Don Pedro Acosta lo interrumpió: —Emeterio Rodríguez, no insista, denos opción en otra persona que sirva de sucesora de su legado para que usted no solo tenga alivio, sino que deje de andar penando… ¡Dele la oportunidad a otro!

     Emeterio contesto: “Solo quiero a María Concepción… Su hermana es buena hija, pero lectora de tabaco, ambiciosa… Rigoberto es un borracho, tramposo, mentiroso… Javier es un ateo, quien duda de la existencia de Dios Jehová... La señora Carolina, la madre de ellos, es una matrona, pero no me inspiró el amor, la bondad que sí me infunde la tierna y bella María Concepción, una señorita parecida a una de mis hijas cuando tenía esa edad. Era compasiva mi hija, a pesar de mi penosa enfermedad. ¡Nunca me olvido!”.

     —Pero ella no tiene valor para servir de médium, tiene un nene pequeño para cuidar y criar.

     “No importa, ella es la elegida por su compasión y nada le va a pasar”, contesto el espíritu.

     —Pero denos paz y, por favor, deje de estar asustando a quienes viven en este inmueble.

     “No puedo, es mi manera de estar buscando la paz para poder descansar. Es mi modo de tratar de que mi amor y fortuna queden en quien lo merezca, para trasladarme a una buena dimensión, a un mejor sitio, mientras llega el gobierno del Señor Jesús.  Aquí todo es diferente, lo que importa son los pensamientos, deseos, hechos vitales. Otros gozan de los mejores jardines, donde se relajan jugando con cualquier animal y todos son jovenzuelos. Tienen una tranquilidad eterna, ganada por sus buenas obras en vida. Mientas tanto yo estoy deambulando en sentimientos, sumergido en un mundo gris”.

     —Por favor, deje que otros sean los preferidos y usted tenga su tranquilidad. Déjenos un buen recuerdo de usted, como un ser caritativo, bueno, compasivo.

     “No continúe, no hay un humano adecuado bajo este techo”, gritó el espirito.

     El recinto era invadido por un horrible frío y una oscuridad tenebrosa.

     Emeterio siguió hablando: “La única forma de dejar este refugio es que ella, María Concepción, saque mi entierro que fue hecho con extraordinario amor, para poder descansar en paz y dejo de padecer. En mí, guardado, hay mucho amor y expectación. No es el valor económico sino el del amor lo que representan esas joyas que yo elaboré y que están acompañadas de páginas poéticas inspiradas sobre mi aislamiento. Al exilio fui sometido por una parentela a la que amaba mucho, pero mi degenerativa enfermedad solo 

les causaba repudio. En mi estado más crítico fue cuando perdí parte de mi nariz y algunos dedos. La razón de vida era el amor por ver mis hijos y descendientes, me alegraba verlos, aunque fuera desde lejos, desde mi fortín de destierro. En aquel lugar para un ostracismo asqueroso, vestido de Monje, lloraba, escribía, fabricaba las mejores joyas, orfebrería pura incluso para elaborar las más lindas letras, porque todo lo hacía con cariño, en medio de una total soledad y un doloroso sacrificio. Por eso María Concepción es la preferida, ella es amor, compasión, sensibilidad”.

     —Dejemos aquí esta reunión —dijo don Pedro—. Está amaneciendo, todos estamos cansados, hoy le haremos una súplica especial para que descanse estos días con mucha tranquilidad.

     La mesa se movió de un lado a otro, como rechazando la oferta.

     “Bueno”, contesto el espíritu. “Muchísimas gracias. Pero insisto, para descansar necesito solo la médium que les solicito. Es ella quien merece heredar mi dote; ella será muy feliz”.

     Don Pedro Acosta solicito que rogáramos largo rato por el descanso del espíritu y por la paz en este alojamiento y sus moradores. 

     Por varias semanas las cosas mejoraron, más a mí siempre los nervios me traicionaban. Sentía que me seguían, creía ver a El monje. Yo rezaba y pedía el descanso para Emeterio Rodríguez. Con mucha fe me tranquilizaba, fui 

volviéndome creyente y amadora de Dios Todopoderoso.

     Aprendí el respecto por los seres muertos, pues entendí que están en descanso, esperando la resurrección… Los que deambulan, son demonios burlones, groseros… Otros siembran la cizaña, corroyendo el mundo… Hijo: las oraciones tienen gran poder: saberlas usar, sin cansar a nuestro Señor, dan cómo fruto milagros.

     La plegaria más fuerte que nos dio como lección Jesús es el Padre Nuestro. Recuerda que dice:

“Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad 
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos 
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén”.

