Marketing político y estrategias

     Quiero explicarles acerca de la comunicación política, haciendo un parangón con algo muy típico de mi tierra vallenata: una riña de gallos.

     En el centro de una gallera cualquiera del Caribe colombiano, dos gallos se pelean violentamente. Se atacan con ferocidad. Altivos, furiosos, dispuestos a todo. Lastiman. Hieren. Salta la sangre. Siguen peleando escandalosa y salvajemente.

     A su alrededor, cantidad de personas que gritan. No se pierden detalles de cada ataque. Apuestan al que ven más entero, más duro, más agresivo.

     ¿Te imaginas la escena, los gritos, las caras, los gestos, la pelea, la sangre?

     Bien. Algunos políticos creen que así es como las personas deciden su voto. Como si fueran espectadores de una riña de gallos.

     Ven la política como un combate encarnizado. Salen al ruedo desafiante y orgulloso como gallos de pelea. Y atacan duro. Creen que la comunicación política es una competencia agresiva en la que hay que ‘pegarles’ a los rivales para desarmarlos frente al

público.

     Creen que cuanto más duro peguen mejor serán recompensados por el público que observa. Y por lo tanto cultivan, con esmero, su artillería verbal.

     Entonces, salen a los medios enojados, irónicos, hirientes.

     A veces sus palabras son demoledoras.

     Y se convencen de que el rival quedó ‘muerto’ con su ataque.

     Y disfrutan de los aplausos de quienes se sienten identificados con su enojo.

     Tiempo después, pierden las elecciones.

     Porque la gente no actúa frente a la política como si estuviera ante una riña de gallos.

     ¿Qué efectos psicológicos sobre el electorado tiene el ataque de un político contra otro?

Enojo.

Ese es el efecto. Eso es lo que sienten.

Enojo.

Ven al político muy enojado ante las cámaras de televisión o en la foto de un periódico o revista y en ese mismo momento sienten enojo.

La gran cuestión es contra quién se dirige el enojo:

El núcleo duro de los simpatizantes del atacante siente enojo hacia el atacado y radicaliza su posición contra él.

El núcleo duro de los simpatizantes del atacado siente enojo contra el atacante y cierra filas para defenderlo. No lo

abandonan sino que se radicalizan en su defensa.

     ¿Y el resto, o sea la mayoría de la población? Algunos no sienten nada porque están tan afuera del mundo político que ni se enteran, y si lo hacen es muy superficialmente. El resto siente un enojo más difuso, como una cierta carga de agresividad que le está transmitiendo el atacante. Si este tipo de escenas se reitera, entonces lo más probable es que sientan enojo cada vez que ven a ese político, al enojado, al que ataca. Es una asociación mental muy simple y muy efectiva. Lo ven agresivo y sienten enojo, lo ven agresivo otra vez y vuelven a sentir enojo… y así sucesivamente, hasta que un día simplemente lo ven y sienten ese enojo.

     Obviamente que nadie vota a un político cuya sola presencia, imagen o recuerdo despierta enojo en el votante.

     No importa si tiene razón.

     Lo que importa es que lo que dice suscita emociones desagradables y por lo tanto construye una enorme barrera con el electorado.

     Por eso el político enojado tiene, sí, su cuarto de hora de notoriedad.

     Pero el cuarto de hora termina, la notoriedad no le sirve para nada y el público termina olvidándolo. Y aunque no lo olvide literalmente, tampoco le confiere responsabilidades importantes.

     Porque el público sabe que la política no es una riña de gallos. Y lo que espera es solución a sus problemas.

MIGUEL MALDONADO MARTÍNEZ

Unidos, izquierda e independientes han de hacer la fiesta…

     El pasado jueves Claudia López fue escogida como candidata presidencial de la Alianza Verde. El anuncio al país fue difundido por el Congreso de la colectividad que culminó así un laborioso proceso cuya etapa final fue la encuesta nacional que sirvió para que los colombianos definieran el nombre del aspirante de los verdes a la primera magistratura.

     Ya Colombia había registrado positivamente la recolección de más de cuatro y medio millones de firmas en respaldo al anhelo de erradicar definitivamente el flagelo de la corrupción al frente del cual Claudia López movilizó masivamente jóvenes, militantes verdes y ciudadanos de todas las vertientes políticas e ideológicas. Esa expresión del repudio de la gente honesta del país también fue un reconocimiento a su papel como una de las principales adalides de la lucha contra el terrible mal de la corrupción.

