Cuento largo o novela corta de JJ (final)

     La impaciencia hizo mella en el antiguo capitán de navío. Salió de la habitación al corredor antes del tiempo previsto y una media sonrisa le cubrió la cara al contemplar el escenario de su hasta ahora presunta reunión con Patricia. Supuso que la hermana tenía mucho que ver en esta disposición de muebles y de aperitivos para un encuentro que tal vez se extendería hasta la madrugada.

     Se ubicó en la mecedora de la derecha, de tal modo que tendría una visión amplia del zagúan que conducía hacia las habitaciones frontales del hotel y de cualquier persona que viniera en dirección a ese rinconcito íntimo. En el cielo, una luna brillante, completaba el marco dispuesto para la cita con el pasado de dos personas que se habían amado sin conocer

 lo que ahora les enfrentaba en el camino.

     El reloj de la sala de recibo del hospedaje se dejó escuchar nítidamente, en la soledad de aquella noche selenizada. Por el corredor solitario resonó con claridad el sonido de unos tacones de mujer y, con algo de atención, el desacompasado ritmo de dos corazones anhelantes. El marino del Almería se puso de pie, mientras sobre las baldosas blanqui-negras, la realidad se acercaba vestida de una blusa blanca y una falda carmesí de amplio vuelo. Una pañoleta roja recogía el negrísimo cabello. Al aire, sus bellas piernas con un taconeo rítmico que le devolvía a su Andalucía.

     Estaba tal como se la imaginaba. Solo que nueve años más hermosa. Y en su magín, unas guitarras flamencas completaban el cuadro de lo que había perdido. Una gitana mora que le vencía de nuevo el alma…

     Ella, a su vez, le analizó mientras se acercaba. Se notaba, de entrada, el sufrimiento que había ya captado su hermana. Las pupilas verdes, apagadas. El cuerpo, ligeramente encorvado. Pero cuando la vio, un cambio repentino le había invadido. Recupero el antiguo verdor de sus ojos y la columna regresó a su antigua línea. Dio algunos pasos hacia su ilusión y se confundieron en un estrecho abrazo. Un fugaz beso, marcó su bienvenida. Y, luego, cada cual se sentó en su mecedora de mimbre, mientras la luna danzaba en lo alto del universo.

     Con la mirada, se reclamaban explicaciones y, como galán caballero, Juan Carlos empezó con voz algo quebrada a darlas.

      “Partí para enterar a mis padres de mi enamoramiento y para regresar de inmediato con recursos para comenzar una vida diferente en las Américas. Alcancé solo a llegar al puerto de Sevilla, en donde mi barco ‘El Almería’ fue confiscado por los falangistas. Con gran trabajo, llegué a donde mis padres, quienes estaban en el bando republicano y, de inmediato, tuve que afiliarme a los republicanos, que eran mayoría en la región. De ninguna manera pude hacerme a la ayuda económica que fui a buscar. Me hice soldado de las filas gobiernistas y luego, el huracán de la guerra me envolvió y se comenzó a dilatar el retorno a Puerto Colombia”.

     Narro todas las vicisitudes del conflicto. Las veces que tuvo que cobrar vidas, para salvar la suya. La busca de un telegrafista macondiano para decirle lo que estaba pasando. Que, por el cielo, le esperara. Pero se perdía en pueblos donde las campanas doblaban a sus muertos. La guerra fratricida, a veces le hacía olvidar de que estaba hecho y que se extraviaba entre selvas sin regreso. Solo, que el recuerdo de una gitanilla en tierra lejana, le soplaba la sangre en las venas, para no morir en las trincheras. Olvidado de todos.

     La luna iluminaba el viejo muelle, mientras el soldado contaba su amargura. Lloró sin recato, ante la amada, cuando llegó a esa parte de un 8 de septiembre de 1936 en el momento en que se enteró de la muerte de García Lorca, ocurrida casi un mes atrás. Que juró regresar al viejo muelle de sus pasiones pero que cada día era más difícil encontrar el camino del

retorno. Y que su amada estaba allí viva, junto a él, animándole a seguir.

     “Espérame, mi gitanilla, espérame, balbucía, mientras su pecho reventaba aún de angustia.” Era como un delirio que se había apoderado de su ser. A su lado, Patricia, acongojada le brindaba consuelo, mientras la luna parecía también llorar sobre las casas del cerro.

     Logró calmarse y terminó sus revelaciones, con la noticia de la consecución de valiosos medios, suministrados por sus padres, su travesía por Bilbao en plena segunda guerra mundial y su entrada por Barranquilla, ese día en la mañana. Siempre con ella en la mente y con Federico en sus maletas…

     Dejaron pasar unos minutos, mientras la luna, un poco pálida, les observaba mar adentro.

