El salón quedó vuelto un desastre: todas las sillas desordenadas, muebles tirados. cuadros rotos, el piso lleno de orines y olores fétidos.

     A todos los miembros del grupo les brindamos desayuno, porque terminaron a la aurora, a las seis de la mañana… Durante el alimento acordaron que hay que hacer otro capítulo para poder invocar la fuerza que nos 

interesaba.

     Don Jorge Escalan propuso que se realizara, dentro de ocho días: el próximo viernes.

     Todos se pusieron de acuerdo; pero no previeron qué podía ocurrir durante ese lapso.

     Tres días pasaron, cuando, una tarde, como a las cuatro, el vidente Pedro Acosta fue poseído por el espíritu grosero el que lo había hecho actuar como perro: se posesiono en él, durante su trabajo.

     Él trabajaba en las oficinas de un Banco en el quinto piso, Desde allí deseaba arrojarse por la ventana. Don Pedro estaba poseído por una fuerza demoniaca que lo manipulaba. Los compañeros de oficina lo detuvieron durante su intento suicida.

     A todos lo insultó con groserías y maldiciones.

     Los que lo conocían lo comprendieron, disculparon y llamaron a sus amigos, los otros espiritistas que habían asistido a la reunión.

     Se reunieron y, ese jueves, realizaron una sección espiritista de urgencia. En horas de la tarde, se alistó el aposento. En el comedor se dispuso la mesa redonda, con ocho puestos y un candelabro en el centro del mueble, con siete velas blancas. En una mesa lateral se acomodaron varios volúmenes, entre ellos el principal: la Biblia, y otros de 

menesteres esotéricos.

     También se incorporaron una espada que les había sido prestada por los padres jesuitas, agua bendita y un candelabro especial, de siete velas uniformes, muy comunes en ceremonias judías, Las otras mesas y sillones se sacaron del aposento. Mi madre ordenó trapear el recinto con agua bendita y colocaron floreros de bronce con margaritas y, como parte de la decoración, el cuadro grande del Sagrado Corazón de Jesús.

     A las ocho de la noche los médiums estaban en la sala del 

comedor, Don Pedro Acosta sería el director para evitarle algo inesperado y el señor Jorge escalan el invitado, todos estaban algo nerviosos y temerosos por lo que se disponían a efectuar en ese tiempo leyeron pasajes bíblicos y pronunciaron oraciones.

     A las doce de la noche todos se tomaron de manos y comenzaron a invocar a El monje. Por largo rato intentaron con exhortaciones, pero no tenían resultados.

     Luego de pronunciar varias plegarias por fin obtuvieron respuesta: uno de los ocultistas empezó hablar en nombre del ente de El monje y dijo llamarse Emeterio Rodríguez. Pero otro emprendió burlas y groserías para interrumpir el dialogo que tenían con El monje.

     Ellos estaban solos en la pieza y nosotros estábamos a un lado, cuarto contiguo. Desde allí escuchábamos lo que acontecía durante las secciones.

     Don Pedro Acosta ordenó al anima burlona que abandona el cuerpo y el cuarto. El espíritu soltó una carcajada temible y dijo que “aquí permanezco, bastardo come mierda”.

     Don Pedro, con un tono tímido, le dijo que se retirara, que si no lo hacía tendría que tomar medidas más drásticas.

     El alma burlona contestó con tono amenazante: “Que va, Pedro, tu eres un maricón, ladrón. O acaso no recuerdas que a tu tía Josefa le robabas lo que podías cuando eras muchacho. Crees que no lo sabemos, come mierda. No me jodas o te recuerdo más cosas que yo sé de ti”.

     Don Pedro tomó valor, lo amenazó con expulsarlo por medio de un exorcismo. El espíritu se tornó más bravo y furioso, la mesa se bamboleó, las velas se apagaron, algunas cosas cayeron de un lugar a otro, como si hubieran sido lanzadas con odio.

     El nigromante que era poseído por el espirito bulón se retorcía y de su boca salía babaza espumosa blanca. Don Pedro tomó la espada y la Biblia para comenzar el conjuro. La levantó, mientras hojeaba un pasaje bíblico. Entonces el poseído se arrodilló y pidió perdón y suplicó no ser conjurado.

     Afirmó que no molestará más, que no volverá interrumpir, que dejará de hacer burlas.

     Don Pedro comenzó a conjurarlo, arrojándole agua bendita y alzando el espadín en el nombre Dios todo poderoso. El endiablado se arrastró, suplicó, lloró. Nosotros, que estábamos cerca, solo escuchábamos los gritos de súplica y el llanto de un hombre que solo reclamaba piedad.

     Luego de esto, solo quedaron como penetrando el ambiente un silencio rotundo y un frío que helaba nuestros huesos.

     Las paredes sudaban como hielo, sí, hacía mucho frío. Al cabo de un rato, cuando todos

se recuperaron, Don Jorge Escalan tomó la iniciativa y peguntó si allí seguía Emeterio Rodríguez. Una voz contesto: “Sí, ¿para qué me invocan?”

