Cuento largo o novela corta de JJ (III y IV)

     Sin saberse como, una mañana de domingo, cuando el hotel se encontraba abarrotado de paseantes de Barranquilla y los clientes exigían la atención de los propietarios del sitio y de los empleados, un muchacho, de modo inexplicable, rompió la barrera hacia el cercano patio, desde donde le llegaban en forma nítida el tañir de una guitarra y la voz que recitaba algunas estrofas de García Lorca:

     ¿Qué es aquello que reluce por los altos corredores?/Cierra la puerta hijo mío. Acaban de dar las once / En mis ojos sin querer, relumbran cuatro faroles/ Sera que la gente aquella estará fraguando el cobre.

     Más que la curiosidad, le llamó la atención el sentimiento y el dejo de aquella voz. En su

casa en Barranquilla, la familia disfrutaba los fines de semana de agradables veladas musicales en compañía de amigos, de tal manera que distinguía con claridad, una nota musical bien expresada. El mismo había tomado clases de música con el pianista de la Emisora Atlántico Jazz Band para participar activamente en aquellas reuniones al lado del maestro Roldain. Por eso, la voz misteriosa colmó su espíritu y le dio fuerzas para conocer el origen y fuente de tanto amor e inspiración.

     El marco resultaba inmejorable. La trinitaria de rojo florecida, era el fondo de esa pintura. Las baldosas multicolores del sardinel, le daban un toque surrealista al mejor estilo de Dalí. La mecedora de mimbre, el elemento tangible y sentada en ella, la jovencita más bella que nunca había imaginado con la graciosa mano rasgando la guitarra y los labios hermosos, aún abiertos en la última estrofa de Federico.

     El encanto fue instantáneo. Patricia, sorprendida por la presencia del muchacho y ante su cara de halago y de perplejidad, sonrió admirada pues el desconocido le brindaba confianza. Además, hacía varias semanas que solo contemplaba el rostro de censura de la madre. Luis Miguel de los Ángeles Padilla Morón, que así se llamaba el intruso, rio de manera descomplicada, superando la inicial perturbación.

     Como viejos conocidos, hablaron durante largo rato:

     —Gozas de una voz hermosa y le das tonalidad a lo que recitas —le había dicho para romper el hielo.

     “Gracias señor. Es la primera vez, en mucho tiempo, que alguien me elogia por algo que hago todos los días”, replico la damita encantadora, que había suspendido sus arpegios.

     —Es increíble que semejante artista, se pierda en la soledad. ¿Qué ha ocurrido?

     Sin replicar a la pregunta, Patricia, respondió con otra:

     “Mejor, dígame, ¿cómo ha hecho para romper el cerco que me resguarda?”

     Dijo el joven:

     —Nada. Solo que se me ocurrió andar por el gran patio, escuché le voz y la

La imagen de un cuadro que doña Stella Bernal publicó en la biografía-Facebook del autor del Hotel Puerto Colombia complementa una composición gráfica para enaltecer la magia del amor.

guitarra y no encontré nada que me impidiese llegar hasta acá.

     Al parecer a doña Raquel, ese día por tanta ocupación con la gente que llegaba desde Barranquilla, se le había olvidado echar cadena y candado al portillo que daba entrada al pequeño jardín en donde permanecía en castigo la rebelde.

     Nadie interrumpió aquel encuentro casual. La familia del joven, de pronto tomando el baño de mar acostumbrado por esas épocas en las blancas arenas de

Puerto Colombia. La familia de Patricia, brindando atención a los bañistas que esa mañana pululaban por los corredores y el comedor del hotel.

     La charla, lógicamente se centró en los gustos musicales de los recién conocidos. El uno, haciendo gala de sus estudios de piano, de sus presentaciones en las veladas de los sábados en su casa del barrio Porvenir. La otra, de sus inclinaciones por la música de cuerdas y naturalmente de su amor por la poesía. No pudieron develar el misterio del encierro de Patricia, solo que habían sido afortunados en que no les hubieran descubierto. En todo caso, quedaron de encontrarse el fin de semana siguiente, tratando de conservar la mayor discreción.

