Pinceladas literarias para mágicas realidades

     Muchas son las anécdotas que se pueden contar de mi casa, en especial en torno a esa bella mujer que marcó nuestras vidas y sigue siendo un hito en nuestra familia.  Me refiero a mi mamá, Concepción Avendaño de Rocha, de quien me siento muy orgulloso por haber recibido todo su amor, la educación, los valores y, sobre todo, el haberme dejado bien claro lo que significa la palabra servicio.

     Mi casa era un punto de convergencia de toda la familia. Su dirección y teléfono eran conocidos por todos: Avenida Crisanto Luque No 36-102, Tel: 21114-Cartagena de Indias.  En ella pernoctaron amigos, conocidos, familiares en todas la líneas y grados de parentesco e incluso personas que nunca supimos quiénes eran.

     Nosotros nos levantamos viendo llegar gente de toda clase social, académica y 

cultural; ricos, pobres, estudiantes, profesionales, evangélicos fanáticos, pastores llevaos, campesinos, comerciantes, cachacos, sabaneros, indios, politiqueros, gente de todo pelo y color, habladores y hasta timadores que, después, nunca hemos vuelto a saber de ellos. En medio de esa gran variedad de visitantes, no faltó uno que, según él, era del extranjero, por eso el doctor Miranda decía cuando llegaba a la casa que “¡Aquí se pierde hasta un policía de tránsito!”.

     Y qué decir de los enfermos que transitaron en busca de ayuda o de las mujeres que decidían que la casa era el sitio donde se sentían segura del nacimiento de su prole. Mi mamá se volvió experta en tratamiento de locos que veían pispiripi o que se sentían Napoleón. Y no era extraño ver llegar personas que se sentían Cristo en persona u otras que hablaban todo el día. Por todo eso, mi mamá mantenía siempre en la casa un kit de sedantes que eran capaz de dormir un tigre. Además de esas virtudes, mi señora madre conocía a la perfección un montón de oficios como enfermera especialista en cuidado intensivos, sicóloga práctica, relacionista, tesorera de la iglesia y hasta casamentera de noviazgos imposibles. Digo práctica, porque para ella resultaba mejor regalo una bola de jabón que un ramo de flores, por las necesidades que demandaba su labor solidaria.

     Cualquier día mi mamá recibió una llamada telefónica del pastor Víctor Martínez, quien, en busca de deshacerse de un hueso, solicito a mi mamá posada para un señor que había llegado del extranjero, petición que mi progenitora recibió con mucho agrado, toda vez que para ella la palabra hermano de la iglesia, familiar y enfermo significaban compromiso. De una, tomó cartas en el asunto y le comunicó a mi señor padre que para la casa vendría un ilustre visitante, lo que ocasionó, como todas las veces, que mis hermanos y yo fuéramos desalojados del cuarto y pasáramos a dormir a otra parte. Mi papá, como siempre, con ese gran amor por lo que hacía su esposa, sin decir palabra, veía cómo mi mamá daba órdenes sin parar, sin tener que ver quién era el subordinado: “¡Fulano, tú haces esto!... ¡Perencejo, barres el patio!... ¡Tú, bota la basura!”, toto lo cual le valió que a algunas de sus sobrinas no les agradara de a mucho visitar a la tía Conchy.

     Todo estaba listo, cuando de pronto Ariel me llamó y me dijo: “¡Corre, que llegó el extranjero!”. Efectivamente, asomado en la ventana de la entrada de la casa, estaba un señor bien extraño que, de seguro, hubiera motivado a Gabriel García Márquez o a Juan Gossaín a hacer una descripción del sujeto en mención en una de sus novelas. Se escuchó el chillido del timbre, Jorge abrió la puerta y apareció el enigmático personaje.

     —¡Adelante! —Mi padre se levantó de su mecedora, en la cual, arrellanado, leía un tratado, y con andar de paso corto, propio del protocolo de quien recibe un embajador o ministro de Estado, se acercó hasta donde el visitante, pero la figura del extranjero lo obligó a una mirada de asombro, envuelto en halo de asco, cuando el olor que emanaba del personaje penetró hasta las más profundo de sus narices. No sabía si estaba de frente una fábrica de suero o en un cagadero representado en aquel hombre, escuálido y narizón. ¡Su halo era de mierda!

