El creador del realismo mágico en una mágica realidad

“A mí, desde el instante mismo de nacer, me llamaron Gabito —diminutivo irregular de Gabriel en la costa guajira— y siempre he sentido que ése es mi nombre de pila, y que el diminutivo es Gabriel”: García Márquez.

Por José Orellano

     Me ve llegar, se pone de pie, me extiende la mano, nos conocemos y comenzamos a relacionarnos.

     La cita no era con él sino con el colega periodista Guillermo Romero Salamanca, quien dos minutos antes me lo había dicho por celular —cuando lo llamé para confirmar asistencia—: “Ya estoy aquí, tomándome un tinto con un amigo con quien me encontré”.

     “Luis Eduardo González”, me dice el amigo de Guillermo y se sueltan las manos. Cuando ve mi mochila arhuaca terciada, remata: “Nadie ha de poner en duda su origen costeño”. Su…

     Después, Guillermo y yo nos fundimos en largo abrazo. Juan Valdez del Centro

Comercial Santafé es el punto de encuentro que habíamos acordado para el

Luis Eduardo González

reencuentro. ¡Algo más de 30 años sin vernos!

     Guillermo se zafa del abrazo y, cortés, se va a traerme un tinto. Me siento y Luis Eduardo, sin escudriñarme a fondo, me pregunta: “¿Sabe cómo le decían a Gabriel García Márquez cuando estudiaba en Zipaquirá?”.

     Nada digo. Ni sí ni no. Luis Eduardo González es de Zipaquirá —así me dice.

     Guillermo llega con el ‘vasao’ de café —a pesar de los más de tres decenios sin tratarnos, él sabe muy bien que no soy de tinto corto— y Zipaquirá, la de la Catedral de sal, salta entonces a la palestra como tema de conversación.

     Que Zipaquirá, tan importante como Aracataca en la obra de Gabriel García Márquez…

     Que Guillermo Cubillos, protagonista de ‘La piragua’ del maestro José Benito Barros,

Patios del Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá y en los recuadros, Carlos Julio Calderón Hermida, Carlos Martín y Guillermo Quevedo Zornoza, fundamentales en la formación literaria de Gabriel García Márquez en ‘La tierra de la sal’.

era de Zipa, sí, “era la piragua de Guillermo Cubillos”…

     —Que ‘El congelador de

Cundinamarca’, tierra del ciclista Zipa Forero —‘El indomable’, Efraín— y del futbolista del 4-4 ante Rusia en 1962, Zipa González —Héctor—, quien falleció en 2015…

     —Que Guillermo Quevedo Zornoza, compositor y poeta zipaquireño —‘Amapola amapolita’ y ‘La gata golosa’— y motor de cierta parte del desarrollo intelectual de García Márquez…

     —Que Germán y Gustavo Castro Caicedo, este último autor del libro ‘Gabo: cuatro años de soledad’, con el cual ha pretendido establecer a su terruño, Zipaquirá, como la cuna literaria de García Márquez.

“Gabo nació físicamente en Aracataca, pero literariamente en Zipaquirá, ciudad que más

Para lustre de Zipaquirá: los ‘zipas’ Forero y González, en ciclismo y fútbol; el neonatólogo Edgar Rey Sanabia en ciencias, creo el método ‘Mamá canguro’, y los hermanos Gustavo y Germán Castro Cayedo, en periodismo y literatura.

parecía un inmenso centro literario, que otra cosa, y en un colegio metido totalmente entre la literatura. Aracataca es un nombre escrito con letras doradas en la literatura mundial, historia que por desinformada no le hizo nunca justicia a Zipaquirá, donde estructuraron al genial escritor, y a donde llegó por fortuna para la literatura universal, el lunes 8 de marzo de 1943, dos días después de haber cumplido 16 años de edad”, escribió alguna vez Castro Caicedo —Gustavo— en columna publicada en El Tiempo.

     Que además de Quevedo Zornoza, precisa puntual Luis Eduardo, fundamentales fueron Carlos Julio Calderón Hermida —“a quien se le metió esa vaina de que yo fuera escritor”, dice García Márquez en ‘Vivir para contarla’—, su profesor de español en el Liceo Nacional para Varones zipaquireño; y el poeta Carlos Martín, quien presentó al adolescente Caribe, a su alumno Gabriel García Márquez a los consagrados poetas Eduardo Carranza y Jorge Rojas con las palabras “este es un gran poeta”. Martín era rector del plantel y, para entonces, García Márquez dirigía la Gaceta Literaria, una publicación cuya existencia fugaz se debió a que su único número fue confiscado, como lo cuenta el Nobel de Literatura en ‘Vivir para contarla’. Quevedo Zornoza, Calderón Hermida y Martín son los responsables de lo que llegó a ser el hijo del telegrafista, el que dejó el violín por salir a buscar el sustento para la

familia. En esa obra, el propio Nobel de Literatura lo dijo: “Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato”. Inmenso honor para Quevedo Zornoza y Calderón Hermida y Martín y el Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá y Zipaquirá todo.

