Cuento largo o novela corta de JJ (I y II)

Nota del director: Con suma complacencia comenzamos a re-publicar la obra literaria del abogado y periodista barranquillero José Joaquín Rincón Chaves ‘Hotel Puerto Colombia’ —él viene publicando en Facebook— por todo lo que connota… Afectos muy intensos hacia ese pueblo genuinamente costanero, puerta de oro de la Puerta de Oro de Colombia, pero, sobre manera, lo que conlleva en relación con el nombre de esta página de Crónicas y Opinión: El Muelle Caribe, Homenaje perenne al muelle de Puerto Colombia. Primer y segundo capítulos.

INTRODUCCIÓN

     En el relato se manifiesta el esplendor y caída de un pueblo de la costa caribe en los años 30 a través de una historia que tiene como protagonistas a dos personas que tienen sus vivencias, cada cual, desde su propio ángulo y un poeta extraordinario, que sirve de enlace de la narración con párrafos de sus versos. El autor utiliza la técnica literaria o cinematográfica mediante la cual se entrelazan hechos del pasado, como sustento a parte de la obra, para narrar situaciones que explican la conducta de quienes son protagonistas del cuento largo o de la novela corta, según lo considere el lector.

I EL ENCUENTRO

     La trinitaria, recién florecida, enmarcaba de rojo el espacioso patio. Sentada en una mecedora de mimbre, balaceándose sobre las baldosas multicolores del sardinel que rodeaba aquel jardín interno, la niña Patricia Garcés, con sus diecisiete años recién cumplidos, miraba el pedazo de cielo que se colaba entre los tejados del viejo caserón.

     Su madre la había recluido, apartada de la vista de todos, en un lejano cuarto de la estancia y solo le permitía tomar un poco de sol, a la media mañana de cada día. Su pequeño pie izquierdo impulsaba, rítmicamente, aquella silla, mientras sus pensamientos escapaban hacia el muelle cercano, testigo de la causa de su encierro.

     Meses atrás, mientras caminaba sobre la mole de cemento que Francisco Javier Cisneros había construido en el pequeño puerto para recibir los grandes barcos de más allá de los mares, se había acercado entre curiosa y sorprendida al lugar donde atracaban los navíos más enormes, según la vista le indicaba. Un pequeño tren recorría por más de un kilómetro la rígida estructura para recoger la carga que diligentes estibadores bajaban de los barcos. Los pelícanos y las gaviotas se lanzaban sobre las olas disputándose los peces que rizaban el agua y ella, con su bella sonrisa, imaginaba también alzar el vuelo para surcar el aire y llegar a otras tierras. Entre las barandas del muelle, pescadores ocasionales lanzaban sus anzuelos al agua en busca de atrapar algún jurel para llevar a casa.

     Desde la proa del Almería, el capitán Juan Carlos Aragonés observó la pequeña figura que se entremezclaba con la creciente agitación de las gentes en las plataformas de descargue. Le resultaba un poco conocida. Aguzó la mirada, recurrió a los recuerdos y logró fijar el sitio en donde antes había contemplado a la niña que deambulaba por el muelle.

     “Claro, es la jovencita que vive en la pensión donde me hospedo”, dijo para sí.

     Era hermosa y le había llamado la atención desde cuando se registró en el hotel. Parecía familiar de los dueños por la desenvoltura con que se movía por los pasillos de la casona que, en su pórtico, lucía un vistoso letrero de madera en el cual resaltaba el nombre del establecimiento: Hotel Puerto Colombia.

     Cada vez que llegaba a tierra firme se alojaba en algún sitio cercano al puerto que tocaba, pero era la primera vez que, en una de esas paradas, alguien le llamaba la atención, especialmente en este país, pensó, mientras rápidamente bajaba por las escaleras adosadas

a un costado de la nave. Tenía treinta años. Su familia en España veía con preocupación el poco interés de Juan Carlos por constituir un hogar. Tal vez por la situación política en que se debatía el viejo reino años antes de la guerra civil. Republicanos y sublevados habían iniciado sus primeras escaramuzas desde 1921 y la población civil era arrastrada al conflicto. El panorama no se prestaba para pensar en construir familia. Por la península, cada quien se acomodaba en el bando que más le atrajera. Algunos, por un gobierno administrado por civiles, sin realeza de por medio. Otros por un gobierno fuerte y autoritario, con militares al mando. Juan Carlos se inclinaba por los civiles. Al fin y al cabo, su andar por los mares le había enseñado a respetar la opinión del contrario y su derecho a aspirar a realizar cambios en la sociedad. En este estado de conciencia, le sorprendió el viaje por América del Sur y su arribo al poblado caribeño de Colombia en donde ahora se encontraba.

