Los muchachos del barrio San Francisco en Cartagena tenían a todo volumen su picó con una canción interpretada por Diomedes Díaz: “Por la ribera se ven, arbustos y cocoteros. Por la ribera se ven, arbustos y cocoteros. Y los negros pescadores, en canoas vienen ya, como lanzaban hundiendo, sobre lodo su cañal. Las noches iluminadas, me recuerdan el Edén, por todas partes prendidas, estrellitas ya se ven”.

     Cantaban y bailaban el tema ‘Las cuatro fiestas’.

     Llevan años y años, de generación en generación, cantando el tema y no saben quién lo compuso.

     En Medellín, decenas de parranderos se emocionan cuando escuchan Fantasía Nocturna, interpretada por Gustavo ‘El loko’ Quintero. “Una noche me quedé, contemplando el panorama y a lo lejos divisé, un lucero que lloraba. Entonces me transformé, en paloma mensajera y alto muy alto volé, confundiéndome en la niebla. Lucerito, ¿por qué has perdido tus raros encantos? en la tierra, allá muy lejos se escucha tu llanto”.

     Los danzarines se emocionan con la canción que vienen escuchando desde cuando eran niños, pero no saben quién es el autor de esa maravilla.

     En Bogotá, oyen en una emisora tropical la canción ‘Amaneciendo’. “Esta noche tengo ganas de bailar y de ponerle a mi negra serenata, con mis amigos me les voy a presentar, para ponerle en la puerta una cumbiamba”.

     Y ni se enteran tampoco que, la letra, es de Adolfo Echeverría. Lo mismo pasa en otras regiones con otras canciones como ‘Los gansos en la laguna’, ‘Para Santa Marta’, ‘Cumbia marinera’, ‘Trinan las golondrinas’, ‘El cangrejo’, ‘Cumbia negra’, ‘La gota gorda’, ‘La paloma’, ‘La ninfa morena’, ‘El bocadillo’, ‘Sonia’, ‘Prejuicios’, ‘Calentana’, ‘El hombre del sombrerito’, ‘Me robaron el sombrero’, ‘Vamos a beber’, ‘Hasta que amanezca’, ‘La noche de las brujitas’, ‘Son mayebo’, ‘Aleluya en Navidad’, ‘La subienda de pescado’, ‘Salsa de tomate’ y decenas de temas más. Él mismo decía que fueron más de 2.000 canciones en ritmos como cumbia, bolero, salsa, vallenato. 

Incansable.

     Tenía 12 años cuando se quedó viendo a unas aves y compuso: “Como le hace el palomo a la paloma, ¡ay compa!, cuando llega a su casa. Arrogantes sus alas él va viendo hay hombe y por la puerta se asoma. Y él le hace: currucucú, currucucú”.

     Ganó cinco congos de Oro, Guaicaipuro en Venezuela, el Festival de la Cumbia y el Cacique de Oro.

     Nació en Barranquilla y su sueño cuando era niño era convertirse en un gran compositor como Guillermo Buitrago, José Barros y Rafael Escalona. Adolfo tenía una gran virtud a la hora de escribir: era muy natural, muy realista y veía en los animales, las plantas, el cielo y el mar, motivos para hacer una canción.

     Gustavo Quintero le animó a escribir sus canciones y a darle un tema para cada disco de larga duración. Los Melódicos le grabaron también el tema ‘La ninfa morena’ que compuso con

el locutor soledeño Bolisander Pacheco.

     Lanzó a figuras como El Checo Acosta, Juan Carlos Coronel y Charly Gómez, entre otros.

     El primer gran golpe que recibió Adolfo fue la muerte de su hermano Gil, quien falleció en un accidente automovilístico, justo cuando se dirigía a Caracas a reemplazar a José Luis Rodríguez ‘El Puma’, en la Billos Caracas Boys. No se repuso de ese acontecimiento.

