Capítulo X: Una historia real

     Al terminar bachillerato mis padres me mandaron a Bogotá a probar suerte a ver si ingresaba en la Universidad Distrital a estudiar Ingeniería Electrónica.

     En esa institución se presentaban muchos candidatos y eran calificados por un extenso examen de ingreso, difícil de lograr la admisión.

     También de terco y apoyado por unos tíos, ensayé en la Universidad Javeriana: en la Distrital no pasé, mientras en la Javeriana sí, pero el dinero previsto para el proyecto no alcanzaba para esa institución de ricachones y no se pudo lograr el sueño.

     Una decepción algo frustrante, pero ni modo. Por seis meses viví en la nevera en casa de mi amada abuela materna. Viví la vida diurna y la nocturna de la capital. En esa tierra una cosa es de día y otra de noche. Visitaba con un tío los cafés de lindas cachetonas sonrojadas, de coloretes escandalosos, con faldas muy corticas, chicas de todas las partes del país: eran bares flotando en medio de nubes grises por el humo de los cigarros de todos los asiduos fumadores, con música gardeliana y clásicos de milongas. Entre copas y brandis se ganaba la confianza para terminar con alguna niña entre sabanas por unos pesitos. Algunas noches encontré costeños. Nos divertíamos con historias de la costa Caribe y la fiesta se prolongaba hasta el amanecer escuchando vallenatos, para terminar en un improvisado carnaval, llenos de maicena y súper borrachos (peaos), llamándonos hermanos o compadres.

     En el hogar de una tía conocí una amiga de ella, que me recomendó en un centro electrónico para trabajar allí, encargado de arreglar las calculadoras, que en esa época estaban de moda, lo último en guaracha. Les cogí tanta practica que en unos diez minutos las refaccionaba. Duré como dos meses. Luego me independice por idea de un buen tío. En el periódico El Tiempo colocaba clasificados ofreciendo servicio extra rápido y trabajaba a domicilio, cobrando esta vida y la otra. En las oficinas de contabilidad lo pagaban, siendo el único en ese ramo. Recibí ofertas

de otras empresas, pero no acepté.

     A los pocos mesesmi padre envío por mí, para que estudiara en Barranquilla, creo que sospechaba de mis andanzas citadinas. Se termino mi negocio y la vida algo desordenada en los albores de la juventud, con vida noctambula. Dejé varias novias noctívagas.

     Ingresé a estudiar Ingeniería Eléctrica en la Universidad del Norte y en primer semestre me rajaron en español, historia y algebra. Lo que más me perturbó fue una monografía de la materia de español que fue un escrito de diez hojas a doble espacio, en aquella época a máquina de escribir: me equivocaba mucho y rompía la hoja con los tipos del teclado que no cian sobre la cinta y, entonces, saque el papel, arrúguelo y empiece de nuevo. No pude ni terminar la primera página del escrito.

     Muchas cosas me pasaron por primíparo. Los otros estudiantes de semestres más adelantados nos jugaban bromas, como una forma de bautizo por novatos. Ejemplo: en los primeros días entró un instructor joven y nos dio diez minutos de clase y nos dejó una tarea de investigación larguísima y nunca más volvió: ¡fue una broma de los de último semestre!

     La universidad quedaba en las afueras de la ciudad. Una tarde no había transporte y con una amiga vecina pedimos chance a un auto que pasaba por la carretera, un Mercedes Benz negro, antiguo, bien cuidado. El conductor muy amablemente nos ofreció el transporte y se presentó como un pedagogo de calculó de la universidad. Cuando le di mi nombre y apellido pegó un brinco, el conocía a mi papá y le odiaba porque este maestro había sido rector de la Universidad del Atlántico y el militarizó la universidad durante su rectoría y mi tata, como buen periodista, lo describía en el radio periódico como el ‘Rector Policía’. Nunca olvido las ganas de aquel hombre de dejarme en el camino, pero por su cultura guardó silencio. Tiempo después fue regente mío y nunca hablamos del incidente ni él tomó represalias. Recuerdo que nos enseñó que “las líneas paralelas no existen, en algún lugar del universo se unen”, buen postulado.

     Una de las hermanas de uno de los compañeros de curso una estudiaba medicina. En los ratos libres la visitábamos en su facultad en busca de amigas. En muchas ocasiones entrabamos al anfiteatro, veíamos los cadáveres en camillas cubiertos por sábanas blancas y nos retábamos a ver quién sería el más varón para destapar el cadáver: nos metimos unas sorpresas no muy agradables al ver rostros desfigurados sin piel, en los cuales se apreciaban los músculos y les sobresalían los ojos como bolas de billar y el olor a formol penetrante hasta se nos pegaba el hedor a la ropa y la piel por semanas… O ver los huesos oscuros de los pies de los muertos con pedazos de carne humana pálida que todavía les colgaban, fueron imágenes para no olvidar por lo tétricas. Pero de masoquistas nos retábamos para entrar al salón de los exánimes a ver el más macho acercándose a destapar los difuntos.

     Una mañana vimos en el anfiteatro a un señor que sacaba los extintos de la piscina donde los mantenían y al ir a almorzar vimos que el mismo señor era el mesero del restaurante de tres centavos. Ninguno de los tres almorzamos, olíamos el mal olor a muerte y en el plato se reflejaba las huellas oscuras del mesero. Nunca más volvimos a ese restaurante en la universidad, aunque era el más barato.

     Mi compañero nos contaba que la hermana en el apartamento donde vivían llevaba como un mes con un corazón humano estudiándolo y lo guardaba en el congelador de la nevera de la vivienda y que en el escritorio del cuarto de estudio mantenía sobre la mesa huesos humanos. Horrendo.