     El individuo era alto, encorvado, con brazos largos y manos grandes, su cara mostraba una tremenda nariz larga que cubría desde la frente hasta el labio superior, un cuello largo y arrugado con un ‘mamón’ —así llamábamos la protuberancia que, a la altura de la tráquea, llevaban los hombres llevaos de antes— que igualaba a su barba, los ojos hundidos, con espabilar lento y soñoliento de quien tiene varios días de estar pasando ‘filo’ o hambre física. Calzaba unos zapatones que sobresalían de la bota del pantalón, ya que sus puntas estaban corroídas y tiradas hacia arriba y mostraba unos tacones comidos de medio lado, ¡calzado tenían sus siglos de no conocer la palabra betún o zapatero!  El pantalón, en algún tiempo fue color café, pero por el uso, y el abuso, había tomado una

coloración  igual a la tierra,  que  contrastaban con unas líneas negras de mugre en el borde de sus bolsillos laterales; su camisa parecía guindada de un gancho por la forma que le daba la osamenta en los hombro, misma estaba transparente por el sudor y el sol que había aguantado; bajo sus axilas, sobresalía, como estampado, un arco iris que se fue formando con vetas que deja los grajos más profundos que puede soportar un ser humano.

     El señor saludó a mi padre con acento extraño, lo que impresionó al anfitrión.

     “Mucho gusto, Luis Orestigui, para Atilano Rocha… Atilano para Luis Orestisgui”, pronunció el tipejo, mientras que mi papá, con voz apenas audible, respondió el saludo con toda la cortesía del caso, sin dejar de buscar con la mirada y abriendo sus fosas nasales de donde salía ese olor oscilante entre cuero mojado guardado y mierda física y que se había acrecentado con el aliento del ‘ilustre huésped’.

     El señor visitante entró a la casa y se sentó en la sala, mientras que mi mamá llegó a presentarse con todo ese entusiasmo con que recibía a las personas que llegaban a su morada. Inmediatamente, mientras el huésped hablaba inundando el ambiente de sus malos olores, mi madre sacaba conclusiones mentales sobre qué sobrino o conocido cercano tenía la talla de ese señor para buscarle ropa y alistarlo para un culto al cual iría el extranjero, según dijo, en horas la noche. Mamá tomó el teléfono y llamó a Decio Miranda para pedirle ropa y después hizo otra llamada, a Juvenal Escorcia, con el mismo propósito. Como nadie se atrevía a decirle que no, en media hora estaba su sobrino con una maleta con los sacos y vestidos que eran parte de sus recuerdos de su estancia en Medellín o como funcionario de la Caja Agraria. No faltó en llegar Juvenal con unos zapatos y pantalones en buen estado. Ambos se morían de la risa al ver ‘los viajes’ en que se montaba mi mamá cuando de un ‘hermano de la iglesia’ se trataba.

     Al marchase, los dignos colaboradores fueron vacunados con dos mil pesos cada uno para la compra de una bolsa de fab, una botella de límpido y dos bolas de jabón, con el propósito de mandar a lavar la ropa del señor Luis Orestigui. Actividad que, por supuesto, había recaído previamente en Elda, quien refunfuñando se negaba a someterse a tremendo oficio de desinfección de tales harapos.

     El extranjero se irguió un poco cuando escuchoó el chirrido de la carne soplavientera que Elda había tirado en el caldero. Este olor, unido al de un ñame que hervía en el fogón, subió y bajo el ‘mamón’ que tenía el visitante en su pescuezo y, más aun, cuando escuchó la voz de mi mamá que, con acento sanjuanero, invito al señor a la mesa para comer. “¡Venga a comer Hermano!”.

     El hombre se sentó ante la vianda servida y vio con esos ojos que comenzaron a crecer en la medida se ponía en un plato toda la carne y en otro un ñame humeante que parecía un pan. No habían transcurrido cinco minutos cuando este extranjero, llevao y liso, se había metido, entre pecho y espalda, cuatro libras de ñame y dos kilos de carne, contando entre bocado y bocado la trama inentendible de una novela que, según, había escrito. Relato del cual no sabíamos cuál tenía más erotismo extraño, si el del visitante o el libro escrito por el hijo de Decio que vivía en Medellín y por estos días estaba de visita donde mi tía Isabel, promoviendo su obra literaria.

     Tras un momento de silencio entre los contertulios como consecuencia del ruido de la licuadora y los golpes contundentes para ‘esmigajá’ una bolsa de hielo que parecía una piedra, mi papá aprovecho para hacerle la pregunta que rondaba en la cabeza de los presentes:

     —¿De dónde es usted?