     La hermosa gitana dejó escuchar su voz. No hacía falta guitarra alguna. Ella era todo música. Los sonidos, como requiebros gitanos, se le fueron colando en el cuerpo al amante que, sumiso, la escuchaba, metiéndosele en los huesos...

     “Tras tu partida, días después, empecé a sentir algunos malestares. Guardé silencio, pues con la muerte de mi padre, mamá se encontraba en un estado de desespero absoluto. Solo lo comente con Mariana, mi hermana mayor. Fuimos a Barranquilla y un médico me entregó un diagnóstico, que me hizo feliz: Estaba encinta”.

     Las palabras de Patricia, en ese momento, le dejaron pasmado. Luego, sonrió y una risa jubilosa, se apoderó de la noche y se extendió por los desiertos corredores del hotelito. Fue solo un instante, luego vino otro abrazo febril y el resto de la historia.

     La severidad de la madre, para tratar de mostrar líneas de conducta al resto de la familia. El encierro a cal y canto en la habitación, que precisamente esa noche ocupaba Juan Carlos. Su aislamiento de los hermanos por más de cinco meses y la inexplicable presencia de un joven en el jardín de trinitarias, atraído por su voz de gitanilla mora y el sonido de una guitarra. La coincidencia de su gusto por la música y el encanto de los poemas de García Lorca.

     Le dijo de sus escarceos amorosos ante el comprobado abandono. De la certeza de su estado y de sus esfuerzos porque el desconocido Cupido no tomara para sí la paternidad del niño ajeno. Nada fue posible. Era un amor de locos y así actuaron cuando rompieron cadenas y caminaron por el añorado muelle, a la vista de todos.

     Le contó de la posición de los padres de Luis Miguel, que así se llamaba el fulano. Y de la recia voluntad del estudiante de derecho para imponer su criterio. Que llegaron al altar, en la capilla del pueblo y que desde entonces dos hijos más han llegado, prometiéndose una docena.

     No había altivez, ni orgullo en el relato. Así de simple, como las palmas de las cantaoras. Como lluvia en campo florido. Suave, sin deshojar a las flores. Como la luna porteña que se inclinaba a lo lejos, para ocultarse entre olas.

     Juan Carlos dejó que hablara todo. Entendió que su gitanilla sería fiel

ante aquel amor que le había rescatado de la soledad y del olvido. Los dos supieron que no había más qué decir. Solo agradecer por aquel hijo, que para vivir le daba un nuevo motivo. Que su querer aún latía allí dentro de los dos y de aquel hijo testimonio mutuo de aquella pasión, nacida en el muelle, ahora en penumbras.

     Un silencio de cementerios se apoderó de ese instante. Los dos habían sido víctimas de dos tipos de sociedad. Una, que se destrozaba por la lucha del poder absoluto sin importar los medios y, la otra, que pretendía tapar las conductas de sus integrantes, bajo un manto de hipocresía y de conveniencia ante el ‘qué dirán’.

     Se levantaron de sus mecedoras de mimbre y formalizaron un encuentro casual en el desayuno, para que el marino errante conociera al vástago perdido que, por cierto, se llamaba como el padre aparecido. Después vendría el adiós y lo que dispusiera el destino.

     La luna, se fue bañando entre las olas del muelle, mientras ellos, como amigos, se enlazaron en un abrazo y un tierno beso, que no era una despedida. Presentían que años más tarde,

coincidirían los caminos. Y las trinitarias, cayenas y los corales encendieron como magia su rojo color pasión.

     Mientras miraba la hermosa gitana que se alejaba, musito un poema de García Lorca, que Patricia Garcés alcanzó a oír como un grito de gitano, hacia la luna cantando:

     Tengo miedo a perder la maravilla/ de tus ojos de estatua y el acento/ que me pone de noche en la mejilla/ la solitaria rosa de tu aliento.

     Tengo pena de ser en esta orilla/ tronco sin ramas,/ y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla, / para el gusano de mi sufrimiento.

     Si tú eres el tesoro oculto mío, / si eres mi cruz y mi dolor mojado, / si soy el perro de tu señorío. / No me dejes perder lo que he ganado/y decora las aguas de tu río/ con hojas de mi otoño enajenado.

     (Poema: ‘Soneto de la dulce queja’ de F. García Lorca.)

FIN

 Autor: José Joaquín Rincón Chaves.

Derechos Exclusivos de Autor

*Fotografías de Puerto Colombia y Barranquilla viejas, tomadas de Google.

*Poemas de García Lorca-Tomados de Google.