Estos relatos están basados en realidades, cosas que sí pasaron. No están escritos

para la burla sino para respetar conceptos y aprender a admitir que sí existe otra dimensión.

     El párroco nos pidió que sacáramos todo niño y muchacho de la mansión. Luego vio a mi hermana, la censuró por ser lectora de cigarrillo y le recomendó abandonar ese tipo de práctica: con ello lo que atrae son malos ánimos que afectarían a quienes la rodeaban.

     La señaló de ser ella la posible culpable de lo que estaba aconteciendo en la morada. Ella hizo un gesto dando

poca importancia, dio media vuelta y se fue a su cuarto. 

     Para esa época nosotros no teníamos una Biblia y mucho menos la leíamos.

     En aquella época eran pocas las Biblias en español y las misas eran cantadas en latín. Los sacerdotes leían pasajes bíblicos en ese idioma y no entendíamos nada. Mi madre solo tenía la imagen del Sagrado Corazón, como su gran protector y auxiliador.

     El padre efectuó su rito litúrgico hablando lenguaje romance, pronunció pocas frases en español. Por razones desconocidas, un cirio que trajo para efectuar tal ritual no encendió: por más intentos que se hicieron, siempre soplaba una pequeña brisa y se apagaba la llama.

     En la misa se sintió mucha paz y alegría y por varias semanas habría mucha tranquilidad. Para agosto en 1958, un pasajero alojado en la pensión salió de su aposento al anochecer a fumarse un cigarro en el patio de atrás y allí avisto una luz que salía del jardín junto al último cuarto.

     En esta habitación había un altillo. El forastero vio la luz como una fuente en agua luminosa chispeando siete colores brillantes. La sorpresa del huésped fue impresionante: su cigarro se le cayó, lo único que pudo

hacer fue correr a su dormitorio, donde estuvo intranquilo esperando al otro día. Muy tempano se marchó para no volver.

     Empezaron nuevos sucesos. De noche las maderas de los pisos y techos comenzaban a rechinar, eso ocurría hasta la madrugada. En las semanas siguientes, en algunos corredores, muy de noche, se escuchaba a alguien arrastrando algo muy pesado, pero uno se asomaba y no había nadie.

     También se escuchaba por los jardines empedrados, bestias o caballos trotando.

     Un día para el mes de diciembre, a media noche, se escuchó un grito aterrador: una señora que iba para el baño tropezó con él penitente. Contó que era muy alto, como de un metro noventa centímetros, ¡gran talla! En la casa no había ningún fraile alojado y menos una persona con esa estura.

     Otro día Eva, la encargada de la cocina, estaba en el último patio lavando su ropa como a eso de las diez de la noche cuando se sintió acompañada: una sombra se dibujaba en la pared del lavadero y era un espectro de sotana gris. Ella quedó desmayada.

     De ahí en adelante, todos andábamos acompañados hasta para ir al baño.

     Lo más simpático fue lo que le ocurrió a mi tío Rigoberto. Para diciembre, él llego tarde para sacar dinero e irse a seguir parrandeando —lo acompañaban sus amigos—. En la puerta del recinto se les apareció el Monje. Como en anteriores ocasiones, no se le apreciaba la cara y con sus brazos doblados y cruzados y las manos metidas entre la sotana.

     Él se paró en medio del marco de la puerta y no los dejo salir del aposento hasta el amanecer. Mi tío y sus amigos estuvieron en silencio e impávidos. Rigoberto toda su vida fue alguien muy rencoroso, grosero y buena vida, en su lecho de muerte solo pedía que lo perdonáramos.

     Él fantasma, como intuía malos sentimientos de Rigoberto, siempre le causó incontables sustos más que a los demás: no lo dejaba dormir, le jalaban las cobijas, los pies se los tocaban unas manos muy frías y huesudas, pero

nunca había nadie en la habitación.

     Siempre en ese dormitorio se sentía frio. Para los meses siguientes, los problemas aumentaron: el fraile empezó aparecerse de día y de noche, buscamos al religioso del santuario de las nieves, pero por más esfuerzos que hizo el padre en sus actos litúrgicos fue en vano: nada mejoraba y, por el contrario, aumentaban las apariciones, hechos y ruidos.

     Don Jorge Escalan se enteró de todo lo acontecido y de cómo aumentaban las manifestaciones. Se

puso a indagar qué se podría hacer y un compañero le sugirió hacer una reunión espiritista con unos compañeros del banco, que tenían buena experiencia y reputación en tales trances.

     Don Jorge nos comentó de un posible recurso; pero algunos de mis hermanos estuvieron reacios, pero posteriormente después de controversiales y largas discusiones se aceptó que se hicieran las secciones espiritistas, para ahuyentar el espíritu del Monje y los acontecimientos raros.

     Se habló con un especialista, un espiritista que era oficinista del banco y acordó para el próximo viernes hacer la primera invocación. Llegado el viernes, todos estábamos con nervios y curiosidad en torno a cómo sería eso de la reunión que harían y cómo sería la tertulia.

     A eso de las ocho, comenzaron a llegar los seis caballeros del evento. Eran señores muy elegantes y de buen trato. Uno de los espiritistas era Manuel Torres, un señor de unos 30 años, delgado, muy gracioso, agradable. Comenzaron con unas plegarias dirigidas al Creador y pidieron calma y amor, esperando que fueran las 12 de la noche para emprender un episodio de comunicación con el más allá.

     Mientras las horas transcurrían comenzaron a ordenar el comedor, lugar donde se haría la sección. En la mitad del salón colocaron una mesa redonda con siete puestos a su alrededor. Traían varios libros, entre los cuales se destacaba la santa Biblia y, entre otros, aquel del que ya hablé. Los colocaron en una mesa auxiliar, a un lado de la redonda. En esa ocasión no se escuchaban los sonidos de otras noches que no nos dejaban dormir. El fantasma tampoco se apareció.

