Antes de que se me olvide...

“El más importante y principal negocio público es la educación de la niñez y la juventud”: Platón

     En el primer día de clases, la profesora de gramática del idioma ingles nos pidió a cada uno de los estudiantes de la clase, de diferentes nacionalidades, hacer nuestra presentación personal.

     Cuando me tocó el turno quise como complemento a lo verbalmente dicho, entregar mi tarjeta de presentación donde además de mi foto estaba escrito correctamente mi nombre. El proceso de extender mi mano derecha y dársela en la mano a cada uno de ellos no tuvo nada de inusual hasta que le tocó el turno a mi compañera

vietnamita Fung, quien no me recibió la tarjeta.

     Y no solo eso, sino que ella se sobresaltó, ni que la fuera a golpear, y expresó de inmediato tanto en sus pequeños ojos rasgados como en su bello rostro, un total desagrado. Entonces entre sorprendido, apenado y con la mano aún extendida, me pregunté el porqué de lo sucedido y de su actitud inesperada, cómo si yo previamente hubiera usado la tarjeta, como palillo para limpiarme mis dientes y menos rascado la cabeza con ella, como yo he visto hacer en mi largo recorrido por este ‘Valle de lágrimas’.

     Fue estando en esas cuando más rápido que inmediatamente, su compañera Bup, sentada a su lado, me sacó del shock y me dio en su perfecto inglés, voz suave y aterciopelada la repuesta: “Es que en mi cultura así no se dan las cosas en la mano, y menos a una dama”, me dijo. Y acto seguido me explicó y dio una cátedra de cómo sí hacerlo. Al terminar ella, di la excusa del caso por haber sido tan rudo y cogí la tarjeta con los dedos índices y pulgar de mis manos, me paré frente a Fung, me incliné un poco y se la entregué: ella la recibió en su mano de la misma manera y ahora sí me sonrió y agradeció en inglés.

     ¿Has visto alguna vez en televisión, amable lector, cuando el rey hace entrega del Diploma del Premio Nobel a un ganador? Mi actitud educada fue más o menos parecida. Aquí pasé de ser, en solo cinco minutos, una persona descortés, sin educación y malos modales —por ignorancia cultural—, a ser una persona de buenos modales para la cultura vietnamita y oriental. Quizás, como me pasó a mí, tú también fuiste educado por tus padres a actuar cortésmente con los demás. Ellos,

mis padres, Emma y Gustavo, de Barranquilla, Colombia, ambos verdaderos maestros de escuelas públicas, siempre me decían que debía tratar a los demás como yo quisiera que me trataran, en otras palabras: mostrar respeto por los demás. Por supuesto que en muchas culturas y en tu hogar la gente hace lo mismo y esta es la llamada ‘regla de oro’ del comportamiento.

     Recuerdo como si fuese ahora mismo, cuando muchas veces mis padres se hacían los sordos al pedirles el dinero para comprar la merienda o a tomar el bus público para ir al colegio… Si previamente no les daba los ‘buenos días’ con un beso en la mejilla, me ignoraban, igual si tampoco les había dado el beso de las ‘buenas noches’ al irme a la cama la noche anterior. Nítidamente recuerdo cuando me hacían regresar del comedor a la sala, cuando, al regresar de la calle, entraba a mi casa corriendo y sin saludar a quienes visitaban en ese momento. La regla tácita era: No saludo, no comida, y menos aun permiso para volver a salir a la calle.

     Por supuesto que lo que es considerado un comportamiento respetuoso y cortés puede diferir dependiendo de la cultura de cada uno y de donde uno es o creció. Algunos ejemplos de lo que sí es aceptado o no —dependiendo de la cultura y las circunstancia— son: Visitar la casa de alguien sin una invitación o aviso previo… Montar bicicleta en los andenes o vías destinados únicamente para caminar… Tutear a los profesores o superiores en edad, dignidad y gobierno sin que ellos o la confianza o las normas te lo permitan… Usar el celular en un restaurante ignorando la compañía de quién te acompaña… No apagar o no bloquear el timbre del celular en templos, salones de clases, o donde se solicite callarlos… Llegar tarde o temprano a una fiesta o también ser los últimos en irse, cuando la mayoría de los invitados se ha ido… Colarse o no hacer fila, haciéndose el vivo y acudiendo a las influencias personales… Comer mientras caminas en la calle… Poner los pies sobre una silla en la casa o en los transporte públicos… Saludar dando con un abrazo o beso en las mejillas… Mirar o no mirar los ojos del interlocutor en una conversación o entrevista… No abrir o sostener la puerta abierta al entrar o salir de cualquier lugar… Hablar con la boca llena y gritar en público… Estornudar a la cara o junto a otro… Agradecer impersonalmente servicios y/o

