Cuento largo o novela corta de JJ (V y VI)

     El sueño de Raquel era inquieto. Se sentía impotente porque luchaba por despertar y alejar aquellas imágenes que una y otra vez le asaltaban en la plenitud de la noche. Se veía cerca de la carrilera de un tren, y en medio de ella, el cuerpo de un hombre de mediana estatura que yacía sin sentido. Le gritaba para que recobrara el conocimiento, pero era inútil, no lograba sacarlo de su desmayo, ni ella moverse de donde se encontraba.

     Una locomotora desbocada corría hacia el caído y aun cuando intentaba cerrar los ojos, una fuerza desconocida le obligaba a mantenerlos bien abiertos. Las ruedas de hierro del ferrocarril alcanzaron al hombre tendido sobre los rieles y le destrozaron inmisericordemente, le despedazaron y lo único reconocible que quedó, fue un pedazo de un

uniforme azul que le identificaba como funcionario de la Aduana. Raquel, en medio del terrible sueño soltó un largo gemido y todo a su alrededor se volvió negro.

     Un sollozo que le destrozaba el alma la hizo regresar al mundo de los vivos. Hacía apenas una semana atrás que había sepultado al Antonio de sus amores en el camposanto de aquel puerto olvidado y aún en su mente y en la inconsciencia de los sueños, permanecía la imagen cruel de su muerte. Las autoridades de Buenaventura habían sellado el ataúd de su marido y habían sido explicitas en informar a la viuda, la imposibilidad de verle el rostro y su

cuerpo por última vez.

     Era una masa informe e irreconocible por lo que estimaron era más humanitario para sus familiares recordarle como había sido en vida, que intentar guardar ese retrato

que se quieren llevar la mujer y los hijos del ser amado, tras el vidrio de la

La locomotora desbocada corría rauda… Raquel nada podía hacer, ni en sueños, para sacar al hombre de su desmayo…

caja mortuoria. Los diarios de la gran ciudad, La Prensa, más que ningún otro medio de Barranquilla, daba cuenta, en detalle, del inusual suceso atribuido a la mafia del contrabando que se había apoderado del puerto sobre el Pacífico.

     Antonio Garcés había sido trasladado de Puerto Colombia a Buenaventura, por el director de la Aduana, para combatir a las bandas que se habían adueñado de ese terminal. Su incorruptibilidad, le había señalado como el hombre en quien se podía confiar para descubrir la telaraña de delincuentes que empezaban a campear en el país.

     Desde su labor en Santa Marta y su Ciénaga natal, había dado muestras de indagar hasta la minucia, los hilos conductores de la criminalidad que se movía tras el tráfico de café y de otras mercancías por los puertos de la nación. La familia había recalado en Puerto Colombia en un mágico viaje por las ciénagas entre Santa Marta y Barranquilla. En las bodegas de la lancha que los trajo por el Caño El Clarín y los camarotes de la embarcación, los seis hijos de la pareja jugueteaban a ver cuál de ellos avistaba más aves marinas y lagartos que eran incontables en ese tramo del viaje. La vista de la gran ciudad a orillas del Magdalena les sedujo de inmediato y juraron que tendrían que volver

para descubrir sus gentes y costumbres, juramento que cumplieron a cabalidad años más tarde.

     El transporte de la familia entre Barranquilla y Puerto Colombia se realizó por tren. Era la época de esplendor de esa pequeña bahía. La suerte de tener aguas profundas provocó que las autoridades nacionales, la escogieran como el sitio adecuado para llevar el ferrocarril que antes cubría el tramo hasta Puerto Salgar.

