Un cuento de maulas, Onésimo y enartados

     Billetes de 100 dólares con la efigie del zar de las pirámides David Murcia Guzmán son lanzados por miles a las manos de habitantes de barrios periféricos de algunas ciudades.

     La condena, aunque por pocos años de prisión en Estados Unidos del máximo estafador del sistema piramidal en Colombia —pronto estará entre nosotros—, el multimillonario y carismático estafador internacional David Murcia Guzmán, capturado en Miami  para ser juzgado y condenado a larga estadía tras las rejas en ese país, y los amplios y sucesivos destapes de la prensa y la televisión sobre el sistema de alto engaño a que fueron sometidos miles de 

incautos inversionistas durante largo tiempo, no impiden que centenares de miles persistan en morder el anzuelo engañosamente tendido por redes delincuenciales que, más que nada, se aprovechan de la desesperanza y la impotencia de tantos cesantes, atropellados por la suerte de los desplazados hacia los cinturones de miseria y de fuerza bruta de trabajo en estado de inercia.

    Para evitar futuros desmanes financieros, las autoridades investigan la procedencia de miles de billetes de cien dólares con la efigie de DMG y la dirección de algunos 

de sus testaferros en la falsa denominación monetaria en mención que promete ganancia del 100 y 150 por ciento de la inversión en 30 días. En tal gancho engañabobos se pide que el incauto consigne a las cuentas desplegadas en los documentos aptos para la estafa que, en rápida verificación, serán aceptados para adelantar las negociaciones y posteriormente depositar en cuentas de ahorros fabulosas cantidades más los intereses que, ansiosos, esperan los desesperados ahorra habientes.

     Uno de los episodios más sonados ocurrió en cierta región caribeña, cuyo culpable no ha podido ser juzgado de forma debida, puesto que oportunamente fue alertado por autoridades corruptas, dando con su humanidad a un paradero allende las fronteras, y hasta el sol de hoy nadie sabe su ubicación con los millones que habilidosamente supo esquilmar a los maulas inocentones que le confiaron sus ahorros. Fue un personaje conocido como Onésimo, cuyas hazañas delincuenciales, son contadas por algunos personajes cercanos al hábil engañabobos y cuyas peripecias algunos avivatos pretenden readoptar, tan fructífero resulta el negocio. Procedemos a contarles:

     Onésimo adquirió el status de desplazado y se vio obligado a abandonar su negocio familiar de boticario en su pueblo natal a la orilla del río, por lo que él y su mujer y los tres hijos menores, arribaron como menesterosos a la capital de la provincia. Algo de suerte les acompañó cuando las autoridades los reubicaron provisionalmente en las instalaciones abandonadas del estadio deportivo municipal.

     —Pero, ¿de qué van a vivir aquí tus hijos y nosotros? —reclamaba vehemente su mujer.

     “No se preocupen, ya se me ocurrirá algo”, replicaba confiado el marido.

     Fue cuando Onésimo escuchó las noticias provenientes de la capital del país sobre las prometedoras ‘pirámides, y fue entonces cuando se dijo para sí: «Ha sido la mismísima providencia. Por fin escuchó mis ruegos; por algo sé un poco de números y contabilidad», concluyó en tono apaciguado y repetitivo para reconfortarse y justificar sus acciones inmediatas. Se dio en esos días a la febril tarea de ubicar una casa esquinera y respetable y, con su quimérico palique, convenció fácilmente a la rentahabiente del local. Urgido por la situación familiar, colgó el 

llamativo aviso:

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     En una semana escasa, tumultuosas hileras de personas aguardaban antes del horario de apertura frente a tan increíble 

oportunidad financiera. Su mujer, siempre desconfiada, le exigía una explicación válida ante la bonanza de efectivo que en cajas de cartón se hallaban apiladas en la habitación contigua a la matrimonial. Finalmente, Onésimo accedió a revelarle su sencilla operación: “Cuando alguien”, comenzó a contarle prevenido a su mujer, “hace un depósito, a los tres días simplemente muestra su recibo y yo le cancelo el valor más un treinta por ciento. Nunca ha faltado gente y, más bien, la próxima semana voy a aumentar al cincuenta por ciento, por diez días de depósito”. Muy sonriente lo escuchó su elegante y enjoyada mujer.

     Todo transcurría a pedir de bocas para el ambicioso exboticario: desde los más acomodados hasta los menesterosos se apretujaban en la nueva y amplia sede del prestamista quien, asistido por media docena de contables y bedeles, desarrollaban febril entrega y recepción contante de pagarés firmados y sellados por el conspicuo gerente que, tras panorámica vidriera de cara al público, se mostraba arrellanado en lujoso escritorio donde solícitas secretarias le arrimaban voluminosa documentación para que estampara su asediada rúbrica.

     Pero como la humanidad nunca se conforma con el bien ajeno, se desplegaba, simultanea, por parte de avaros y prestamistas de la competencia, la infortunada maledicencia, hasta el punto de que el alcalde y el juez  —asiduos clientes enartados—, se vieron obligados a tomar cartas en el asunto para proteger los intereses comunitarios, por lo que procedieron a enviar docto y leguleyo dossier inquisitorio sobre procedimientos y seguridades para los valiosos ahorros de los entusiastas inversionistas, a la vez que presentaban sus sentidas excusas por el molesto y pronto envío a la oficina del distinguido empresario financiero de una inspección contable de rutina para revisar los soportes, naturalmente con todo el respaldo legal que se acostumbra brindar a su numerosa clientela.

     El curtido exboticario y neobanquero consideró suficiente las acciones que se vislumbraban en el horizonte, y toda la tarde y noche le fue menester para recoger cuantas cajas de dinero pudo trasladar al furgón estacionado en la entrada de su residencia, y al alba estar cruzando la cercana frontera con su familia y allegados de confianza. Después del lunes festivo, esa mañana, fue incontenible para las autoridades evitar la irrupción violenta de la enfurecida turba quienes, en frenesí de violencia, se disputaban a golpes los pocos caudales encontrados en las íngrimas instalaciones, mientras los más frustrados destrozaban e incendiaban, finalmente, tan detestable lugar.

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