El conductor del lujoso automóvil dudó entre bajar el vidrio, extender su mano, brindar una sonrisa o seguir raudo atravesando la vía con el semáforo en luz amarilla, sin percatarse de manera consciente de los pequeños seres que casi pegados a su auto lo miraban fijamente a través del vidrio, a la vez que hacían gesticulaciones.

     Eran tres muchachos de 12, 10 y 8 años quienes le hacían señas con sus manos para que detuviera su vehículo. La intervención de la dama que iba a su lado los favoreció.

     —Félix Enrique, detén el auto, por favor —le dijo la dama agarrándolo por el brazo.

     —¿Qué pasa? —preguntó el conductor al detenerse.

     —¿No ves? —le dijo la dama en alto tono—. Hay unos niños pidiéndote limosna. ¡Detén el carro y dales algo!

     Los tres muchachitos se acercaron más a la ventanilla del auto haciendo coro con tímidas voces:

     —Unas monedas, por favor, señor —dijeron los tres al unísono.

     —¿Para qué las quieres? —preguntó el conductor con indiferencia y a la vez casi con ironía, esperando solo que la luz del semáforo cambiara de rojo a verde para proseguir.

     —Pa’comé, señor, ¡tenemos hambre! —dijo el mayor de los muchachos pordioseros.

     El hombre apuesto, de cerradas barbas, poblado bigote y manos donde lucía valioso anillo, extendió un billete a los tres chiquillos que alegres volaron gritando a voz en cuello, pero de espaldas y al aire mientras la brisa pegaba en su rostro.

     —¡Hoy vamos a comé, pero de verdá, verdá! ¡Viva yo! —exclamó el más pequeño.

     Al llegar a la acera próxima los tres mendigos de corta edad se sentaron en el suelo; más que eso, se tiraron, jadeantes por la carrera y chorreando sudor por las mejillas que no se sabía si eran blancas, marrones o negra, 

enredadas entre sucio y mal olor cobijado de varios días.

     —¡Hey, Palitroque! Déjame ver cuánta barra nos dio ese man —se atrevió a preguntar el menor.

     —Mira, Carlucho, hoy tenemos pa’algo más que cucayo —dijo Marcos, el mayor quien tenía el billete en sus manos.

     —¡Cucayo! ¡Hoy no quiero cucayo! Nos meteremos será una carne asá, pero no de las ‘baratieris’ ni de las duras que les echan a los perros —se apresuró a exclamar el de mediana edad, mirando también el billete de veinte mil pesos que les había regalado el señor del lujoso automóvil.

     —¡Claro que sí! ¡Va pa’ esa! —contestó el mayor.

     —¿Cuánto nos toca a cada uno? —preguntó entonces Carlucho, el mediano.

     —Saca la cuenta, si el billete es de veinte nos tocan cinco a cada uno.

     —¡Ve, pa’ fregate! Es que no sabes sacá cuenta, nos tocan 6.600 barras por cabeza y queda un pico de doscientos… ¡pa´pagá la propina! —expresó Paco, el pequeño, con mucho vigor.

     —¡Qué propina ni qué ná! Nosotros no sabemos de eso, ¿o acaso ya te crees de sociedá? –intervino el mayor.

     Enredados en esa seria discusión entre amigos, no se dieron cuenta los dos limosneritos de que el otro compañero, el más pequeño, después de sacar bien su cuenta, se había separado de ellos dos alejándose hacia una esquina. Desde allí lo divisaron y extrañados se quedaron mirándolo para ver qué hacía.

     Este otro muchacho de piel blanca, enormes ojos color miel llamado simplemente Paco, estaba arrodillado en una de las gradas de la iglesia Nuestra Señora de las Gracias de Torcoroma situada en esa esquina de la calle 84 con carrera 51B en Barranquilla, con sus manos juntas y en actitud de devoción adulta. Se le notaba cierto aire de grandeza parecida a la de los Niños de la Virgen de Fátima. Sus otros dos compañeros, desde lejos, lo miraban extasiados, como si hasta ellos les llegara aquel halo extraño que de él provenía y que estos no podían comprender. Querían hasta burlarse de él, pero no podían.

     —¿Qué le pasará al Paco, que hará allá agachao? —preguntó el muchacho líder de 12 años a su compañero de 10, Carlucho.

     —Menso, no está agachao; parece que dizque rezando —¡cómo si supiera hacerlo! —, será pá que le toque más plata a él que a nosotros, o más carne asá, ¿no oiste cómo hizo las cuentas rapidito? —le dijo a su amigo.

     —¡Pá fregarlo! ¿Qué le va a tocá má? Ven, vamos a acercarnos por detrás y lo asustamos ¡pá que se deje de tanta pendejá! —le dijo Carlucho.

     Así lo hicieron los dos amigos, pero el chico no se asustó. Con sus ojos color miel se volteó serenamente para mirarlos y una media sonrisa se dibujó en sus labios. Entonces dijo a sus amigos casi con extraña voz, como si le saliera de lo más recóndito de su corazón en ciernes:

     —Rezo, pelaos, pa’ que el Niño Dios nos traiga una mamá y un papá ahora en Navidad, no un hombre que nos pegue, si no pedimos ná, quiero un papá no pa’un solo día no má, quiero una mamá pa’toos los días, que por costumbre me haga lo que ellas saben hacé, quiero juguetes de esos que tienen los niños, y no limosnas ná má, quiero sé cómo los demás niños son. ¡Eso quiero, pelaos!

