Las piezas de un CEO en ‘SER Autores & Editores’...

     Su auto-presentación en Facebook lo dice todo: “Soy un man bacano, DIBUJANTE DE SONRISAS —en los rostros de la gente, de toda la gente, aclaramos y puntualizamos—, que camina alegre, feliz, por el lado chévere de la vida.

     CEO en ‘SER Autores & Editores’ y Editor Responsable en ‘Estamos En Movimiento’, Juan Carlos Rueda Gómez promociona su libro  ‘El cazador de historias’, ya editado y con él en la mano, una antología de 25 crónicas de su autoría, publicadas en El Heraldo. El prólogo lo escribe el director del matutino barranquillero Marco Schwartz.

     Sobre su libro, Juan Carlos dice que “tengo el privilegio de que las dos notas de solapa de mi libro, han sido escritas por los primeros Jefes de redacción que tuve en El Heraldo, ambos, entrañables amigos: Ricardo Rocha y José Orellano”.

     Y el Índice del libro nos ofrece un apetecible menú periodístico-literario:

     Capítulo 1: Qué vaina, Diomedes Díaz, te empeñaste en no morir de viejo.     Capítulo 2: Barranquilla se llenó de “Loros”.      Capítulo 3: Clemente Echeverría

¿Juan Carlos juniorista? Quién sabe… ¡Fiel hijo de ‘Tu papá’!

Llanos - El guardián de la iconografía popular.     Capítulo 4: José Mangual Jr. “Este  cantar  es para ti,  barranquillero”.      Capítulo 5: El árbol de San Marcos, Sucre: Un equívoco monumental.     Capítulo 6: A 22 años de su muerte, la historia no contada de Rafael Orozco.     Capítulo 7: Rosendo Romero y Wilfran Castillo, Dos gigantes paralelos pero confluyentes.     Capítulo 8: Los éxitos de El Gran Combo de Puerto Rico son… ¡sin cuenta!     Capítulo 9: José Manjarrez El lustrador ilustrado e ilustrador.     Capítulo 10: Mamá, yo quiero saber, de dónde son los tenderos.     Capítulo 11: Una quinceañera que noquea a ritmo de salsa.     Capítulo 12: “Héctor Lavoe me lavó el cerebro y los oídos”.     Capítulo 13: Cunaviche adentro: Un canto al llano, que se convirtió en delirio salsero.

Capítulo 14: Las Úrsulas de Sibarco.     Capítulo 15: ¿Qué pasó, Viejo Deivi… cómo así que se mudó, cuadro?     

Capítulo 16: Un gran abrazo, mi ‘bro’ querido.     Capítulo 17: Adolfo Echeverría volvió a una de sus cuatro fiestas.     Capítulo 18: Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo: caminaré de cara al sol.     Capítulo 19: Historias de vida en un mercado que se niega a morir.     Capítulo 20: La verdadera historia del merengue a La Virgen del  Carmen. 

Capítulo 21: “Ni el viento pasa por ahí”.     Capítulo 22: Macondo, donde la magia no se detiene.     Capítulo 23: Leandro Díaz. canta como habla, habla como canta.     Capítulo 24: 32 ángeles vuelan al cielo...     Capítulo25: Recordando a Rafael Orozco, el ídolo, el hombre, el amigo.

POR LOS LADOS DE LAS SOLAPAS

     Repasada la lista ordenada de los capítulos de ‘El cazador de historias’, desplacémonos, pues, a las solapas que alude Juan Carlos, el periodista, escritor, poeta, compositor y dibujante de sonrisas  —y más allá aun: dibjunte de carcajadas— y comencemos con el texto de la autoría de Ricardo Rocha:

     A diferencia de los fantasmas, que no siempre están, las historias siempre están allí para todo aquel que tenga los ojos necesarios para verlas. En algunas ocasiones la particularidad es que en vez de hacerse ver, se hacen sentir. Y algo de eso sucede con estas historias que relata Juan Carlos Rueda Gómez en este libro, en el que aglutina experiencias diversas de una vida activa. Por eso la lectura de su

texto se parece hoy, a un viaje al recuerdo de una realidad omnipresente. A veces, por los hechos superficiales tendemos a creer que aquellos individuos que se destacan en su quehacer están a cubierto de los tropezones de la realidad cotidiana. Este texto de anotaciones sobre personajes regionales nos demuestra que no es así: que cualquier individuo está expuesto a esos tropiezos solo por la circunstancia de estar vivo. Algunos pierden su centro, pero más importante que contar la pérdida de ese centro, es el esfuerzo que se pone en recuperarlo. Y darle la dimensión que originalmente debió tener. Pero lo mejor que podemos hacer con estas crónicas de Juan Carlos Rueda Gómez es dejar

que ellas hablen por su autor, que tengo la certeza, lo harán mejor que cualquier otro.

