Con mi buen amigo, vecino y hermano que me incursionó en el mundo de la electrónica desde los quince años, les reparábamos las radiolas y televisores a los vecinos y amigos y con el fruto de los trabajos nos íbamos enseguida a la librería Nacional a comprar libros del tema para ampliar el conocimiento y destrezas o también corríamos al LEY comprar herramientas.

     En otras ocasiones, en la plaza de mercado, en el establecimiento Onix, donde se conseguía de todo —creo que hasta repuestos para submarinos—, una tienda que me recordaba cuando estábamos recién llegados y el dinero era escaso y mi madre me compró una cama de lona desarmable y me dijo que era cama de Ingeniero, sin imaginar el futuro que me deparaba el tiempo. Para aquellos años eran pocos las tiendas de electrónica.

     Los vecinos nos apreciaban mucho, de pronto porque cobrábamos barato.

     Muchas clientas me deseaban un buen futuro.

     Con mi amigo fue mucho lo que aprendimos y lo que experimentábamos, siempre al pendiente de hacer cosas nuevas. Mi camarada estudió Ingeniería Mecánica en la universidad del Norte en Barranquilla y una fábrica le puso el ojo y se lo llevó a trabajar como jefe de mantenimiento. El nombre de la factoría era Envases Colombianos, Envac. A los seis meses me invitó a que fuera a la fábrica para presentarme y, la verdad, me daba miedo. Nunca había estado en una ensambladora de ningún tipo y no conocía de máquinas, si acaso medio entendía el mecanismo de una grabadora. Como al mes me llené de valor y fui a la empresa.

     En la portería dos celadores me atendieron, les hablé muy educadamente y les solicité hablar con mi amigo el ingeniero jefe de mantenimiento. Me dejaron esperando más de media hora, hasta que por fin lo localizaron y me invitaron a seguir. Me dieron las indicaciones para llegar a la oficina del jefe de mantenimiento, a mi lado izquierdo vi una cancha de fútbol con una buena grama al y lado un aviso grande recalcando cuantos días llevaban sin accidentes: mantenían un récord; al fondo, a mi derecha, vi un montacargas y al costado izquierdo, el desembarcadero de los camiones: unos, trayendo y descargando láminas metálicas y, los otros, cargando cajas y muchas cajas.

     Entré por una puerta de hierro grande muy alta y ancha. En el interior un ruido armonioso con traqueteos y motores zumbando su rodar. No sé por qué, pero ese ruido era música para mis oídos, me gustó.

     Al lado izquierdo vi la boca de un dragón, en cuyo interior se apreciaban las llamas

y de esa jeta salían laminas estampadas con publicidad amarilla de leche Klim: era ni más ni menos que el horno de la máquina de litografía para las láminas, que luego se convertían en envases. De allí el nombre de Envases Colombianos.

     En la oficina, en un segundo piso, mi amigo muy feliz me esperaba. Nos tomamos un tinto que me fortaleció las piernas que por algo de nerviosismo me temblaban. Me paseó por toda la planta mostrándome todas las gigantes instalaciones y un sinnúmero de máquinas extrañas, entre las que destacaban las bandas trasportadoras, las

peligrosas troqueladoras, un taller de mecanizado y torno y otros equipos… Muy alegre me presentaba a los trabajadores, más de doscientos: con todos fui muy gentil y sonriente.

     Total, apreciaba a la clase trabajadora, el proletariado y esos obreros representaban el pueblo del que tanto me habían hablado en el Colegio Barranquilla y del cual sabía gracias a mis lecturas a Carlos Marx.

     En un momento a solas, mi amigo, feliz, me dijo: “Aquí tu serías la verga, nadie sabe nada de electrónica. Lo que digas es Ley”.

     Al poco rato estábamos en la gerencia, frente a un señor de la alta sociedad de Barranquilla, que, muy atento, me extendió el brazo para saludarme. En su cara veía el asombro de verme tan joven.

     Le dijo a mi amigo: “¿Le hablaste del proyecto para que nos haga el contrato?”.

     “No pero ya le diré”.

     En la oficina de mantenimiento mi amigo me informó de un proyecto de fabricar todos los tableros eléctricos para la máquina litográfica y el horno de secado que había llamado mi atención al entrar en planta. Yo, tímidamente, le seguí la corriente “pues por la plata baila el perro”. La verdad, no sabía nada, ni tenía la menor idea de lo que hablaba y lo que se pensaba fabricar. Mas no había otra opción, andaba sin plata.

     Llegó la hora del almuerzo, a él le urgía solucionar un problema o daño en una línea de producción. Se disculpó y me regaló un vale para que fuese a almorzar al casino.

     Entré al restaurante. A todo el mundo le tocaba tomar una bandeja metálica para hacer una fila y solicitar su almuerzo al gusto, estilo bufete. No había privilegios: todos, desde el gerente hasta el más sencillo trabajador, hacían fila.

