¿Qué inspiró al ser humano en su construcción?

     La ciudad es tal vez la obra más osada y, en todo caso, la más compleja del hombre sobre la superficie terrestre. Es tan osada, que actualmente está arrancando los clavos donde antes colgaba su memoria y su nostalgia; ignora toda tradición y todo sentido de intimidad y, aparte de eso, intimida, da miedo.

     Si antes le teníamos miedo a la oscuridad del monte y las leyendas que nos contaban los mayores, hoy se lo tenemos a la ciudad.

     El profesor Tonucci, actual director del observatorio pedagógico de Roma, lo describió de manera simple, pero bella, así: “En un tiempo tuvimos miedo del bosque, era el bosque del lobo, del ogro, era el lugar donde nos podíamos perder. Cuando los abuelos nos contaban cuentos, el bosque era el lugar preferido para ocultarse de los enemigos, las trampas, las congojas. Desde el momento en que el personaje entraba en el bosque, nosotros empezábamos a tener miedo,

sabíamos que podía ocurrir algo, que ocurriría algo. La narración se hacía lenta, la voz más grave; esperábamos lo peor, porque lo peor acechaba. En un tiempo nos sentíamos seguro dentro de las casas, en la ciudad, en el vecindario. Este era el sitio donde buscábamos a los compañeros, donde los encontrábamos para jugar juntos. Allí estaba nuestro sitio, el sitio donde nos escondimos, donde organizábamos a la pandilla, donde jugábamos a la mamá

y al papá y donde escondimos el tesoro”.

     En mi experiencia vivida, eran costosos tesoros de piratas traídos de lo profundo del mar Caribe, lejos de la bahía de Santa Marta, más allá de El morro —ese sitio desconocido, donde al finalizar la tarde, se funden en un abrazo el sol con el mar azul y plata, en medio de una sinfonía de colores, no sé si fraternal

o amoroso, (siempre me quedo la duda)—, en todo caso accesible solo para los marinos  de altos cabotajes como lo fue mi padre: el viejo Rogelio Ramírez Otero, que recorrió los intrincados mares de Las Antillas. Eran lugares donde construíamos juguetes según las modalidades y habilidades robadas a los adultos. Cuando mi padre nos narraba su experiencia marinera, construíamos sirenas encantadas que enamoraban marineros y monstruos marinos, que danzaban en las aguas de la bahía echando fuego.

     Aquel era nuestro mundo. Pero en poco tiempo todo ha cambiado. Asistimos, hace unos sesenta años, al surgimiento de la gran ciudad latinoamericana y, desde entonces, se apoderó un afán nunca visto antes de vender la ciudad, de perderla, de volverla masiva, anónima, solitaria e insolidaria… Llevarla a una transformación rápida, veloz, total… Es la licuadora de la Gran ciudad que todo lo revuelve, es como si nada quedara, nada se salva, solo las viejas calles queridas cantadas por el tango.

     Los bosques quedaron atrás, pasaron a ser una bella metáfora.

     Ahora solo quedan zonas verdes aprisionadas por el bosque de concreto, que se levantaron por todos lados,

agrediendo el espacio del ciudadano impávido.

     Este mismo fenómeno lo vivieron los europeos mucho antes que nosotros, en los siglos XVIII y XIX, y los testimonios los encontramos en los escritores y poetas de esos tiempos. Por ejemplo, Baudelaire, en su obra poética, denuncia como “la calle en torno a mí ruge”; lo mismo Engels, cuando a los 24 años de visita por Londres en 1948, comenta cómo “las oleadas de transeúntes que

 se apiñan y aprietan ni siquiera se ponen de acuerdo por la acera para no tropezarse con los que vienen en sentido contrario”.

     En nuestro caso, hace solo 60 años, nuestras ciudades eran el lugar de encuentro y de intercambio, más o menos fraternal, de objetos de consumo, cuyo fin era la ganancia de muchos y el ganar de pocos.  Hoy, ese intercambio se ha vuelto agresivo y, de hecho, cuando cae la tarde, el centro de la ciudad queda en manos del desespero, de los ladrones, de los malhechores.

     Pero no hay regreso, tenemos que convivir en las urbes. El reto está en cómo apretarnos, sin matarnos, lo cual requiere pensar la ciudad como escenario de formación en cultura ciudadana. Tenemos que aventurarnos en plantear algunas premisas para repensar la ciudad y rehacerla, imprimiéndoles otras lógicas alternas, otros sentidos diferentes al concepto de progreso deseado por unos pocos y guiado por manos alejadas del bien público.