     Vayámos ahora al de José Orellano, director de El Muelle Caribe:

     Sobre alguien a quien el Nobel de Aracataca, Gabriel García Márquez llamó en su propia cara “Cazador de historias”, nada resta por decir. Porque… ¡nada más apegado a la realidad! Eso, un Cazador de historias —para exhibir después tales piezas en todos los modos y medios de comunicación existentes, incluida la composición musical— es lo que ha sido Juan Carlos Rueda Gómez desde cuando, imberbe aun, se le dio por husmear y otear más allá que el resto de sus congéneres y después saber contar aquello que olfateó, escudriñó, y admiró. Salvado del estudio académico —me uno a la cofradía— y, al final de cuentas, ‘dibujante de sonrisas’, como él mismo lo pregona en

aquello que olfateó, escudriñó, y admiró. Salvado del estudio académico —me uno a la cofradía— y, al final de cuentas, ‘dibujante de sonrisas’, como él mismo lo pregona en  su perfil de Facebook, Juan Carlos no solo es un reportero genuino, sino que abrazó —y se dejó abrazar por él— ese oficio al cual Albert Camus calificó como “el más bello del mundo”, para que García Márquez lo reiterara con insistencia: el periodismo. Muchas de las historias cazadas por Juan Carlos se las contó él mismo a Ernesto McCausland para que este les impartiera la mayor dinámica audiovisual, televisiva. Después, Juan Carlos haría crónica escrita con cada historia y El Heraldo había de publicárselas. Ahora,

Un plus, una novedad, un aporte de los ‘carboncillos’ o ‘plumillas’ imaginadas de Juanka para dibujar sonrisas, lo constituye la eco-bolsa, dentro de la cual  se remite el libro a quienes lo compran.

25 piezas cazadas por Rueda enriquecen este nuevo libro, precisamente titulado con el merecidísimo apelativo que le endilgó Gabriel García Márquez, quien, por mucho realismo mágico que hubiese creado, re-creado y recreado, ante Juan Carlos no tuvo otra alternativa diferente sino hablarle con una realidad real: “¡Tú lo que eres es un Cazador de historias!”. En estas 25 piezas de reportería y crónica —la sangre y el alma de nuestro periodismo: un compromiso con lo que acontece— no hay una sola presa mala…

     Seguidamente, nuestra invitación es a que… devoremos una de las crónicas de Rueda Gómez, gentilmente cedida por el colega y afectuoso amigo para esta actualización de El Muelle Caribe, y es la indizada como Capítulo 3:

Clemente Echeverría Llanos

     “No soy de dedito parado sino de pata alzada”, dice a manera de disculpa a todo el que llega a la vieja casona del barrio “Pasacorriendo”, en el centro de Sincelejo, a comprarle o venderle antigüedades. Es la justificación que da Clemente Echeverría Llanos a su particular manera de montar la pierna izquierda en un banco de madera, a la altura del corazón, para que la sangre fluya normalmente y evitar que se acentúen las secuelas de la tromboflebitis que sufrió hace veinte años y le impide

Este hombre, a rajatabla, se ha convertido en ‘Guardián de la identidad Caribe’.

permanecer de pies por más de

diez minutos.

     Podría durar semanas enteras hablando de sus correrías por pueblos, caseríos y veredas buscando objetos viejos o en desuso, a los que sus dueños remplazaron por otros más modernos, pero que para él tienen un valor inmenso, más que comercial, cultural, porque si algo sabe Clemente Echeverría Llanos es definir qué incidencia en la vida de los habitantes de cada región colombiana tuvo cada utensilio, aparato o pieza arquitectónica, venidos a menos por el avasallante paso de la modernidad, que se convirtieron en estorbo o terminaron en la oscuridad de ese indigno lugar llamado popularmente “El cuarto de San Alejo”. Y lo enfatiza diciendo: “Casi todo ha sido remplazado por el vulgar y detestable plástico”

