Como un salto mortal entre el nacer y el morir

     Tal vez no exista en nuestro medio un pensador como Darío Botero Uribe, que haya colocado la vida en el centro del pensamiento como dimensión fundamental del ser humano, haciendo girar en torno a ella otras categorías que, en la cultura occidental, se jactan de importantes como la economía, la política o las religiones.

     Bastaría citar solo algunos apartes de su extensa obra para mostrar cómo su reflexión de alto cabotaje por los intrincados mares de la cultura y el tiempo, hacen de él, no solo un viajero por la cultura universal, sino, al tiempo, un gran latinoamericano de hondas raíces colombianas.

     Así, en su último texto publicado en vida: ‘La concepción ambiental de la vida’ (2009), afirmo: “Pese a las religiones y a algunas fuerzas políticas que quisieran hacer creer que ellas tienen aprisionado el sentido de vida y que si adherimos

pueden mostrarnos claramente ese derrotero, este no aparece por ninguna parte. Solo para un místico o un fanático, la religión o la política ocupan todo el horizonte de intereses que es dable concebir.

     Las religiones se ocupan del más allá y la política de las relaciones del Estado con los ciudadanos, ambas dejan por fuera la dimensión humana fundamental. Si descontamos las labores del estadista, el orador, el organizador, el sacerdote, el líder, y otras pocas, la dimensión humana básica no está comprendida en esas categorías: el talento creativo, la ciencia, la filosofía, el arte, el deporte, el desarrollo de la sensibilidad, el ejercicio de la imaginación, la intercomunicación e interacción social, la escritura, la amistad, el amor, las profesiones y oficios escapan a esas pretensiones”.

     Botero  Uribe  corre el  telón de la apariencia con la que  se revisten ciertos

personajes y deja ver la pobreza de los manipuladores del poder: Si despojáramos del poder a un fanático o a un político —que en muchos casos son ambas cosas— tendrían que admitir que lo suyo es el oficio de la manipulación, que de eso saben mucho, pero de la vida saben poco.

     En general, sabemos poco de la vida, porque en esta civilización la vida, más allá de ciertos procesos físicos y químicos, no es objeto de estudio de la ciencia, de reflexión, de aprendizaje, de debate. Por eso, la vida parece un salto mortal entre el nacer y el morir, nacemos solos y morimos solos y en ese tránsito muy poco colabora la academia.

     Vamos por el mundo al azar, unos más que otros nadando mal por el rio de la vida, tragando aguas —ideológicas, religiosas, culturales— y la vida sigue siendo imprevisible, extraña, agorera; es apenas aludida circunstancialmente

 por el arte, oteada en su inmanencia profunda por algunos poetas.

     En otras palabras, la crítica de Botero Uribe a la cultura occidental es una continuación a la que hicieron, en su tiempo, pensadores como Nietzsche y Freud. Veamos lo que consideraba al respecto el filósofo quindiano: “En el caso de Nietzsche, si bien se encuentra en su obra algunos conceptos que representan la vida como el valor excelso que deben permanecer en los juicios frente a consideraciones metafísicas o científicas, su obra no asumió la vida como objeto de investigación como tal. Su obra es una crítica a la razón de la civilización occidental, del cristianismo, una propuesta de la voluntad de poder y una estética como la forma más alta de la proyección humana en el mundo”. Más adelante, con respecto al psicoanálisis freudiano, afirmó: “En el caso de Freud su tema no es la filosofía, ni la vida, sino la aplicación de un método muy creativo para indagar en la psique profunda. El psicoanálisis, desde luego, aporta conceptos valiosos para conocer al humano y por esa razón juega un papel valioso en aspectos como el poder, el egoísmo, la creatividad, la personalidad, la moralidad”. Al hacer del inconsciente su morada, y, a partir de sus trabajos como el estudio del sueño y la cultura, Freud retó no solo a la psicología y a las ciencias sociales, sino también a

la filosofía y al pensamiento occidental, suscitando reacciones que van desde las más

Botero Uribe

apasionadas en su aceptación hasta las más descalificadoras en su crítica. En otras palabras, el psicoanálisis representó un verdadero movimiento telúrico que removió las bases sobre la que se había construido la cultura de

occidente de la misma manera como lo había hecho Nietzsche tiempo atrás. Desde entonces, la vida psíquica, ignorada o considerada como pueril, adquirió relevancia. Es así como las manifestaciones religiosas, artísticas y los comportamientos estrafalarios que nunca habían tenido un lugar de importancia de cara a las ciencias humanas, comenzaron a ser objeto de reflexión parcialmente.

     La crítica de Botero Uribe a la racionalidad occidental es, además, de una continuación, una profundización a la que hicieron los dos colosos aludidos anteriormente. Digo

Nietzsche                                                            Freud

profundización, porque construyo una teoría conocida como

‘vitalismo cósmico’, que efectivamente asume la vida como un problema de conjunto que debe ser esclarecido. Su reflexión al respecto es una crítica a la involución cultural de occidente, aunque admite que hoy la ciencia ha producido enormes avances en la predicción y control del mundo objetivo en los últimos 300 años más que los 5.000 años anteriores. Si bien hoy, nuestro poder de manipular y controlar el ‘mundo exterior’ es enorme, cada vez más, no salimos del pantano de nuestra conducta, de nuestros impulsos, de nuestros deseos, es decir: del ‘mundo exterior’, lo cual ha conducido a la construcción de un monumento a la objetividad y a un empobrecimiento de la subjetividad.

      Hoy la ciencia nos ayuda a conocer solo cómo son las cosas, cómo funcionan, no cómo nos parecen o desearíamos que fueran, eso ya no se discute, y la consecuencia de esto es la producción de un sujeto minusválido en su subjetividad, la construcción de un individuo especializado en un área técnica de la ciencia tipo Nasa, pero subdesarrollado en temas de la cultura universal. De acuerdo con Botero Uribe, “estamos en el repecho de la historia, las utopías han muerto, no sabemos por cuánto tiempo. El hombre ha sido arrojado al abismo, no puede invocar la humanización, la solidaridad, la eticidad, es la hora de un realismo deshumanizado, tal vez de un pragmatismo, de

un positivismo estrecho.

     La lechuza de Minerva ya no alza el vuelo al atardecer, ahora tenemos al águila tempranera que no es lúcida, pero es sagaz; no avizora nuevos territorios, pero nos aconseja ser parcos y eficientes; no ama el discurso y las formas, pero nos pide ser

realista y exitoso. Es la hora del triunfo de la acción instrumental, del trabajo, de la producción económica, del rendimiento, de la eficacia”.

     Así las cosas, los actuales modelos de desarrollo solo contemplan el ámbito económico traicionando a la vida y al individuo. Al individuo, porque no reconoce sus pulsiones de animal acorralado por una exterioridad ajena a sus deseos, a la vida, porque la ignora en su realización plena y termina calumniándola. Todo este disparate ha conducido a que, en esta sociedad, los únicos importantes sean los políticos, los empresarios y, para terminar de rematar, los sicarios.  Por eso, un artista, un intelectual o un profesor son vistos como supervivientes de otra época, como especies en vía de extinción.