Briznas-partituras-letanías en tardes tristes del atisbador

Por José Orellano

     Sucedió en Navidad, que no en Nochebuena: Luis Mizar caminaba a mi lado y me reprendía.

    Caminábamos, primero, como que por el muelle de ‘Los pegasos’, en Cartagena, para empalmar, de un momento a otro, con el ascenso de la carrera cuarta en ‘La candelaria’, sí en Bogotá, y andar, casi enseguida, por el callejón de ‘La purrututú’, entre trinitarias florecidas, en su Valledupar de él.

     De su hombro izquierdo colgaba una mochila de las de La Junta, San Juan del Cesar, La Guajira —las de fique—, y también en mi hombro izquierdo una mochila, pero arhuaca, cargada de cinco libros que son poesía pura, universal, la poesía de Mizar. Las causas del regaño no las recuerdo con exactitud, creo que me decía incumplido o algo por el estilo —sus irreverencias, la causticidad de muchos de sus dardos orales—… Yo, muchos años mayor que él, nada le contestaba, solo lo escuchaba, mientras seguíamos caminando y andando hasta que desembocamos —¡sabrá Dios por qué razones— en la

plaza Alfonso López.

     Íbamos a sentarnos bajo el Palo’e mango legendario,

Amelia Mizar y el pintor vallenato Kajuma en una heladería del entorno de la plaza Alfonso López.

pero al mirar hacia la acera de la heladería tropezamos miradas con las de Amelia y Kajuma. La maga, su maga, no estaba. Hicimos ronda en torno a una mesa, pedimos helados y programamos irnos para la casa de Amelia en el barrio Villa Dariana, ahí mismo en el Valle… A lo mejor, abríamos una botella de vino tinto.

     Paramos un taxi y subimos, Mizar adelante… Amelia, Kajuma y yo en la parte de atrás… Con mi mirada escrutando su cuello, imaginaba al poeta recreando su serena ecuanimidad, embelesado en la contemplación del

cuervo reluciente que siempre llevaba posado en su espíritu inhóspito y que, finalmente, hubo de sacarle los ojos a su hambre de eternidad… No alcanzamos a llegar a la casa de Amelia: ¡los ruidos del piso de arriba me despertaron!… Más que nunca antes maldije y ‘reputié’ madre…

     Pero... ¡bueno!: Me quedaba un no sé qué de infinita alegría porque había soñado con el poeta vallenato, 17 meses después de su viaje sin tiquete de regreso en procura de saciar su hambre de eternidad.

     Vale aclarar que varios meses atrás habíamos coincido en la heladería de una de las aceras de la plaza Alfonso López, Kajuma, Amelia y yo. Eso sí había sido real: yo andaba con Amelia. Yo tomé la foto.

     Sí, sucedió en Navidad, tras haber vivido esa noche, despierto —antes de dormirme, diría que estoy seguro de ello—, la sensación de que moría apuñalado por mi propia carne que, con manos de mujer, me ahogaba en el río de mi propia sangre.

     Ahora recreo imaginación en aquel rincón de la casa de Amelia donde —cada vez que la visito a ella— sigo viendo

vivo a Mizar. Con un responsable con nombre propio para que esto suceda: Kajuma, su amigo de siempre, el artista plástico que inmortalizó en ese gesto de grandeza —de ‘sobradez’, diría por joder—, la grandeza del poeta universal.

     ‘Tardes tristes con testigos’, ‘Letanías del convaleciente’, ‘Partituras en sepia para La maga’, ‘Bitácora delatisbador’ y ‘Briznas de la nada umbría’: la obra de Mizar, la que en sueños cargaba en mi mochila: ‘Tardes tristes con testigos’, ‘Letanías del convaleciente’, ‘Partituras en sepia para La maga’, ‘Bitácora del atisbador’ y ‘Briznas de la nada umbría’: la obra de Mizar, faltando mucho por conocer de su producción literaria: los epitafios, mucha más prosa, las cartas, mucha más poesía y en fin… ¿Será acaso que por ahí va el onírico regaño del amigo poeta? ¿Será que de verdad prometí algo al respecto y no he cumplido y ha venido a reclamármelo por medio del sueño? ¡Sabrá Dios!, vuelvo y digo

     Otro punto de vista: De verdad, decido cargar en mi mochila dos de sus obras: ‘Bitácora del atisbador’ y ‘Briznas de la nada umbría’ y viajo hacia Cartagena: pernocto en casa de romántico balcón. Me relajo, retro-traigo a mi sensibilidad ‘sesentana’ los instantes de mi propia carne, con manos de mujer, ahogándome en el río de mi propia sangre….  Leo, ojeo, releo, me detengo, pienso en el cuervo reluciente que ha de venir a sacarle los ojos a mis anhelos de volar pronto hacia la vida eterna y vuelvo y leo… Me voy al muelle de ‘Los Pegasos’... Vuelvo a la casa de balcón... Les tomo hasta fotos a los dos libros poniendo de fondo el cerro de La Popa... A la sazón, en Cartagena Mizar coordinó la revista literaria Candil. En la ciudad amurallada produjo, cuando estudiaba ingeniería civil, gran parte de su poesía, de la cual he bebido, en estrafalarios momentos de sed de insaciable sediento, ‘uno de los mejores libros de alta poesía que se haya escrito’.

     Del capítulo ‘Dios y la nada umbría’ de ‘Briznas de la nada umbría’ leo y releo ‘Aquel roble’, ‘Pensamiento voraz’, ‘Dios en franela juega dominó’ y ‘Lázaro’… No entiendo… Pero vuelvo y los leo y también los releo..

...

     Regreso a Bogotá, me dispongo a estibar

El Muelle Caribe 86 y, de un momento a otro, decido transcribir los cuatro textos… ¡He vuelto a leerlos!... ¡Decido publicarlos! E ilustrarlos a mi manera...

     ¡Disfrútenlos, como lo he hecho yo!

     Bogotá, enero de 2017

     PD: En la actualización 86 se hizo, pero para este agosto de 2017 que agoniza, ilustro —o mejor: enmarco— la narración editada de aquel sueño en Noche de Navidad, noche de 25 de diciembre, no solo con ‘Aquel roble’, ‘Pensamiento voraz’, ‘Dios en franela juega dominó’ y ‘Lázaro’, sino también con otro puñado de textos de la inmensa obra de Luis Enrique Mizar Maestre.

     Nota: Somos tres, Amelia, La maga y yo, quienes hemos asumido un compromiso con la memoria del vate y tengo la certeza de que no le fallaremos.

Pensamiento

V O R A Z

Cuando mis anhelantes labios

rozan el declive tibio de

tu vientre (color de luna

veraniega) nacen exóticas

magnolias que con su canto

sublime convidan a los

rayos del sol a que se transfiguren

en enjambre multicolor de mariposas.

Cuando mis dedos ebrios de

vibración carnal se mimetizan

en el color durazno de tus

muslos me invade un desmoronado

viento que en oleadas desenfrenadas

recorre mi cuerpo y me hace

olvidar opacas y quebradas

imágenes del pasado.

Cuando mi pensamiento voraz

se posa en tus pezones

(desafiantes uvas moradas)

percibo que el péndulo de la

vida oscila con más

velocidad y hace promesas

de paraísos singulares

que siempre huyen de la muerte.