     Adolfo, de todas formas, creó su orquesta y con ella recorrió buena parte de la costa Atlántica, Venezuela, México y Estados Unidos. Era el director, mal vendedor, cobrador, compositor… Todo. Pero en cobros, perdió con Julio Calderón, dueño entonces de Aerocondor… Y porque no le pagó, para lo cual lo contrató, le compuso el exitoso tema bailable-protesta: ‘Julio Calderón’: “Julio Calderón, Julio Calderón, tiene plata y no le gusta que le cobren de mañana… Julio Calderón tiene barcos, tiene avión, cuatro fincas en Malambo, se ha vuelto vacilador…”

     Pero un día, su médico le pidió que abandonara la música porque lo estaba estresando. Segunda noticia que le impactó y el maestro determinó entonces comenzar a guardar silencio.

     El maestro Adolfo sufrió la amputación de sus dos piernas debido a su diabetes, a los empujones Sayco le paga su servicio médico, unos cuantos amigos le visitan, su familia quiere que siga cantando, Colombia entera sigue bailando sus temas, pero lo tiene en el olvido.

     Por estos días anda muy enfermo y desde el lunes de semana 

pasada se encuentra recluido en la Unidad de Cuidados Intensivos, UCI, de la clínica Julio Enrique Medrano de Barranquilla. El mundillo de la farándula y la familia del artista esperan su pronta recuperación. 

La vida en un giro de… ¿360 o 180 grados?...

     “Voy a traer al cantante Antonio Prieto”, soltó como noticia Armín Torres, quien acaba de hacer su debut como empresario artístico al presentar al inolvidable Leonardo Favio.

Armín, retirado del agite de la programación artística, en Nueva York, con su familia.

     —¿A quién?, le preguntamos con desconocimiento total de la figura que proyectaba traer.

     —Flaco, eso será estremecedor. Antonio es que el que canta ‘La novia’. «¿No sabes quién es Antonio Prieto?», me preguntó, mientras degustaba una cazuela de fríjoles en el restaurante ‘El Poblado’, localizado cerca de Caracol Radio en la calle 19 de Bogotá y al cual le fascinaba ir acompañado de Mery Ciro, su esposa.

     —No sé quién es, le respondí con franqueza.

     —El que canta… «Blangca y radiagnte va la noooviaaaa. Le sigue atrsfás un novio amanthre y que al unirgs sus coragzones, hará morighs desilusgjuiones», entonó mientras comía fríjoles y mordía una inmensa tajada de plátano.

     —Ni idea, Armín, ni idea.

     —¡Ya veo que no tienes ni idea de quién es Antonio Prieto! Pero es mi ídolo. Es el más grande artista de Chile. ¡Tiene decenas de éxitos!, decía con voz levantada y los otros 50 comensales del corrientazo lo miraban también extrañados. 

     —¿Y si contrato a Paloma San Basilio?

     —Ahhh, eso es otra cosa. Ella sí. Está en primeros lugares con la obra ‘Evita’.

—Voy a traerla —comentó al terminar

Ahora, Armín tiene un restaurante en Nueva York; Raymi y allí atiende allí a ejecutivos de la bolsa, artistas de teatro y cine, a turistas y quienes deseen degustar los platos de sus hijos Jaime y Felipe.

su primera cazuela.

     Así eran los encuentros con el empresario en 1986. Después nos 

veíamos cuando se preparaba para traer a Raphael, José Luis Perales, Danny Daniel, José Luis Rodríguez, José José y a la gran Rocío Durcal, entre otros.

     Estaba en la Feria de Cali y luego en la de Manizales, en el Carnaval de Barranquilla, en la Feria de las Flores de Medellín. Iba y venía de Miami o de Madrid. Hablaba por teléfono horas y horas con empresarios de figuras del momento como Nelson Ned, Vicente Fernández, María Conchita Alonso, Julio Iglesias, Timbirichi, Menudo, Roberto Carlos, Sandro, Jerónimo… Todos querían venir a Colombia y que Armín Torres los contratara.

     Cuando estaba en su momento cumbre del trabajo, atendía alcaldes, gobernadores, presidentes de la República, embajadores, industriales, ejecutivos de multinacionales, gerentes de medios de comunicación. Era la estrella del momento. Dominó el mundo del espectáculo por más de 20 años.

