Cuento largo o novela corta de JJ (IX y X)

     El Puerto de sus amores había quedado a unos veinte kilómetros del nuevo muelle. En el muelle desconocido donde ahora se encontraba, una maraña de grúas y de máquinas poblaba el espacio visible. Los hombres, como esclavos, cargando pesados camiones y cajas por doquier. Las altas bodegas que tapaban la visión y hombres anotando y revisando cada bulto que se cargaba o que se bajaba de los mercantes. Ni una garza, ni un pájaro marino. Ni un asomo de olas. Solo la corriente turbia que se colaba entre proas y popas de afanosos buques que querían ir a otros puertos. Los árboles ausentes y a la distancia, una anónima ciudad que debía superar para saber si había o no una razón para haber sobrevivido a una guerra cruel y entrar a una, que recién se iniciaba.

     Se dirigió a la Capitanía del Puerto con el propósito de legalizar su ingreso a Colombia. Mostró sus credenciales y, de paso, se informó sobre las posibilidades de trasladarse a Puerto Colombia.

     Un funcionario del Terminal Marítimo y del Rio, diligente para la época, le indicó con pelos y señales en qué sitio podría conseguir un auto de alquiler. Podría ser en la Plaza de San Nicolás o en el Hotel del Prado que contaba con

El Terminal de Barranquilla cortó de un tajo el desarrollo de Puerto Colombia, que a la postre fue el umbral de ‘La puerta de oro de Colombia’.

un sitio de recreación en Pradomar, especial para bañistas visitantes.

     “Hay una carretera que se inauguró hace como tres años y más o menos en media hora o más puede llegar”, afirmó el acucioso informante. “Yo le aconsejaría que descanse esta noche y mañana temprano podrá hacer su ida al mar”, acotó Julito Guarín, que así se llamaba el tipo de marras, sin saber la prisa que motivaba al recién llegado.

     —Gracias —le respondió el

español—. ¿Pero cómo hago para llegar hasta esa plaza?”.

     “Pues también tendría dos opciones”, dijo el funcionario parlanchín. “O toma uno de los vehículos de servicio público que hacen carreras desde el terminal, hasta la plaza, o le pide el favor a alguien que vaya saliendo de las instalaciones.”

     ‘¡Carajo!’, pensó el peninsular. ‘Pero este chaval sí que es medio bruto.

     —Muy agradecido por todo —soltó a modo de despedida y salió casi corriendo de aquel despacho.

     Lo más de prisa que pudo, ubicó el estacionamiento de los vehículos de servicio público, unos carros Ford grandotes y amplios que por una módica suma le llevarían hasta Puerto Colombia. El conductor le iba indicando los sitios de mayor interés. Pasaron por la tan mentada Plaza de Colón, pero antes le había indicado donde quedaban la Calles de las Vacas, El Paseo Colón, La Iglesia de San Nicolás, El Edificio Palma y tomaron rumbo norte por los barrios del Centro, del Rosario, no sin antes apreciar las modernas y hermosas construcciones del Barrio El Prado y de Bellavista y en el recorrido, el transportista no perdió la oportunidad de mostrar la joya de la corona: El Hotel del Prado.

     Eran cerca de las tres de la tarde. Al fin, enrumbaron por la tan promocionada nueva vía. Se descolgaba en principio desde la parte más alta de la ciudad. Luego venía, una sinuosa curva conocida como ‘La Curva del diablo’ y pasaron quince minutos más tarde por el puente sobre el arroyo Don Juan construido con un solo carril, por lo que había que hacer un pare si algún carro venía en sentido contrario. El arroyo alimentaba el Lago del Cisne, un espejo de agua repleto de aves y de juguetones peces en esa época. Se aproximaron a la ‘Ye de los chinos’ y el pasajero vio los extensos cultivos de vegetales que surtían a las tiendas de Barranquilla. Doblaron a la derecha, pues más allá del desvío era una vereda en tierra que comunicaba a las fincas de la zona.

