El deseo es como un potro salvaje que no se deja ensillar, ni cabalgar y de continuo se puede estrellar contra el mundo real si no lo reconoce adecuadamente, razón por la cual entra en contradicción con la realidad. El deseo mueve a los seres humanos, los conduce a realizar tareas, a emprender grandes empresas, a batallar, a disentir, a buscar incesantemente algo, nos permite hacer, idear, pensar, proyectar, pero también escinde, separa, agrieta, opone.

     Podría afirmarse, que el hombre es “un ser de deseos” y está lejos de ser “un ser racional”, como afirmaba Aristóteles,

     Porque su actividad central no está relacionada con esta dimensión, solo ocasionalmente el hombre se mueve con la razón, que en muchos casos persigue

fines irracionales. Darío Botero Uribe planteó la diferencia al sostener que “el deseo contraviene intereses, proyectos conscientes, esquemas sociales, en tanto la razón está calculada para un proceso previsivo y ordenador de la acción social, el deseo tiene una filiación individual, el deseo es inmanente al hombre, en tanto que la razón es intersubjetiva; el deseo tiene una raigambre pulsional y por tanto no obedece a un modelo social. Quienes piensan que lo pulsional es irracional, pueden, como ha hecho esta civilización durante tanto tiempo, poner la razón contra las pulsiones”.

     En este entendido, el ser deseante tiene un componente individual (subjetivo) que se torna inacabado. En efecto, el ser deseante es devenir que no se agota a través de las pulsiones. A pesar de buscar satisfacciones, impulsado por las pulsiones, el hombre es siempre demanda de amor que no se consuela con la satisfacción de las necesidades. En consecuencia, las pulsiones son el brazo armado del deseo; el gatillo que dispara una demanda para para satisfacer una necesidad.

     Según el psicólogo Víctor Hernández, “las pulsiones están siempre actuando en nosotros de manera constante; hay dos grupos fundamentales: las pulsiones “eróticas”, que nos llevan a la búsqueda de placer, el bienestar, la novedad, las relaciones, el amor, la creatividad, la genialidad, y las pulsiones de “muerte”, que nos empujan hacia el dolor, el malestar, la destructividad y la anti-creatividad. Ambas pulsiones están relacionadas y coexisten, aunque 

en distintas proporciones”.

     Todos tenemos una energía psíquica (libido) que se enlaza con diversos objetos. Esta libido busca satisfacer deseos en la vida cotidiana, o se la “rebusca” en los sueños, donde aparecen deseos insatisfechos, rarísimos y difíciles de comprender.

     De acuerdo con el filósofo Víctor Calle, conservar y generar la vida perpetuándola es un esquema que aparece claro para la vida biológica, es decir, en el plano de la vida animal y vegetal, no tanto en la vida psico-social. Esto, porque el hombre no se mueve en un círculo biológico, sino en una espiral a través del tiempo (es él el que mueve esa espiral) y eso hace que el apetito de deseo sea insaciable y no se satisface con la necesidad. Existen, por ejemplo: apetitos de poder que quieren (abarcarlo todo, poseerlo todo, estar en todo); en este caso la necesidad y la carencia es inmensa y continua, lo que hace que el apetito sea insaciable. Eso es típico en ciertos políticos y empresarios que no se detienen en la consecución de poder y acumulación y pueden hacer mucho daño a la sociedad.

     También existe el deseo del otro, que adquiere proporciones tan alarmantes cuando se idealiza el objeto, que no mide ni valora dentro de un rasero realista. Tras la lectura del Fedro —uno de los libros condensados en 

los diálogos de Platón—, Estanislao Zuleta, de una 

‘Péndulo del deseo’, de Alex Stevenson Díaz.

manera brillante, lo resume así, “Platón comienza con un discurso de Licias, en el que trata de demostrar que nada puede ser peor que un enamorado y que no hay error más grave para cualquiera que hacerle caso a una persona que esté enamorada de uno, cualquiera que sea. ¿Por qué? Porque no hay nadie que tenga menos capacidad crítica que un enamorado: a un enamorado le parece divino todo lo de la amada, incluso sus defectos, le gustan todavía más que sus virtudes. ¿Cómo le va a hacer caso uno a una persona así, que está trastornada verdaderamente hablando? Un enamorado delira que su objeto de amor es esencial y completamente diferente a todas las demás personas; proclama que sin él no puede vivir —lo cual es supremamente peligroso—; le está exigiendo que proclame lo mismo. Bueno, no hay nada más aparatoso, más estorboso, más inconveniente que un enamorado. Hazle caso a una persona, pero que no vaya a estar enamorada de ti, no le vayas a dar favores a un enamorado. El enamorado promete para siempre, eternamente, jura. Si le pasa el delirio y tú le dices bueno, pero me prometiste que… Ah no yo no sé, yo era 

otro yo, estaba todo alterado; yo ahora volví a ser el que soy”.

     Por eso, según Víctor Calle, “cuando muchos de nuestros deseos son frustrados, o interceptados por una serie de barreras de diversa índole que, en definitiva, nos impiden satisfacerlos, caemos en la frustración y en un estado emocional contrario al placer que llamamos dolor, confusión, odio… En este caso no desaparece el deseo, sino que se transforma y toma la forma de agresividad, que no siempre se orienta hacia el obstáculo que impide la satisfacción y suele dirigirse a otros objetivos produciendo situaciones difíciles y conflictivas en las relaciones humanas. Cuando esa agresividad no se dirige hacia el exterior sino al interior de la persona, como sentimiento de culpabilidad, es así como el individuo

se autocastiga y se sumerge en un mar

Nacida en República Dominicana y radicada en la Ciudad de México, la pintora Niurka Guzmán Otañez se fundamenta en el hecho de que la literatura hable de una lampara mágica que con solo ser frotada da paso a un genio capaz de cumplir los anhelos más profundos de un individuo para recrear  este cuadro que tituló ‘El enigma del deseo’.

de tormentas psíquicas de dolor y de impotencia que producen estados de depresión y angustia. En este momento, el deseo se ha replegado y puede llevar a estados e infantiles y 

negación de la vida”. Puede decirse que, si el placer es la satisfacción del deseo satisfecho, el dolor equivale al dolor del deseo insatisfecho. Al respecto, el filósofo Español Fernando Savater “en las preguntas por la vida”, dice que “placer y dolor son fuertes agarraderas de la hermandad universal entre nosotros, pero como nadie disfruta y padece exactamente con los mismos matices ni a lo largo de su trayecto vital ha estado sometido a los mismos estímulos, son también placeres y dolores los que nos dotan de una biografía irrepetible, los que perfilan la auténtica individualidad de cada cual. El placer y el dolor nos enseñan que somos iguales en lo general, pero a las veces diversos en lo particular. De nuevo se comprueba que lo mismo que nos une —nuestros intereses—, es también lo que nos separa, nos personaliza y quizá antes o después nos enfrenta”.

     Así las cosas, resumiendo, puede afirmarse que el deseo en el ser humano es inevitable y debe ser tratado de acuerdo con las subjetividades de cada quién, para generar un sentido y proyecto de vida. No se le puede dar rienda suelta a una sociedad que se guie solo por el deseo, sin tener en cuenta un patrón de vida, un contexto social, económico, político etc. El deseo por sí solo —aunque muy importante y necesario en el ser humano— no es fiable, porque su naturaleza es infiel y vive pasándose “de calidad”, como se dice popularmente. Su tratamiento pedagógico puede ser importante para emancipar a un individuo manipulado “por otros deseos”.

*Pintura original de Celia Izquierdo|Antic&Chic