     Cada vez nuestros almuerzos en El Poblado se iban distanciando. Ya eran cenas con 16 cubiertos en embajadas o en hoteles de 6 estrellas. Armín estaba en las grandes ligas empresariales y cuando anunció la presentación de la banda de rock Guns N Roses, ya no volvió a pasar al teléfono.

     De un momento a otro se perdió. Años después supimos que tenía un restaurante en Nueva York. Le puso Raymi —que se desprende de su nombre—, atiende allí a ejecutivos de la bolsa, artistas de teatro y cine, a turistas y quienes deseen degustar los platos de sus hijos Jaime y Felipe. Ya no quiere saber de permisos para contratar artistas, ni de taquillas, ni de boletas, ni de canciones.

     —Flaco, ¿cuándo vamos a comer frijolitos a El Poblado?

     —Eso lo cerraron Armín.

     —¡Qué buenos tiempos!, manifestó mientras suspiraba.

     —¿Y qué pasó con Antonio Prieto?

     —Se murió. Nunca pude llevarlo a Colombia. Era mi ídolo.

Desde su origen y por siempre jamás

     Fue quizás —y a lo mejor sigue siendo por todos estos días— uno de los videos más virales en esta Navidad. Ricardo Maldonado Morales, a sus 72 años, toca magistralmente en el piano ‘El seis chorreao’, uno de los grandes clásicos de la salsa.

     Ricardo, más bien conocido como Richie Ray, quien conformara el dueto con Bobby Cruz, es uno de los grandes virtuosos de la salsa. Es cantante, compositor, arreglista y pastor evangélico. Es conocido también como uno de los impulsores del ritmo boogaloo.

     En Santiago de Cali, sobre todo en la famosa Calle del pecado, en los años setenta, las discotecas ponían la salsa a todo volumen y tenían un sitio especial donde se ubicaba un baterista, que les daba mayor impulso a los rumberos de los domingos.

     A los caleños les llegaba la salsa por Buenaventura, los marineros les traían los más recientes éxitos de Nueva York y poco a poco convirtieron a la ciudad en ‘La capital de la salsa’.

     El boogaloo para los danzantes era muy lento, así que los controles de sonido determinaron pasar la velocidad de 33 revoluciones por minutos a 45. Tal como pasó con el tema ‘Champaña’ de Eddie Palmieri, ‘El wuatusi’ de Ray Barreto, ‘I like it like that’ de Pete Rodríguez y decenas más. Eran los años 70 y bailarines como Jaime Castro —quien se bautizó como Jimmy Boogaloo—, Evelio Caravalí, Amparo Arrebato, ‘El sargento loco’, ‘El negro Watusi’, ‘El chato’ y una docena más, eran personajes que se ganaban la vida bailando en cuanta discoteca nueva nacía en Cali. “Un shoe, sesenta mil pesos, dos shoes, cien mil”, sentenciaba ‘El chato’.

     En esos tiempos se cabrioleaba con los pies, no había acrobacias. Watusi fue quien implementó ese estilo de baile. Se bailaba hasta las 8 de la mañana. Las discotecas a reventar.

     Después de una descarga diabólica, con todo tipo de excesos y que se plasmó en ‘Sonido bestial’, los creadores —Richie Ray and Bobby Cruz— encontraron que se habían pasado de revoluciones y buscaron y hallaron en la Biblia una nueva vida.

     ‘El Seis’ es uno de los ritmos más famosos de Puerto Rico. Tiene su estilo particular para danzar. Además de

ser necesarias seis parejas, se debe tener presente cada uno de los giros y cruces entre sí. Y el ‘chorreado’ es por la velocidad.

     Richie Ray, el embajador del piano, determinó hacer un homenaje a su tierra y darla a conocer en el mundo entero. Y a fuerza que lo logró con el ‘Seis chorreao’.

     Nos unimos a sentimientos de fin de año, a las nostalgias de aquellos setenta cuando la Navidad era algo más que comprar presentes que de pronto no se usarán, adquirir toneladas de papel de colores que el 25 contaminarán las calles, comer jamón y pavo, vestir arbolitos con bolas chinas, sin percatarse por qué ha de celebrarse el 25 de diciembre.

    Por todos estos días —y por siempre— ¡un feliz ‘Seis Chorreao’!