     Luis Miguel, salió embrujado del encuentro con aquella mujercita. Le atrajeron muchas cosas. Su voz melancólica, casi cantando los romances gitanos. El dominio de las cuerdas de una guitarra que parecía adherida a su cuerpo. Una figura de madonnina del mejor pintor italiano, su largo cabello negro que enmarcaba el rostro más hermoso que había contemplado en sus veintitrés años de caminante por las calles de Barranquilla. Ni siquiera en la Universidad había visto belleza comparable. Pero lo que más le intrigó, fue la melancolía que le salía del alma a la joven, cuando hablaron de los personajes del poeta español.

     En su regreso a la gran ciudad, el muchacho, como si le hubieran impreso en hierro los rasgos de la niña prisionera y su voz cantarina y suave, se le metían por los sentidos los últimos versos que le había oído de despedida:

     Hoy siento en el corazón/un vago temblor de estrellas, /pero mi senda se pierde/ en el alma de la niebla. /La luz me troncha las alas/ y el dolor de mi tristeza/va mojando los recuerdos/ en la fuente de la idea…

(Fragmento del poema Canción Otoñal de F. García Lorca)

     Patricia, quedó impresionada por la personalidad del muchacho. Tal vez por haber roto el enclaustramiento a que estaba sometida. De pronto por la suerte de conversar con alguien diferente a la madre carcelera que cada día le recordaba el error de haber confiado en el marino errante por cuya causa estaba aislada. También ante la creencia de poder tener noticias de España a través del desconocido que había logrado burlar el cerco familiar, sin que esa fuera su intensión. Alguien en todo caso había intervenido, para que se produjera el acercamiento entre dos seres en el rincón secreto de aquel patio de misterio.

     Ambos, empezaron a contar los días con una ansiedad inmensa. La niña, tomando como señal las llamadas a misa de la cercana Iglesia del Carmen. Desde el lunes hasta el sábado, los repiques para la feligresía solo se producían para la misa de seis de la mañana. Los domingos, las campanas se escuchaban cuatro veces. Para la eucaristía de las siete, de las once y de las doce. En la tarde, para la misa de siete de la noche. El domingo siguiente al primer encuentro, pensó Patricia, que su nuevo amigo la estaría buscando para la hora de la segunda misa.

     Ella, sabía que su amor por Juan Carlos Aragonés estaba allí. Que no le abandonaba. Que cada poema que cantaba era una manera de reducir distancias. Que las cuerdas de la guitarra eran como sonidos del corazón, que eran escuchados por el amante, donde quiera se hallara. Pero que su real soledad había sido rota por la intempestiva presencia de Luis Miguel de los Ángeles.

     Él supo que había descubierto el rostro de la soledad y, a la vez,

Desde 1925, latente la amenaza de los barranquilleros de terminar el proyecto de Bocas de Ceniza, con lo cual Puerto Colombia perdería toda importancia como puerto de llegada desde Europa y Estados Unidos.

en medio de la nostalgia de la voz juvenil, supo que, si lograba convertir ese dolor en alegría,

tendría por muchos años, hasta la muerte quizá, un alborozo eterno. Y sin saberlo, el amor se le metió por las venas, por los sentidos y con pasión juró que aquella mujercita le acompañaría en su transitar por la existencia.

     Para ese entonces, el poblado parecía no recordar los principios de su dorado esplendor. Desde 1925, había sido superado por Buenaventura en materia de carga y estaba latente la amenaza de los barranquilleros de terminar el proyecto de Bocas de Ceniza, con lo cual, perdería toda importancia como puerto de llegada desde Europa y Estados Unidos. Sobre todo, cuando con motivo de la Primera Guerra Mundial los inmigrantes de Italia, Alemania, España, Turquía y otras naciones, lo habían tomado como puerta de entrada y a veces de asiento de sus familias desterradas por el conflicto. Polacos, turcos, franceses, italianos habían sembrado sus raíces en un pueblo tropical y allí estaban con sus hijos y nietos.