favores recibidos, entre otros…

     Estoy seguro de que al leerlos te trajeron a la mente, como a mí, específicos recuerdos vividos.

     Pero también ocurre que aún dentro de una misma cultura las personas actúan de diferentes formas de cortesía, como cuando a alguien se le caen al piso las múltiples hojas de un documento o libros, o lo que sea, y puede suceder que alguno o ninguno ayude a recogerlos. Hace poco leí en un periódico online, por la Internet, que en una reciente encuesta realizada en los Estados Unidos, un 76% —tres, de cada cuatro de los participantes— dijo que la gente está cambiando tanto en el actuar como en el hablar y son menos corteses ahora que lo que ellos fueron en el pasado. Creen que actualmente las personas aparentemente son menos agradables, actúan y hablan de forma maleducada y descortés. ¿Es esto cierto? ¿Está ocurriendo solo en USA y más ahora que el mundo es un pañuelo y el gran público permanece comunicado por la televisión, prensa, y redes sociales? ¿Ha llegado la gente a ser menos cortés que en el pasado? ¿Qué originó esto? ¿Por qué se ha llegado a esta situación de más a menos?

     Al analizar las causas primarias me topo con diversos interrogantes: ¿Dónde aprendemos las buenas maneras? ¿En la casa? ¿En el colegio? ¿En una iglesia o institución religiosa?

     Para mí —y por supuesto, por experiencia

 propia—, en mi casa. No solo los padres que tuve la fortuna de tener me enseñaron buenos modales, obviamente los que ellos conocieron cuando vivieron y yo era niño: muchos de ellos son imperecederos, ellos los vivían y daban ejemplo al actuar y al hablar.

     Lamentablemente muchos padres de hoy argumentan como excusa —con razón o sin ella—, que no tienen suficiente tiempo para gastarlo enseñando a sus hijos buenas maneras. Claro que olvidan que un ejemplo de conducta enseña más que mil palabras. También en mi colegio, con lo curas de la compañía de Jesús, aprendí educación cívica y muchos valores éticos y de comportamiento social. Y con respecto a una iglesia o institución religiosa, pienso que para mí todas las biblias o Corán o como llamen su libro Sagrado guía, se sintetizan en una sola frase que ya no se enseña —y muchos pesimistas, dicen que jamás se volverá a enseñar en los colegios— con el argumento actual de que deben ser laicos: “¡Ama —respeta, trata— a tu prójimo como a ti mismo!”.

     Por otro lado, como secundaria causa de las malas o buenas maneras en la actualidad, está lo que vemos, escuchamos, y leemos en los diferentes medios audiovisuales y escritos diariamente. En esta gráfica adjunta puedes ver la carátula de tres libros que, para mi concepto muy personal, incidieron en los últimos cincuenta años, para bien

o para mal, en las buenas o malas maneras de actuar de las personas. Todos son y fueron los más vendidos y leídos por millones. ¡Son excelentes!

     *‘Urbanidad y buenas maneras’ de Carreño —para muchos, a pesar de lo antiquísimo de su publicación—, es desconocido y considerado como pieza de museo, cuando irónicamente los primeros que protestan cuando los tratan con descortesía son ellos e incluso violentamente.

     *‘El mono desnudo’, de Morris, que, pienso yo, muchos lo tomaron literalmente en el sentido de que somos animales y actúan así socialmente olvidando que somos racionales o sea que ‘sabemos que sabemos’. De allí sus olores ofensivos que expelen de todas partes de su cuerpo y atropellan a su paso al prójimo que se le atraviesen y ni disculpa dan.