     Eran más de diez mesas, la del fondo la de los directivos. Podía almorzar con ellos, pero eran los burgueses. Preferí almorzar con unos sencillos trabajadores, noté que a dos de ellos les faltaban unos dedos: eran operadores de troqueladoras que, por accidentes da trabajo, perdieron las falanges. Nada pregunté. A todos en la fábrica les gustó mi gesto y sencillez. Para ellos era casi un ingeniero. Siempre gustó mi gentileza. Recuerdo que el sindicato era muy receloso, pero conmigo eran solo mis mejores amigos.              

     La fábrica me otorgo el contrato. Me preguntaron cuánto cobraba y les dije: “¿Cuánto pagan?” Me ofrecieron $120.000 pesos, quedé con la boca abierta, era un platal. Más no tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo me

demoraría en el encomendado, pero acepte confiado con un golpe que medio mi amigo en la espalda. Pero el Superintendente de ingeniería me miraba con algo de intriga.

     Al otro día comencé el trabajo en el taller de los eléctricos: esos compañeros, muy chéveres, me enseñaron los contactores, las regletas, los cables de colores, pulsadores, interruptores, breaker y demás partes para comenzar los ensambles. No sabía por dónde empezar. Luego me mostraron los planos que medio entendía, pero con mi sencillez y humor me “los gané” y con mucha voluntad me ayudaron y, en una semana, terminé los tableros.

     El gerente y el escéptico superintendente de ingeniería quedaron felices con mi trabajo.

     Cuando me pagaron, con el jefe de los eléctricos celebramos en un bar del paseo de Bolívar.

     Fue mi primera batalla en esa bacana empresa.

     Descansé por tres meses y seguía estudiando ingeniería, sin embargo, esos meses fueron de playa, brisa y mar.

     A los tres meses me volvieron a llamar para que fabricara unos circuitos a tubos. Los copiamos de unos aparatos de EEUU, porque importarlos salían muy costosos. Los duplicamos y quedaron muy buenos: otro descanso playa, brisa y mar.

     Vivía como un rey. A cualquier hora entraba y salía de la fábrica. Me encantaba ver las máquinas y escuchar su música.

     No me importaba que los compañeros andarán engrasados o les faltara dedos, a todos los saludaba efusivamente.

     ¿Sabes? De la universidad del Norte mandaron un estudiante de ingeniería, muy bonito el monito, pero engreído. A ninguno nos gustó y el pobre duró pocas semanas.

     En el taller de los eléctricos trabajaba un embobinador de Santa Marta, al le llamaban ‘El samario’. Desde el segundo día me bautizó EL PÄJARO LOCO, por eso del pelo parado y lo narigudo. No me dio rabia, la verdad me gustó, me causaba risa. Desde ese día, todos los compañeros me tararearían la canción del Pájaro Loco. “Tara tara tatata tutututu”, algo así. Hoy pienso ¿cuánto vale parar una planta para que me cantaran la canción? Todo por mi sencillez y amor desinteresado a los trabajadores.

     Tiempo después me soltaron otro contrato que era instalar una canaleta a una distancia de 23 metros de la cual saldrían brazos con tubos metálicos repartiendo corriente a unas diez máquinas. Ese trabajo era fuera la empresa, en una bodega a media cuadra. Miré las columnas y tomé medidas. Se me ocurrió hacer un sistema modular con unas abrazaderas apoyadas en las columnas para que sostuvieran la canaleta. El trabajo debía entregarlo en una semana.

     Hablé con mis compañeros del taller de soldadura de la compañía y les agradó la idea. Me dieron más ideas buenas y comenzamos, secretamente, a trabajar en la empresa. Para el viernes, el gerente fue a la bodega y allí no había hecho nada. Se enfureció: la compañía perdería mucho dinero por mi incumplimiento. En la oficina de mantenimiento me llamaron el superintendente de ingeniería y mi amigo, me hablaron de mi irresponsabilidad, que

los dejaba como un zapato. Les prometí que al otro día tendría terminado el trabajo, se rieron, no me creyeron, pero me dieron el plazo. Ese día no me dejé ver de gerencia.

     Ese viernes, desde las 9 am y hasta las 8 am el sábado, con montacargas y un equipo bueno de soldadores, con mucho ánimo, buena comida y muchas gaseosas terminamos la obra.

     A las ocho, muy puntuales, llegaron todos serios: el gerente y él superintendente de ingeniería quedaron con la boca abierta.

     Alguien me contó años después que ellos, en voz baja, dijeron: “El pájaro loco es la verga”. Desde ese día, por más de ocho años, muchos contratos se celebraron con

EL PÁJARO LOCO por las ideas geniales de su amigo, vecino y profesor de Electrónica.

     Mi mejor arma fue la sencillez, la entrega, el amor a todos.

     Hoy, desde esta notica saludo a tantos pero tantos que me colaboraron que me quedo corto en expresiones de afecto… Siempre están en mi alma donde quiera que vayan por el mundo.

Edgar de Jesús Awad Virviescas, desde El Cerro El venado en los bellos llanos colombianos-agosto 2017

Esta historia continuará.