Urge destinación al turismo cultural

Cuatro horas de un rápido avistamiento de historia en solo dos museos: el Gabriel García Márquez y el Quevedo Zornoza

Por José Orellano

Fotos de Claudia Marcela Orellano Silva

     De pronto, de un momento a otro, Zipaquirá se me volvió objetivo croniquero.

     Un zipaquireño, Luis Eduardo González, y un amigo-colega bogotano, Guillermo Romero Salamanca, han sido acicate para que me esté dejando arrastrar por tal ventolera periodística.

     Y es que surgió durante aquel encuentro en la cafetería Juan Valdez del Centro Comercial Santafé a raíz de una pregunta con su posterior respuesta y de varios finos retazos que se recogieron allí y dieron origen a una ligera colcha croniquera con sabor a altiplano —a Zipaquirá, más allá de sus terrones de sal— y a que el suscrito y sus lectores conocieran otro sobrenombre para el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez que no se conocía de a mucho: el de ‘Motas’. No muy Caribe. Auténticamente paramuno.

     A la espera de la confirmación de la invitación a una gastronómica ‘expedición’ por la dinámica histórica —y legendaria también— que late por allí, desperdigada por toda esa accidentada superficie de 197 kilómetros cuadrados que se enclavan en la Sabana Central, urgida de un plan integral de rescate y proyección como destino para el turismo cultural: algo más inmenso —e incluso atractivo, o también incluyente—, que la sede de la Catedral de sal, indiscutido orgullo del pueblo, no hay que negarlo.

     Estando en esa espera, me abofeteó un hecho deportivo que tiene por protagonista a un zipaquireño: Egan Bernal, uno de los ciclistas jóvenes más alabados por los periodistas especializados del otro lado del charco, de la Europa que ya ha dejado de mirarnos como bichos exóticos. Ahora puede que para ellos seamos “la bestia que viene”, que así dice el diario Marca para ensalzar al joven pedalista Bernal, a lo mejor reemplazo, con dotes de superioridad, de Nairos y Rigos y de Henaos, Atapumas, Betancures, Pantanos y Chaves, entre otros.

     Hay que prepararse para ir a saber más cosas también sobre Egan Bernal, sobre ese muchacho que en “Rumania, no muy lejos de las montañas de Chambéry, se coronó campeón del Tour de Sibiu, una competencia para ciclistas menores de 23 años”, como ha informado Marca.

     Mi hija Claudia Marcela me había escuchado hablar de todo cuanto encierra Zipaquirá como cuna de grandes paradigmas en diversas actividades de la vida y como filón turístico —volver a la actualización 109, del 27 de junio al 4 de julio, URL http://elmuellecaribe.co/2-109-el-creador-del-realismo-magico-en-una-magica-realidad-2/— y se animó, animó a la mamá, mi esposa Luz Amparo, y me animó a mí y el lunes 10 de julio, casi al meridiano, decidimos ‘irnos de paseo’ a la tierra no solo de Egan sino de los ‘zipas’ Forero y González, Efraín y Héctor, ciclista y futbolista, respectivamente; del neonatólogo Edgar Rey Sanabria, de los hermanos Gustavo y Germán Castro Cayedo, de los fraguadores del lindero literario de Gabriel García Márquez, Guillermo Quevedo Zornoza, Carlos Julio Calderón Hermida y Carlos Martín… ¡Ah!, ‘La ciudad de sal’, ‘El municipio congelador’… La cuna del Guillermo Cubillos, que la creatividad de José Benito Barros ensalzó como dueño de ‘La piragua’ que navegaba de ‘El Banco, viejo puerto, a las

playas de amor de Chimichagua’…

     A la hora de almorzar, ya estábamos en Zipaquirá, dispuestos a devorarnos, entre los tres, la palangana típica del pueblo, servida como para diez: consomé, gallina guisada, rellenas o morcillas, papa, arepa, plátano con bocadillo y… “por favor una cajita, que el resto lo llevamos para casa”.

     Despachado el almuerzo —a la sazón, súper económico: de nuevo en casa, por la noche, cenaríamos con el sobrante, que después hasta alcanzaría para compartir con dos indigentes y para

preparar un par de ‘calentaos’ para el jefe del hogar—, después del almuerzo, sí, salimos a caminar para bajar llenura.