     En salmos encuentras otras muy buenas. Todas ellas nos ayudaron para poder salir de estos eventos. Creyendo fuertemente en Dios fue como volvimos a tener sosiego.

     En los días siguientes llegó a 

almorzar un fraile Franciscano acompañado por Eduardo López, un asiduo personaje del hospedaje quien le presentó a mamá. Conversaron por largo rato y en el momento preciso ella toco el tema de lo que acontecía.

     El párroco puso mucha atención y advirtió que lo que allí ocurría eran fenómenos paranormales y que lo que se había hecho en las sesiones era llamar demonios. “Ellos les dicen mentiras para lograr engañarlos y posesionarse de almas débiles”, dijo. Y recomendó que lo mejor era hacer eran unas misas para limpieza.

     Dijo que a María Concepción la cuidáramos, que ese demonio la quería para instalarse en ella, se tenía que tratar de buscar el entierro para dar descanso al ente. El clérigo nos habló de un Padre del templo de la iglesia de la Veracruz que era muy apropiado para efectuar las ceremonias, porque era un clérigo con mucha fortaleza espiritual acostumbrado a actos litúrgicos en lugares donde hay fantasmas, guacas y entierros, algo muy común en las mansiones de esa época.        

     Conseguir cita con el religioso de la Veracruz no fue fácil. El fraile siempre estaba muy ocupado, permanecía mucho tiempo fuera de la ciudad en misiones pastorales, por fin nos dieron cita para el mes siguiente. El padre efectúo varias misas en los tres patios y la última se ofició en el patio, al fondo: fue cantada. Seguidamente de esa ceremonia, se aproximó el final para que llegara la tranquilidad.

     El oficiante aconsejó buscar el entierro, en el último patio, pues allí sintió una gran energía. Nos sugirió que fuera buscado por individuos bienhechoras. También dijo sentir entes visitantes en este lugar en periodos cíclicos, porque habrían sufrido muertes violentas en ese lugar en la época de la independencia y el Bogotazo.

     Rigoberto tomó con mucho entusiasmo la idea de buscar la guaca. Organizó con un grupo de amigos la misión de cavar en la búsqueda del tesoro: comenzaron entre las ruinas en el solar que formaba parte de ese patio de la vivienda.

     Eran unas ruinas de paredes en adobe destrozadas, quemadas, que alguna vez como que fueron parte de una casita. Se pensaba que allí fue donde recluyeron a Emeterio Rodríguez.

     Rigoberto y sus amigos escarbaron por mucho tiempo. Algunos lo hacían bebiendo y esto les causo algunos problemas: en varias ocasiones terminaron atrapados por las zanjas, ellos mismos cavaban algo o alguien los hacia caer y terminaban casi sepultados, embarrados y con muchas dificultades para salir del hueco.

     Lo único que encontraban era tierra, barro, basura. Cada vez se enfrascaban en discusiones nada amistosas que terminaron con la armonía del equipo y los deseos de ser ricos. Al paso de los meses, todos desarrollaron un extraño sarpullido rojizo en la piel. Los médicos que los trataron no pudieron identificar el origen y lo atribuyeron a algunos insectos en la zona de excavación.

     Pasado algún tiempo descubrimos una pareja de inquilinos jóvenes que había habitado algún tiempo el último cuarto del altillo. Allí encontraron, entre el muro y el amachimbrado de madera, un envuelto en un pedazo de seda roja con preciosos anillos y unos textos escritos en verso dedicados a los hijos y nietos, firmado por un tal E. Rodríguez.

     La pareja se fue a vivir al norte, donde instalaron un negocio. A una amiga le narraron la historia y después ella nos contó. Por eso es que tengo este ejemplar que en alguna de las secciones espiritistas debieron dejar olvidado en 

el comedor.

     “Hoy mismo voy a quemar el libro para olvidar todo lo que sucedió en esa edificación de la 15”, terminó diciendo mi madre María Concepción Valdivieso Vargas. 

     Emilio me contó que han pasado más de cincuenta años de sucedida esta historia y no han podido quemar el texto satánico, siempre algo se presenta, aun hoy continúa en la mesa de noche.

     ¿Sabes? Existe algo que no conocemos, más por siempre nos intriga: la vida en el más allá. De cultura en cultura se ha desdibujado con mitologías, con actos religiosos, con ilusiones y oraciones.

     Muchos textos antiguos y de varias creencias religiosas hablan de la otra vida.

     Esta historia fue una narración oral de mi madre con mucha seriedad y respeto.

     FIN y AMÉN.

     Edgar de Jesús Awad Virviescas

    Reeditado en Barranquilla.

     En la primorosa y hermosa Colombia.