Ante espasmos burocráticos y profunda crisis educativa

     En Colombia, el punto de quiebre entre centralismo y descentralización, entendida esta como un proceso de readecuación del Estado —al menos en teoría—, fue la Constitución política de 1991. En esta se estableció la descentralización política, administrativa y fiscal, mediante lo cual se suponía que el Estado central cambiaría su papel de protector a acompañador de los entes territoriales: departamentos, municipios, distritos, regiones, etc.

     Sin embargo, después de más de 25 años de ensayo, los colombianos no estamos protegidos, ni acompañados, por un Estado que utiliza la descentralización para asignar recursos amarrados y recortados a las regiones, más con el propósito de descongestionarse —lo que equivale a desatenderse de sus obligaciones constitucionales—, que a descentralizarse realmente. Dicho proceso encierra serias deficiencias en cuanto a la autonomía de los entes

territoriales,  desde el momento en que el estado central asigno obligaciones y responsabilidades administrativas y fiscales  a estos, especialmente en los sectores de educación, salud, agua potable y saneamiento básico de conformidad con lo establecido en la Constitución política de 1991 y la ley 60 de 1993 que aseguraban como mecanismo en materia fiscal, a través del situado fiscal, un aumento gradual y sostenible para la educación frente a

 las expectativas de desarrollo humano que requería la sociedad colombiana.

     Pero con la crisis financiera a finales de los años noventa, el mecanismo del situado fiscal fue cambiado por el del Sistema General de Participaciones, SGP,  a partir de las reformas constitucionales del 2001, durante el gobierno de Andrés Pastrana Arango, más interesado con  cumplir las órdenes del fondo monetario internacional, FMI, y lanzarle un ‘salvavidas’ al sector bancario nacional subsidiando con los recursos públicos de la

  educación una  deuda privada, en detrimento de la educación pública. Después, en el año 2007, se establece una nueva reforma al Sistema General de Participaciones en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, no para subsidiar al sector bancario, sino para desarrollar la política conocida como ‘seguridad democrática’, que dejó centenares de jóvenes muertos en los campos de batalla.

     En ambos casos, el espíritu de la ley que estableció que los porcentajes de los recursos para la educación aumentaran por encima los Ingresos Corrientes de la Nación, ICN, la inflación causada y la economía en general —de manera gradual y estable hasta 2018 y no de forma fija y de acuerdo al ICN como sucede actualmente— fue violada descaradamente. Las consecuencias de estas reformas saltan a la vista: en 17 años, los recursos de la educación a los entes territoriales han disminuido en más de 80 billones de dólares.

     De esta forma, los recursos de transferencias para la educación de la población más necesitada fueron a parar a manos de banqueros y dirigentes de la oligarquía emergente, dejando por fuera del sistema educativo público a tres millones de niños, niñas y adolescentes: un millón y medio en edad escolar y otro millón y medio en edad preescolar, que siendo de tres años, el gobierno apenas reconoce uno.

     Desde entonces, la crisis de la educación se profundiza —las escuelas se caen a pedazos, con niños que tienen que viajar por más de dos horas a mula, en frágiles canoas o a pie por los campos—, llegando a ser una de las más grandes del continente.

     Mientras tanto, de espalda a esta situación, el gobierno de Santos y sus sabiondos asesores viven de espasmos burocráticos y trinan más alegremente que un colibrí, desde sus escritorios celestiales, cuando anuncian convertir a Colombia “en la más educada de América Latina en el 2025”. ¡Que belleza de dirigentes los que tenemos! Con qué finura mienten, con palabras verdaderas. ¿Será la última farsa hecha en latín?

Pero en medio de este triste y absurdo panorama, cuando pensábamos que la suerte estaba echada para vivir otros cien años, no solo de soledad, sino de miseria y abandono, apareció lo que pocos o acaso ningún colombiano esperaba: la dignidad de una sociedad que no se deja ensillar, ni galopar, por jinetes crueles. Hablo del magisterio colombiano organizado en torno a Fecode que salió a las calles a dar la batalla como el último samurái, en un paro sin precedentes en el presente siglo, que a pesar de los traumatismos que causó en los hogares, la movilidad, el comercio y la vida cotidiana en general, contó con el respaldo de la población colombiana, pese a los intentos de desprestigiarlo por parte de un sector de la prensa oída, hablada y escrita.

Sin duda, el magisterio colombiano demostró que es la última dignidad que le queda a una sociedad como la nuestra: ‘importaculista’, incapaz de protestar frente a sus verdugos, que no se inmuta frente a las masacres, pero pone el grito en el cielo por un fallo de adopción de niños por parejas del mismo sexo.

Fecode tiene la oportunidad histórica de cambiar o hacer palidecer esta actitud mental de los colombianos, ahora que el magisterio reconoció en sus directivos la claridad teórica para conducir un paro de más de un mes. Es el momento de dar el golpe pedagógico, de forjar en la comunidad educativa ciudadanos con argumentos y críticos frente a los problemas públicos, y de proyectar, hacia el 2018, un comportamiento electoral que castigue en las urnas a los dirigentes de la oligarquía tradicional y emergente: los Santos, los Vargas Lleras, los uribistas, los pastranitas etc., por una propuesta alternativa y progresista que espera la sociedad .