     Cuando terminó de bajar la escalera, se recompuso la gorra de capitán y se ajustó la chaqueta, pensando en impresionar a la damita que ya estaba a medio camino de la punta del muelle. Se acercó sin disimular su interés y la abordó con un saludo jovial que sorprendió a la viandante por lo espontáneo, pues a primera vista no sabía de quien se trataba.

     “¿Qué hace esta gitanilla fuera de Andalucía? ¿Será que García Lorca no se ha percatado que su musa se vino por los aires a América?”

     La joven sonrió ante el requiebro y la voz con acento español. Por los años vividos en el hotel, sabía distinguir la procedencia de muchos de quienes recalaban en el pueblo marino. El joven capitán, alentado por la atención de la muchacha, continuó su acercamiento:

     “Perdone la impertinencia, pero es que desde que la vi, quería hablar con usted”.

     La mozuela no sabía que responder, pues el rostro del hombre no le resultaba conocido.

     “Comprendo su desconcierto, es que la he visto en el hotelillo en donde me hospedo y me ha gustado su modo de atender a la gente. ¿Es que trabajas allí? ¿O ha sido casualidad encontrarla andando por los pasillos con mucha familiaridad?”.

     Juan Carlos disparaba párrafos enteros temiendo perder la atención de la, hasta ahora, desconocida, pues ni su nombre había logrado aún conquistar. La chica entre sorprendida y divertida soltó una risa cantarina que encantó más aún al galancete atrevido que había interrumpido su paseo marino. Por supuesto que ella sabía de García Lorca, el poeta de moda en España. En las noches, con la familia en un gran salón del hotel, recitaba sus versos y tocaba la guitarra. ‘El romancero gitano’ era su libro preferido y en él, se extasiaba con ‘Preciosa y el aire’. Colmaba sus ansias juveniles y se sentía un poco protagonista de ese trozo de gitanería. La mención del paisaje que hacía el poeta gitano, lo comparaba con su Puerto Colombia. El mar, los peces, los pinares de los montes, las faldas de las montañas y ese viento apasionado narrado por Federico, siempre le seducía y se elevaba entre susurros de amor cada vez que lo cantaba.

     Por eso, el marinero le pareció simpático cuando, sin saber, en su flirteo citó a García Lorca. Y mucho más atrayente, cuando le dijo que se alojaba en el hotel de la familia. A partir de ese momento, los dos caminos se unieron. Recorrieron de regreso, una a una, las losas del embarcadero. A ratos, ella jugueteaba, haciendo mil malabares, sobre los rieles del tren y a ratos se detenían para contemplar las verdes lomas que rodeaban al Puerto. Pescadores de ilusiones, saludaban a la niña por conocida y al capitán por ir

con ninfa atrevida. Los vendedores de frutas, a la entrada del malecón, ofrecieron sus sabores a los recién conocidos. Mamoncillos y ciruelas, mangos y piñas maduras, patillas y uvas jugosas, besaron la boca fresca de la niña consentida, como más tarde lo haría el viento vuelto marino.

     La tarde empezó a caer. El desfile de alcatraces y gaviotas se enmarcó sobre el sol rojo que empezaba a entrar en el lejano oleaje, trazando un camino de fuego sobre las aguas que llegaba hasta la playa blanca. Juan Carlos, olvidado del barco anclado en el embarcadero, mientras Patricia con su guitarra saturaba los aires con acordes gitanos de sus cuerdas alegres y, entre los dos, recitaban versos de Lorca, como preludio al amor que escapaba de sus cálidas venas.

     En el aire conmovido/ mueve la luna sus brazos/ Y enseña, lúbrica y pura/ sus senos de duro estaño.

     Huye, luna, luna, luna/ Si vinieran los gitanos/ harían con tu corazón/ collares y anillos blancos.

     Respondiendo a sus instintos, la ninfa gitana y el capitán del mercante, sin que nadie cuenta de diera, se rindieron uno a la otra y en instantes de pasión, en medio del anochecer porteño, sus pieles se confundieron, sus bocas se sellaron una y mil veces, mientras la luna marina se subía sobre los cerros…

II LA PARTIDA Y LO INESPERADO

     Cinco días después, El Almería, con su capitán en cubierta, partió para España. Los amantes furtivos lloraron el adiós sin reservas. Al regreso del buque a Colombia, el ibérico y la niña gitana gritarían su amor a las gentes curiosas y, sobre todo, a la madre, dueña de la posada, aun cuando siempre se ha dicho que, en pueblo pequeño, es difícil esconder los secretos. Sin embargo, un hecho que no conocían los enamorados surgió como roca insalvable. En Granada, como en toda la península, la guerra civil se hizo eterna. Hermanos contra hermanos, en busca del poder y en medio del fragor, los navíos en los puertos anclados, sin marinos, pues estos marcharon al combate sangriento, destruyendo sociedad y familias. Hasta el Poeta fue fusilado, como presagiando también el final de los amantes por sus versos gitanos en un pueblo olvidado.