     Al igual que sus valientes denuncias ante la injusticia y los atentados contra la

democracia colombiana desde el Senado, y sus trascendentales revelaciones sobre esenciales aspectos del conflicto armado como investigadora social, toda su trayectoria la califica como una de las más serias aspirantes a la presidencia de la república.

     Su programa, de claros perfiles progresivos, sociales y democráticos, a realizar desde la jefatura del Estado, representaría avances largamente aplazados y la superación de la amenaza del retorno al poder de oscuros poderes que comandan el uribismo y el vargasllerismo.

     Tal como aprobó el Congreso que acaba de realizarse, la Alianza Verde, a cuyas filas pertenece el PTC, desplegará sus máximos esfuerzos porque su candidata presidencial, Claudia López, salga victoriosa en la consulta interpartidista que,  impulsada por la más  amplia coalición democrática de que se tenga noticia en la historia del país,  permitirá a las mayorías del pueblo colombiano escoger un candidato único que lo represente en las elecciones presidenciales de 2018 y que luego, cuando venza en estas,  cumpla  a cabalidad los acuerdos de paz y gobierne al servicio de nuestros intereses nacionales y democráticos.

     Partido del Trabajo de Colombia-Comité Ejecutivo Central

     Marcelo Torres-Secretario General

Si hay un sueño por el que valga la pena luchar, ese es Colombia. Tenemos toda la riqueza humana y natural para ser un ejemplo de equidad, progreso y desarrollo. Tenemos todo para que cuando en otros países se hable de Colombia, lo que se escuche sean noticias que nos enorgullezcan y no que nos avergüencen. Que sean protagonistas nuestra gente buena, inteligente y trabajadora, los paisajes del Amazonas y el Eje Cafetero, la alegría de los caribeños, la disciplina de los antioqueños y la fortaleza de todos los colombianos. Tenemos todo para convertirnos en una nación próspera, educada, segura, justa, incluyente y que logre dar un paso adelante para construir un futuro mejor para las nuevas generaciones.

     Para ello, necesitamos un verdadero cambio. Hoy nuestro país atraviesa por un momento de gran incertidumbre sobre su futuro. La inestabilidad política, económica y social es una muestra clara de que las cosas no están bien y necesitan ser corregidas. Los escándalos de corrupción se han vuelto rutinarios sin que nada pase. Si no hay una justicia fuerte que haga cumplir la ley, seguirá alimentándose ese imaginario facilista que supone que “todos son corruptos”, o “que todo vale”, escenario que se convierte en el terreno más fértil para aquellos que quieren sembrar en Colombia la semilla del populismo.

     La política debe representar ideas y principios para garantizar el trabajo por el bien común y esto debe hacerse desde las instituciones, no desde las vanidades ni los personalismos. Lamentablemente los partidos se han deteriorado hasta el punto que se han desdibujado sus ideas para privilegiar maquinarias y hoy la sociedad no siente que sus ideales estén representados en ellos.

     Durante los últimos años he recorrido el país y constatado cuanta gente maravillosa anhela tener un futuro esperanzador para ellos y sus hijos. Cuántos colombianos no esperan nada diferente a tener un trabajo decente y poder educar bien a sus hijos. Cuánta gente que quiere ver en el Estado un socio y no un obstáculo. Cuánta gente que no exige nada porque espera confiada en que las cosas serán mejores después y a pesar de sus esperanzas y esfuerzos las cosas hoy se ven inciertas para ellos y para todos los colombianos.

     Salgo a defender desde la calle la idea de que Colombia necesita un gobierno fuerte, que funcione, que cumpla y haga cumplir la ley, y que nos devuelva la esperanza. Un gobierno fuerte que ponga primero los intereses de los colombianos antes que las vanidades personales que solo piensan en sus bolsillos mientras la salud, la educación y la economía están en crisis.

     Ahora, desde las calles lucharemos por conseguir un gobierno en el que se pueda confiar. Un gobierno que brille por hechos y no por discursos. Un Estado que tenga más gobierno que presidente, más justicia que magistrados o fiscales y menos leyes y más acciones. Un gobierno que tenga la autoridad moral y la determinación inquebrantable para luchar contra la corrupción. Un gobierno que funcione y que se ponga al servicio de Colombia y no los colombianos al servicio de los políticos.

     A todos quienes nos quieran acompañar, siéntanse bienvenidos a este proyecto. Un proyecto que no es para unos pocos sino para todos!

MARTA LUCÍA RAMÍREZ