Otro cuento largo (cinco capítulos) de JJ

     Tras haber recorrido más de ochocientos cincuenta y tres kilómetros y medio por el Rio Magdalena y de haber superado la marejada de más de trescientas cincuenta y un mil personas por las calles de Barranquilla, un sábado de carnaval del 55, el motiloncito y su familia fueron recibidos en el barrio San

Felipe, a tres cuadras de la iglesia, por las sobrinas de Inés: Lola y Celina. Era una casita de madera, con patio amplio y con tres árboles de matarratón, que le daban sombra, y una lora parlanchina trepada en sus ramas.

     El barrio, fiel a la tradición popular del momento, era una fiesta inmensa y en la esquina de la calle 70, carrera 25, los vecinos habían montado una verbena, que José veía por vez primera. Una corraleja de madera, adornada con serpentinas y guirnaldas y en la puerta, una cabeza de un ser infrahumano, que después le dijeron que era un marimonda. Un aparato musical con altoparlantes a todo taco y los moradores con coloridos disfraces, que bailaban una pieza musical que más o menos decía:

     “Si el toro fuera de azúcar, los cachitos de panela/ Si el toro fuera de azúcar, los cachitos de panela/ Si yo fuera garrochero, /Cuanta garrocha le diera/ Ayy Si yo fuera un garrochero, /Cuanta garrocha le diera …”

     Del sitio se levantaba una polvareda tenue que se desprendía del suelo encementado y en los alrededores, los tenderos despachando cerveza Águila. Por primera vez, escuchaba 

de esta marca, pues en Pamplona solo se conocía la Bavaria y la chicha fermentada que el viejo Teódulo, los fines de semana, una que otra se empacaba. Para el recién llegado, el panorama era fantástico. Claro, acostumbrado a los bambucos, pasillos, boleros y rancheras de su pueblo, esta barahúnda lo tenía asombrado. Hasta cuando una niña, siendo las seis de la tarde, irrumpió en la salita de los Carrillo, los parientes anfitriones.

     Bueno decir niña, niñita, tampoco. Tendría unos trece años, pero bien desarrollados. Lucía un disfraz de rumbera cubana. Eso le pareció a Joaco que, en alguna de las funciones de películas mejicanas su hermano Carlos Julio le dejaba ver de cuando en cuando y allí en la sala de proyecciones, con la complicidad del pariente mayor y de las sombras, había conocido la sensualidad de La Tongolele, Ninón Sevilla, Lilia Prado, Rosa Carmina y otras, pero ninguna tan atractiva como esta que se había colado en su vida, recién desempacado a la gran ciudad del Caribe. Lucía prendas de varios colores y el rostro más lindo que hubiese visto. Se parecía, en la cara, a los angelitos que adornaban el púlpito de la Iglesia del Carmen. Cejas perfectas, ojos que encandilaban y mejillas coloreadas por su carmín natural y labios rabiosamente pintados de rojo. Del resto, ni hablar. Nada mal puesto. Nada imperfecto y, con voz gutural, que le sonó a María Felix, se presentó ella solita, sin que nadie la indujera:

     “Holaaa. ¡Me llamo Amanda Jiménez y bienvenido a San Felipe!”. Y empezó a bailar al compás del Mambo N°5 que ese instante resonaba en el pick-up de la esquina.

     Hasta ahí le llegaron sus amores por Leonor Sandoval Pabón, la hija de la maestra de directora de la Escuela Oficial El Escorial de Pamplona, Norte de Santander. Entendió que, a sus diez años por cumplir el 19 de marzo de 1955, se había atado a una nueva tierra y que una nueva música había entrado a su repertorio, con sabor dulce y olores a mar, como la palmera que se desplazaba riendo por la salita de la humilde vivienda.

     Fueron cuatro días de fiesta seguidos. Apenas sentía algunas punzaditas en la encía enferma, pero todo se curaba cuando escuchaba la voz de Amanda desde el patio vecino, se asomaban por la cerca de zinc y de madera y se contaban sus cuitas. Ella, las de su versión propia del carnaval; él, de las peripecias del viaje por el río. Del abandono de su tercer año de primaria. De los amigos que se habían quedado. Menos, algo de Leonor. Se iban, como viejos conocidos, a curiosear en la verbena del barrio y el motiloncito era mirado con envidia por otros chicos que habían 

perdido la atención de la niña más hermosa del sector.

     El miércoles de ceniza, se pusieron de acuerdo para ir a la iglesia de San Felipe, para recibir la cruz en la frente, por “los pecados cometidos en el carnaval” en compañía de Inés, Lola y Celina. Desde cuando hizo la primera comunión, tres años atrás, no se había sentido tan contento, pero algo empezó a atormentar a José Joaquín. Lentamente, empezó a retornarle la molestia en la dentadura y para las horas de la noche no había mejoral que lo aguantara. Indagaron por un dentista en el barrio, con tan buena suerte para los padres, que había uno en el consultorio popular de la parroquia.

     El viernes en la mañana fueron a la casa cural y, efectivamente, había servicio de odontología. El profesional observó al paciente. Declaró oficialmente que le habían extraído la pieza equivocada. Citó que la N° 13

era la careada y, casi sin anestesia, procedió a extraerla. Se dice en los alrededores de la vecindad que el doctor Germán Jaramillo jamás había escuchado semejante alarido. Era como el de una calandria encerrada en jaula de oro.

     Por fortuna, el niño motilón tuvo los cuidados y mimos de su reciente amiga, quien durante tres días no salió de la casa de los Carrillo, hasta cuando el chiquillo mimado se repusiera. Pero había necesidad de trabajar y de estudiar. Entonces, empezó la búsqueda de un local para montar una panadería, oficio de Teódulo y de Ana Inés. Con un compadre que también había huido de Pamplona y de Carlos Julio, el hermano mayor, integraron una sociedad y lograron arrendar una casa en el barrio Olaya que servía para los dos propósitos: vivienda y trabajo. Hicieron el negocio con el dueño de la panadería ‘El porvenir’, le compraron una camioneta de reparto Ford Modelo 50 y la

cesión de la clientela quedó pactada. A finales del mes de marzo se instalaron en el negocio que habían soñado. El compadre Manuel Benavides, como socio capitalista, y mis padres, socios industriales, con reparto de utilidades al 50%. La matrícula en el colegio Atanasio Girardot de los profesores Manjarrez no fue problemática. Bastó con los certificados de la Escuela La Salle de los Hermanos Cristianos de Pamplona, sobre aprobación del segundo año de primaria.

      En cuanto a Amanda Jiménez, tampoco hubo mayor obstáculo.

Liovigilda, tía de la niña, entró a trabajar en la panadería y cada que podía, llevaba a la sobrina a su empleo. Los domingos se encontraban en el parque Olaya a contarse los hechos de la semana. Y la felicidad se hizo palpable cuando Carlos Julio, que era el chofer oficial y único de la camioneta Ford, anunció que para el primer domingo de abril de 1955 había planeado el tan ansiado paseo a Puerto Colombia, para conocer el mar.

     La paz, fue completa y sirvió como preámbulo al encuentro de los dos muchachos en busca del rumbo de sus barquitos de papel: El Caribe anchuroso y profundo, sin límites a la vista…

JOSE JOAQUIN RINCON CHAVES