Y qué cerca pasa la esperanza por las casas'e cartón (III)

     A lo mejor, por los siglos de los siglos —o In sæcula sæculorum: ¡qué pretensión la mía!, redundar con el latinazgo—  los pobres vivirán por siempre tan jodidos, que el día en que la mierda valga plata, ellos nacerán sin culo.

     Sí, lo escribió Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca, pero recurro al parafraseo —mi parafraseo— para recrear genuina verdad en torno a la presencia de la mierda al aire libre como característica inherente, inseparable, diría tocante, de la pobreza extrema de Altos de Cazucá, en Soacha, indigencia que había de ser la misma en centenas de miles de cordones de miseria en el mundo.

     La mierda era de ellos y con ellos iba, más allá del camino de ella por el tracto digestivo, clavada en los orificios nasales de ellos, como ‘aromatizador’ de su ropa y del ambiente que han respirado desde que se desplazaron hasta allí.

     Para describirlo con palabras de un testigo presencial, inhalador de ese entorno, tomo la dramática reflexión del colega Guillermo Romero Salamanca al respecto: “La gente se había acostumbrado, ya no tenía olfato”. Y, literalmente, vivían, comían, jugaban y pernoctaban entre su propia mierda.

     Recordemos que el 13 de abril de 2014, Romero Salamanca había llegado por primera vez a Cazucá y precisemos, otra vez, que cuando

quiso caminar bajo el diluvio de aquella tarde se fue de culo y rodó un buen tramo por el lodazal en medio de una fetidez insoportable, ese desagradable olor que no se va del olfato, que, aunque se salga de la zona afectada, persiste en los sentidos, por horas, por mucho que se bañe y se empape de loción, e igual al otro día y a otros más. Sin embargo, aquella tarde, el periodista había de salir a caminar por las ‘calles’ del sector, aunque de allí saliera “con barro-mierda hasta las orejas”. Ese entorno lo enamoró.

     Y volvió a los Altos de Cazucá.

     Una, dos, cinco veces. Y se fue amistando con sus moradores. Y, entonces, comenzó a azuzarlos: con el imperativo “¡hay que arreglar esta joda!”, convocó a los moradores del sector a una reunión y les preguntó: “¿Cuándo es que vamos a arreglar esta vaina?”. Y comenzó la lucha.

     «No, que eso le corresponde al Estado… No, que no tengo plata… No, que yo no voy a colaborar… No, que yo fui o soy paramilitar… No, que yo soy de la guerrilla... No, que yo no sé que...».

     La negación depositada en su alma como el olor a mierda en sus narices. Y...

     «No me venga con paramilitarismo, paraco hijueputa… Yo también vengo del monte, fui del frente de no sé qué mierda... ¡Vayan coman mierda hijueputas!» .Y el ultraje mutuo entre señoras, entre vecinos que, como ya se contó, forjan una vecindad en extremo heterogénea: desplazados, desmovilizados, reinsertados, exguerrilleros, exparamilitares, lo que se quiera, con hijos, transgéneros, homosexuales, lesbianas, marihuaneros, bazuqueros, inhaladores de bóxer y en fin: una comunidad —si se quiere— común y corriente, vecinos que se ven todos los días, como en cualquier barrio marginal samario, barranquillero, cartagenero, pastuso, paisa o boyacacuno, sin límites, para un ultraje de va y viene… Del “dime tú, que yo te diré”.

     En aquella reunión, Guillermo los dejó desfogar su resentimiento, “se desahogaron, se dijeron de todo”. Cuando terminaron la larga sesión de dimes y diretes, el periodista, que ya iba acostumbrándose a la perenne hedentina, carraspeó y les echó su discurso: “Quiero que sepan una cosa: Yo estoy aquí es por esos niños que están ahí, sus hijos, sus sobrinos, sus nietos. A mí me da igual si ustedes se matan entre sí o se mueren de infecciones respiratorias. A mí lo que me importa son esos niños... Y díganme una cosa en plata blanca y acabamos la discusión: Si ustedes me dan

Romero Salamanca comenzó a azuzarlos: “¡hay que arreglar esta joda!”, les decía. Y convocó a los moradores del sector a una reunión en cuyo transcurso los vecinos se dijeron de todo, se ultrajaron, pero finalmente acordaron trabajar en comunidad. ¡Y lo hicieron!

una razón valedera, listo, me voy y no pasa nada y a lo mejor no vuelvo jamás por estos lados… Yo vengo a poner los

tubos, yo voy a poner el pegante, los guantes, las herramientas de trabajo para que entre todos hagamos un ramal del alcantarillado que permita un poco que asepsia en este sector: por su bien, el bien general, pero en especial por el de los niños”.