     Francisco Cisneros, ingeniero cubano, inversionista conocido del gobierno y hábil para los negocios, había convencido a las autoridades que un buen puerto de mar, unido a la navegabilidad por el río, daría un fuerte impulso al comercio internacional, como en efecto ocurrió. La construcción del muelle de acero y cemento, la prolongación de la vía férrea hasta Bahía Cupino, que cobijaba el incipiente poblado de Puerto Colombia, aceleró el desarrollo de manera instantánea. Para ese momento, el puerto fue considerado el tercero en el mundo, con aguas más profundas, lo cual facilitaba la operación con mayor cantidad de barcos mercantes. Entonces no se hizo esperar la inmigración de alemanes, holandeses, italianos, franceses y de otras nacionalidades europeas que colocaron a Barranquilla en el primer lugar de las exportaciones e importaciones del país y a Puerto Colombia como motor de ese gran avance.

     A esta población repleta de inmigrantes, llegaron los Garcés con su carga de ilusiones y de sueños. Ocuparon una gran casona, amplísima, con tantas habitaciones que a veces duraban semanas para lograr encontrarlas. Todo un paraíso para los seis chicuelos traviesos que habían llegado al lugar que todo niño anhela, la tierra del nunca jamás, con un mar tan cercano que se tocaba con las manos, con solo sacarlas por las puertas de las últimas ventanas de sus cuartos amplios.

     Una mañana, un marinero con voz fuerte y enredada, de quien después se supo que era alemán, solicitó una habitación en arriendo. Antonio Garcés, que a veces se encontraba a gatas para atender a semejante tropilla, pues el salario de guarda de aduana no le alcanzaba para mantener la familia, vislumbró el negocio y, esa misma noche, le propuso a su esposa, que convirtieran la vieja mansión, en un hospedaje de paso. Así, casi sin quererlo, había descubierto, una posibilidad de mejorar la situación de la tribu y de ocuparlos en las labores del que pasaría a ser el Gran Hotel Puerto Colombia. Título un poco rimbombante, pero al fin grande, por

la cantidad de gentes que se ocuparían para atender a la clientela. Ocho ilusos, los padres y los hijos, que de tanto recorrer pueblos y ciudades, pensaron en haber llegado al destino señalado.

     Durante el día, don Antonio Garcés se ocupaba de sus funciones como guarda de la Aduana Nacional. Del hotelillo a las oficinas del ferrocarril, solo había una cuadra de distancia. Desde la puerta del hospedaje, su mujer le observaba mientras caminaba hasta el edificio oficial. Allí, revisaba los papeles relacionados con los navíos que habían atracado en el muelle, la tarde anterior, el tipo de cargamento que habían traído o la carga que iban a llevar a Europa o Estados Unidos. Luego, con paso parsimonioso recorría los noventa y dos metros que separaban la entrada de la oficina del ferrocarril al sitio del inicio del muelle.

     Saludaba por sus nombres a los veinticuatro conocidos apostados en sus negocios del embarcadero y alzaba la vista para ver por decimaquinquagésima vez la fecha en que dio en servicio la estructura de mil doscientos diecinueve metros de acero y hormigón: 1888. Se acercaba a la oficina de la aduana, cerca al final del embarcadero y tomaba las órdenes de inspección a los buques para constatar la clase de mercancía y las correspondientes autorizaciones de ingreso a territorio nacional o de salida al exterior.

     Subía con cautela a los vapores y manejando con astucia sus escasos conocimientos del alemán o del inglés, se hacía conducir a las amplias bodegas de los buques. Tenía un sexto sentido para conocer los comportamientos de los marineros mercantes y con una nariz que envidiaría cualquier sabueso, descubría algo fuera de lugar en la carga denunciada. La incautación del alijo era instantánea y por ello se había ganado el aprecio de sus superiores y la amenaza de los delincuentes. Así había procedido en los largos años que llevaba en la Aduana.

     Para 1936, empezaba Buenaventura a manejar mayores volúmenes de carga de café y otras mercancías por su conexión por vías férreas y carreteras. Fue ganando a otros Puertos en importancia, lo cual la convirtió en objetivo del contrabando. Ante este fenómeno, las autoridades aduaneras recurrieron a sus mejores funcionarios en el país y, precisamente, Antonio Garcés, fue uno de los seleccionados para reprimir el flagelo que afectaba los ingresos del Tesoro Nacional.

