Otro cuento largo (cinco capítulos) de JJ

     Los dos niños se entretenían en el amplio patio de la casa paterna construyendo barquitos de papel para echarlos a la corriente de la quebrada cristalina que pasaba por el fondo del predio. Eran aguas heladas que venían de la cercana montaña y, aun cuando lloviera, los dos hijos de Ana Inés se divertían en su juego con el que imaginaban llegar a tierras lejanas. Y esa fantasía no demoraría en hacerse cierta.

     Carlos, de quince años, y José, de cinco, eran los artesanos que tomaban cualquier hoja de papel para confeccionar sus barquitos de ensueño. Algunos no resistían los primeros embates de la corriente y se hundían irremediablemente. Generalmente, concluyeron, los de papel periódico eran los más fáciles de naufragar. Los de hojas de los cuadernos significaban una muenda, pues después no habría en donde hacer las tareas. Hasta que, en sus experimentos, encontraron unos papeles encerados que la madre utilizaba para envolver los claveles que cultivaba y que los días sábado llevaba para vender en el 

mercado.

     Luego de echar los vapores al agua, Carlos tomaba una vieja geografía de la Escuela Normal e iba trazando, en voz alta, el rumbo de la nave y el otro tripulante, sentado en una sillita de madera, le escuchaba:

     —Hermanito —decía—: ahora bajará por la quebrada hasta el río Pamplonita, que pasa por el frente de la Escuela La Salle. Por este cauce seguirá hasta el rio Zulia y este, cerca del municipio de Encontrados, en el estado del Táchira, desembocará en el Rio Catatumbo,

    Y sobre un mapa, le mostraba al pequeñito José Joaquín la ruta de esos barcos, lanzados desde ese patio hermoso. Y este, que era curioso, con voz de querer saberlo todo, interrogaba:

     “Bueno, ¿y luego qué pasa? ¿Se quedan en Venezuela? ¿O siguen rio abajo?”.

     Con esa paciencia de hermano mayor, y de sabio, el interpelado acudía al mapa abierto sobre una hoja de madera de una puerta vieja, que a veces servía de secadero de la ropa que la madre lavaba entre semana.

     —Resulta que el Catatumbo —contaba—, sigue su curso por la selva, pasa por otras ciudades y sus aguas van a rendir tributo al Lago de Maracaibo, que es un brazo de agua salada del mar Caribe y es por donde entraron los motilones a la región de Cúcuta… Por lo tanto, es probable que nuestros barquitos lleguen hasta allá, naveguen por el mar y vayan a anclar en Puerto Colombia.

     Y así pasaban las horas, soñando con el itinerario de los barquitos de papel y explicando cada punto que posiblemente tocarán. Por eso, piensa hoy José, el menor salió tan aventajado en geografía.

     En las noches, cuando se acostaban, seguía la charla entre los dos hermanos:

     “Oiga Carlos y que es eso de los motilones?”.

     Entonces empezaba la clase de antropología rústica que Carlos Julio escuchaba a los hermanos Cristianos de la Normal Superior.

     —Escucha bien y no lo olvides. Los motilones eran unos indios caribes que vinieron en canoas por el mar, entraron por el río y se asentaron en la región del Catatumbo y Cúcuta y, posiblemente, llegaron a tener influencia en Pamplona. Una leyenda cuenta que eran antropófagos, pero que, al llegar acá, se dedicaron al cultivo de la tierra para no comerse entre ellos… —Y soltaba una gran carcajada.

     Todas las noches, José aprendía algo real o fantástico de las regiones por donde los barquitos de papel pasaban. Supo que el nombre del rio Zulia era proveniente de una princesa indígena, hermosa, que murió cuando los españoles conquistaron Norte de Santander y que su enamorado esposo Guaymaral bautizó con su nombre las selvas, los ríos y montañas circundantes. Pero lo que le intrigaba era eso del color del mar Caribe, de su sabor, de su inmensidad y de las historias de piratas que le rondaban, según su hermano mayor le narraba.

     En su mente de niño se dijo que, algún día, conocería el mar Caribe. Y en la escuela, dos años más tarde, torturaba a la profesora Ana del Socorro Pabón de Sandoval con esa preguntadera sobre el mar. Y siempre recibía la misma respuesta.

     «José Joaquín, primero aprenda a leer y poco a poco irá conociendo sobre las cosas del mar, en especial del Caribe, ese que le llama tanto la atención. Además, las clases de geografía no empiezan

sino hasta después de tercero de primaria... ».

     En su interior, el niño pensaba que algo tenía de motilón por la recia inclinación a saber de esa raza, de sus leyendas y de cómo se asentaron en esas tierras. Se sentía triste, porque ellos, los motilones, debieron entrar a Colombia por la Costa Atlántica así le evitarían el tener que preguntar tanto por esa tribu y, sobre todo, porque ya hubiera conocido el mar y, más que nada, porque en sus averiguaciones había logrado desentrañar que esa era una tierra de paz, en donde la gente vivía sin hacer daño al otro.

     Y cada noche, se dormía con esa inquietud, bajo la mirada atenta de su hermano mayor…

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES