Se llama arrogante a una persona que carece de humildad, que no es modesta, que no es sencilla, o que se siente o se cree superior a los demás.

     La persona arrogante siempre tiende a exagerar su importancia con respecto al mundo que lo rodea.

     Es un adjetivo usado para expresar una característica negativa o un defecto de la personalidad de un individuo. Ser arrogante significa ser altanero, jactancioso, prepotente, engreído, que se cree superior a los demás. Es arrogante quien cree ser un experto en todos los temas y que, en consecuencia, no tiene interés en escuchar ni unirse a otras opiniones o a otros sectores. Una persona arrogante llega, incluso, a despreciar y ofender a las otras personas, porque se cree dueño de la verdad, se cree dueño del poder y de la fuerza.

     Está claro que el arrogante es una persona orgullosa, soberbia, presuntuosa y extremadamente vanidosa y presumida que confunde la arrogancia con la autoestima. Sin 

embargo, la autoestima y la arrogancia son aspectos totalmente diferentes: tener confianza en uno mismo o una elevada autoestima no supone un defecto ni tiene una carga negativa, al contrario, es simplemente confiar en las propias capacidades personales. Antagónicamente, ser arrogante implica tener un exceso de orgullo que a veces no nos permite darnos cuenta de nuestras fallas, de nuestras debilidades o de nuestras limitaciones.

     La sencillez, o la humildad, por el contrario, es el antónimo de la arrogancia, es la virtud de las almas grandes y de las personas nobles. Por eso en esta navidad es una buena época para desterrar el orgullo y tomar consciencia de tantos males que acarrea la soberbia y la arrogancia. Ninguna virtud nos acerca tanto a los demás como la sencillez y ningún defecto nos aleja tanto como la arrogancia. El amor sólo reina en los corazones humildes, capaces de reconocer sus limitaciones, de reconocer y valorar al otro, de expresar confianza y unidad.

     Es gracias a la humildad que actuamos con delicadeza, sin creernos mejor ni más que nadie. Crecer en la sencillez es un estupendo regalo para nuestras relaciones. Recordemos que en la pequeñez está la verdadera grandeza y que

el orgullo y la arrogancia acaban con el amor, con la confianza, con la unidad.

     A estas alturas los lectores se estarán preguntando ¿Hacia quién estará dirigida esta reflexión en el sentido de que desterremos la arrogancia y asumamos la sencillez? En verdad les digo que desde el punto de vista general es para todos nosotros, para que seamos sencillos y no arrogantes, pero desde el punto de vista particular es para el candidato presidencial Sergio Fajardo. Y entonces preguntarán ¿Por qué para Sergio Fajardo?  Y yo les contesto:  

Porque a pesar de que se le está invitando de manera reiterada y pública a que participe en una consulta interpartidista para escoger un solo candidato presidencial de las fuerzas democráticas y alternativas, y teniendo claro que sólo no alcanzará la meta de ser presidente de la República, él se comporta de manera orgullosa, vanidosa y arrogante porque hoy está punteando en las encuestas. Y, peor aún, con el respaldo de sus aliados, se da el lujo de rechazar, descartar o despreciar una alianza con el liberal Humberto De la Calle Lombana. Ya se cree elegido presidente, se cree con el poder en sus manos y por eso desprecia la unidad…

     No hay mejor medio para consolidar la unidad que tener un objetivo y un enemigo común. Hoy ambos están claros. La unidad no es una palabra mágica. Pero sin unidad no puede haber ningún movimiento político democrático exitoso, mucho menos cuando se enfrenta a un enemigo, no adversario, cuyo objetivo es liquidar la vida política y democrática de una nación como lo representan en Colombia los uribistas y vargaslleristas. En Colombia pasamos por una situación tan delicada donde la política se encuentra separada solo por milímetros de la guerra, la unidad de todas las fuerzas democráticas, liberales, de centro, de izquierda y progresistas, se nos ha convertido en el tema principal de nuestra existencia presente y futura. Pero eso sí, sin exclusiones, sin despreciar a nadie.

     La unidad es siempre unidad “en contra y a favor de”. No existe la unidad por la unidad. La unidad tiene lugar frente a un objetivo y/o un enemigo común. La unidad es, por lo tanto, un término relacional. Solo aparece en relación con algo que la niega o la afirma. La unidad comienza con la unidad consigo, es decir, al interior de cada partido. Luego continúa a través de la alianza con otros partidos que tienen los mismos enemigos. Termina ampliándose en la unidad de todas las fuerzas democráticas de la nación. Eso quiere decir, si la unidad no se da al interior de los primeros niveles, la tercera unidad, la unidad democrática nacional, nunca podrá tener lugar y por tanto no aprovecharemos la oportunidad de unirnos con optimismo a través de un programa mínimo, que recoja lo que nos une, no lo que nos divide, para derrotar al fascismo en ciernes y poder consolidar la paz y realizar las transformaciones que requiere Colombia.

     El otro aspecto clave es que la unidad será siempre unidad en la diversidad. Con los idénticos no se requiere unidad. La unidad comienza entre los distintos y, muchas veces, entre fuerzas, organizaciones y partidos que no tienen nada en común, nada, con excepción de un mismo enemigo. De ahí que, mientras más amplia es la unidad, mayores son sus diferencias. Y mientras más claras sean las diferencias, tanto mejor para la unidad.

     Así como en la vida privada distinguimos entre amigos, compañeros de trabajo, vecinos y simplemente conocidos, la unidad entre distintos reconoce diversos niveles. En el caso de Colombia la unidad más amplia deberá darse entre los que bajo condiciones normales serían adversarios. Debido a esa razón las unidades amplias despiertan animadversión entre quienes poseen un concepto moralista de “lo político”. Pero sin esas unidades amplias, el enemigo fundamental nunca podrá ser derrotado. Por Dios, ¿qué nos pasa?

     ¿No es suficiente problema tener que soportar tanta inequidad, desempleo, inseguridad y corrupción jamás vista? ¿No es suficiente problema todo eso como para que nos dividamos e incluso perdamos el tiempo en discusiones que no nos llevan a ningún lugar? ¿No es suficiente todo lo que estamos viviendo como para que nos llenemos de orgullo y de arrogancia? ¿Qué ganamos con dividirnos por diferencias de pensamientos? ¿Acaso no es suficiente con lo que hemos padecido y con lo que estamos viviendo? ¿No es riesgoso dividirnos para que gane la extrema derecha con las graves consecuencias que ello significa para el desarrollo y la paz del país? No más divisiones, la hora es de la unidad.

     Utilizando mi libre albedrío, presento esta reflexión de fin de año para hacer un llamado de unidad, con todo respeto creo que si dejamos atrás la arrogancia y nuestras diferencias, podríamos luchar unidos contra los problemas y los comunes enemigos que nos aquejan con una mejor mentalidad. Nos unimos o no hundimos, como dice con justa razón el samario y candidato al senado Yesid García. Por eso el llamado es a que asumamos la humildad para unirnos por una Colombia nueva, inclusiva, moderna, más saludable, más humana, más equitativa y en paz. Que ojalá estos días de meditación conduzcan a que Sergio Fajardo, que hoy lidera las encuestas, también lidere la más amplia unidad por la salvación de Colombia, y que exprese, en los primeros días del año nuevo, la gran noticia esperada de que participará en la consulta interpartidista…

     Doctor Sergio Fajardo, ¡regálele a Colombia, con humildad, esa buena nueva, gracias!