“La única democracia que hoy tiene sentido es la que plantea la paz como su valor supremo". (Negri & Hardt, Multitud, pp. 357,2004)

     Treinta precandidatos presidenciales que recogen firmas hasta en el más lejano oeste, muchas veces compartiendo apoyos con rúbricas de los mismos ciudadanos, seguro piensan que van a ganar en primera vuelta, se pintan pajaritos en el aire de que si pasan a segunda vuelta los demás van a converger en torno a su propuesta o que, si sacan una votación significativa, su respaldo adquiere una fuerza decisiva frente a las eventuales alianzas con alguno de los dos bloques que vayan por los últimos cien metros planos de la carrera presidencial en la segunda vuelta.

     Algunos de los que ya cuentan con aval —otro asunto que terminó por valorarse más en esta ocasión—, sobre todo los que ponen el espejo retrovisor hacia un pasado de mucha recordación entre los que votaron por el No al plebiscito por la paz, se les

hace agua la boca con la división en las que, como pescadores de almas, esperan vencer en las primeras de cambio o cooptar a manteles a quienes, en su pragmatismo a ultranza, saben que hay que apostarle al caballito ganador.

     Mientras tanto, los opinómetros o percepciones de intención de voto, que algunos llaman encuestas, para estas fechas ponen en los primeros lugares a las alternativas que le generan miedo al sector representativo de los pocos que participan en este país de uno de los más grandes porcentajes de abstención. Cuando el miedo los corroe, estas mayorías manipuladas que han mantenido en el poder a élites minoritarias buscarían la sensación de seguridad y terminarían, como borregos, eligiendo a sus verdugos.

     Ante estas señales, en vez de abrírseles los ojos a los personajes que podrían coincidir en una candidatura única, con programa común y vocación de poder, pareciera que se les han abierto las agallas. En vez de escuchar la voz que les dice: «Oigan, únanse, que hay posibilidades», más se separan; o los que intentan confluir, con iniciativas rescatables, se reservan el derecho de admisión a una coalición más amplia, ciudadana, con vocación de poder. Quizás por esto, en este escenario de confusión, las encuestas ponen en alto al voto en blanco sumado al ‘no sabe/no responde’ frente a la diáspora de candidatura, ante la fuerte indecisión ciudadana.

     Lo que sí queda claro, es que después de la suscripción del acuerdo de Paz, el avance en las conversaciones con otras insurgencias y la apuesta por el sometimiento a la justicia con las eufemísticamente llamadas bandas criminales, parece que a la gente lo que más le preocupa es su bolsillo.

     Por esto, ponen en sus problemas prioritarios a resolver en un próximo gobierno nacional: al desempleo,

a la corrupción con la que las mafias esquilman los impuestos que pagan con sus bajos ingresos, a la poca calidad y alto costo en la prestación de los servicios públicos domiciliarios, muchas veces concesionados al capital privado, a la onerosa canasta familiar y al poco poder adquisitivo, es decir, a la inequidad e injusticia social. Más que a la Paz, que a la movilidad, que a la inseguridad, que a la calidad de la democracia, la gente ha puesto en la balanza a la falta de certezas, a la exclusión y a los riesgos que impiden planear y decidir una vida propia o solventar sus necesidades vitales y las de sus familias.

     En esa búsqueda ciudadana, es clave que las opciones democráticas sean conscientes de que pueden confluir en un diálogo en mesas de convergencia, para escoger una candidatura de coalición que enfrente a la continuidad de las políticas que mantienen en la postración a las mayorías, sea a través de la concertación de un pacto programático, con posibilidades de alternancia en el poder; de una consulta inter y transpartidista en marzo; de una encuesta; de listas cerradas encabezadas por estos líderes al Congreso de la República, o lo que a bien se les ocurra en colectivo. Es el momento de pasar a la historia, no de dejar constancias, de enceguecerse en egos, de engolosinarse en intereses particulares o de hacer apuestas con techo. Decidan lo que muchos queremos para volver a creer, para participar con esperanza. No dejen que la misma historia se los reclame después o la ciudadanía les pase cuentas de cobro, cuando ya nada se pueda hacer.

Santa Marta, 20 de septiembre de 2017.