N. de la D.: Tras varias semanas de ausencia, vuelve a las páginas de El Muelle Caribe ‘Pájaro Loco’ con

sus pinceladas autobiográficas, de las cuales hacemos eco con todo respeto y cariño por el

amigo Edgar Awad Virviescas, hijo del inolvidable colega Fernando Awad Blanco.

Capítulo VIII

     Papá cultivó en ‘La arenosa’, con su inflexible pluma, una deslumbrante carrera, glorificándose inicialmente en un muy escuchado radio periódico, peculiar por las genialidades espontaneas y graciosas frases en la locución de su director, quien brillantemente describía las noticias con un esplendor real, con dichos y el humor vital del caribeño.

     ‘Diario Hablado’ era el nombre del radio noticiero en La Voz de la Patria en los años sesenta, luego fue el noticiario ‘Informando’ en radio Libertad, emisora con extraordinaria sintonía en toda la costa Caribe por su potencia

de cincuenta mil vatios: cerca de dos millones de oyentes escuchaban fielmente el noticiero.

     Inclusive en las fronteras de Venezuela, Panamá y las islas Antillanas era sintonizada y esa gente se acompañaba en sus labores diarias, escuchando asiduamente las tres emisiones noticiosas y los plácidos comentarios amenos con que se narraban y describían detalladamente las notas y pautas publicitarias. Todos los días el locutor las contaba de manera jocosa y diferente.

     En ese informativo se crearon secciones como ‘La ciudad a vuelo de pájaro’ y ‘El ñato’ —el mismo

Facsímil de una sencilla hoja volante promocional del radio-noticiero ‘Informando’.

locutor que cambiaba su voz y criticaba a los gobernantes para exigir mejoras a ‘Curramba la bella’— y en otros apartes impulsaba obras sociales, por medio de las cuales se prestaron muchos favores a toda la costa Atlántica. Ese locutor alternaba la actividad periodística con las transmisiones radiales de béisbol y boxeo, especialmente del

primero. Sus narraciones gustaban a todo el mundo.

     Yo, alegremente, repetía algunos comerciales que, también narrados por ese hombre, causaban mi admiración y sonrisa como “Señora, señorita, no se meta el dedo, use palillos Fígaro”, Jajaja…

     Ese locutor se caracterizaba por su voz guapachosa, sus ocurrencias humorísticas y agudas críticas pintorescas, cantando con ritmo y sabor las cuñas, con comentarios y expresiones en las noticias como “Esta ciudad se la llevó Pindanga”… “No es na'el disfraz de marimonda, si no los brincos que hay que pegá”… “Cruzando el Niágara en bicicleta” o “Ah ñoñi”… “Mmmmhhh, esto huele raro, muy raro” y “Al borde de la canoa”, entre otros, también difundía servicios cívicos que hicieron que volvieran a casa perros consentidos y presentaba enunciados como “Vuelve a casa. Todo está perdonado. Tus hijos te esperan” y los maridos regresaban. Reunió novios y familiares y las señoras encopetadas acudían a él para buscar muchachas para el servicio… También hacía eco de edictos, de gacetillas gubernamentales y ofertas de trabajo.

     Este fue para mi ascendiente, mi padre, una de sus mejores escuelas periodísticas en compañía de grandes amigos,

Visita de Carlos Lleras Restrepo a Barranquilla. Y entre los periodistas que cubrieron la información, Fernando Awad Blanco.

 profesionales, excepcionales maestros, algunos se marcharon para escribir desde el cielo notas en oro... otros gozan del buen retiro o siguen haciendo historia con una literaria y exquisita

escritura en importantes medios del país y el exterior.

     De ese mundo humorístico y por la singularidad de mi mejor amigo,  amigo leal, desarrollé un instinto para transformar tantas cosas autodidácticamente. Día a día, mi padre me enseñaba y patrocinaba, no importaba el costo. Juntos compartíamos ideas, me guiaba en mis primeros diseños que, a la edad de diez años, experimentaba con las cosas de la casa. Muchas veces causé cortos circuitos en casa, dejando por un buen rato a oscuras la vivienda y ellos,

mis viejos, no se  inmutaban; sabían que al rato lo solucionaría. Muchas veces mi padre leyó mis malos escritos de historias simples de niño —“ojala ya no existan”—, pero nunca me criticó ni alabo, me dejo a la deriva de mis gustos y pasiones con una gran biblioteca y sus ejemplares columnas de La Libertad, El Espectador, El Nacional, Quillán 007 y otros medios.

     Mi padre: Fernando Awad Blanco… El locutor-director que brillantemente describía las noticias con un esplendor real, con dichos y el humor vital del caribeño, Marcos Pérez Caicedo. Sencillamente, ¡inolvidable!

     Desde un rincón en cerro El Venado, en la bella

Colombia - Julio 2017.

El legendario locutor y radio-periodista.

Flanquean a Marcos Pérez Caicedo,  izquierda a derecha, Carlos Pérez Quintero, Alberto Vassilef, Christian Pérez Labrador, Juan Gossain, Fernando Awad Blanco, José María De Castillo y Manuel Badrán. Un coctel cuando el informativo radial de Pérez Caicedo llegó sus 9.000 emisiones.

Capítulo IX

Dedicado a un primo Liberal.

     En aquel tiempo conocí un amigo de papá que marcó mi vida de ideales especiales y edificantes. Fue en su casa donde inicialmente llegamos a vivir. Él, un costeño de pura cepa, de personalidad apacible, trigueño, de cara redonda, nariz ancha, no muy alto, de hablar descomplicado, con palabras educadas.

     Químico Farmaceuta de la Universidad del Atlántico, le tomé extraordinaria admiración y respeto por su leal amistad, intelecto liberal y por ser un profesional integro. Algunas veces lo vi con afabilidad en su laboratorio con bata blanca, tapa-bocas y guantes de caucho blancos, de los quirúrgicos, haciendo pruebas químicas con

probetas que calentaba en un mechero agregándole polvitos blancos o rojos o azules y

Delascar Juvinao

líquidos olorosos que pesaba en una balanza, mirando fijamente las mezclas y los diferentes colores, olores, que se iban formando en la evaporación… Creaba en esos ensayos experimentales cremas magistrales que luego embasaba en frascos de vidrio, de boca grande, que sellaba con tapas verdes. Ello me causaba admiración e inquietud por aprender a preparar productos químicos, que desde tiempo atrás me gustaban esas ideas creadoras de innovar e inventar para, en mi futuro, llegar a ser inventor o ingeniero.

     Con él y mi padre compartíamos pensamientos de hacer el bien. Le gustaba ayudar a la gente. Era como un sociólogo empírico, con cosas aprendidas en la universidad pública.

     En su afán de servicio, no tenía límites. Era el propietario de una farmacia en el paseo Bolívar en Barranquilla, ese era su negocio y único ingreso, pero siempre preocupado por las buenas obras, a toda hora estaba a la orden en la ayuda de los necesitados. Organizaba campañas de salud en barrios pobres y por esas buenas acciones, con bendiciones fue premiado. Él me decía: “Obra bien y tendrás fortuna”.

     Departíamos sueños de libertad. Ellos dos —mi padre y él— me enseñaron a pensar cómo cambiar el mundo. Su pensar y la manera de ser de ese gran hombre le llevó a ser concejal de Barranquilla, cuando se ejercía con dignidad y honor, y muy a pesar de la importancia de su cargo, nunca cambió su manera de ser. Era grande, muy grande. Él y él autor de mis días son el ejemplo que trato de imitar, de ellos aprendí que “el mundo no necesita doctores, lo que el mundo exige son profesionales sociales”, como exige médicos sociales y abogados sociales, y así el resto, pero con una fina ética. Así podremos lograr un sistema capitalista ordenado, con toda su gente actuando desde lo social: ese es el socialismo que soñamos y es el mejor liberalismo.

     El ejemplo no está en el norte de América. El mejor modelo anda en el oriente, donde sus normas de alta ética y moralidad son para imitar. Japón, China, los países árabes, los hindúes, los egipcios nos dan cátedra. Otros, con intereses mezquinos, nos quieren tapar los ojos. Con tristeza veo como faltan estadistas, una palabra que se olvidó

entre los gobernantes americanos.