     Eso les dijo, pero Guillermo Romero Salamanca, crudamente, fue más allá, en busca de una respuesta sincera: “Díganme, por favor, ¿cuál es la diferencia de estar entre la mierda de un exparaco o la de un exguerrillero, la mierda de un reinsertado o de una puta, la mierda de un gay o la de un marihuanero, la mierda del abuelo o la de un no sé qué mierda?”.

     La asamblea calló… Todos comenzaron a mirarse en mutuos sostenidos de ojos interrogativos…  Buscaban las razones para una respuesta, pero no las encontraron. Al día siguiente, todos estaban trabajando para sacar del barrio, por un mismo ducto, la misma mierda, la mierda de todos…

—¿Y a donde va a dar esa mierda comunitaria? —pregunta este escribidor.

“A un tubo receptor de alcantarillado público de Soacha”.

—¿Cuántos metros lineales de tubería se instalaron?

“Cien”.

—¿Y funciona?

“Está funcionando. Ahora hay que hacerle otros arreglos, porque...

—¿La gente se ha ido conectando?

“Todos... Todos quedaron conectados, todos... El acople también corrió por cuenta del programa… Yo conseguí los materiales, ellos solo pusieron mano de obra”.

—Cuando esa vaina estuvo finalizada, ¿qué ocurrió? ¿Cuál fue la reacción de la gente cuando esa vaina

funcionó? ¿Alguna anécdota especial que recuerde?

Finalmente, manos a la obra. Y por auto-gestión, se extendieron cien metros de tubería para el alcantarillado en Altos de Cazucá.

     “Hubo alegría. La gente ya podía caminar por la calle, sin untarse de barro-mierda”.

     —¿Y el fétido olor desapareció?

     “Claro… ¡Total! Hoy se respira un mejor ambiente. Yo ya no me unto de ACPM la nariz”.

     Así como mucho queda por escribir en este seriado, muchas son las cosas que faltan por ser arregladas en Altos de Cazucá —y en Altos del Divino Niño, Mochuelo, Minuto de María, Acapulco, Monterrey y también en Ciudad Bolívar y en tugurios de otros municipios cundinamarqueses—, en aras de irles dignificando la vida a quienes constituyen el sitio geográfico colombiano que mayor población en situación de desplazamiento y vulnerabilidad ha recibido desde cuando arrancó la violencia en este país.

     Muchas son las situaciones que hay por arreglar, entre las cuales tiene alta relevancia la desesperanza. A ellos les da igual el olor, estar embarrado, comer o no comer, respirar las 24 horas del día de todos los días esa bendita hediondez...

     “Yo por, ejemplo”, anota Romero Salamanca, “voy frecuentemente a las casas y animo a la gente a que hay que

arreglar esa cocina, a que hay que tender esa cama...”

     —¿Y la gente te respeta...?

     “Sí, claro…”.

     ¿Ningún ‘abusajo’?

     “Niguno, pero uno tiene que guardar el respeto. Yo les digo: «Aquí hay muchas cosas de valores, valor más allá del material, el espiritual, el humano, y sobre eso edifico respeto a las personas. A esa gente la valoro como personas, sin que importe el hecho de sean pobres o estén en esa situación de vulnerabilidad. Y, además, teniendo presente el hecho de que este mundo da muchas vueltas”.

     Seguro que entendemos lo que Guillermo pretende decir…

     —Alguna otra obra, material, que hayas impulsado a favor de ellos…

“A mí me da igual si ustedes se matan entre sí o se mueren de infecciones respiratorias. A mí lo que me importa son esos niños”… Así les dijo el periodista a padres y madres de Altos de Cazucá para hacerlos entrar en razón y para que tomaran consciencia.

     “Montamos el ropero, pero… hay historia: Yo llego un día y encuentro la ropa toda amontonada, toda mal puesta y, entonces, les dije: «No señoras, esto

no puede funcionar así. Quienes viven aquí, ustedes mismas, son seres humanos que merecen respeto». Entonces, esas señoras se quedaron pensando… Y seguí: «El hecho de que ustedes vivan en circunstancias de pobreza o que estén viviendo aquí, no significan que sean el peor ser humano. Si nosotros no nos damos esa misma dignidad, no estamos logrando ningún avance». Las señoras siguieron pensando y, finalmente, dijeron «¡No!... Este loco, tiene como que razón». Y de una se dedicaron a arreglar el ropero, organizaron otra cuestión, le dieron una mejor presentación”.