     Se comenzaba a apreciar los cortes en las montañas para extraer material de construcción pues se daba inicio a la explotación de las canteras de propiedad de las familias Munárriz y de los Slait, para satisfacer la demanda por el crecimiento de la gran capital de la costa, más que nada; en la construcción de vías y edificaciones. Iniciaron un leve ascenso hacia la loma de Salgar, pasaron la vía que daba acceso a esas playas y, sobre la derecha, avistaron el Castillo de Salgar aún de pie y sin mayores daños en su estructura. Empezaban a surgir algunas casas de recreo.

     De pronto, llegaron a lo alto de la loma de Pradomar. Era visible el muelle con su paisaje espectacular. Descendieron velozmente y pasaron por el frente del Hotel Pradomar, casi sin que el afanado pasajero pudiese verlo.

Para este, únicamente existía una meta: el Hotel Puerto Colombia y  una hermosa reina nueve años mayor, una guitarra sonora y unos versos de García Lorca entonados con una voz que le recordaba a las gitanas de su tierra…

     A las tres y cuarenta, el coche se detuvo ante las puertas del hospedaje ansiado. Las puertas estaban cerradas. El aviso del establecimiento, lleno de herrumbre, como abandonado. Con cierta angustia, tocó la recia

aldaba y el sonido se escuchó por la calle desierta.

Hotel Pradomar, aquel sitio de recreación del hotel El Prado en Puerto Colombia.

   Oyó algunos pasos ligeros y una señora de edad madura, abrió ante los urgentes llamados. No era lo esperado, pero le pareció reconocer algunos rasgos familiares en la dama.

     —Buenas tardes, señora —dijo el recién llegado—. Perdone usted la imprudencia, pero es que vengo de muy lejos y he anhelado este momento desde nueve años atrás.

     La interlocutora se mostró sorprendida y, por el acento del hombre, reconoció que era español y ante la cita del tiempo, supo de inmediato de quién se trataba. No había cambiado mucho, solo que sus ojos, antes verde- brillantes, lucían un tanto apagados y su cabello revelaba unas canas, prematuras por los sufrimientos de la guerra. El cuerpo, antes esbelto, ahora un poco encorvado, como si hubiese tenido una carga insoportable.

     Haciéndose la confundida, la mujer habló con alguna prevención: “Excuse caballero, pero no logro entender lo que me dice. ¿Quisiera ser un poco más claro?”

     —Me llamo Juan Carlos Aragonés y vengo de España, luego de combatir en la Guerra Civil. Hace nueve años tuve amores con una hermosa gitana que vivía acá en el Hotel y no he podido regresar sino hasta ahora en busca de ella. Era hija de la dueña y espero que aún viva aquí.

     De esa manera, el antes bravo capitán, quien ahora parecía vencido por la fatalidad, resumió su pena.

     La señora sintió compasión. Le miró y con serena voz, intentando ser consoladora, le expresó la verdad, tan brevemente como el hombre se había confesado:

     “Soy Mariana, la hija mayor de Raquel viuda de Garcés y he quedado a cargo del hostal. Como ha podido ver, las cosas han cambiado mucho desde entonces. La familia se ha desperdigado por toda la costa. Mis hermanos andan a ratos por Barranquilla y otras por los lados del Magdalena. Mis hermanas, se han casado y en cuanto a Patricia, le estuvo esperando, pero al no tener noticias suyas se comprometió con un joven abogado y ahora es madre de tres

hijos…”.

     Ni siquiera cuando contempló los restos mortales de Federico García Lorca sintió golpe tan fuerte. Cayo de rodillas y, de pronto, empezó a sollozar. La mujer, con esfuerzo, le acercó una silla de mimbre, logró sentarlo y fue por un vaso de agua.

     La crisis fue cediendo lentamente. Juan Carlos recuperó la calma y con voz triste manifestó:

     —Nada podía hacer para regresar. Lo intenté varias veces, pero mi país estaba en guerra y yo en medio de ella. Hasta ahora, evadiendo peligros, alcancé a llegar, pero nueve años tarde.