     La hermosa ninfa detuvo el incesante mece-mece. En su interior, crecía una criatura que esperaba el regreso del marinero sin barco, anclado en España. Sus angustias las había encerrado la madre en aquel corredor de la roja trinitaria, donde ocultaba su grande pena y, en su mente juvenil, cada mañana llegaba el romance del gitano:

     El silencio sin estrellas/ huyendo del sonsonete/ cae donde el mar bate y canta/ su noche llena de peces.

     Mientras la niña cantaba la pena de su abandono, Juan Carlos, el capitán sin nave que dirigir, había sido atrapado en España en medio de los combates entre republicanos y falangistas. El Almería ya no surcaba el Atlántico hacia las Américas. Había sido destinado para transportar armas desde Rusia para las huestes republicanas compradas con el ‘oro de Moscú’, unas reservas que el gobierno había depositado en esa nación para comprar fusiles, cañones viejos y uno que otro alimento. El joven capitán había sido relevado del puesto y obligado a servir como simple soldado en las barricadas cercanas a Tarragona, defendiendo el pensamiento republicano.

     En las noches, su mente se perdía en las luces celestes y viajaba hasta el puerto perdido en el Caribe. Se llenaba de las tardes vividas con la gitanilla del hostal y trataba de encontrar en sus recuerdos el aliciente para no morir en aquellas trincheras cavadas por la insensatez del hombre. Se había hecho la promesa de regresar a Colombia apenas la guerra terminara, pero la intervención de otras naciones financiando las muertes de miles de españoles, para permanecer en el poder o para conquistarlo, hicieron que la voluntad del enamorado se demorara mucho tiempo.

     Solo los versos de García Lorca y la imagen de la niña sobre el muelle le sostenían la vida. Flaqueó en un septiembre 8 de 1936, cuando supo que al Poeta le habían asesinado cerca de Granada. Había sido fusilado en la madrugada del 20 de agosto por ser simpatizante de los republicanos. Se le acusó de ser espía de los comunistas y, por ello, una escuadra de esbirros falangistas le dio muerte en forma cruel. Juan Carlos sintió que la tragedia provocaría en su amada, si es que aún le recordaba, una inmensa tristeza y que, a solas, recitaría en silencio los poemas que les habían unido.

     Desde el día que había tenido lugar el encuentro de Patricia y Juan Carlos, y el asesinato de García Lorca, habían transcurrido unos cuatro años. El pronto regreso se pospuso mientras la guerra no daba señales de terminar. Nada habían sabido el uno del otro, pero el andaluz mantenía en firme el retorno a la vida que estaría al otro lado del

Atlántico, sobre un muelle perdido en la costa caribe.

     En Puerto Colombia, la actividad en el embarcadero no había cesado desde la salida del Almería. Las gentes trataban de asimilar la amenaza que significaba la construcción de unos muelles, aguas arriba de

Bocas de Ceniza. De seguro los empresarios y los políticos de Barranquilla se unirían para acabar con la llegada de barcos de carga y de pasajeros a su pueblo marino. Uno que otro porteño se ocupaba en averiguar sobre las cosas propias de su terruño, una casi esencial a todo poblado pequeño: la vida de sus vecinos.

     Se echaba de menos la risa cantarina y la voz dulce de la niña Patricia Garcés. Desde que tuvo sus amores con el capitán de un barco español, el puerto había perdido a uno de sus encantos. Solo se conocía que estaba en un cuarto apartado de la vieja casona del hotel y que, de mañana en mañana, rasgaba una guitarra y recitaba los romances de un poeta de Granada al pie de una trinitaria que adornaba el patio. Nadie transitaba hasta el sitio de reclusión. Solo la madre de la joven, para llevarle el alimento. Ni sus hermanos podían verla. Solitaria esperaba al capitán que

había prometido pronto regreso, mientras su piececito daba impulso a la mecedora de mimbre donde reposaba, con su incipiente embarazo, mientras susurraba:

     "Noche arriba los dos con luna llena,/ yo me puse a llorar y tú reías./ Tu desdén era un dios,/ las quejas mías/ momentos y palomas en cadena/.

     "Noche abajo los dos./ Cristal de pena,/ llorabas tú por hondas lejanías./ Mi dolor era un grupo de agonías /sobre tu débil corazón de arena." 
     (Fragmento de Noche del Amor Insomne)