     —¿En ese ropero que se hace?

     “Se venden, a un precio muy económico, camisetas, pantalones, yines, que son muy apetecidos; zapatos… Lo que esas personas necesitan para vestirse...

     —Y los fondos que genera el ropero, ¿qué se hacen?

     “Esos fondos son para sostener el mismo ropero. Hay que comprar plásticos, hay que comprar ganchos, hay que comprar plancha, hay que comprar una lavadora, hay que comprar una máquina de coser, porque a veces la ropa llega sin un botón, y hay que ponerla digna”

     Recordemos ahora —datos dados a conocer en entregas pasadas— que este programa social, que cayó en manos de Romero Salamanca sin buscarlo, comenzó por Ciudad Bolívar. Y recordemos que se apartó de Ciudad Bolívar, por acciones politiqueras de un politicastro.

     Precisemos en esta ocasión, con pelos y señales, otro desagradable episodio con lamentable protagonismo de un ‘dirigente’ que aspiraba al Concejo de Soacha.

     Para Guillermo, pudo haber resultado chistoso, porque sucedía, precisamente, un día en el que él hacia un recorrido por el sector.

     “Vi un montón de gente y me dije: «Otro muerto», porque esas montoneras se ven cuando hay algún homicidio. Atisbé y vi que era mucha gente reunida, como escuchando algo. Me fui acercando y José Mejía, que es un líder allá, decía: “Mire, aquí el único que ha traído cosas y que se ha preocupado por nosotros se llama Guillermo Romero”.

     Rebatía al politicastro que se arrogaba el envío de los primeros ladrillos al sector. Guillermo se situó detrás de él, escuchaba y no se dejaba ver de los asistentes a la manifestación. Escuchó cuando el politiquero, respondiendo a Mejía, dijo que «yo soy amiguísimo de Guillermo Romero», pero el periodista nunca había visto a tal sujeto. Hasta ese momento, nada dijo. Dejó que el hombre siguiera hablando y hasta llegó a pensar que podía estar refiriéndose a otro Guillermo Romero. Pero la gente miraba con incredulidad al ‘discurseador’. Y, de pronto, la frase que aterrizó a Romero Salamanca en la realidad de lo que estaba sucediendo: «Yo fui el que traje a Guillermo Romero para que les ayudara». La gente se quedó mirando con ojos de no muy buenos amigos al parlanchín, mientras Guillermo se le acercaba y se le ponía al lado. El hombre lo vio como si nada y siguió con su perorata: «Yo, incluso, con Guillermo almuerzo semanalmente, por lo menos una vez a la semana él va a mi casa o yo voy a la casa de él, a almorzar. Somos grandes amigos y él me habla de toda esta problemática aquí… Vamos a seguir trabajando en ese tema y vamos a ver cómo les mejoramos a ustedes las condiciones… Y vamos a no sé que... y vamos a no sé cuando...». La gente ya había observado la presencia de Guillermo y miraba con cierta confusión… Guillermo decidió hablar y le dijo al politiquero: “Venga usted: ¿A cuál Guillermo Romero es el que usted conoce?”… «A Guillermo Romero, el que trae los ladrillos, el que trae los tubos, el que ha arreglado esta vaina», respondió descaradamente. Guillermo lo miró con indulgencia y le ripostó: “Pero yo a usted no lo conozco”.

     El tipo, ojos espernancados, se quedó mirando a su interlocutor y sumándole más descaro a su descaro, respondió: «Hombre Guillermo, ¡¿qué hay de su vida?!»... Y la reunión se acabó.

     —¿Cómo calificas ese pasaje?

     “Eso pasa... Los políticos son cínicos… Para uno, lo mejor es estar lejos, me entiendes, lejos, lejos”.

     —Otra pregunta: Y hoy, ¿cómo se comportan los políticos con Cazucá?

     “No sé, los mantengo a kilómetros... Allá no van sino en épocas de elecciones… Van y prometen y les llevan una lechona”.

...

PD: Inherente al discurrir de sus vidas, la mierda de los habitantes de Altos de Cazucá sigue siendo mierda, afortunadamente sin ningún valor económico… Ellos han dejado de vivir entre ella, pero, aunque pobres de solemnidad, siguen teniendo su culo, así, a lo mejor, muchos de ellos hayan hecho de ese culo “una ratonera”, como decía mi suegra.

Continuará