     *Y, por último, ‘Tus zonas erróneas’ de Dyer. Excelente para tu superación personal, pero parece ser que a la gente se le olvida, y ojo tú al leerlo, que no se vive aisladamente sino en comunidad. Por eso cuando sientas la necesidad de expulsar un sonoro y hediondo gas o vapor de tu cuerpo, por favor en vez de soltarlo en público o en la calle —caminando olímpicamente—, como en la 5a avenida de New York, retírate de tu prójimo o ve a un baño cercano y no argumentes o excuses cínicamente riéndote de que “primero está la salud y luego la amistad”.

     También me pregunto ¿qué ejemplo de buenas costumbres en el actuar y hablar pueden tener hoy los niños y los jóvenes del mundo si en la televisión ven diariamente al presidente de la primera nación del mundo —económica y militarmente— empujar descortésmente, cual rudo pandillero de calle, a sus colegas en una reunión mundial para estar en la primera fila para la foto que tomarán los medios de comunicación del mundo?... ¿Qué ejemplo de buenas costumbres en el actuar y hablar pueden tener hoy los niños y los jóvenes del mundo si ven a los líderes, presidentes o expresidentes de los países insultándose o lanzándose epítetos ofensivos y sarcásticos, unos a los otros…  ¿Qué ejemplo de buenas costumbres en el actuar y hablar pueden tener hoy los niños y los jóvenes del mundo si ven telenovelas o series en las cuales la violencia, el irrespeto y el mal hablar si pagan? Y ni qué hablar de lo que lee y experimenta uno acerca del comportamiento de la gente en los diferentes transportes masivos como buses, trenes, subways, etc. Abunda el acoso sexual, nadie cede el puesto a los ancianos o discapacitados y mujeres con niños y/o embarazadas, no pagan los tiquetes, tocan, empujan, estornudan en tu cara, etc.

     Existe actualmente abundancia de leyes y normas sobre la conducta de comportamiento social. Códigos de policía, reglamentos internos del medio de transporte o de viviendas en comunidades particulares, pero lo que sí no abunda, y faltan, son quiénes las obliguen a cumplirlas, las hagan respetar y genere severas sancionen a los infractores. Faltan, a lo mejor por insuficiencia física: insuficientes policías o personal de seguridad o jueces… O faltan porque campean la corrupción y la complicidad. Esto lo saben —eso sí: ¡muy bien!— los delincuentes y por eso es que, a diario, reinciden felices. Nadie tiene la culpa de tener la cara que tiene ni del sitio donde nació. Pero sí tiene culpa de sonreír y actuar civilizadamente a donde vaya.

     ¡Gracias y que tengas un feliz día!

     *Posdata1: El autor de este escrito no se considera ni pretende ser un modelo de ‘culto y ejemplo de las buenas maneras’. ¡Ya quisiera serlo! Todo El Muelle Caribe sería insuficiente para publicar todas las ‘voladas de semáforo’ que cometí de malas maneras, pero de buena fe y por mi ignorancia de la cultura norteamericana mientras me adaptaba como emigrante. Eso sí, ahora procuro no violar la regla de oro: Tratar a los demás como quiero que ellos me traten.

     *Posdata 2: El diccionario define civilizado como: “1. adj. Dicho de una persona: Que se comporta de manera educada y correcta. 2. adj. Propio de una persona civilizada”. Aquí te lo dejo y piénsalo.

     *Posdata 3: No es lo mismo recibir instrucción que educación. Hoy día, los colegios y universidades dan instrucción. La educación la tomas de tu casa o por tu propia cuenta. Yo conozco muchos profesionales con muchos títulos y posgrados, pero carentes d buenas maneras. Y conozco también a personas que no han pisado una universidad y son cultísimas. Igualmente es un mito el que la pobreza va de la mano con las malas maneras. Conozco gente pobre bien culta y también conozco a gente adinerada súper inculta.

     *Posdata 4: Todos debemos —más que recordar las leyes y normas de comportamiento social—, recordar siempre el hacer más agradable la vida a los demás. Y hacerlo no por temor a la policía, código de policía o sanciones económicas o judiciales, sino porque es nuestra obligación y deber hacer correctamente las cosas en el trato con los demás. Entonces así, sí nos es permitido, alardear de llamarnos ‘¡civilizados!’