos se realizó con algunos obstáculos, pero pudo más el afán de buscar un sitio tranquilo, que el de permanecer cerca de los poblados violentos de ese entonces. Además, con el estudioso de José y el convencimiento de Carlos por haber partido meses antes de la incursión de la familia hacia la Costa Atlántica, no hubo más rumbo que tomar sino el trazado por el aprendiz de geógrafo en dos años largos de estudios, sobre los mapas del cuarto secreto de la escuela.

     Fue una aventura proyectada como en el teatro del pueblo. Los padres Teódulo e Inés y el hijo menor, con sus pequeños bártulos, compraron tiquetes sin regreso hacia Bucaramanga, en las primeras horas de la madrugada, a escondidas, sin despedirse ni de la comadre más cercana. Desde lo alto de la carretera, con algunas lágrimas, dieron el adiós a Pamplona y a su barrio viejo y en la última curva se hicieron la señal de la cruz y mandaron una bendición a los vecinos del barrio Popular Obrero. Les esperaban cinco horas de viaje hacia la primera escala de su nuevo destino.

     En  la  gran  capital  de  Santander, 

preguntaron por el Café Madrid y quedaron en comprar los tiquetes del tren a Puerto Wilches a la mañana siguiente, todo según lo 

El Páramo de Berlín, el sitio más alto de la carretera... Allí, regularmente paraban los buses de Copetrán para que los pasajeros pudiesen tomar un refrigerio o para almorzar.

planeado antes de partir. La estación era un solo murmullo a las seis antes del meridiano. La platica alcanzó para cubrir asientos en segunda clase y a las siete en punto se oyó el resoplido de la locomotora y el primer envión de los vagones cargados de cientos de ilusiones.

     Fue una experiencia nueva para todos: la selva, los ruidos de afuera, los pueblitos que pasaban raudos ante las ventanillas, llenas de ojos avizores. Alguna parada para beber algo tropical, pues el calor se empezaba a sentir y las ansias de alejarse de lo incierto y violento, imperaban. Las horas se fueron raudas y, más allá de las tres de la tarde, el silbido de ‘el caballo de hierro’ se sintió alegre entre las gentes del puerto ribereño. De las cantinas cercanas brotaba la música como bálsamo para los pasajeros y era “otro el cantar”, como decía el papá Teódulo al asomarse por la ventanilla del vagón central. Y la sonrisa de Inés era como coro a ese dicho olvidado, mientras a 

José Joaco le empezaba un dolor de muelas, no se sabe si de verdad o por la emoción de haber agotado la primera parte de una larga aventura para conocer el mar.

     Pero la muela siguió molestando y el niño no pudo dormir por el dolor y las repeticiones en toda la noche de la canción mejicana ‘La calandria’ que, nítida, salía del traganiquel de una cantina cercana. Al día siguiente, el muchachito fue llevado en volandas al primer sacamuelas del pueblo que, al parecer, era el mismo despechado de la ranchera, pues el diente que sacó resultó no ser el que mortificaba a Joaco.

     De todas formas, se adquirieron los tiquetes para el vapor Juan B. Elbers, en tercera clase, pues era un barco de lujo, que en tres días y medio, los dejaría en el muelle de Barranquilla, destino final de la aventura.

 

JOSE JOAQUIN RINCON CHAVES

Continuará