     —Que ‘La ciudad de la sal’, tierra del neonatólogo Edgar Rey Sanabia, creador del método ‘Bebé-mamá canguros’: técnica de atención al neonato que nació antes de tiempo o con bajo peso: contacto piel a piel entre mamá y recién nacido para facilitarle al bebé alimentación, estimulación y protección materna.

     —Que Zipaquirá, en otrora ciudad de primer orden en el ranking de importancia que, inclusive, tuvo banco propio… Y Luis Eduardo que se manda la mano al bolsillo, extrae su billetera y extrae de esta la irrebatible muestra: un centenario billete de 50 pesos moneda corriente. Y después, la investigación al respecto que había de llevarnos hasta otro centenario billete, de 5 pesos emitido, como el de 50, por el Banco de Cipaquirá, uno de los 41 bancos privados fundados entre 1770 y 1886, bancos en las regiones más prósperas de Colombia —Bogotá, Antioquia y la Costa Atlántica, donde se desarrolló con más fuerza el sistema bancario— y que, de acuerdo con la historia que cuenta el Banco de la República, le permitió a las elites regionales y locales del momento, como ha ocurrido siempre, controlar la captación de metálico y la ampliación del crédito y su consolidación en el control del mercado financiero.

     —Que Zipa —honor al cacique muisca del mismo nombre—, que hasta contó con un genio para lo torcido, uno de los pocos delincuentes en el mundo que han logrado escaparse de una cárcel de los Estados Unidos —fue el segundo colombiano extraditado al país del ‘Tio Sam’—: el tristemente célebre Severo Escobar Ortega, que nació en Ibagué, recaló en la ‘Ciudad de la sal’ y fue hasta concejal por más de veinte años

El método ‘Madre canguro’ —creación de un zipaquireño—, tema recurrente de medios de comunicación de Colombia y el mundo.

del ‘Municipio congelador’, llamado así por razones muy ligadas a su eterna niebla

hipotérmica matinal. Escobar Ortega, que cuando asistía a sesiones del Concejo en Zipa ponía su pistola sobre su escritorio —el que nuca dejó de llamar “compadre” al expresidente Belisario Betancur— y que había de terminar siendo, también, motor indiscutido de la consolidación de Pablo Escobar como rey de la criminalidad en Colombia. Murió preso en La Modelo. “De infarto”, dijeron las autoridades; “mandaron a envenenarlo”, se rumorea en Zipaquirá.

     Y en fin…

     Toda una dinámica histórica que, de acuerdo con Guillermo Romero Salamanca, late por allí, desperdigada por esa superficie de 197 kilómetros cuadrados que se enclavan en la Sabana Central, a la espera de un plan integral de rescate y proyección de Zipaquirá —desde el turismo cultural— como algo más inmenso que la sede de la Catedral de sal, indiscutido orgullo del pueblo, no hay que negarlo.

   “Mucha gente en Zipaquirá me trata de hijueputa porque los critico, porque les digo que no han sabido explotar desde lo turístico, la historia que encierra este pueblo”, dice Romero Salamanca.

     Hemos hablado de todo, pero la respuesta al interrogante que me lanzó Luis Eduardo aun no aterriza sobre la

sobre la mesa en la cual reposa mi libreta de apuntes, la cámara fotográfica y los tintos que hemos venido —¿o ido?— consumiendo.

     En ‘Vivir para contarla’ García Márquez relata, en

todo el frente de un “muelle sombrío” adonde acababa de

En denominaciones de 50 y 5 pesos, billetes del Banco de Cipaquirá, que circularon por allá, a mediados del siglo IXX.

llegar en tren desde Puerto Salgar —punto en el cual lo había tomado tras larga travesía por el Magdalena en barco a vapor desde Barranquilla—, aquella larga espera a Eliecer Torres Arango, su acudiente en Bogotá, antesala de su envío al Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá. Tercer capítulo de la obra que Gabriel García Márquez termina así:

     —Tú eres Gabito, ¿verdad?

     Le contesté con el alma:

     —Ya casi…

     «El también sempiterno cronista José Orellano —durante años Coordinador y Jefe de Redacción de El Heraldo— me contó que el doctor Juan B. Fernández Renowitzky, su jefe inmediato, no permitía la palabra ‘Gabo’ en titulares ni textos de El Heraldo que se refirieran al excolumnista estrella del periódico, al autor de ‘La jirafa’ con el seudónimo de Septimus. Imponía a Gabito, alegando que así lo llamaba su círculo de verdaderos amigos Caribe antes de que el escritor alcanzara tanta fama. Pero, además, el uso de ese ‘Gabito’ le permitía a El Heraldo reafirmarse en su ‘garciamarquismo’ a ultranza —el resaltado en negritas es un agregado complementario de la idea que se había expresado— y dejar escapar un cierto sentido de pertenencia sobre el cariñoso apelativo. “Eso de Gabo es cachaco. ¡Gabito…!”, dice Orellano que el director lo ordenó por una sola vez y, a partir de entonces, siempre, para acortar titulares, especialmente de primera página, en vez de García Márquez se recurría a Gabito. “Ahora hasta el periódico lo llama Gabo, porque todo el mundo se cree con derecho a distinguirlo así. Yo preferiría Gabito, pero periodísticamente utilizo García Márquez o el nombre completo, no fui amigo de él para estar arrogándome tal lisura”, anota Orellano».

