Otro cuento largo (cinco capítulos) de JJ

     Amanda, una tarde de sábado que estaban en el parque Olaya, le contó que “su mama Isabel, trabajaba para un conde italiano aquí en Barranquilla” y hasta los paticos del estanque del entonces hermoso jardín público, pararon oreja. Y los leones de mármol, que daban entrada a un puentecito que cruzaba el pozuelo, menearon sus melenas. Al menos, eso le pareció a José, por la forma rotunda en que la niña hermosa hizo tal aseveración.

     El motiloncito, que ya estaba aprendiendo algunos modismos de la costa, con sus condiscípulos del colegio Atanasio Girardot, entre sorprendido e incrédulo, le dijo a su amiguita:

     —¡Aguanta! Barájamela más despacio. Si por aquí no existe realeza alguna y los italianos que llegaron aquí no eran nobles ni de sangre azul, me da pena, pero tu mami debe estar equivocada”.

     “Yo no sé”, insistió la niña, “pero ella me dijo que la empresa en donde labora es de un conde italiano, muy rico, con una fortuna inmensa y que vive en Brasil”.

     Parecía cierto y ante la duda de José Joaco, Amanda le invitó a que fueran a donde doña Isabel para resolver sus dudas, dado que la casa de ella quedaba cruzando la carrera 27, que era el límite entre San Felipe y Olaya. Así lo hicieron los pilluelos y siguiendo la ruta de los buses de Delicias-Olaya-San Felipe, se dirigieron al domicilio de la niña. El muchachito iba feliz, con semejante pareja, caminando por las calles de la ciudad.

     Isabel, la madre de la chiquilla, apenas estaba desempacando su maletín de trabajo pues había terminado turno a las tres de la tarde, cuando se sorprendió al ver a los dos muchachitos entrar por la puerta del frente de la casa y les dijo que “con permiso de quién se habían atrevido a venirse a pie desde la panadería. Me imagino que doña Inés y Leovi deben andar buscándolos”. Pero la calmaron diciéndole que “estaban con permiso en el parque, hasta las cinco de la tarde y que como la casa suya estaba cerca, nos atrevimos a venir para hacerle una pregunta sobre cómo es eso que usted trabaja para un conde italiano”, dijeron los rapaces, casi hablando en coro.

     La señora sonrió ante semejante pregunta y, sentándolos en la pequeña salita, empezó a resolverles la inquietud:

     “En primer lugar, les dijo, trabajo en la Empresa Marisol que fabrica telas y queda por la vía 40. Esa compañía es de un señor italiano de apellido Materazzo. Él vive en Brasil y, según cuentan en la factoría, se casó con una señora condesa de no sé qué de su país y al casarse con ella, obtuvo el título de conde. Dicen que tiene mucha plata y que es una de las familias más ricas y poderosas de Sao Paulo. Por eso, le he dicho a Amandita, en son de burla, que trabajo para un noble italiano. Eso es todo”.

     Los chicos quedaron satisfechos con la respuesta, bueno al menos Amanda, pues Joaco quedó con el propósito de conocer algo más de la historia por su natural curiosidad de enterarse a fondo de cuanto asunto llamara su interés. Se despidieron de Isabel y regresaron al parque, para agotar su permiso hasta las cinco de la tarde. Más tarde, la niña regresaría a casa con su tía Leovigilda, la patrocinadora de estas aventuras infantiles.

     El domingo, el motiloncito que ya tenía amistad con los hijos de la familia Gómez Pérez, por ser vecinos de la panadería y compañeros suyos en el colegio, se acercó a la casa de al lado para preguntarle al señor Fermín, cabeza de familia y quien también trabajaba por la Vía 40, cuanto de cierto tenía la historia del famoso conde italiano. El señor, con una paciencia infinita, le confirmó lo dicho por la señora Isabel con el aditamento de agregar que la Empresa Marysol era muy grande y que ocupaba un terreno muy extenso, que empezaba por la carrera 70, hasta la Vía 40. “Ahí lo que hay es mucha plata”, sentenció el viejo, que además era oriundo de Sabanalarga, “donde la inteligencia es peste”, remató con orgullo el canoso vecino.

     Los días para el paseo a Puerto Colombia se iban acercando y entretanto José Joaco se dedicaba a sus estudios de tercero de primaria, a sus tareas y ayudando a su hermano mayor, quien conducía la camioneta Ford 50, en la entrega de pedidos a las tiendas y a las familias que compraban el pan diario. Trabajaban de cinco a nueve de la noche, recogiendo los pedidos y cobrando las ventas… Y de cinco a siete de la mañana entregando, puerta a puerta, los pedidos de la clientela, incluidos sábados y domingos. Pero era feliz con este oficio, pues ayudaba a sus padres y conocía a la ciudad que les había recibido con los brazos abiertos. Hasta cuando llegó el

anunciado domingo de abril de 1955.