     En plena segunda década del siglo XXI, los escenarios de la ciudad actual, también conocida como ciudad posmoderna, ciudad virtual, está empezando a ser más real, que la real. La televisión es la única forma de recorrerla y de saber lo que está pasando en ella. Si el símbolo de la ciudad vieja era la catedral gótica, de puntilla hacia el cielo con su austero mensaje de espiritualidad y de eternidad, ahora lo es el centro comercial el que concentra a la gente y su brillo. Si en la ciudad de antes había un centro indiscutible, ahora hay muchos centros. El centro ha explotado en pedazos hacia la periferia y cada uno maneja sus normas, su argot. Esta es la ciudad moderna que se reemplaza rápidamente, policroma y hedonista. Esta es una ciudad subversiva, siniestra, lunática, miserable, pero también noble, educadora, refinada. Aquí cabe todo, esa es su normalidad.

     Si la ciudad se nos presenta como un gran escenario educativo, implica mirarla pedagógicamente desde al menos tres dimensiones:

     La dimensión ética–política que implica preguntarnos ¿el porqué de las ciudades? ¿Por qué es inevitable vivir en ellas? ¿Qué inspiró al ser humano en su construcción? ¿Desde qué utopías fueron pensadas?

     La dimensión filosófica y epistemológica que lleve a aclararnos la clase de conocimiento y de saber que puede ofrecer la ciudad al ciudadano como humanización.

     La dimensión estética–simbólica que puede guiarnos en la comprensión sensible de la ciudad por parte del ciudadano que la recibe y la construye; es la lectura de los signos y símbolos que subyacen en el entramado social.

     La discusión apenas comienza y, ciertamente, urge que la política y la pedagogía se pongan de acuerdo en lo fundamental de la ciudad —esa obra monumental del ser humano—: para los niños, en tono de fiesta y con paso alegre y creíble, o por lo menos amable.

Diez verdades y la saturación web (III)

                                              www.davidrollvelez.com

     Hay gran confusión entre la ciudadanía en Colombia pero también en todo el mundo sobre lo que realmente está pasando en nuestro planeta y en nuestro país.  En parte se debe a que las redes han saturado a las personas con información innecesaria y ya nadie lee noticias.

     Pero si usted revisa con cierto detenimiento las principales revistas y periódicos de Colombia y el mundo, ve los noticieros y da una mirada a los medios de redes serios, descubrirá las siguientes diez verdades sobre la realidad de Colombia  actualmente:

Buenas Noticias:

     DEMOCRACIA: A pesar de la guerra, realmente de 100 años, y de todas sus implicaciones, Colombia ha sido uno de los pocos países latinoamericanos que prácticamente pasó el siglo XX sin dictaduras. Mala, restringida, bipartidista, como se quiera apellidar, la democracia colombiana, junto con la de Costa Rica fue casi única entre los países abajo del río Bravo.

     CAPITALISMO: A pesar de su dependencia de recursos no renovables y todos los problemas de infraestructura, Colombia es el 34º país más rico del mundo y el 4º más rico de Latinoamérica.

     POBREZA: A pesar de que seguimos siendo un país con mucha pobreza, por cifras hay en Colombia un millón de pobres menos en el último año en términos de pobreza multidimensional que mide calidad de vida y no solo ingresos. Al comienzo de la década era del 30 por ciento y ahora es del 17.

     PAZ: A pesar de que la mayoría no está de acuerdo de como se hizo el proceso de paz y de que manera se está implementando el acuerdo final, lo cierto es que Colombia no había estado tan en paz como ahora desde por lo menos medio siglo atrás.

     FELICIDAD: A pesar de que suena absurdo que un país con tantos problemas y divisiones tenga altos índices de felicidad, la suma de todas las mediciones da un nivel muy alto de satisfacción con la vida entre los colombianos.

Malas Noticias:

     DEMOCRACIA: Esta vaina está mal, hay que reinventarla sin revoluciones, no está funcionando, piensa la mayoría de los colombianos. Quizá sea necesaria una nueva Constituyente, porque para muchos el barco está haciendo agua.

     CAPITALISMO: Por muy país medio que seamos, aquí hay un problema serio de manejo económico estratégico, lo dicen todos los expertos todos los días en sus columnas.

     POBREZA: No solo La Guajira y Choco son pruebas de un subdesarrollo residual aún inaceptable, sino que la redistribución ha fracasado, la movilidad social se estancó y las nuevas clases medias están en un difícil equilibrio en todo el país.

     PAZ: La disidencia de las FARC, las guerrillas aún activas y sobre todo los carteles delincuenciales siguen siendo una preocupación real y en algunos momentos mayúscula, como para hablar de país en paz  en estricto sentido.

     FELICIDAD: Si bien los índices indican otra cosa, cualquier colombiano puede percibir que la felicidad nacional es más bien un recurso de supervivencia y una forma de ser para enfrentar el día a día que una auténtica suma de buenas noticias. Es un ventaja, sin duda, pero no deja de ser una ficción en parte.