En medio del despecho social que padecen los colombianos, consistente en la decepción de los dirigentes políticos, tenemos el reto de hacer claridad en un aspecto. Una cosa son los dirigentes tradicionales y otra cosa son los dirigentes nuevos y alternativos. Si logramos hacer esa claridad podríamos cambiar el rumbo del país.

Es, finalmente, la lección política que debemos dar a una clase dirigente sin propuesta para sacar al país de la crisis en la que nos han sumergido.

Será la gran batalla del último Samurái. Haga sus apuestas, ciudadanía.

Diez verdades y la saturación web (II)

                                               www.davidrollvelez.com

     Hay gran confusión entre la ciudadanía en Colombia, pero también en todo el mundo sobre lo que realmente está pasando en nuestro planeta. En parte se debe a que las redes han saturado a las personas con información innecesaria y ya nadie lee noticias.
Pero si usted revisa con cierto detenimiento las principales revistas y periódicos de Colombia y el mundo, ve los noticieros y da una mirada a los medios de redes serios, descubrirá las siguientes diez verdades sobre la realidad de Latinoamérica actualmente:

Buenas Noticias:

     DEMOCRACIA: nunca hubo tantos países democráticos en Latinoamérica, casi el 100 por ciento, ni tantos partidos políticos ni elecciones y era insoñable que en el siglo XXI sólo quedaran dos dictaduras de izquierda y ni una sola de derecha.

     CAPITALISMO: atrás quedó la década perdida y esos treinta años de los sesenta a los noventa en los que éramos el peor alumno del capitalismo y todos pensaban en Latinoamérica cuando hablaban de subdesarrollo. Con crisis y todo, Méjico, Brasil, Argentina, Perú y hasta Colombia son la locomotora de un continente que es una potencia emergente en su conjunto. Y la región que mejor supo capotear la última crisis económica.

     POBREZA: los pobres de la región son cada año menos en conjunto (de 1990 a 2010 pasó de 45% a 30%) y el descenso siguió, pero más lento desde la crisis económica. Aunque se decía que sin una revolución comunista cada día habría más pobres, tanto partidos de derecha como de izquierda se empeñaron en demostrar lo contrario y lo lograron.

     PAZ: en los setenta era imposible cruzar los países centroamericanos porque casi todos estaban en una cruenta guerra entre guerrillas, paramilitares y Estado. en el Cono Sur los ciudadanos eran muertos, fusilados o exiliados por solo opinar. Desde el martes 27 de junio que las Farc entregaron gran parte de sus armas no hay un solo conflicto armado de magnitud en toda Latinoamérica.

     FELICIDAD: los índices que intentan medir tan subjetivo factor dicen todos que la felicidad es sobre todo latinoamericana en este nuevo milenio. Basta leer la literatura de los siglos XIX y XX para darse cuenta de que, desde las independencias hasta hace pocas décadas, esto no era así. El nuevo latinoamericano ya no solo quiere sobrevivir, ser libre de actuar y opinar, sino que quiere ser feliz, por burguesa y un tanto extraña que le suene esa palabra.

Malas Noticias:

     DEMOCRACIA: al igual que en el resto del mundo, el éxito de las democracias en Latinoamérica está acompañado de escepticismo generalizado e indiferencia con cierta agresividad frente a las instituciones establecidas. Pero entre nosotros los latinoamericanos la decepción ha sido aún mayor, porque esperábamos mucho de los procesos de democratización y la clase política no fue capaz de dar la talla.

     CAPITALISMO: si bien enfrentó mejor que otros la crisis que empezó en el 2007 y sobrevivió al bajonazo del petróleo del que tantos países de la región dependen, Latinoamérica todavía en su conjunto no ha sido capaz de dar el paso para salir de verdad de economías basadas mayoritariamente en la extracción de recursos naturales.

     POBREZA: dentro de treinta años los latinoamericanos sentirán vergüenza de saber que en 2015 todavía había 167 millones de pobres en la región. Así como los gobiernos de izquierda democrática y derecha neoliberal disminuyeron la pobreza, no fueron capaces de encontrar la clave para eliminarla, existiendo los recursos para ello, por desgastarse en luchas por el poder y por la corrupción que está carcomiendo las instituciones.

     PAZ: Centroamérica hizo una pésima transición a la democracia y está sumida en una complicada guerra entre los Estados y los grupos delincuenciales. La inseguridad ciudadana que generaban las guerras y dictaduras ha sido reemplazada en Latinoamérica por una sensación de vulnerabilidad frente al crimen organizado o no que muchas veces supera los esfuerzos de las autoridades.

     FELICIDAD: al igual que en el resto del mundo, el latinoamericano es víctima de la desazón del hombre del nuevo milenio, y también los menos ricos como en los más prósperos países de la región aumentó el número de suicidios y los problemas sicológicos de gran parte de la población. Pero como logró alcanzar ciertos índices de bienestar sin renunciar a valores que lo hicieron sobrevivir, encara con más entusiasmo al parecer el día a día que en regiones del bienestar o en aquellas que, como algunas africanas, siguen sumidas en guerras, altos grados de miseria y crisis económicas insuperables.