     No había terminado la frase refinada de mi progenitor cuando la pronta respuesta del visitante se hizo escuchar.

     “Soy de la Argentina, che. Nací en Buenos Aires y desde hace mucho tiempo vengo de país en país visitando iglesias y promocionando mi libro. Incluso, dicto conferencias sobre la trascendencia del espíritu en la estratosfera del conocimiento cristiano y sus implicaciones en el pecado”.

     Tronco de título, no hay duda, y siguió con su perorata, mientras iba aumentado el tono de la voz y apretaba la garganta para hacerse el gracioso y para que se escuchara el acento gaucho para impresionar el auditorio. Mientras, paraba las orejas tratando de escudriñar si el jugo que se estaba preparando venia para la mesa como medio para desatracar el suculento banquete de carne y ñame que se había metido en menos de lo que canta un gallo.

     Con lo que no contaba este personaje timador, era con el hecho de que mi papá era buen lector, hombre formado en la ciencias humanas, por lo cual no faltó que mi padre comenzara a arrugar la frente buscando una interpretación al título de la conferencia y al tal libraco que se refería el visitante: ¿‘La trascendencia de 

espíritu en la estratosfera del conocimiento cristiano y sus implicaciones en el pecado’?, resonó en el pensamiento del anfitrión, pero sus buenos modales y el profundo amor por las cosas que hacia mi mamá, lo obligaron a guardar un silencio incrédulo.

     Mis hermanos mayores, que para la época cursaban estudios universitarios, veían con desconcierto y algo de molestia al mentiroso que no dejaba de hablar agitando el ‘mamón’ de abajo hacia arriba, produciendo el asqueroso sonido “gluo… gluo… gluo” cuando se empinó el vaso de jugo de guayaba agria, que solo bajó a la mesa cuando se había tragado hasta la última gota. Sin embargo, algo de incomodidad abordaba el extranjero cuando sentía que el perro de la casa metía su hocico en su trasero oliéndole el fundillo, propio de los animales que escarban buscando una mortecina o un hueso viejo mal oliente. La constante insistencia del perro en el olfatearle las nalgas al extranjero, valió para que mi mamá diera la orden inmediata de que lo amarraran en el patio, hecho que fue un poco difícil porque ‘Chamuco’ —nombre del perro— puso resistencia y pegó unos tremendos aullidos, iguales a los que producen las fieras cuando lo separar de alcanzar una presa.  

     Era claro que este personaje no era ningún escritor ni conferencista, ya que mis hermanos habían aprovechado, mientras el hombre jartaba, para revisarle el equipaje repleto de camisas sucias, un librito y una peinilla de esas llamadas ‘saca-piojos’, menaje propio de un varado.

     —¿Como así que un señor que se hacía llamar escritor no tenía un mocho de lápiz ni un papelito en el cual hacer una anotación? —insistía Jorge a Jaime en sus comentarios al oído de este último. No obstante, sus compromisos académicos obligaban a que se ausentaran de la casa, no sin antes advertir a mi mamá sobre la viveza del pastor en tirarle el ‘cipote chicharrón’ a una de sus antiguas colaboradoras de la iglesia.

     De hecho, mi mamá tenía la virtud de deshacer las cosas como las hacía y la impresión que mostraban sus ojos y su sonrisa de medio labio denotaban que estaba en curso un plan, bien sea para aplicarle una carga de tigre —‘Activan’, sedante para enfermo siquiátricos— o manejar la excusa que un sobrino venía para la casa con el objeto de realizarse un tratamiento médico. Porque la cara que tenía este señor después de comer mostraba que tenía planeado engordarse en la casa durante un buen tiempo, sacando como excusa que debía dictar varias conferencias.

     El señor salió a bañarse y demoró un montón de tiempo. Dejaba conocer que tenía su buen rato de no ocupar un baño y, de paso, de no usar papel higiénico. Salió del cuarto con otra apariencia, ya tenía los ojos más claros, y se podía ver el color de la piel que mostraba una anemia propia del que se alimenta con puro pan viejo y sobrao de gaseosa. La camisa de Juvenal y el saco de Decio le quedaban algo grande, pero mi mamá enseguida le hizo comentario burlesco: “Quedó usted como todo un caballero con esa vestimenta”.