     “Lo siento en el alma Juan Carlos. Sin embargo, hay algo que debe saber y podría ser ella, Patricia, quien se lo diga,

pues yo no me atrevo. Casualmente ella llegará esta noche de Barranquilla con los niños a iniciar vacaciones escolares. Su esposo, se quedará en la ciudad, pues mañana tiene un proceso penal delicado, que termina en la tarde. Usted decide si la espera.”

     El hombre, semi-vencido, alcanzó a musitar: «La espero». Y un pedazo de alma se le desprendió entre tinieblas, remembrando un poema del granadino:

     Pero yo, ya no soy yo/ni mi casa es ya mi casa. / Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, / ¡Dejadme subir!, dejadme/ hasta las verdes barandas. / Barandales de la luna por/ donde retumba el agua.

     (Fragmento del poema ‘Romance Sonámbulo”’ de F. García Lorca)

     Un viejo reloj en el recibidor del hotel marcaba las cuatro de la tarde. Juan Carlos ocupó una de las habitaciones alejadas, cercana a un patio poblado de trinitarias recién florecidas. Alguien había sembrado otras plantas de cayenas y corales, lo que le daba al jardín un rojo esplendoroso, como el sol que poco a poco iba hacia el ocaso en la punta del muelle.

     Era un jueves y los hotelitos y posadas de los alrededores, empezaban a mostrar alguna actividad. No era ni parecida a la de diez años antes. Se habían abierto muchas tabernas y cantinas. Unos aparatos musicales, con alto volumen, invitaban a los transeúntes a degustar licor y cervezas, con música antillana entre la que sobresalía la de la Sonora Matancera. Establecimientos como la Viña del Mar, El Estambul, Los Capitanes y Las Antillas dotados de pistas de baile, eran los más apetecidos por la clientela local y la que empezaba a llegar desde Barranquilla. En su mayoría, parejas en busca de un lugar discreto.

     La actividad portuaria, totalmente nula. Pequeños veleros y lanchas en el muelle, dedicadas más a la pesca que a otra cosa. Lo único grande de otras épocas, eran los restos del buque Balboa, un barco que, atacado en altamar, llegó agonizante al solitario embarcadero y se hundió a pocos metros de la caseta de La Aduana. Como aves de rapiña, muchos porteños se apoderaron de la poca mercancía que cargaba y arrancaron camarotes y algunas camas de cobre con perillas de ese metal. En muchas casas, años después, era un orgullo mostrar el producto de ese ‘rescate’.

     Los obreros del muelle fueron contratados por el terminal de Barranquilla y cada doce horas, eran recogidos en buses en la plaza, para cumplir sus turnos en los modernos atracaderos. Las francesas también se largaron y fueron a

parar al Barrio Chino de la ciudad, que empezaron a llamar ‘La Puerta de Oro de Colombia’. Solo una que otras madamas, ya viejas y sin oficio, se ubicaron por los lados de La Rosita, añorando tiempos idos.

     Eso fue lo poco que pudo ver Juan Carlos, mientras, como un condenado, esperaba la llegada de su amada gitana. Como a las seis, se refugió en su alcoba y sin leer, abrió un libro, de los muchos que había traído en su equipaje: ‘La Casa de Bernarda Alba’. Pasaba las páginas sin leer. Solo veía la imagen de Patricia, detenida en el tiempo, sobre el muelle. Era una niña sollozante, despidiendo al amor furtivo que había jurado pronto regresar. Pasaron todos los episodios de la guerra civil por su mente. Las muertes que produjo y las que presenció. Pero entre todas, la del poeta gitano destrozado cerca de Granada. Su ímpetu del regreso, pospuesto por los acontecimientos que sobrevinieron y, por fin, su huida hasta Bilbao, para retornar a un muelle

que ahora le era extraño.

     Sobre las seis y media, entrando la noche, escuchó la algarabía de unos niños. Le llegaba desde muy lejos, pues aún estaba invadido por el desconcierto de la noticia recibida horas antes. Y lentamente hizo memoria de la corta conversación con la hermana mayor de Patricia. No podía tratarse sino de la presencia de aquel amor fugaz que se le había vuelto imperecedero. Quiso salir, pero la prudencia le contuvo. Era mejor esperar a que Mariana actuara.