  Eso escribió David Campo Pineda en su relato de un pasaje de mágica realidad que, a manera de anécdota ocurrida entre 1950 y 1952, le había contado su padre el periodista de El Heraldo Porthos Campo Pineda y que fue presentado en la actualización 108 de El Muelle Caribe bajo el título García Márquez y el día en que le declaró amor al ‘robot

escritor’.

     Me atrevería a hilar delgado y a creer que Gabriel José de la Concordia García Márquez, a sus 87 años, bajó al sepulcro, el 17 de abril de 2014, peleado con el sobrenombre con el cual finalmente terminó llamándolo todo el mundo: ‘Gabo’…

     “Además del nombre bautismal, todos teníamos otro que la familia nos ponía después por facilidad cotidiana, y no era un diminutivo sino un sobrenombre casual. A mí, desde el instante mismo de nacer, me llamaron Gabito —diminutivo irregular de Gabriel en la costa guajira— y siempre

El periodista Guillermo Romero Salamanca y Luis Eduardo González, en Juan Valdez del Centro Comercial Santafé: tres vasos de café sobre la mesa, ese tercero es el correspondiente al autor de la nota.

he sentido que ése es mi nombre de pila, y que el diminutivo es Gabriel. Alguien sorprendido de este santoral

antojadizo nos preguntaba por qué nuestros padres no habían preferido de una buena vez bautizar a todos sus hijos con el sobrenombre…”

     Eso también lo escribió García Márquez en ‘Vivir para contarla’. Y cómo pesa esa parrafada a favor de la apreciación del doctor Juan B. Fernández Renowitzky cuando, en El Heraldo, aún situado en la calle Real, me dijo: “Eso de Gabo es cachaco. ¡Gabito…!”

     En ese mismo libro, García Márquez precisa que, tras una discusión académica con aquel “áspero y solitario” rector durante su primer año —tercer grado— en el Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá y que a la final ganó el alumno aunque no hubiera escrito correctamente exuberante y hubiera tildado paradisíaco, sus compañeros de clase empezaron a llamarlo “con toda la sorna del caso el costeño que habló con el rector”. Ese ‘áspero y solitario rector’ se llamaba Alejandro Ramos.

     “Al nuevo alumno de 16 años de edad, como a todos los del Liceo, le pusieron apodo: ‘Peluca…’”, escribe Gustavo Castro Caicedo en ‘Gabo: cuatro años de Soledad…’

     Cuando aquel lunes 8 de marzo de 1943 Gabriel José de la Concordia García Márquez llegó al Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, su cabellera era abundante…

     Ahora vuelvo a Juan Valdez del Centro Comercial Santafé… Vuelvo al momento justo en que Luis Eduardo González anuncia que debe macharse… Se despide y deja abierta la necesidad de un reencuentro, pero en Zipaquirá, su tierra, para recrear grandes historias del terruño. Guillermo Romero Salamanca asiente… Hay que definir fecha…

      —Pero antes de irte, Luis Eduardo, dime ¿cómo era que le decían sus compañeros de colegio a Gabriel García Márquez en Zipaquirá?

     Luis Eduardo levanta su dedo índice de su mano derecha y señala hacia mi cabeza. Dice: “Acabo de recordarlo por su cabellera… Le decían ‘Motas’. Sí, así era como le decían”.

De la estatua en La Habana a la Plaza en París

En febrero pasado, una escultura de Gabriel García Márquez —‘Retrato en el jardín’—, de bronce y tamaño natural, lo muestra bajando una escalera en los  jardines del Liceo Artístico y Literario de La Habana, a manera de recuerdo de aquella primera vez que el escritor llegó a tal sitio… Mientras en Cuba ‘va’ con dos libros bajo un brazo y una rosa amarilla en la otra mano, en París, la cultural capital francesa, el nombre del Nobel de Literatura se eterniza en la Plaza ubicada en el séptimo distrito, una zona dentro del barrio latino entre la calle Montalembert y la calle Du Bac en la que se respira un ambiente intelectual. De hecho, muy cerca se encuentra la puerta de entrada del edificio en donde vivió el escritor por última vez en París, y desde el que escribió El coronel no tiene quien le escriba. La plaza lleva su nombre y a su inauguración, este viernes 23 de junio de 2017, asistió el presidente Juan Manuel Santos, quien aprovechó la ocasión para hablar del proceso de paz y de la importancia que tiene la cultura en procesos de cambios sociales. “Cuánta convivencia puede sembrarse por intermedio de la literatura, de la música, la danza, el teatro, el cine, las artes plásticas, las industrias culturales y el mismo patrimonio cultural”, dijo Santos. A su turno, la alcaldesa de Paris Anne Hidalgo apuntó que “esta ciudad quería a Gabo y él también la quería mucho. Al darle ahora su nombre a esta plaza, en la cual hay muchas editoriales, es una manera de decirle que aquí, en esta pequeño sitio, está su alma”. Macondo enclavado en ‘La ciudad luz’.