     Grandes industriales y empresarios ingresaron por ese portal que ahora era amenazado por aquellos que un día lejano llegaron desde tierras lejanas. Solo iba quedando el espejismo de esos días. Era este el escenario de aquellos seres que, por indicación de los hados, se espesarían a mover, para cumplir con la voluntad de estos seres

misteriosos.

     Entretanto, Luis Miguel lucía medio distraído en las clases de la Universidad. Cursaba el quinto año de derecho y en su proyecto de vida, hasta ahora parecía trabajar en el bufete de abogado de su padre. El pensum se desarrollaba desde las primeras horas de la mañana hasta las siete de la noche de lunes a viernes. Los sábados se ocupaba de olfatear en la biblioteca de la facultad, el material para preparar la tesis de grado. En la noche de los sábados, participaba en la tertulia familiar de canto,

baile y tocatas de piano, no siempre sobre obras clásicas. Para la época empezaban a escucharse los danzones de la Cuba Tropical y las orquestas grandiosas que luego harían historia en las películas mejicanas.

 

     Esa semana, todo pasó a un segundo plano, pues sus pensamientos siempre iban hacia la ocupante del patio de las trinitarias. Debía encontrar la manera de superar con el mayor sigilo, la vigilancia impuesta por la familia de la prisionera. En igual forma, tendría que justificar ante sus padres y hermanos la nueva reticencia a tomar el baño de mar cerca a las playas del Capi. La familia, seguramente, extrañaría que el entusiasmo que mostraba días atrás por las niñas Carpintero, unas chicas hijas de los dueños de un popular balneario, de repente se hubiera esfumado. Entonces, se inventó la suprema excusa que de seguro contentaría a todos:

     El viernes por la noche, abordó a don Luis Miguel Padilla Gómez, cabeza de familia de su casa y con voz serena le manifestó:

     —Papá, este domingo en lugar del baño de mar, me quedaré en el Hotel Puerto Colombia para preparar el material de la tesis de grado, pues he encontrado un rincón alejado de la bulla de los paseantes e ideal para concentrarme en el contenido de mi trabajo para titularme cuanto antes.

     La parrafada le salió casi sin respirar y el tono serio impresionó al padre, quien, admirado, contestó:

     “¡Carajo! Luismigue. Si no lo estuviera oyendo, no lo creería. Pero bueno. Entre más rápido mejor. Ya sabes que, en la oficina, tienes puesto asegurado. Trabajo es lo que hay.”

     —Por eso papá. Es que quiero ir abriendo camino, pues uno no sabe, cuando le toque ir formalizando algo y es mejor tener algo firme.

“Ajá y como es ese cuento. ¿Es que tienes algún interés en voz baja y no nos hemos dado cuenta? A ver, desembucha”.

—¡No señor! ¡Es un decir! Como dicen por ahí…”

     La idea, conocida por la parentela el sábado de jolgorio, le pareció maravillosa a todos y, sirvió de pretexto para que la velada tradicional se convirtiera en parranda. Salieron a relucir los danzones del Trio Matamoros, los boleros de Lara, las canciones de Carmencita Pernett y los de la voz incipiente de Estercita Forero. Esa noche, la casa de los Chavarriaga se convirtió en una fiesta inolvidable, pero más aún para el pichón de abogado, quien ya estaba armando su plan para el día siguiente, cuando se escucharan, en todo el ámbito porteño, las campanadas para la misa de once.

     El señorito Padilla Morón era el más exultante. No cabía en la ropa. Bailaba hasta el minuto de silencio y con el maestro Roldaín tocaron las mejores cumbias y porros de esa noche. Eso sí, no ingirió ni una gota de licor, pues sabía que el domingo tendría otra forma de embriagarse. La presencia, la voz y la guitarra de Patricia Garcés. Y cuando se retiró a dormir empezó entre sueños a escuchar algo así, que le decía:

     Cada canción/ es un remanso/ del amor. /Cada lucero, / un remanso del tiempo. /Un nudo/ del tiempo. / Y cada suspiro/un remanso/ del grito.

     (Poema Cada Canción de F. García Lorca)