     —No seas majadero, pelao, que ese Niño Dios a ti no te va a escuchá —dijo el mayor—. He oído que a Él hay que 

sabé pedile, ¡y tú no sabes eso!

     —Verdá, verdá, ¡qué te va a escuchá! —corroboró el segundo—. ¡Ese Niño Dios que tú dices es de los de por acá no má, a nosotros no nos toca ná, ni Él nos va a mirá! –dijo Carlucho, ya en tono grosero.

     El pequeño Paco volteó a mirar nuevamente hacia la iglesia, y allí afuera, todavía arrodillado y ahora con sus manitas sujetas a las barras de hierro de las rejas que resguardaban el lugar sagrado, está Paco con sus manos apretadas con fuerza contra ellas sin saber por qué.

     —¡Pero que jartera con este pelao! —dijo Carlucho—. ¡En vez de vení a comé la carne asá que hemos planeao! —concluyó diciendo el líder del trío de limosneros, ya cansado de mirarlo en esa misma

actitud devota.

     —Te apuesto, Carlucho, que sí me va a escuchá, no me digas que no… ¡tú como no crees en ná! —dijo el pequeño Paco.

     Mientras los dos muchachos mayores “jalaban la pita” de su conversación y discutían sobre la comida apetecida, mientras se alejaban un poco, el pequeño, 

todavía de rodillas en la tercera grada de la iglesia, miraba embelesado hacia el altar donde estaba Jesús Crucificado y su Madre, la Virgen María. ¡Quién sabe qué pensamientos pasarían por su pequeña cabeza en esos momentos! Su sonrisa se agrandaba y sus ojos color miel buscaban ahora a sus amigos, pero estos en actitud de burla se habían alejado de él y de las gradas de la iglesia.

   —¡Hey, pelaos! ¿no quieren vení pá cá? —les preguntó Paco a los dos muchachos.

     Un gesto de desprecio con sus manos fue la respuesta de sus dos amigos para con el pequeño Paco.

     En el preciso momento en que el muchacho está llamando a sus compañeros —sin que le prestaran atención—, pasan dos señoras: una anciana de pelo blanco, un poco encorvada, y la otra más joven a su lado, sujetaba a la anciana por el brazo con su mano izquierda mientras en la derecha cargaba varias bolsas de almacén. La anciana se detiene, musita al oído de su compañera unas palabras y esta, con una amplia sonrisa y afirmando a la vez con su cabeza, se suelta del brazo de la anciana, se acerca a Paco que sigue arrodillado y le entrega una bolsa grande sin mediar palabra alguna. Él mira a la señora que se la entrega y pregunta extrañado:

     —¿Es para mí, señora? —pregunta por dos veces—, usted se ha 

equivocado.

     —Sí, es un regalo para ti, ábrelo para ver si te gusta —dice la mujer joven de pie al lado de Paco.

     —Señora, no me esté tomando del pelo, que yo no he pedido ná —vuelve a decirle el niño a la mujer en actitud muy digna.

     —Tómalo, Paco, por favor —insiste la señora.

     El pequeño pordiosero, extrañado hasta de que supiera su nombre, pero alegre a la vez, abre la bolsa y saca un juguete, una camisa, un pantalón y un reloj de pulso, mientras las dos damas se alejan calladas sin esperar su respuesta. Tampoco vieron su cara feliz y su boca abierta por la sorpresa reflejada en sus grandes y hermosos ojos. Ya repuesto de la emoción corre presuroso con su paquete de regalo apretado entre sus brazos hacia las dos señoras que están ya casi atravesando la calzada, aprovechando el cambio de luz en el semáforo.

     Pero Paco, sin poder atravesarla porque ya la luz del semáforo iba a cambiar a rojo, solo atinó a gritar muy fuerte desde su acera:

     —¡Que Dios les pague, señoras, porque yo no puedo! ¡La Virgen me ha escuchado, yo lo sabía!

     De pronto se quedó quieto, mirando a las dos mujeres alejarse y se preguntó en voz baja:

     —¿Cuál de las dos será mi mamá? –—se preguntaba el niño pordiosero con ansiedad en su tierna voz, viéndolas alejarse de él.

     Dio la vuelta y caminó despacio con su bolsa apretada sobre el pecho como si guardara un gran tesoro. Iba cabizbajo y hablando consigo mismo mientras iba a reunirse con sus amigos:

     —Ahora sé que estos regalos son los que dan las mamás a sus hijos en Navidad. ¡Con seguridad una de ellas debió ser mi mamá! —seguía hablando en voz bajita, mientras apretaba junto a su corazón la bolsa con los regalos.

     Ese pequeño corazón del niño pordiosero palpitaba a largo ritmo; sentía como si de él salieran inusitadas notas musicales, ¡pero todas de felicidad!

Nury Ruiz Bárcenas

Escritora-Periodista cultural

Orden Álvaro Cepeda Samudio

Correo: funescritoresdelmar@gmail.com