     El hombre salió, pero regreso a la media hora con el cuento de que no lo habían metido en el programa de la predica en la iglesia. Y con la carreta de que lo habían atracado cerca al parque.

     —Ummm —exclamó mi papá, imaginándose que tan ‘llevao’ estarían esos ladrones que tumbaron a este señor. —No creo que la delincuencia de Cartagena exponga su prestigio con un acto de estos —reflexionó para sus adentros.

     Esa noche fue infernal, los ronquidos del extranjero se escuchan en toda la casa y el vergajo hacia una especie de ritmo con los mismos, lo que Jaime aprovecho para echarle la última raqueteada a los bolsillos del pantalón para buscarle algún documento que lo identificara, pero se encontró con un pasaporte viejo y una billetera llena de peladuras por el paso del tiempo, tal vez de bolsillo en bolsillo, pero ‘bien limpia’ por dentro, como una pepa de guama, sin un solo billete. La posición fetal del extranjero en la cama mostraba que este señor había cogido buena banca de parque, porque en toda la noche no se movió para ningún lado y permaneció acurrucado.

     Pero mi mamá no tuvo que inventar la excusa de la llegada de un sobrino para deshacerse del argentino, porque a la mañana siguiente, a muy tempranas horas, paró en la puerta de la casa un taxi y al abrirse la puerta trasera, apareció un señor que hizo una extendida ceremonia dolorosa para bajarse. Era un campesino remitido por mi tío Manuel María desde la finca ‘El comienzo’, en el Magdalena. Vestía una camisa arrugada, un pantalón de dril y tenía la cabeza encajada en un sombrero vueltiao viejo. A su lado, una señora de piernas delgadas y con ‘trajezón’ de flores negras, lo ayudaba a moverse de paso en paso, porque esta nueva visita caminaba con las piernas abiertas y mostrando en su rostro como si 

cargara amarrados a sus testículos un pesado yunque.  El diagnostico era evidente: este cristiano venia tapado de la orina, próstata segura. 

     A mi regreso del colegio encontré que el paciente prostático estaba con una sonda empotrada en su aparato reproductor, en cuyo final se encontraba una bolsa con liquido amarillento y rojizo. El viejo campesino contaba, con cara de dolor, todo el procedimiento como la enfermera le metió la sonda, momento en el cual “vi al diablo encuero”. Mientras tanto, el argentino había sido notificado por el pastor de la necesidad de buscarse otro alojamiento, pero… después de la comilona del día anterior, no estaba muy de acuerdo en abandonar la casa.

     Pero la paciencia de mi padre colapsó cuando un día, mientras almorzaba viéndose su noticiero del medio día, el paciente prostático se paseaba orondo frente a papá, sin camisa, con el pecho como un morrocollo, mostrando la punta de su falo por entre la bragueta de un calzoncillo maluco, caminando con el tubo de la sonda en la mano haciendo un nudo con la bolsa de orines… La escena provocó una mirada molesta de mi padre, a la cual el campesino se mostró indiferente como si estuviera en el patio de su rancho en el Magdalena. El grito del doctor Rocha no se hizo esperar.

     —¡Concha! ¡Concha!: hazme un favor y dile este caraaajo, que no camine sin camisa delante de mí y con la vaina esa en la mano!

     Mi mamá le respondió: “Caramba, Atilano, tú te molesta con cualquier cosa”.

     El argentino se marchó, ya con unos kilitos de peso, diciendo que apenas llegara a Argentina escribiría para mandarnos su dirección. Jamás volvimos a saber de ese señor y, para siempre, nos ha quedo la duda de que si no se trataría de un cachaco avispado que estaba pasando ‘filo’, porque en la inspección que hizo Jaime a los papeles del sujeto no pudo dar con el nombre del supuesto extranjero debido a que las hojas del pasaporte estaban pegadas, con las letras borradas, por efectos del sudor del escuálido nalgatorio del portador. Tampoco hemos sabido de la vida del campesino del Magdalena, quien llegó a la casa luego de escuchar a mi tío Manuel María en una parranda sobre las influencias de mis padres en los círculos de la medicina en Cartagena y la berraquera de mi mamá para atender gente.

     Mi mamá recordaba esas historias y me trasmitía su narrativa con todo el sentido del humor.

     Para ella, ¡todo mi amor y recuerdos!

     Cordialmente,

CARLOS DAVID ROCHA AVENDAÑO
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