En zona alta de Colombia, en el páramo, en el altiplano, en el antiguo Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá, todo huele a Macondo: es el Museo Gabriel García Márquez.

     Mi hija, ‘hija de la tecnología’ —Claudia Marcela—, con su iPhone, nos guío hasta la casona que fuera sede del Liceo Nacional para Varones de Zipaquirá en el cual García Márquez cursó tercero, cuarto, quinto y sexto grado, y que hoy está convertido en Museo, de puertas abiertas para entrar a El Macondo paramuno, tangible pero también imaginado, desparramado en esa antigua edificación localizada en un sitio colombiano de eterna niebla hipotérmica alborear. Sus paredes son como páginas del libro ‘Vivir para contarla’, impresas con las más de una centena de referencias garciamarquianas sobre la Zipaquirá-fragua-literaria, la de amores de adolescente, la de soledades

acompañadas, la de frío como congelador. Y me di gusto posando para la inmortalización de esos momentos.

     Me había traído conmigo un ‘brochure’ que encontré en uno de los escritorios del recinto conservado-patrimonio cultural nacional y de la humanidad toda, para exponer aspectos relacionados con el paso del hijo del telegrafista por Zipaquirá y su liceo nacional para varones, y valió la pena la apropiación a hurtadillas. El folleto se titula ‘Vamos pa’l barrio’ e invita al 3er. Festival Latinoamericano de Teatro, que había de desarrollarse entre el 14 y el 23 de julio. Es decir: está en plena escena esta obra de la corporación artística y cultural ‘Inconsciente colectivo’ que proyecta diferentes formas de teatro en diversos escenarios y que —con John Gómez, Jenny González, Yenny Cely, Alejandro  Romero, Tatiana Pachón y 

Ketzaly Gómez: el colectivo de inconscientes— con artistas de seis países, de tres ciudades, de la región y, más importantes aún, de la comunidad de diez barrios zipaquireños, se mueve con la convicción de que vale la pena “la oportunidad de intercambio y experiencias nuevas que el teatro nos regala, porque… ¡El festival lo hacemos todos”, como reza el folleto.

     Cuando salíamos del Museo Gabriel García Márquez —rebosados de ‘Vivir para contarla’, como zambullidos otra vez en las aguas literarias de las 580 páginas de esa obra publicada en 2002—, cuando salíamos de allí, y nos referíamos a lo ‘jartos’ que nos dejó ‘El político’, que así se llama el restaurante, quién sabe cuántas veces escenario de politizadas acciones, comenzamos a buscar una postrería.

     Y mientras el iPhone de Claudia volvía a la acción orientadora se nos atravesó otra casona de esquina con el rótulo ‘Casa Museo Quevedo Zornoza’, perenne homenaje al músico que llenó de fascinación al estudiante García Márquez y quien, junto con Calderón Hermida y Martín, había de ser uno de los forjadores del escritor.

     Se lo comenté a mi hija, le dije: «se llamaba Guillermo, es el autor de ‘La gata golosa’» y ella no dudó en agilizar el ingreso. Nos brindaron atención personalizada tanto la directora Zoraida Chávez Posada como su asistente Priscila Puche —una joven ciudadana uruguaya fascinada con Zipaquirá—,  y vaya sorpresas: ¡Con cuántas cosas nuevas

sobre historia antigua había de encontrarnos en tan cálido y mágico lugar!

     Allí —en esta casa de estilo republicano con “reminiscencias coloniales”, construida en 1840 por el ingeniero y comerciante escocés Alejandro Mac Douall— “reposa gran parte de la historia social, artística, cultural y cívica de Zipaquirá”, de acuerdo con la información que nos suministra doña Zoraida. Allí, ¡los ojos no se cansan de mirar! Viejas cosas, apenas nuevas para la percepción intelectual, como aquella vieja lavadora, lavadora de ropa, de aquellos años idos. Construida en puro hierro, con manubrios para generar la fuerza centrífuga y rodillos para el pre-secado. ¡Vaya!, cómo

saciamos curiosidad e imaginación en torno a la servidumbre ‘tirando manubrio’, como si estuviera moliendo maíz, para poder dejar

De director a directora: José Orellano con Zoraida Chávez Posada, en los interiores de la Casa Museo Quevedo Zornoza, en la acogedora Zipaquirá.

