Pininos de Edgar Awad Virviescas como cuentista

     Con sus manitas gorditas, blancas, muy arrugaditas, calienticas, suavecitas como hojas de pétalos de tierna flor, hoy la vi.

     Tejía usando las mejores hebras de vida y otros hilos de amor y eterna devoción: formaba unas zapatillas, con infinita paciencia y ternura… Va dando, lentamente, puntada por puntada en cruz: ágilmente mueve las agujas de croché, va formando unos zapaticos brillantes y mágicos para sus biznietos, para que caminen dejando huellas de cariño, como solo ella lo supo hacer.

     ¿Sabes? Vive bajo una eterna primavera celestial: ahí se mece suavemente en su mecedora que tiene adornos y flores en oro, plata, esmeraldas, diamantes, nácar y marfil.

     La acompaña su esposo, quien luce traje negro con delgadas líneas verticales blancas, camisa blanca, corbata roja, zapatos de charol negro con vivos blancos a los lados, de aquellos de moda de los años cincuenta… En su rostro se destaca un negro bigote punteado, muy cuidado.

     Allí están sus hijos y su mejor amiga e hija, sentada en un sillón plateado, como de mimbre en brillante gris de plata, de espaldar grande y redondo, abierto como la cola de un pavo real, en rededor del espaldar muchísimas margaritas y gigantes perlas.

 Ellas van hilando la madeja de hilos de la existencia, con paciencia y ternura. En el rostro de la señora se ve una inmensa felicidad y una leve sonrisa, victoriosa, por una misión cumplida después de muchísimos años.

     Sus miradas son tiernas. En su casa, las puertas y ventanas no tienen chapas, ni trancas, menos aldabas… Es que es como una embajada familiar de puertas abiertas y para servir al amigo que fuere… En sus paredes, muchos cuadros sumamente grandes y de espesor delgados, en los cuales las fotos tienen animación y a toda hora se mueven las imágenes. Son videos y, si me les acerco, escucho el sonido del video.

     En la mansión, con muchos balcones de barandas bordeadas con adornos de oro, hay varios canarios y loros. Por allí, ellas y ellos se asoman a ver pasa la gente y hablar con Dios… a tomar el sol, a apreciar los paisajes de la llanura verde, las montañas al fondo, las auroras boreales, los amaneceres y los hermosos atardeceres de variados colores… Y también lo hacen para chismosear lo que hacemos sus hijos desde el otro lado.

     En su cabeza tiene un blanco sombrero de alas anchas, coronado con azucenas… lo usa como fino toque de elegancia, para lucirlo por muchos milenios en el cielo: ellos están viviendo en el paraíso.

Desde un rincón del alma, en la Bella Colombia-Yopal 7 octubre 2015

Basado en un sueño que, como un volador, me puso a escribir esta nota.

Dedicado a mamá Carmen, Clemita Virviescas de Camelo, Jairo Virviescas Vargas, Roberto Virviescas y mi abuelo Roberto Virviescas. Hace mucho partieron (EAV).

Carmen Elisa Vargas de Virviescas, La abuela.