     Sin embargo, los estudiantes de medicina entraban comiendo al recinto del hemiciclo para sus investigaciones y disertaciones prácticas, desmembrando los cuerpos para las observaciones anatómicas.

     A un amigo más adelantado un profesor le daba clase ad honórem. Decían que era un millonario y solo por hobby les dictaba mecánica de fluidos. En una clase pintó en el tablero una línea contorsionada que os estudiantes imaginaron una tubería con varios recorridos curvos. Se ‘mataron’ averiguando y calculando el fluido y sus diferentes presiones en el recorrido, las variaciones de velocidad y datos de turbulencia… Ninguno en una semana supo la respuesta. A la semana, el profesor llegó al laboratorio y todavía en el tablero estaba la figura, preguntó por su tarea, pero ninguno conocía la respuesta. Sonrío y les dijo lo que pinte es un garabato.

     El catedrático de historia, un show completo, se jactaba de contarnos de ser abogado egresado de la Javeriana. Un viejito con el cabello blanco bonachón y piropero diciéndoles flores a sus estudiantes nos llenaba la cabeza de historias de los romanos, la República y los nacimientos de la democracia. Para rematar, sus clases eran en las tardes, después de almuerzo. Yo me aburría y quedaba ‘foqueado’.

     La maestra de español, una señora flaca, arrugada como una uva pasa, recalcitrante autoritaria, impartía inapetencia a la literatura: fue de las peores clases de toda mi historia, la recuerdo como una clase abortiva. Fue de las peores experiencias en esa universidad. Perdí la materia y terminé fuera del programa de universidad.

     En resumen, no compaginaba con materias culturales. Mi viejo querido no me dijo nada él conocía mis destrezas y se complacía en enseñarme a ser autodidacta.

Desde Yopal en la lindísima Colombia-Julio 2017

Capítulo XI: Inquina… A petición del As de corazones

El edificio Michelín es un viejo silencioso alcahueta, al que no se le arruga su piel. Se ensucia y humedece, pero por siempre luce como nuevo. Detrás de su fachada de mármol, guarda entre sus muros, habitaciones y corredores, muchos secretos, misterios, pasiones aventureras. Él fue fiel testigo —por lo mudo— de mi primer cariño.

     El inmueble rey de festines carnavaleros, se ve levantado, erecto y elegante. Desde lo lejos se aprecia su perfil. No le pasa el tiempo. Sus balcones son los ojos verticales vestidos de diferentes colorines, por donde el viento entra acariciando sus entrañas. Esta antigua edificación es un mudo espectador del peor amor estafador y traicionero.

     Para mediados de los años setenta, desde el balcón del tercer piso, vi una primorosa joven coquetona y a los pocos días nos daríamos los besos más deliciosos, al modo francés que ella me enseñaría. Era menor

que yo, pero muy sabida en ese arte: experimentada con todos sus vecinos, aprendió todas las técnicas. Podría ser instructora magister de esa práctica europea. Me dejaba, después de cada lengüetazo, atónito, embobado. Para mí, los primeros actos de pasión. Manteníamos encuentros secretos, algo misteriosos, que no dejaran huellas ni rastro de nuestras reuniones furtivas, todos sigilosos, en los corredores o puerta trabada del ascensor de Michelín, para no ser descubiertos por los vecinos (o los otros amantes).

     La niña con ojos negros azabaches, grandes, juguetones, nariz pequeña respingada, cara redonda, cabellos negros, lisos, largos extremadamente cuidados, con fisonomía inocente, ¡sublime! Con los años me contaría que se gastaba mucho dinero en mantener esa cabellera y su belleza. Su piel blanca nacarada, su divinidad siempre me enloquecía. Por temporadas nos veíamos y acariciábamos, pero por meses se perdía. Lo veía natural por la edad juvenil: aparecía en primavera y desaparecía en invierno.
Miles de veces salimos sin despertar sospecha. Era cariñosa la condenada, descarriada, ‘casquisuelta’, pero un deleite amarla. Y mostrarla como maja preciosa.

     Sabes: hay amores de amores. Los hay leales es un querer puro blanco… Por interés, bueno, digamos aceptable… En los que se compran por negocio… Pero el peor de todos, él sentimiento falaz de color rojo, es una burla, un engaño y merece lo peor: desde una fuerte cachetada hasta un misil de desprecio. Sé que estás leyendo y, sin poder decir nada, callarás, pero tu alma se retorcerá sí es que aun te queda ese aire de vida malévola.

     A los años, un amigo la vio con otro. No creí. Entendí que era una confusión. Estaba seguro de que ella no me jugaría así: jugaba con las cartas de corazones rojos y creía tener el As de corazones. Mas la ciudad me demostraría lo contrario: en el pueblo de origen, creo que ni el perro ni el gallo escaparon a su ninfomanía. Duele, pero hace la piel más dura. Nunca le tomé odio, no valía la pena. Lo mejor que pudo hacerme un día fue pedirme todos los recuerdos y en poco tiempo murió… No me dio tristeza… Algo en mí se alegró…

     Ese día escuché música alegre hasta el amanecer y, al otro día, se me olvidó su nombre. Es la hora que no recuerdo como se llamaba. Fue como una brisa fuerte que pasó, revolcó las cartas del naipe y se pasó a otro juego sin mayor importancia.

     Adiós, As corazones rojos…

Desde El Cerro El Venado, en la hermosa Colombia-Julio 2017