Relato corto: pesca y cotidiana tragedia

     —Esos son los que acá llamamos chinchorros playeros —le expreso René Zúñiga a Juan Paniagua, su acompañante en ese momento en la cantina del pueblo, a la que indefectiblemente concurrían los pescadores después de sus faenas de pesca y venta de sus pescados en el mercado de la población de Tasajera.

     Allí, apuraban casi un canastero de cervezas para mitigar los 39 grados de temperatura —con sensación térmica de 42 grados— que hacía en esa población durante el canicular y húmedo mes de abril en el Caribe tropical colombiano.

     “Pero, si han pasado casi 500 años desde cuando vimos llegar a los carilargos desde el mar de Pueblo Viejo y adentrarse en la ciénaga Grande de Santa Marta, por la boca de ‘La barra’, a bordo de tres grandes cayucos que bajaron al agua con cabuyas desde una gran embarcación anclada a una milla de la playa”, respondió Juan, al tiempo que se enjugaba el sudor de la frente con el dorso de sus manos. “A mi abuelo le contaron que la gente se reunió en la boca del estero escondidos entre los mangles rojos y muy callados se sorprendieron de ver esos hombres cubiertos de cuero seco, de no sé qué animales, y planchas metálicas que destellaban como las escamas de las sardinas

 boconas”.

     —Muchos de nuestros antepasados indígenas creían que tales seres eran aparatos andantes, quizás el resultado del cruce de monos cotudos con micos maiceros por el color de sus cabellos y barbas rojas o leonadas como las flores de la ceiba y la pulpa del mamey.

     “Para proveer el avituallamiento de los marineros que con ellos vinieron en la gran nave, les vieron calar en las aguas marinas y en las de la ciénaga formando un semicírculo, unas redes largas con un copo en el medio, a partir de un punto seco de la playa y con ayuda de una de las embarcaciones en que llegaron a tierra, y que luego arrastraron por el fondo, lastradas con piedras planas y circulares con un orificio central que ataban guardando espacios en la relinga 

de fondo, siendo la línea superior un rosario de trozos cilíndricos de un árbol que ellos en su tierra llamaban alcornoque o corcho”, agregó Juan. “Ya ves, René, que muy poco hemos cambiado en cuanto a artes de pesca; ahora solamente son fabricados con otros materiales no naturales derivados del petróleo. Algo más, amigo: se piensa que, desde ese aciago día del desembarco en la boca de la Barra, se inició el torbellino de desgracias para nuestro entorno ambiental y social de la ciénaga, el mar y de este pueblo; ya que el lance de esos chinchorros con tamaños de malla muy pequeños, por no ser selectivos, arrastran con todos los peces, con otros animales y el pasto acuático”.

     —Como un buldócer dejan una trilla de desolación sobre el fondo marino, por donde no se logra pescar más nunca una regular captura espetó René—. Algo más: es esa la razón de nuestra pobreza, tanto como el saqueo que nuestros políticos hacen desde hace varias décadas, a los poquitos dineros del erario municipal, y que hoy nos tienen sumidos en tantos padecimientos, sin acueducto ni redes de agua potable, sin alcantarillado, mal nutridos y con enfermedades de todo tipo, principalmente gastrointestinales entre los infantes y mayores de la tercera edad.

     “Vea, compadre”, le contestó Juan de inmediato: “Cuentan que en esos remotos tiempos, desde esta comunidad de Pueblo Viejo partieron los españoles para establecerse a pocas leguas de aquí en el paraje que llamaron como Villa de San Juan de Dios de la Ciénaga; y en años posteriores, un hidalgo sevillano, llamado Rodrigo de Bastidas, autorizado por su rey, perdón: su emperador, Carlos I de España, fundaron a la egregia ciudad de Santa Marta, sobre la llanura costera de la bahía más bella de todas, rodeada casi toda por un relieve, cual natural muralla, que la protege de los horribles huracanes del Caribe”.

     Era una realidad de a puño la falta absoluta de alcantarillado en esas poblaciones lagunares y palafitas; y dado que, por encontrarse localizadas a orillas de la ciénaga Grande de Santa Marta, el nivel freático es casi superficial y, por tanto, ni siquiera permite que pudiesen contar con letrinas excavadas para la disposición de excretas, viéndose la gente precisada a deponer sobre el suelo baldío, al margen o sobre los caminos de acceso a la ciénaga o a la playa marina cercana, al cubierto de mangles o, a cielo abierto en los 

salitrales de estío. Excretas frescas y desecadas por doquier, redivivas con las primeras aguas lluvias de abril, conferían a la población una atmosfera escatológica de olores infernales, que bien podría tomarse estos lugares, como un circulo más del averno descrito por Dante Alighieri en la Divina Comedia.