     Cursé secundaria en el colegio Barranquilla, el bien llamado Codeba, de orientación liberal izquierdista, donde se andaba al pendiente del país y se pensaba en las igualdades sociales. Muchos maestros nos comentaban las falencias del país. Recuerdo a un compañero de tres cursos más adelantado, dando discursos en las escaleras del plantel. El joven con una voz fuerte llamaba la atención con mítines. Magnífico orador que, con el paso del tiempo, tomó fama, pero tristemente un viernes, 3 de marzo de 1989, fue acribillado con 24 balas en su cuerpo en el aeropuerto

Colegio Barranquilla, ‘Codeba’...

de Bogotá, cuando estaba en compañía de un

candidato liberal a la presidencia, quien después sería un presidente con elefante abordo y unos ocho mil inconvenientes, que mucho daño causarían al país. Pero lo tomamos con humor: él nunca vio el elefante que entró y salió del palacio presidencial.

     En este plantel se formó mi alma liberal y justa. Algunas veces en la biblioteca leía entre libros amarillentos —a muchos les faltaban pedazos por ser víctimas del abandono y ser parte del alimento de gorgojos—, sentado en un rincón del salón junto a un piano descolorido, destemplado por el descuido y olvido. En medio de telarañas y muebles despintados y empolvados ojeaba textos apasionados de William Shakespeare, Máximo Gorki, Vargas Vila, Friedrich Nietzsche, Gabriel García Marques y otros autores que formarían mi intelecto y desarrollaron mi mente voladora, trasladándome a otros mundos, abriendo

Colegio de bachillerato de la Universidad Libre, ‘La libre’.

puertas en otros tiempos y filosofías.

       Durante un tiempo en una huelga de profesores que se tardó mucho tiempo, me cambiaron de colegio por uno nocturno: La Libre”’, gracias a un profesor que me palanqueó el ingreso. Allí cursé la otra mitad del bachillerato. En el día me sobraba tiempo y para no aburrirme me iba al Codeba a pasar el tiempo y formar desórdenes, en ocasiones unos compañeros regaban formol en el piso frente al tablero y los profesores no podían dictar clases por el fuerte y horrible olor, o simplemente ninguno del curso iba a clases por orden mía para ir a jugar bola de trapo en la calle. En otras ocasiones organizábamos, con tiempo, viajes a Puerto Colombia para bañarnos en el mar. Allí conseguíamos novias instantáneas, muchas eran jóvenes también escapadas de sus colegios o jugábamos partidos de futbol. Fueron los buenos tiempos, algo de vagancia, pero sano.

     En ‘La Libre’ sí era cumplidor del deber. Solo los viernes nos pegábamos la voladita a las verbenas de barrio donde sonaban los picó y hacían mover el esqueleto y brillar hebilla y llegar a casa tarde, algo borracho. Allí no se hablaba nada de interés por el país, solo se deliberaba en trabajos escolares o cómo conseguir dinero. Muchos en el plantel conocieron a su compañera para toda la vida o una aventurita.

     En los recreos, a la compañera más linda del colegio, la de cuerpo de guitarra y nariz respingada, ojos grandes, yo le daba clases de trigonometría y calculo todo por su bella compañía. Causaba la envidia de muchos, era el mejor en esas materias y me lucía en física. Recuerdo que para que los otros estudiantes expusieran sus trabajos, yo era parte del jurado por disposición del profesor de la materia. En una ocasión, de otro curso, llevaron un cohete pequeño que era un radio de Galena (Radio que funciona sin batería solo con la señal de

radio y se escucha en un audífono de cristal de galena), que yo había arreglado por solicitud de un vecino que me lo dejó por mucho tiempo. Un día me lo solicitaron y las compañeras de otro curso fueron a exponerlo como obra de ellas… ¡Qué rabia! ¡Estallé en furia y terminé exponiendo su funcionamiento sin ganar nota! Para la feria de ciencias cree un proyector de diapositivas y gané la feria… me prometieron un trofeo como premio, pero todavía estoy esperándolo.

     Todo mi éxito, debido a un libro de Física que, en las noches, por mero instinto, estudiaba. Y eso me inspiraba imágenes de creaciones nuevas.

     Desde El Cerro El Venado en la bella Colombia-Julio 2017