     Don Pedro le solicitó que dijera por qué se aparece en el alojamiento, qué quiere o qué tiene pendiente a fin de poder ayudarlo y para que tenga por fin descanso eterno.

     El espirito de Emeterio Rodríguez contestó: “Sí, tengo algo que me ata a esta estancia. Solo lo revelare si la Señora María Concepción sirve de intermediaria. Solo por medio de ella les diré que es lo que me amarra a esta casona”.

     Don Pedro Acosta le dijo que indagaría para hacer posible que María Concepción sirva de espiritista. Él y Jorge hablaron con mamá para que yo fuera la escogida en la próxima invocación, ella me inquirió que fuera, pero yo me rehusé no quería ser parte de eso.

     Por días medité la opción, pero siempre sentía mucho miedo. No sabía que era ser un intermediario con el más allá y por qué tenía que ser yo. Por días siguió apareciendo El monje a diferentes horas. A todos nos causaba pánico.

     Pero aprendimos a orar con fe y El monje se desaparecía.

     Los días pasaron y por fin llego el día de la reunión y El monje se posesiono en uno de los señores. Estaba reclamando por qué yo no estaba allí. Ellos le explicaron el problema. Después de mucho discutir dijo que nos contaría su pena y comenzó a contar su vida.

     “Soy Emeterio Rodríguez González, nacido en Santafé, año 1813, hijo de españoles y americanos muy prestantes y miembros de la sociedad capitalina. Muy muchacho me arreglaron un matrimonio con Doña Isabel Savarín de la Hoz, joven católica, miembro de la sociedad de santafereña.

     Los padres de Isabel fueron muy generosos en la dote matrimonial. Con Isabel y el oro del patrimonio tuve una vida muy placentera, llena de lujos. Yo fui joyero y relojero. Tuvimos cinco hijos que llenaron mi vida de gran alegría.

     Para cuando cumplía los sesenta, comencé a desarrollar la enfermedad de la lepra, la peor enfermedad que podía afectar a cualquier ser humano en esa época y empezó mi suplicio. Mi vida dio un cambio.

     Los miembros de mí hogar empezaron a rechazarme y ocultarme de las amistades, se sentían apenados de mí y les daba terror que la sociedad llegara a repudiarlos. En ese tiempo, los lacerados eran repudiados y confinados.

     Cuando tenía los sesenta y cinco, la enfermedad era muy notoria y degenerativa. En el último patio de esta mansión, en el solar, allí al fondo, mi esposa mandó construir una casita con baño, taller de joyería, con cocina y estufa de carbón.

     En aquel lugar me internaron hasta el final de mis días. Allí yo trabajaba la joyería, mis hijos administraban la joyería que teníamos, allí vendían mis trabajos. Fueron incontables almanaques los que permanecí ahí, oculto y asilado, olvidado por mis propios hijos y familiares hasta el final de mis

días. Para eso de 1898 fallecí y partí para el lugar donde me encuentro. Aquí es un lugar gris, sin descansó definitivo.

     Deseo retornar al pasado, a aquellos momentos en que andaba vestido como un monje y con la caperuza tapándome la cara, ocultando mis desfiguraciones, con ganas de revelar donde dejé mis pocos tesoros y objetos que con tanto amor cuidé para dejárselos a mis seres queridos.

     Hoy los legaría solo a quien tenga buenos ánimos y merezca mi sentir y la única que reúne esas cualidades es María Concepción Valdivieso Vargas. Ella posee cualidades bonitas y bondadosas. Tuvo un bebé, solo a ella revelaré dónde está, mi fortuna.

     El niño que se les aparece sobre el tejado, el bebé, murió aquí el 9 de abril por la turba de ‘El bogotazo’. Lo que escuchan en los pasillos son espíritus de caballeros. Cuando esta quinta fue parte de la Independencia, aquí se alojaban soldados y se guardaron armas”. 

     Don Pedro Acosta le pregunto: “¿Por qué solo a ella quiere dejarle su caudal?”.

     El intermediario contesto: “Es que ella es la única persona de esta edificación a la que no le daría asco atenderme. Ella atendió a su padre hasta el último instante, él padeció de cáncer en el estómago y al final era muy terrible verlo como se acababa.

     Ella lo atendió todo el tiempo sin tener repulsión. Yo, en mi razón de fantasma, la vi. Sé todo lo que sucede en este lugar. Por inmensurable tiempo, he visto mucha gente, muchas cosas, pero solo María Concepción tiene talante. En tantos ciclos como espanto, jamás vi a alguien tan bella de alma, bondad y sacrificio.

     En la vida hay personas que pasan y no dejan huella. Pero María Concepción deja siempre estampada su vivir como ejemplo de sabiduría y amor. Lo único malo de ella es su chismosería, es un defecto que solo lograra dejar con los golpes de la vida.

     María Concepción ven, María Concepción ven, sé que me escuchas, ven María Concepción, por favor ven…”

Edgar Awad Virviescas

Desde Barranquilla en la hermosa y primorosa COLOMBIA

Reeditado en octubre de 2017