impecable la ropa de los patronos. En esta casa-relicario “se guardan los secretos de tres generaciones de la familia Quevedo, quienes se distinguieron como cultores de las artes, en especial la música”. Y de pronto imagino una cajita de música, cuando pasamos vista por ‘la sala de música’, el piano que fue de Francisco de Paula Santander y el contrabajo y otros instrumentos musicales, porque allí se evoca al maestro Guillermo Quevedo Zorzona, el de ‘La gata golosa’, ‘Amapola amapolita’ y el himno de Zipaquirá, entre infinidad de temas, cofundador, nada más ni nada menos, del Conservatorio de Música de ‘La capital musical de Colombia’: Ibagué-Tolima.

     Mientras recorríamos salones, paseábamos por la zona de los patrones, oteábamos por la sala principal y la mesa puesta con vajilla de porcelana china —todo un lujo para impresionar invitados a compartir almuerzo o cena o desayuno—, husmeábamos por el auditorio Conchita Quevedo, lanzábamos monedas a la ‘fuente de los candados’ en el ‘patio de los enamorados’ y traspasábamos por fin la línea invisible que separa toda esta área de los señores de la zona de la servidumbre en aquellos años —‘zona familiar’ y ‘zona del servicio’—, nos extasiamos conociendo información. Supimos, someramente, del general Nicolás Quevedo Rachadell, del maestro Julio Quevedo Arvelo y de doña Conchita y doña Blanquita Quevedo Zornoza, una de ellas pintora de paisajes que parecen fotografías, y supimos también sobre el porqué de tantas máquinas de coser acumuladas en el salón de costuras, con moldes para ropa y sombreros colgados en las paredes.

     Allí está el museo, a cargo de la Fundación Nacional de Zipaquirá, Funzipa, entidad que lidera sentido de pertenencia por la histórica ciudad, “por la preservación de nuestra tradición, por nuestra identidad zipaquireña”. Lo hace, puntualiza, “desde el más puro escenario histórico y cultural, con aroma de romanticismo, patina de tradición e identidad, con el eco del poema y las notas

He ahí un modelo de antiguas lavadoras de ropa… El autor de la crónica no se la había imaginado nunca antes. Mucho menos las conocía… ‘Pervive’ en la Casa Museo Quevedo Zornoza.

 melodiosas de los magníficos Quevedo, desde la casa Museo Quevedo Zornoza”.

     Fueron menos de cuatro horas repartida en esos dos museos. Apenas un par de estaciones en la que ha de ser

 una extensa ruta de historia, cultura, religión, deporte, gastronomía, más allá, muchísimo más allá de meras ‘huellas de sal’ en la bendita ‘ciudad de la sal’.

     Ahora sigo leyendo el diario Marca de España, concretamente sobre el referente más fresco de Zipaquirá, “la bestia que viene”… “el campeón del futuro”… “una de las revelaciones del pedalismo en el mundo”, Egan Bernal, quien se prepara “para correr el Tour de l’Avenir —la carrera francesa con ciclistas menores de 25 años que muchos consideran el semillero para las grandes competencias—, en donde es uno de los favoritos. La misma que ganaron los colombianos Alfonso Flórez, en 1980; Martín Ramírez, 1985; Nairo Quintana, 2010; Esteban Chaves, 2011, y Miguel Ángel López, 2014. Y no solo ellos, sino también grandes leyendas del ciclismo como Felice Gimondi, 1964; Joop Zoetemelk, 1969; Greg Lemond, 1982, y Miguel Indurain, 1986”.

     Y entonces, vuelvo a Zipaquirá. Por fin encontramos la repostería. ¡Y qué delicias de postres! Entre cucharada y cucharada, reflexiono: A Guillermo Romero Salamanca le sobra la razón. No se justifica que mucha gente en Zipaquirá lo trate de hijueputa porque él los critica, “porque les digo que no han sabido explotar desde lo turístico, la historia que encierra este pueblo”.

     Sí, Guillermo tiene razón.

Fachada de la Casa Museo Quevedo Zornoza y la ‘Fuente de los candados’ en el ‘Patio de los enamorados’. Había que lanzar, de espaldas, moneda porque la fuente opera como un ‘Pozo de la dicha’.