     Su florida conversación no aburre, por el contrario, fascina escucharle hablar con pasión, propiedad y buen lenguaje, de cosas tan simples como la utilidad que tuvo en su momento una olleta de bronce fundido, para hacer chocolate, usada hace 170 años en Santa Fe de Bogotá, cuando las vasijas de barro empezaban a ser desplazadas. Desde los albores de su adolescencia se ha dedicado a una tarea que debería  hacer el estado: rescatar y preservar la memoria histórica y cultural contenida en miles de objetos utilizados a lo largo del tiempo en la vida cotidiana. Lamenta no haber tenido el tiempo ni la disciplina para hacer una documentación técnica y legarla a las nuevas generaciones. Pero aún hay tiempo. Él mismo es un documento vivo, una biblioteca, un tratado de lo que podríamos denominar “cultura de la objetología popular”. Empezó a hacerlo en el año de 1960, aupado por su padre, Vidal Echeverría, el insigne poeta, pintor y pensador surrealista, quien lo mandaba a recorrer los pueblos en busca de antigüedades para su colección privada, que de vez en cuando menguaba vendiéndoles piezas valiosas a sus amigos ilustres, como Julio Mario Santodomingo o Álvaro Cepeda Samudio, solo para sobrevivir, nunca como ejercicio comercial.

     “Mi padre fue miembro activo del Grupo de Barranquilla, era el único poeta, recuerda Clemente, mientras reacomoda su pierna enferma en el butacón. Lo que pasa es que a él no le gustaba figurar. Uno de sus grandes amigos era Cepeda Samudio. Recuerdo que muchas veces, cuando los fondos de mi papá eran escasos, yo pasaba por la oficina del escritor y siempre me daba para una suculenta merienda, dice con una mezcla de nostalgia y alegría, evocando la Barranquilla donde nació el 8 de enero de 1946, de la que partió hace más de cuarenta años.

       A Clemente Echeverría no le ha hecho falta inventarse un mundo surrealista como lo hizo su padre, Vidal. El surrealismo le ha tocado

Fernando Echeverría frente a una serie de fotografías colgadas en una de las paredes de su casa y entre esas fotografías, la de su padre, Vidal Echeverría —Vidal como nombre, no como apellido—. “Mi padre fue miembro activo del Grupo de Barranquilla, era el único poeta”…

 vivirlo irremediablemente.

     Mientras su padre vivía inmerso en sus fantasías, hablando y pensando como español, lo que incluía girar dinero para ayudar la causa anti franquista en la guerra civil española de finales de los treinta, a Clemente le bastó comenzar a recorrer el universo caribe para sumergirse en escenarios irreales pero a la vez tangibles, de los que inexorablemente quedó impregnado.Y se le nota en su forma de expresarse, con verbo rico, fluido, y generalmente con una carga de amargura y humor cáustico, del que no escapan gobernantes, amigos ni familiares.

     Un saqueador de tumbas quería “tumbarlo.” “Cuando decidí independizarme de mi padre, cuenta, me fui a un pueblo que no quiero nombrar, para evitar problemas. Me habían dicho que allí había guaqueros de tumbas indígenas con los que podría conseguir objetos valiosos. Me alojé en un viejo hotelucho, atendido por un joven muy amable a quien le conté el motivo de mi visita. Me dijo que al día siguiente me conseguiría piezas muy valiosas. Que él mismo iría a una guaca secreta que nadie más conocía.  A eso de las tres de la mañana me despertó con mucho sigilo para mostrarme el contenido de dos sacos que empezó a vaciar en el piso de la habitación. Quedé estupefacto al ver varias calaveras que se desparramaron a mis pies, en medio de un hedor insoportable.

     Me mostraba los cráneos y me señalaba algunos dientes de oro, haciéndome ver que eran piezas valiosas. Obviamente, el tipo se había ido al cementerio del pueblo a profanar tumbas y me estaba haciendo cómplice de un delito. Le recordé que yo buscaba objetos indígenas, piezas con valor cultural, histórico y el avivato me dice: ¿Y esto

qué es?… ¿no ve que aquí todos somos indios? Entré en pánico y de inmediato me fui al puerto y me devolví en la primera canoa que salió. A los pocos días salió en los periódicos la noticia sobre la profanación de tumbas en ese pueblo, entre ellas, la de la madre del alcalde. Afortunadamente allí nadie sabía mi nombre, si no, hubiera terminado en la cárcel.