    Las cosas de vajillas y cristal se recogieron.

     Siendo las 12, todos eligieron asiento y Don Manuel Torres tomó la dirección de la sección, pero faltaba uno. Solicitaron que alguno de la posada ocupara el lugar de la silla vacía. Todos nos negamos a sentarnos en dicho puesto, nadie quería aceptar por miedo a lo inesperado… Por fin don Jorge Escalan se decidió. Nosotros fuimos al cuarto contiguo, desde allí podíamos escuchar y oteábamos desde el interior a través de la puerta entreabierta. Todos se tomaron de las manos y formaron un círculo y pidieron al espíritu del Monje que apareciera. Por varias veces se 

solicitó y se le saludó.

     Pero, pasada media hora, no hubo respuesta. De un momento a otro, la mesa empezó a moverse, la luz parpadeaba y algunos muebles parecían volar

     De pronto unos de los médium empezó a hablar con una voz latosa, algo extraña.

     Dijo: «¿Qué quieren? ¿Por qué me molestan?».

     Otro médium se contorsionó, también balbuceó palabras y dijo: «A mí es a quien llaman, yo soy, aquí estoy, bellacos mal nacidos. Solo por joder, interrumpen mi descanso»,

     Un tercer médium dijo con tono alegre: «No soy yo a quien llaman, ja ja ja ¿quieren jugar o reír?»

     Don Manuel Torres, uno de los espiritistas más experimentados, solicitó: “¡Aléjense los espíritus que

no hemos llamado! ¡Están demorando la invocación!”

     Los tres espiritistas poseídos gritaron en coro: «¿Quién me llama?»

     El espiritista director solicitó solo la presencia del espíritu que rondaba el edificio. Los tres médium afirmaban: “Yo soy el que quieren”.

     Uno de los poseídos empezó a ladrar y a correr en cuatro patas, como perro… Levantaba la pierna y se orinaba, como cualquier canino… Continuaba ladrando y pronunciado insolencias en contra de los presentes y llamaba, gritando, “Salgan las que están el otro cuarto, viejas chismosas… ¡Salgan de la otra sala!”.

     Mientras tanto otro emprendió a reír en grandes carcajadas y a burlarse de las personas presentes y a recordarles momentos burlones de su vida. Ese era el espíritu burlón.

     Al tiempo, otro médium trataba de hablar, pero las otras almas no lo dejaban, lo interrumpían, le decían: «¡Cállate, hijo’e puta!» y otras groserías.

     Don Manuel Torres tomó la biblia y leyó pasajes y pronuncio oraciones para alejar las malas energías, los malos espíritus, pero estos se rehusaban a marcharse. Y pronunciaban impudicias. Les recordaba a los espiritistas que tenían pecados, les decían que eran malos esposos, les nombraban episodios en los cuales habían sido participes de malos actos, sus trabajos deshonestos y muchas más cosas de sus vidas.

     Sí, así ocurrió: habían aparecido tres fuerzas: una burlona, la otra grosera y el tercero, el espíritu serio. Se suponía que era este al que se trataba de invocar.

     Uno de los médium era un espíritu bulón: se transformó en un chimpancé… Actuaba, brincaba y chillaba y eso asustaba… Mientras tanto, el otro seguía como perro, aullando, diciendo insolencias y tratando de morder a todos en el salón… Y el otro médium se empecinaba en tratar de hablar, pero no lo dejaban los otros dos.

     El médium director de la sección leía la Biblia y tomó la delantera rezando el padre nuestro. Todos comenzaron a seguir sus oraciones y los entes se calman un poco, más tarde luego e varias oraciones les pide a los espíritus abandonen la sección pero el perro y chimpancé se niegan lo mandan para el carajo, y le replican su conducta.

     Él médium director toma otro ejemplar y comienza un rito de alejamiento tirando agua bendita, la arroja a los médium que están poseídos y allí donde caía agua bendita se les hacía

llagas: ¡las gotas parecían hervir. Les ordenó desprenderse de los cuerpos y, al rato, un médium, quien se comportaba como perro cae abatido y agotado, cansado… El que actuaba como chimpancé se negó, renegó y blasfemó. A las tres de la madrugada, el espíritu más calmado abandonó el cuerpo de su médium y regresó algo asustado: miró a todos con ojos de agradecimiento por haberlo regresado.

     El espíritu que habitaba en el hombre-chimpancé se rehusaba a marcharse de ese cuerpo, pero a las cuatro de la madrugada, cuando habían fallado tantos intentos, un médium tomó la decisión de ir donde unos padres jesuitas para solicitarles una espada con la cual poder expulsar el mal espíritu. Cando regresó con la espada a la morada, el espíritu chimpancé cambió de ánimo, se arrodilló y suplicó que no lo desterraran ni relegaran del grupo espiritista.

     Don Manuel Torres, encargado de la ceremonia, había de tomar la espada y a proceder con la expulsión. Sus palabras y oraciones afectaban, sin duda, al espíritu, que se retorcía, lloraba y gritaba. Sufría de grandes dolores y, por fin, fue despedido. Era un espíritu sarcástico. Seguidamente, el médium de esta posesión regresó sumamente achacoso, con dolores en todo su cuerpo e infinidad de llagas causadas por las gotas de agua bendita que caían en su cara y en manos.

     Tras todas estas ocurrencias, había de levantarse la sección espiritista con oraciones a Dios.

Edgar Awad Virviescas (DRA)

Reeditado en Puerto Colombia, en la hermosa Colombia

Octubre de 2017

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