     Al páter familia, le llegó la orden de traslado desde Bogotá. Nada que hacer. El Hotelito no había aún tomado vuelo y la familia entera no podía ser desarraigada tan lejos. Raquel y Antonio, tomaron una dura decisión. Ella se quedaría en Puerto Colombia con los hijos ayudando en la administración del hospedaje y el, marcharía por un año hacia el Pacífico, mientras la nave se enderezaba en Puerto Colombia. No hubo tristezas en la despedida. El carácter de Antonio y las enseñanzas impartidas decían que todo sucede para encontrar algo mejor. Y así debería ser, de modo que la partida fue alegre y bendecida con un me voy, pero volveré del padre pulcro.

     Pero sucedió lo que a todo buen investigador le ocurre. Antonio, recién desempacado de

Sucedió lo que a todo buen investigador le ocurre… Descubrió que, al amparo de prestigiosas firmas de exportación, se consiguiera la calificación del café Excélsior, como café de menor calidad o convencional y…

Barranquilla, inició indagaciones sobre cargas de café que no aparecían declaradas en los trámites aduaneros y que sin embargo lucían legalizadas para efectos de exportación. En forma callada, fue

siguiendo el proceso y las maniobras utilizadas para lograr que mercancías no inventariadas por las autoridades del puerto, llegarán a Estados Unidos, en donde para la época, este producto se cotizaba a buen precio. Descubrió que, al amparo de prestigiosas firmas de exportación, se consiguiera la calificación del café Excélsior, como café de menor calidad o convencional, con lo que el precio del producto se incrementaba notoriamente en Nueva York y otras ciudades americanas. Además de lo anterior, el número de sacos exportados aparecía en menor cantidad, con lo cual la ganancia era inmensamente superior. El pago de la mercancía parecía normal. Se declaraba en las planillas como si correspondiera a lo enviado. La cancelación de los excedentes se verificaba en tanques camuflados en las importaciones de insumos para cultivar el grano.

     Negocio redondo. Antonio, la noche en que fue asesinado, estaba a la espera de incautar unos tanques que habían sido embarcados en Nueva York y en los cuales venía camuflados y convertidos en dólares, el pago de la ilícita actividad. Pero no contaba con que los contrabandistas ya avisados, le emboscaron en la estación del tren, le hicieron

perder el sentido y lo arrojaron a la carrilera.

Esa era la pesadilla que todas las noches y durante meses, acompañaba a Raquel de Garcés. Ella, había quedado sola, con seis hijos, unos niños, otros adolescentes. Cuatro mujercitas y dos varones para seguir criando y educando con una pensión ínfima que el gobierno había autorizado por los “invaluables servicios “de Antonio y los ingresos del hotel que servían para que la familia viviera casi al día.

Por eso, la situación de la niña mimada de la casa, Patricia, la había tomado en un mal momento en el que tenía que mostrar severidad para que el resto de

la prole no fuera débil y empezara a realizar acciones que lograran desestabilizar el núcleo familiar. Por su error de entregarse a un capitán de barco que ni siquiera se sabía si regresaría, le había inclinado a apartarla de sus hermanos, enviándola al rincón más

Aquellas épocas de esplendor para la estación de ferrocarril (antigua)… Con prolongación de carrilera hasta Bahía Cupino, que cobijaba el incipiente poblado de Puerto Colombia…

alejado y escondido de la inmensa casona. Nadie en el puerto podía enterarse de esta segunda tragedia. Un padre a quien todos le rendían honores por su inmenso sacrificio y la forma en que había sido asesinado, no merecía el escándalo de una hija menor mancillada por un desconocido y que para empeorarles la vida, resultaba embarazada.

ContinuaráUna decisión impensada y la guerra como supremo impedimento de…