Del cronista soy yo, por partida doble

     Aquella frase, escrita en pasacalles colocadas en sitios estratégicos de la ciudad de Medellín a finales de los años sesenta, llamaba poderosamente mi atención: “AQUÍ ES DICIENDO, HACIENDO Y ¡LISTO!”

     Quedó grabada en mi memoria para siempre y, desde entonces, ha impulsado y motivado los proyectos que he emprendido en la vida. Otras frases como “Del dicho al hecho hay mucho trecho” o “puro tilín, tilín y nada de paleta”, en nuestro argot costeño, caribeño, no significan lo mismo, pero sí son como acicate para que no se hable en excesos y se haga lo proyectado.

     Y uno de los proyectos en que me embarqué, homenaje a compositores que le han escrito y

cantado a Barranquilla, fue haciendo. Sí, se hizo realidad.

     Vinculado al Instituto La Salle como docente en el área de música, década del decenio de los ochenta, propuse alguna vez, en la semana cultural, rendir un homenaje de reconocimiento a los artistas que habían cantado y escrito composiciones dedicadas a Barranquilla. Un proyecto que puse en marcha aplicando la frase: “Aquí es diciendo, haciendo y ¡listo!”. En la lista de invitados estaban Esthercita Forero, Alcy Acosta, Joe Arroyo, Nury Borrás, Rafael Campo Miranda, mi profesor de solfeo en la Escuela de Bellas Artes Antonio María Peñaloza y Adolfo Echeverría.

     Ese día, aquel viernes que culminaba la semana cultural lasallista, los estudiantes se habían concentrado en el patio salón para disfrutar de una programación variada, pero el punto central era recibir a nuestros ilustres invitados y hacerles entrega a cada uno de ellos de un diploma de reconocimiento por el aporte cultural y musical a Barranquilla.

     El homenaje estaba programado para las diez de la mañana, el comité de recepción integrado por alumnas de grado once tenía todo preparado. A las diez y cinco se presentó Alcy Acosta, acompañado de su esposa… luego hizo su entrada Esthercita Forero, quienes fueron los que no tuvieron inconvenientes para asistir al evento programado. Esthercita, por compromisos adquiridos, tuvo que ausentarse antes de lo esperado.

     Presentados a la comunidad educativa los ilustres visitantes, se realizó una especie derueda de prensa,  en la cual los estudiantes

hicieron preguntas sobre la vida y composiciones musicales de los artistas invitados.

     En el escenario estaban los instrumentos musicales del Grupo Armonía, integrado por voces selectas, quienes habían hecho su presentación minutos antes, contagiando de alegría a los estudiantes lasallistas.

     De pronto los jóvenes empezaron a corear el nombre de Alcy Acosta, a quien solicitaron subiera a la tarima y cantara algunas de sus canciones. Alcy no podía creer que esa juventud influida por otro tipo de música quisiera escucharlo. Entonces invité a Alcy a tarima para que interpretara, acompañándose del piano, una de sus tantas obras conocidas: ‘La copa rota’. El silencio entre los estudiantes era total, la voz de Alcy los tenía hechizados y algunos hasta empezaron a corear la letra de la canción. Finalizada la canción el aplauso fue atronador, y al unísono los jóvenes gritaban “Otra, otra, otra”. Alcy estaba conmovido, sorprendido, diría que anonadado, y una lágrima lentamente empezó a bajar por su mejilla. Solo pronunció “Gracias” y nuevamente sus manos empezaron interpretar otro tema que enloqueció a los estudiantes:

Por qué se fue y por qué murió.. 
Por qué  el señor me la quitó... 
se ha ido al cielo y para poder ir yo 
debo también ser bueno,  para estar con mi amor.

     ¡Ay, Señor! Era indescriptible lo que estábamos viendo aquella mañana de mayo. Alcy estaba convencido que su público era solo gente mayor, y no podía creer que mientras entonaba sus reconocidas canciones, un público conformado por jovencitos estudiantes de primaria y bachillerato había coreado a voz en pecho sus canciones.

     Y para cerrar con broche de oro, interpretó la canción “Traicionera”. Definitivamente, Alcy se metió de lleno en el corazón de aquel público juvenil.

     Finalizada la presentación, el aplauso se prolongó por algunos minutos y Alcy, de la mano de su esposa, agradeció de corazón ese gesto de recepción  y acogida a sus canciones.

     La Salle había escrito una página musical sin precedentes. Y Alcy Acosta dejó impregnada su voz en cada rincón de aquella institución educativa y en el corazón de cada uno de sus estudiantes.