     Efectivamente, la bullanguería era de los tres sobrinos. El mayor de unos ocho años. La segunda, la niña Isabella, de seis, y el tercero, de cuatro años, Alejandro. La madre, intentando silenciar semejante alboroto y la tía pidiendo calma para organizar la estadía de los niños en el hospedaje y para tener un rato a solas con su hermana. Era necesario que supiera lo que horas antes había sucedido y lo que podría significar en la vida de Patricia.

     Poco a poco, el torrente de risas y desorden se fue aquietando. Los infantes fueron acomodados en la habitación principal del hotel, con su niñera, la incansable Mercedes. El bullicio se fue apagando y los enanitos se dedicaron a leer algunos cuentos.

     Mariana hizo señas a su hermana muy discretamente, para que salieran de la gran habitación y caminaron en silencio hacia una de las salas de recibo del hospedaje. Sin mayores preámbulos y conocedora de la secreta esperanza que aún guardaba la menor de las Garcés, la invitó a sentarse junto a ella en el amplio sofá que ocupaba el recinto y le dijo:

     “Patri, el visitante que tanto esperabas, llegó esta tarde aquí.”

     La joven palideció primero. Balbuceó algo ininteligible y trató de ponerse en pie, pero no pudo. Se aferró a los brazos de Manny, como le llamaba familiarmente, y medio recobrando el color de su rostro, preguntó:

     “¿Quieres decir que Juan Carlos retornó de España?”.

     “Sí, mi querida hermanita. Está alojado en una de las últimas habitaciones, junto al jardín trasero. -“

     “¿Y, le dijiste algo...?”.

     “Muy poco, solo le informé que tú le habías esperado, pero que te cansaste, que te casaste y que tenías tres niños. Casi pierde el sentido y medio le sugerí que, como venías para acá, tal vez podrías tú misma contarle la historia completa. Que él decidía si te esperaba y allí está, como un condenado subiendo al cadalso”.

     Quería salir corriendo hacia la parte posterior del establecimiento, pero se contuvo. Se serenó y con la voz un poco quebrada dijo:

     “Ve y dile que espere como hasta las nueve. Que voy a dormir a los niños y que hablaremos de todas las cosas que nos han pasado. Que nos vemos en el zaguán del jardín del fondo”.

     La misión encomendada fue cumplida al pie de la letra. Con una pequeña variante. Manny colocó dos mecedoras de mimbre y una mesita del mismo material en el zaguán con algunas viandas, dos pocillos de porcelana japonesa y un termo de café. Encendió algunas luces del corredor, lo que dio un inusitado brillo a las trinitarias, a las cayenas y a los corales. La ‘mise-en-scène’, estaba lista para el encuentro de los examantes.

     Juan Carlos recibió el mensaje de Patricia. De inmediato se puso a ordenar sus ideas. Desde su reacción, al saber las primeras referencias de lo sucedido durante su larga ausencia, supo que su pasión seguía viva. Ahora, qué comportamiento asumiría para oír de los labios que tantas veces

había recordado, que había perdido esa miel, ese dulzor. Más aún, porque había salido vivo de la guerra, para ahora morir lentamente y sin remedio alguno.

     Y sin cesar, caminaba por la habitación como sonámbulo, hasta cuando se percató de que, en un rinconcito, casi escondidos, asomaban algunos libros. Muchos de ellos, con las páginas ajadas de tanto uso. La emoción le embargó cuando constató que, todos, eran de poemas y obras de teatro de Federico García Lorca. Entonces conoció por donde debía empezar la larga conversación que le aguardaba en menos de media hora.

     ¡Ay voz secreta del amor oscuro! / ¡ay balido sin lanas! ¡ay herida! / ¡ay aguja de hiel, camelia hundida! / ¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

     ¡Ay noche inmensa de perfil seguro, /montaña celestial de angustia erguida! / ¡ay perro en corazón, voz perseguida! / ¡silencio sin confín, lirio maduro!

     (Fragmento del poema ‘Ay voz secreta del amor oscuro’ de F. García Lorca)