     Encontró una santa de carne y hueso. A finales de la década de 1960, Clemente Echeverría se había especializado en conseguir santos de la época de la colonia, tallados en madera, que eran muy bien pagados por los coleccionistas. En una de

El guardián de la iconografía popular y ese par de espadas usadas en la guerra de Independencia, a comienzos de 1800, y que él custodia con celosa diligencia.

esas correrías terminó en San Andrés de Sotavento, Córdoba, enclave indígena zenú, y allí encontró una santa de carne y hueso,

Almeria Martínez, con quien formó su hogar y tuvo once hijos. Continuó  con su oficio pero poco a poco la gran casona de madera donde vivían se convirtió en una especie de museo que fue adquiriendo fama a nivel regional y nacional, al cual llegaban personas interesadas en obtener piezas valiosas, pero también, antropólogos, sociólogos investigadores y estudiantes que hacían excursiones para conocer todo lo que allí había y a la vez nutrirse de los conocimientos del “loquito Clemente”, como muchos le llamaban, porque no entendían que alguien se dedicara a esas actividades sin apoyo del estado. Incluso, hubo quienes se granjearon su amistad, con astucia de culebreros, para sustraerle piezas invaluables. Vuelve a arroparlo el surrealismo. “Sin proponérmelo, mi hogar se convirtió en el centro cultural que no tenía el pueblo, afirma Echeverría. Cuando crearon el cargo de Director de la Casa de la Cultura, pero sin construir una sede, me postularon para el puesto, con la condición de que aportara todo lo que tenía: mi casa, mi museo y mi biblioteca. Yo acepté a pesar de que solo pagaban mi salario, sin reconocerme nada por la sede que aportaba y lo que contenía. Pero lo recibí como un  reconocimiento.  Me convertí en el primer director de una Casa de la Cultura, en el mundo, con centro cultural incorporado, dice con marcada ironía.

     Pero lo más sui géneris de mi caso no termina ahí. A los pocos meses hubo unos movimientos politiqueros que terminaron con mi destitución y la designación de un remplazo. ¿Y a quién nombraron? ¡A un chofer de camión! Muy honorable, por cierto, pero que escasamente sabía leer y escribir. No contentos con eso, pretendían que ese señor despachara en mi casa, desempeñando una labor de la que no tenía ni la más remota idea.  Es decir, que además de quitarme el cargo y el mísero sueldo, yo siguiera prestando lo que mi familia y yo habíamos logrado con tanto

Por intermedio de Fernando Echeverría se restaura y ese arreglo de desperfectos en una obra de arte, o en una máquina de escribir ‘Continental’ o en una victrola fabricada en 1906 o de una jarra de valioso bronce, ‘pasacorriendo’, en el centro de Sincelejo, desde donde compra o vende antigüedades.

esfuerzo, para que el municipio siguiera teniendo una flamante “Casa de la Cultura”, sin que les costara nada. Vidal, mi padre, creaba situaciones surrealistas. A mí me persiguen y me atrapan”, concluye con tono de resignación.

     David Sánchez Juliao lo reivindicó. A comienzos de 1990, Clemente se enteró de que el escritor  David Sánchez Juliao estaba liderando un movimiento para el recate de la identidad cultural del caribe y de inmediato le mandó un telegrama invitándolo a San Andrés de Sotavento. Sánchez Juliao no solo aceptó sino que ofreció hacer un conversatorio gratis, que se convirtió en un acto multitudinario, con presencia del alcalde José Joaquín Ortiz. Antes de la charla, el escritor visitó la casa museo de Clemente y su familia, quedando impresionado con todo lo que vio allí y a la vez desconcertado por la injusticia que se estaba cometiendo. Al dar inicio al evento, lo primero que hizo fue hablar durante varios minutos de la gran labor de Clemente en beneficio de la cultura del caribe y, frente a todos los asistentes, prácticamente le exigió al alcalde Ortiz que enmendara el error, lo cual fue aceptado, restituyendo inmediatamente a Echeverría Llanos en el cargo, ante el aplauso general. Pero eso fue solo por unos meses. Esa fue una de las razones que lo obligaron a mudarse a Sincelejo, donde le es más fácil conseguir clientes para sus valiosos objetos. “David Sánchez Juliao valoró como nadie mi trabajo, recuerda Echeverría. Gracias a él y a la gestora cultural Yelena Fuentes Urzola pude hacer una exposición en un encuentro que se realizó en Toluviejo. He tenido muchas ofertas para seguir llevando mi museo a otros lugares pero me parece arriesgado porque tengo piezas muy valiosas que debo cuidar. Una de las que más lamento haber vendido es el hierro con que marcaban el ganado del Cristo de la Villa de San Benito Abad. Es la prueba viva de cómo la fe movía no solo montañas sino grandes manadas de reses que los creyentes llevaban como ofrenda, y que convirtieron al Cristo Milagroso en poseedor de uno de los hatos más grandes de que se tenga memoria en Sucre, y que nunca se supo en manos de quién quedó, concluye, mientras se dispone a atender a una señora que insiste en comprarle una Victrola RCA Víctor, fabricada en 1906, de la que Clemente no quiere desprenderse porque en ella reproduce diariamente lo mejor de su colección de discos de 78 revoluciones por minuto, que tampoco están a la venta.