     Seguidamente Juan, quizás impulsado por su estado notorio de alicoramiento, con un tono airado y en alta voz, expresó: “¡Mira qué desgracia para nuestra comunidad, René!: el concejal Pedro Balsamino, del partido de gobierno, es el dueño de veinte chinchorros playeros que entrega en comodato a sendos grupos de pescadores afectos, con la condición de  que pesquen por toda la línea costera desde Tasajera hasta los límites con Santa Marta, se queden con los peces grandes y comercializables que no representan más del 5% de las capturas, y los pequeños se lo entreguen a él, para luego transportarlos ilegalmente y venderlos a los zoocriaderos del departamento vecino del Atlántico como alimento de caimanes, cuyas pieles son exportadas a varios países de Indochina, para elaborar preciosuras en cuero de caimanes. Y estoy seguro que ignoras que la mayoría de los pececillos que pescan con estos chinchorros, son alevines y juveniles de lisas, lebranches, róbalos y macabíes; y que bien sabes tú, cada vez son más escasas las 

capturas de ejemplares grandes en el mar y en la ciénaga Grande, a donde entran por ‘La barra’, y luego en esas aguas verdes, crecen rápidamente en razón a la riqueza de nutrientes que tiene ese humedal, hasta madurar sexualmente; y año tras año, regresan al mar buscando la desembocadura de los ríos que nacen en la Sierra Nevada de Santa Marta para desovar; y luego los alevines regresan por toda la línea de costa desde las desembocaduras hasta la boca de la barra y entran a la ciénaga”.

     —¡Ah! ¿Entonces es en ese trayecto es donde los pescan con los chinchorros?preguntó René. A lo cual, Juan asintió.

     Estando los dos amigos aun al interior del local que funcionaba en el pueblo a manera de bar, elucubrando animadamente por las espirituosas cervezas, René fijo su atención en un carro de mula que, en un trote raudo, venía por la calle principal, la única pavimentada del pueblo, sobre el cual se alcanzaba a divisar, además del auriga, dos mujeres de mediana edad y una de ellas cargaba lo que parecía ser un infante de brazos. Estando a corta distancia, detuvo el trote justo frente a la cantina. La mujer que acompañaba a la del niño cargado, apeándose del vehículo, gritó con una extraña voz aguda casi de niña: “¡Eh, tu, René!... ¿has visto a mi hermano Pedro Nolasco? Ve que acá viene con nosotros su mujer y su pequeño hijo con una incontenible diarrea que le aqueja desde hace una semana y 

hoy le recrudeció y está deshidratado.

     Desde adentro, casi a coro los parroquianos le respondieron que no le habían visto esa mañana. Volviose a subir en el vehículo y partieron hasta la ciudad de Ciénaga, donde el niño fue ingresado por la sección de emergencias, y en la cual permaneció por cuatro días, hasta que murió, en brazos de su madre, como consecuencia de haber recibido una deficiente atención médica por falta de insumos básicos en el hospital para la atención de la disentería amebiana, asociada a una salmonelosis aguda y

la desnutrición crónica que se le diagnosticó; cuadro agravado por el paro de labores que adelantaban los trabajadores paramédicos del establecimiento de salud, a quienes les adeudaban cinco meses de salario; a pesar de que la Empresa Oficial de Servicios de Salud del municipio de Ciénaga sí le había pagado a la E.P.S. de nombre ‘Salud al Instante’, los servicios médicos que por intermediación laboral realizaba.

     Acompañado de una nutrida comitiva de sus familiares, el cadáver de este infeliz infante regresó al seno de su comunidad pesquera para recibir su cristiana sepultura, en un funeral común, junto con los doce niños que el día anterior habían fallecido en análogas circunstancias.

     Durante el recorrido a pie hasta el cementerio local, el numeroso grupo de vecinos y dolientes familiares lloraban desconsolados con sentimientos de dolor, descontento y rabia. Se oyeron estruendosas sus voces por toda la población, clamando justicia y castigo para los culpables de su extrema pobreza y cotidiana tragedia; al tiempo que culpaban a las administraciones gubernamentales y a los políticos corruptos de su desventura socioeconómica.  

ABEL RIVERA GARCÍA.

Santa Marta, diciembre 11 de 2017