     Hoy evoco con nostalgia aquella programación de la semana cultural lasallista —evoco mis más de doce años trabajados en esa institución en el área de música— como una experiencia significativa en mi labor como docente (1983-1994). De mis estudiantes aprendí lo importante que es ofrecer nuevas alternativas en su formación como ciudadanos del mundo. Aprendí que más allá de esa influencia musical foránea, que más allá de lo que los muchachos escuchan en las estaciones de radio, hay una identificación y aprecio por nuestros artistas

y su música. Hoy otro tipo de música como el reggaetón, la champeta, el rap han acaparado la atención de los jóvenes y sepultando en el olvido nuestra riqueza musical caribeña. De allí la importancia de retomar y programar en los establecimientos educativos tanto oficiales como privados la apreciación sin límites a lo nuestro.

     La filosofía de los hermanos de la Salle con su estrella de virtudes lasallista y el lema ‘La exigencia da excelencia’, aportaron a mi vida un estilo de vida que marcó definitivamente mi vocación en la docencia.

Croniquila II: Tarde de bohemia acompañada de guitarra

     Con mi guitarra al hombro y un sueño por hacer realidad, aquella tarde de junio de 1986 había llegado a la plaza de la iglesia parroquial de San Antonio de Padua de Soledad.

     Di vueltas a su alrededor, buscando a alguien que me contactara con Efraín… Y mi búsqueda no restó infructuosa: un joven que andaba en su bicicleta me condujo a una cantina de esquina ubicada a unos cuantos pasos de la parroquia y me dijo: “Yo se lo voy a buscar, espere un momento”.

     Transcurridos algunos minutos, el joven llegó acompañado de Efraín. Agradecí a aquel muchacho su gesto de buena voluntad. No podía creer que estaba al frente de uno de los cantautores de temas de reconocida trayectoria en la palestra musical, el autor de ‘El mochilón’, tema que fue grabado por la Sonora Matancera en la voz del pollo barranquillero Nelson Pinedo. Otra versión conocida fue la grabada por la Billos Caracas Boys. Dos grabaciones que dieron a conocer el nombre del soledeño en el ámbito internacional.

     Al presentarme como docente del Inem Miguel Antonio Caro y manifestarle que era mi sueño conocerlo, pude percibir esa sencillez y humildad que lo caracterizaban. Lo saludé efusivamente, estreché sus manos y nos dimos un cálido abrazo, como si la música creara un estrecho vínculo de amigos conocidos de hace mucho tiempo, cuando

apenas nos distinguíamos.

     En aquella cantinita, se escuchaba en un traga-níquel, temas de Pacho Galán y de Alcy Acosta, a bajo volumen. Unas mesitas con su mantel y sus sillas de madera, invitaban a un encuentro para tarde de bohemia.

     Efraín seguía sorprendiéndome con su acogida, solicité al cantinero una botella de Ron Blanco y una soda. Brindé por aquella oportunidad que me daba de disfrutar de su compañía e iniciamos una charla amena, en la cual yo hacía muchas

preguntas sobre sus composiciones, sobre el motivo de su inspiración… Transcurridas algunas horas, más prendío que cumbiamba en carnaval, desenfundé mi guitarra y le canté algunas de sus canciones. El cantinero amablemente detuvo la música del traga-níquel y se sentó a compartir con nosotros aquella tarde de bohemia improvisada.

     La charla era cada vez más emotiva, mi alegría y satisfacción de estar compartiendo con Efraín no tenían límites. Le entregué la guitarra y comenzó a entonar canciones ya conocidas de su repertorio y otras que no habían sido grabadas, temas plagados de mucho romanticismo y que yo aplaudía efusivamente cada vez que las interpretaba. La letra de cada canción tenía su motivo de inspiración y Efraín contaba con detalles cómo en su casa, sentado en su

taburete, llamaba a gritos a su esposa para que le consiguiera un lápiz y papel cuando la musa lo visitaba con su caudal inspirador.

     El maestro Efraín contaba en lenguaje sencillo y ameno los hechos que lo inspiraron a componer una de sus canciones más conocidas: ‘El mochilón’.

     Entrada la noche, rodeado de parroquianos que se unieron a tan ameno encuentro, no tenía palabras para expresar al maestro soledeño mis agradecimientos por haberme dedicado algunas horas de su compañía, en aquella tarde de bohemia que disfruté al máximo.

     Un sueño se había hecho realidad. Aquella tarde, las canciones de Efraín Orozco Araujo quedaron grabadas en mi memoria y la guitarra —alcahueta de mis requiebros musicales— complacida, llevaría en su caja de resonancia la voz de aquel hijo de Soledad que había tenido la deferencia de compartir conmigo una tarde de romántica y enriquecedora vagancia.

     Croniquilla escrita para el apreciado estibador Jose Orellano, director de elmuellecaribe.co actualización No.112 (FMM: El cronista soy yo).