     Llegó el 3 de abril, domingo de ramos. Luego de ir a misa en San Felipe, la familia Rincón Chaves recogió a Amandita y a Liovi en su casa y con la bendición de doña Isabel emprendieron el viaje hacia lo que los dos hermanos habían deseado desde niñitos, conocer y nadar en el mar caribe. Buscaron la antigua carrera 53 que, a partir de la, en ese entonces, calle 84, se convertía en la carretera que conducía al cercano balneario.

     Era muy sinuosa y, desde la salida, había una gran bajada. Luego, curvas y más curvas hasta llegar al puente estrecho del Arroyo León, en donde había que esperar que pasara el carro que viniera de Puerto, pues era de una sola vía. Luego avistaron el hermoso Lago del Cisne, que casi rodearon con la pujante camioneta y los chicos asomándose por las ventanillas para ver esa maravilla. Después pasaron por la entrada de la delgada carreterita que iba hacia Sabanilla y siguieron de largo por ese asfalto que parecía humear a esa hora de la mañana. Vieron el Monte Carmelo, que apenas estaba en construcción y prometieron que algún 16 de julio vendrían a visitarla en señal de gracias por haberlos traído a salvo hasta la costa.

     Llegaron a las lomas de Salgar y ya se veía a lo lejos, por el lado derecho, el anchuroso océano. Subieron un poco más y, de pronto, coronaron la cima de Pradomar. Carlos Julio frenó la camioneta, aspiró el aire puro con un ligero olor a yodo y espero a que José Joaco se pasara para el asiento delantero, para contemplar toda la belleza del panorama. En la distancia y de frente, el caribe y más nada. A la izquierda, el pueblo y, sobre el mar, el muelle de más de un kilómetro, internándose inhiesto y soportando en la punta el embate de las olas marinas. En su superficie, gentes que, como hormiguitas, iban y venían por la recia estructura. Encima, sobre sus cabezas, el sol soberano de las once de la mañana.

     José Joaco, por un momento, se olvidó de su amiga. Regresaron las imágenes de los barquitos de papel sobreaguando el arroyito campesino. Retornaron las peripecias del viaje por tren hasta Puerto Wilches y los tres días y medio a bordo de un vapor de río para llegar a Barranquilla. Recordó el dolor de muelas, la calandria, los sonidos del ‘Te olvidé’, de ‘El torito’. Los pitos del carnaval, la marimonda, el monocuco, las cumbiambas, las mulatas chispeantes, las rumberas despampanantes, las carrozas, las reinas de las barriadas y en el fondo, la multitud que le habían dado la bienvenida un sábado de carnaval tras la partida de una tierra fría, que lo había expulsado junto con 

la familia.

     Era lo que había soñado con su hermano y sintió el abrazo de Carlos Julio, quien, sonriendo, lo obligó a pasarse a la parte trasera del carro verde, amigo de sus jornadas diarias. Bajaron la pendiente del famoso Pradomar y continuaron por la vía, ya urbana de Puerto Colombia hasta la Iglesia de la Virgen del Carmen. Doblaron a la derecha y llegaron a la playa de arenas blancas y brillantes por la acción de la sal. Descendieron del automotor y miraron el amplio panorama. Varias casetas se ofrecían a la vista. La Viña del Mar, Las Antillas, El Capi, El Estambul y algunos

otros establecimientos. Se decidieron por el Capi, porque se adentraba en el agua del mar y tenía, del lado derecho, unas escaleras que entraban a la corriente marina. Algunas ofrecían mini-gimnasios para hacer ejercicios y levantar pesas, que Carlos Julio hubiese preferido para lucir sus dotes de hombre bien formado. Sin embargo, se impuso la mayoría, integrada por Teódulo, Inés, el compadre Benavides, Leovigilda, Amanda y José Joaco.

     Observaron el muelle larguísimo y decidieron que, en un paseo próximo, lo caminarían de cabo a rabo, pero que, ese día, su objetivo prioritario era un baño de mar. Se cambiaron sus ropas de tierra fría, por sus vestidos de baño y se dispusieron conocer la sensación de entrar a esas olas suaves y saladas.

     José Joaco, tomado de la mano de Amanda, que le había dejado mudo con su bañador negro de una sola pieza, pensó que una bella sirena le había atrapado y que lo llevaba hasta los mundos más lejanos. Y sintió que un barquito de papel le rozaba la mejilla un instante, pero eran los dedos juguetones de la niña que retozaba sobre las ondas del Caribe, con una hilera de perlas en su blanca dentadura, mientras su risa cantarina se elevaba por encima de los montes cercanos…

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES