El antes… El después… Y también hay un ahora… En el ahora, la casa de Blanca Ariza ya no es de plástico… Hoy guarda una historia de amor filial, de mucho calor humano… Allí hay amplio espacio para la risa familiar.

     Ante las evidencias, uno pudiera conjeturar: ‘Qué extraña, suena la risa/ en las casas de cartón’.

     Entonces, uno encauza la frase en la melodía de ‘Techos de cartón’ y, puesto en modo conjetura, uno hace otro par de versos, sin querer competir con el autor de la canción original Alí Primera, y hasta puede cantar otro lamento: ‘Qué sordo, se oye el silencio/ cuando nada hay pa’comer’

     Así las cosas —escuchando una y otra vez, en versión de ‘Los guaraguao’, el tema ‘Casas de cartón’, como finalmente se instituyó el poema de Alí, hace 44 años—, vuelvo al ‘agobiante paseo’ por cordones de miseria del Distrito Capital y su entorno.

     Había de primar la tristeza…

     Sin embargo, un alma arrugada: la mía, había de descubrir, por intermedio de

la intertextualización —pincelazo de alegría—, que sí puede haber un instante para la risa entre esas casas de cartón, lata, tablitas y zinc.

     Pero antes, déjenme decir que los noticieros de televisión de muy reciente data han informado que, de acuerdo con la Cámara de Comercio de Bogotá, la pobreza ha crecido en la capital de la República y también han mostrado imágenes del mosquero reinante como plaga del Éxodo —Toda la basura de ‘Doña Juana’ se volvió mosca por todo el barrio Mochuelo— sobre uno de los sectores marginales a los cuales el periodista Guillermo Romero Salamanca ha llevado su obra social de mejoramiento de viviendas: Mochuelo.

     Los noticieros mostraron, sin pudor, los asquerosos insectos como elementos para juegos crueles de los “niños color de mi tierra,/ con las mismas cicatrices,/ millonarios de lombrices”/—el televisor: antiguo, plasma, LCD, LED, OLED, ¡qué se yo!, los proyectó así—: vueltos ‘matamoscas’, como el sastrecillo de la famosa historia ‘Maté siete de un solo golpe’, el primer libro-premio que obtuve como estudiante, cuando apenas iba por el primero de elemental en la escuela Avianca de Soledad, la tierrita, y mi maestra era la seño Miriam Manotas Cabarcas, una de mis fantasías sentimentales de pelao y de siempre: 60 años después, aun siento aquella fresca humedad de su aliento, cuando ella depositaba sus besos de labios de rubí, de rojo carmesí, en mis mejillas, ósculo que nunca dejó de darme cada mañana, antes de comenzar las clases… ¡Y fueron dos años seguidos!

     De vuelta a la realidad, sigue primando el gris, no solo por el cielo nublado o por la carencia casi absoluta de los más mínimos e indispensables servicios básicos en los altos poblados de la accidentada geografía cundinamarquesa, sino ante la observancia de la criminal indigencia…

     El gris de la desesperanza —casi tangible e incluso fétido, enrollado en los estados de ánimo de humanos vivientes en cuchitriles al por mayor— se disipa por un instante para que brille la dentadura de doña Blanca, a quien antes hubo que someter, prácticamente, a un lavado de cerebro para que se decidiera a patear su miseria máxima, la mandara pa’la puta mierda, y descubriera, por fin, lo cerca de su casa que estaba pasándole la esperanza.

     Blanca Ariza es santandereana, una santandereana berraca, arrecha —arrecha, desde la acepción santandereana del término, aclaro—, que cada vez solía escuchar, a la negativa, el severo pero sincero reproche del periodista Guillermo Romero Salamanca: “¡No joda! ¿Cómo puedes vivir aquí?”.

     Y, entonces, imbuida en lo que ella creía su mundo, un mundo sin mañana, ella respondía: «Pero sin ayuda, no, no, mi dóctor… ¡Tal cosa no se puede conseguir!».

     Y así el asunto, el colega se propuso lograr lo que parecía imposible: Hacer salir a la mujer de ese mundo, acostumbrada ella a vivir bajo unos plásticos, aunque, nochemente, no hubiese placidez en su

sueño, muchos menos abrigo para el frío paramuno, igual, noche tras noche.

¡Manos a la obra! Impera la autogestión, la participación de los dueños de casa en los trabajos de mejoramiento de su vivienda.

     —Convencer a Blanca era mi reto —me dice Guillermo.

     Él insistía —“¡Hagámosle!, Blanca”, le decía y la inflexión verbal la utilizaba a manera de golpe de ablandamiento de voluntades—, pero Blanca se resistía. No cedía, vencida por la desesperanza.

     Entonces, Guillermo buscó la otra orilla: habló con el esposo, con Mauricio, “un señor muy querido”… Intervino el jefe de hogar, diciendo, sin imposiciones, buscando un consenso —la pobreza suelda desesperanzas, pero también aceptación y entendimiento—: «Mija, hagámosle, hagámosle pa’ve… Vamos a creer en lo que dice Guillermo, llevémosle la cuerda a este loco».

     Y… ¡manos a la obra!

     Los dueños de esa casa sin escritura de propiedad, participaron directamente en los trabajos de mejoramiento de su vivienda. Entre ellos, imperó la auto-gestión.

     Hoy, Blanca ya tiene arreglada su casa desde hace rato. Y pudo lograr algo que va muchísimo más allá del batallado arreglo material de la sede de un hogar: algo de una infinita ternura, erizante por lo sentimental: Blanca convenció a sus hijas, que no vivían con ella, para que regresaran a casa. No la habitaban “porque, claro, a quién le va a gustar orinar en un tarro”.

     Y eso de orinar en un tarro —literal—, hoy solo queda, en la casa de Blanca y Mauricio, para el estante de los recuerdos, como algo histórico, algo del pasado, algo que jamás puede volver a ser tan siquiera imaginado para ellas.

     En casa de Blanca ya no cabe aquello de… ‘Qué extraña, suena la risa/ en las casas de cartón’. Ya esa conjetura no cabe en casa de Blanca ni en la de muchos otros colombianos, en viviendas de 20 barrios de Ciudad Bolívar y los 15 municipios de Cundinamarca… Pero sigamos conjeturando y… ‘Qué sordo, se oye el silencio/ cuando no hay con qué comer’

     Sucede, pues, que no solo sobre ladrillos camina la esperanza.

     Sucede, pues, que por todos esos puntos geográficos abunda gente que, por días, se las pasa sin nadita qué comer, pero no a lo Rafael Pombo con su ‘Pobre viejecita’ …

     Y uno llega a esos puntos y, ¡mierda!, estos peladitos ¿qué?

     Y vaya la crudeza de la bofetada, sobre todo cuando uno asiste a diario a la profusa prioridad publicitaria que la televisión da a la comida para mascotas, para perros —diversidad de sabores y colores—, “ese que te quiere tal como eres”… Y qué alegres, viven los perros, en casa del explotador…

     ¡Qué trompada directa al raciocinio! cuando uno asiste a diario a la ‘botata’ de grandes cantidades de comida en los restaurantes de alguna categoría, los ‘sobraos’ que dejan los parroquianos sin que se les arrugue el rostro ante la reiteración, una vez más, de lo ancho y lo largo de la brecha entre quienes lo tienen todo y los que nada tienen.

     Era noche de domingo: las siete, cubiertas por torrencial aguacero sobre la sabana. Entró una llamada al celular de Guillermo. “¿Qué pasó, Julieth?”, preguntó él, número de ella registrado en el móvil de él, ella una dinámica lideresa en esos puntos de hambre de Ciudad Bolívar —‘ciudad’ dentro de la Gran Ciudad—, él resguardado a esa hora en su casa de Colinas Campestre, autopista norte, Distrito Capital.

     «Es que hoy hice el recorrido por el barrio y hay seis niños que no han comido nada», respondió la mujer.

     —Pero Julieth: yo solo voy por allá los jueves.

     «Pero es que los niños no han comido y, ¡es hoy!».

     —Y, entonces, ¿qué propone?... Y ¡en medio de semejante aguacero…!

     «Me acerco a su casa en el Transmilenio», determinó Julieth.

     —Pues, no sé: Yo tengo ahí

No solo sobre ladrillos pasa la esperanza… También se acerca para mitigar el hambre… Esa esperanza anda por Ciudad Bolívar, por Cazucá, por municipios de Cundinamarca, llevada por el periodista Guillermo Romero Salamanca.

unos tarros de leche, voy a mirar qué más hay.

     Bajó hasta la alacena de ‘la

señora Teresa’, su esposa, y Guillermo estableció que podía mandar unas pastas, algún atún, otras cositas…

     —Pues, véngase, tráigase el carrito, que de alguna forma lo llenamos...

     Y esa lideresa había de llegar, vía articulado rojo, hasta la estación Alcalá de Transmilenio, calles 34 y 38, Autopista Norte, mientras las llaves de cielo, bien abiertas, no amainaban su descarga acuática e inundaban calles, carreras y sótanos bogotanos… El frío congelaba hasta el pensamiento.

     —Yo me decía: ¡cómo voy a quedarle mal a esta señora! —precisa el periodista—.  No iba a dejarme parar por un aguacero. Me fui a Alcalá y esperé a Julieth. Llegó tipo nueve y media de la noche. Llenamos el carrito y le dije: “Por favor, me llama cuando llegue, me pega un timbrazo y yo le devuelvo la llamada”.

     «Listo», contestó ella…

     Pasó el tiempo, con la desesperante lentitud de las esperas. Sonaron las 12 de la noche y Julieth aun no se comunicaba. Guillermo imaginaba lo peor, puesto que le marcaba y ella no le contestaba. 12:30 am y la señora no aparecía... ‘A esta vieja ¿qué le pasó?, por Dios’, pensaba el periodista —ese ‘vieja’ no lo decía Guillermo a manera de ofensa— e insistía en sus llamadas. Cuando faltaba veinte para la una, ella le timbró.

     —¿Qué hubo? ¿A usted que le pasó? ¿Por qué no me había llamado? Le he marcado numerosas veces y no me ha contestado… —le dijo Guillermo, casi molesto, pero…

     «Llegué bien, pero enseguida me puse a hacer los teteros y a hacerle una comidita a los niños. Yo no me perdonaba si los dejaba acostarse sin comer», contó Julieth.

     Yo —soy honesto, soy sincero— tengo la piel como de gallina...

     Es que esas, por increíbles, son las grandes vainas de la solidaridad humana. Múltiples anécdotas que Guillermo acumula, en agradables recuerdos —junto con su primera rodada de culo bajo la lluvia allá en los Altos de Cazucá, las pesadas botas que debe ponerse para ‘mejor-fanguear’ allá arriba y los fétidos olores que persisten por días en los sentidos, a pesar de que los orificios nasales fueron ‘taponados’ de ACPM—, recuerdos que él me cuenta si eludir detalles…

     Sí, ‘Qué sordo, se oye el silencio/ cuando no hay con qué comer’

     Por aquellos lares colombianos, es la ley de la vida para niños de ambos sexos, para ancianos de ambos sexos, para gente abandonada de ambos sexos, para gente de ambos sexos que necesitan un pañal, para adultos de ambos sexos que nada tienen y… ¿Adónde se les consigue la mitigación para el peso de su sufrir, mira que mucho ha sufrir, mira que pesa el sufrir

     ¡Cómo lacera los sentidos el solo hecho de ponerse a pensar en ese cuadro: el hombre, acuclillado, derrotado, recostado contra las paredes de frío zinc… Afuera llueve a cántaros… La mujer, parada frente al hueco de lo que se supone es una puerta —‘protegida’ con poli-sombras verdes robadas a obras en construcción—, ella una prolífera madre de piel casi transparente y prematuramente marchita, mirada fija hacia ninguna y todas partes creando en su mente interrogantes sin respuestas: ‘¡qué hacer, por Dios!’… Y seis niños, edades oscilantes entre los 5 y los 12 años, famélicos, millonarios de lombrices, con sarna, con infecciones “todas las que tú quieras”… Ocho seres humanos, sangre de su propia sangre, sin hablarse, aplicándole sordo mutismo al momento como único paliativo para un hambre que ha picado y se extiende…

     Hace cuatro años Guillermo Romero Salamanca se vio abocado, sin buscárselo —es más: sin ni siquiera imaginarlo—, a convertirse en ángel de la guarda de vastos sectores de pobreza extrema en Cundinamarca, especialmente en Ciudad Bolívar y Cazucá. Había comenzado por Ciudad Bolívar, inevitable feudo para la politiquería.

     Y hace cuatro años, para esta época, comenzaban a activarse las campañas proselitistas para renovación de Congreso. Y —¡vaya

usted a creerlo!— sobre la miseria de esos sectores, pero en especial sobre el individuo que los socorría, comenzaron a volar, como buitres,

Muy pendiente de esta comunidad se pone la clase politiquera en épocas como la presente, cuando se avecinan elecciones para ‘renovar’ Congreso. Recurren a toda clase de artimañas para cazar incautos. Ciudad Bolívar solo existe para ellos en temporada electorera.

algunos politiqueros buscando presa fácil para sus ambiciones electoreras.    

     —Me buscaban por todos lados para que yo fuera a sus reuniones —cuenta Romero Salamanca—. Me mandaban lechona y razones de que «venga, que queremos trabajar con usted». Y en alguna ocasión, sin percatarse de que yo también estaba en la tarima, no sabía quién era yo, uno de ellos llegó a decir, durante una de sus manifestaciones, que era amigo mío, que yo había decidido trabajar con ellos a favor de Ciudad Bolívar. Cuando terminó su discurso mentiroso tomé el micrófono y, ante el mismo público que lo había escuchado, le dije al ‘politicastro’: “Yo soy Guillermo Romero Salamanca y a usted no lo conozco”. Como es de suponer, comenzó a patinar entre excusas y más excusas. ¡Descarado!”.

     Guillermo decidió entonces huirle a esa clase de ‘dirigentes’ y, de paso, se apartó de Ciudad Bolívar.

     —Es feo hacerle un favor a una persona de esas y después tener que buscarlo y buscarlo para cobrarle con obras lo que se les hace en campaña. Y dije que “no”, hasta el día que apareció un hermano de la comunidad de los combonianos, y me dijo que había una familia en el barrio ‘El progreso’ en Soacha, Altos de Cazucá, que necesitaba con urgencia ese ladrillo, que él tenía el número del teléfono de la ama de casa. Le dije “démelo, que yo la llamo”… Llamé y le dije a la mujer: “yo le puedo conseguir el bloque que usted necesita, pero en estas condiciones: su mercé paga el transporte”. Me dijo: «Sí, listo, ¡no hay ningún problema!».

     Ese fue el primer paso para aquel enamoramiento con Cazucá, ya contado. Y dado, gracias a un miembro de esa comunidad de sacerdotes y laicos dedicados a la evangelización, “a la lucha por la paz y la justicia donde estén ausentes y a la promoción humana de los más débiles y los más abandonados de la tierra”, los combonianos.

     —¿Tú has dormido por allá? —le pregunto a Guillermo.

     —No —me contesta—. ¿Adónde se queda uno…? —me pregunta—. No hay un hotel, no hay nada...

     Días después, por WhatsApp, le solicito al colega Guillermo Romero Salamanca una precisión para esta entrega… La puntualiza y, enseguida, me pregunta: “¿Esta semana que viene nos vemos?”

     —Nos vemos, sí, y, si es del caso, nos vamos… Quiero oler físicamente esto que describo…

Continuará

Dos casas objeto de mejoramiento… Han sido ‘palustradas’ de esperanza contra eso que cantó Alí Primera y que  dice mira que pesa el sufrir…’. Ante ello, surge la autogestión.