Otro cuento largo (cinco capítulos) de JJ

     La bocina del barco de vapor sonó clara en la tarde del martes y rompió ese pesado silencio que se apodera de los pueblos ribereños luego de la obligada siesta por el calor del mediodía. El dueño de la pensión en donde se alojaban los Rincón Chaves les informó que el barco que esperaban abordar estaba llegando al puerto y que tres horas más tarde zarparía rumbo a Barranquilla. En la cantina de la esquina, la voz de Antonio Aguilar salía de los parlantes del traganiquel y el pobre José Joaquín, por quincuagésima vez oía los versos de “en una jaula de oro/ pendiente de un balcón/ se hallaba una calandria/ cantando su dolor…”.

     Y de inmediato, se le encendía el dolor de muela por la 

equivocación del dentista del pueblo que se había confundido de molar y le dejaba sin un diente de menos y con esa molestia de los mil demonios, que un padecimiento de estos suele originar. Si por lo menos —pensaba Joaco—, al desengañado eterno de la cantina se le diera por seleccionar ‘El Mejoral’ de Alejo Durán, la cuestión sería más llevadera. De todas formas, la familia ya había decidido tomar el buque, “quien quitaba que de pronto a bordo viajara algún odontólogo piadoso que diera con la pieza careada y le evitara el martirio al niño”, decía la madre. Además, les habían informado que el David Arango apenas estaba zarpando de El Banco y que se demoraría tres días más para llegar a Puerto Wilches. Asimismo, el pasaje era más costoso, pues se le tenía como el vapor más lujoso del río y la platica no es que sobrara de a mucho, pues los patrones de Teódulo en la Panadería La Pamplonesa, no le habían 

liquidado las prestaciones sociales.

     Cerca de las cinco de la tarde del 15 de febrero de 1955, una vez el Juan B. Elbers fue provisto de víveres y de leña para las calderas, se autorizó la subida a los pasajeros que partían hacia diferentes destinos rio abajo, pero en su mayor parte hacia Barranquilla. El vapor, de tres pisos, alojaba en su más alto 

nivel a los más pudientes o simuladores de ricos de primera 

No se pudo en el David Arango… Y ante la situación, buen viaje en el Juan B. Elbers… Dos buques a vapor que cruzaban el Magdalena a mediados del siglo XX.

clase y, como es natural, el puente de mando y la cabina de alojamiento del capitán. En el segundo nivel, pasajeros de segunda clase y, en el más bajo, los de tercera. Sobra decir que los tres desplazados de Pamplona hubieron de acomodarse en un estrecho camarote casi a nivel del Magdalena, a merced de mosquitos y plagas que, desde las seis de la noche, empezaron a hacer de las suyas en la piel de estos emigrantes. Por primera vez, la familia, tuvo que usar el afamado Menticol de Lemaitre, que le había sido recomendado por el dueño del hospedaje.

     Con el dolor de muela a media marcha, y sin el milagro de un doctor a bordo, el motiloncito observó las maniobras de zarpe del muelle fluvial, las voces de los tripulantes y la lenta partida del barco, rio abajo. Poco antes de las nueve de la noche, oyó los acordes de unos instrumentos y la voz de una cantante que brotaban del tercer piso. Para si se dijo que, afortunadamente, no le sonaba como ‘La calandria’, sino como a otra melodía, más alegre, bulliciosa y fiestera. Sigilosamente y luego de consumir dos mejorales con agua que Inés le había suministrado, se asomó por un corredor que llevaba a unas escaleras y emprendió la escalada, que le condujo hasta el tercer nivel. Allí, en un salón bien iluminado, con varias mesas adornadas elegantemente, y en un escenario pequeño, diez o doce músicos, acompañaban una canción que a él le acompañaría toda la vida: ‘Te olvidé’.

     Vio a varias parejas que danzaban en el sitio y apreció la elegancia sin igual que distinguía a las bellas señoras que, entre risas y movimientos acompasados, seguían las notas de la pieza musical, todo eso lo observó antes de que un celoso empleado del vapor le pusiera pies en polvorosa para su refugio de tercera clase. Pero, de esta escena, le quedó grabada la imagen de dos personas, hombre y mujer, que, ya entrados en años, se divertían más que los otros 

bailadores.

     Llegó a su camarote y acomodándose en una delgada litera, luego de contar a sus padres la aventura vivida, la brisa de un viejo abanico y los ruidos de la noche, en medio de la corriente, le fueron durmiendo, olvidado de su dolor y con una sonrisa en el rostro.

     Un ruido de pericos, de loros

‘El motiloncito’ había de pensar por estos tiempos actuales, como piensa sosegaos.blogspot, que “el Magdalena es un río vertebrador que unía riberas a mucha distancia, que proporcionaba el tránsito de pasajeros y de mercancías, que enlazaba con estaciones de tren para continuar viaje…”

de micos, le despertó al día siguiente. Se asomó por la ventanilla y observó que el buque se había aproximado a la orilla. 

Varios tripulantes y otros hombres cargaban montones de pedazos de árboles, arrancados a la selva, para alimentar las calderas del vapor. A esa hora de la mañana ya sudaban por el intenso trajín y, en una media hora, terminaron su labor y alguien le entrego un dinero a quien parecía ser el capataz de los aserradores. El navío se desprendió de la rivera y siguió su rumbo hacia el norte, mientras una bandada de garzas alzaba vuelo y varios lagartos se arrojaban al agua, como queriendo seguir la rueda gigante que impulsaba la nave.

     El chico se dio sus mañas y eludiendo la vigilancia de los empleados de la naviera trepó hasta el tercer piso y en la parte delantera del puente de mando, en una especie de mirador y con una mesa adornada de un mantel y acomodados en dos sillas, observó a la pareja de ancianos que le habían llamado la atención en el salón de baile. Él lucía de punta en blanco, elegante corbata y un sombrero para el sol de la mañana. Ella, hermosa en sus años, vestida de gris, con el cabello recogido y un abanico francés en su mano. Temió romper la magia que se desprendía de sus miradas y se retiró discretamente en silencio. Años después, leyendo las paginas sociales de un periódico de Barranquilla, presumió en su imaginación calenturienta que se trataba de Fermina Daza y Florentino Ariza.

     El Juan B. Elbers hizo escala en varios puertos del rio, recaló en Gamarra, La Gloria, El Banco y otros. Durante tres días, Ana Inés y Teódulo disfrutaron del viaje, según sus recursos y cuidando al niño de sus aventurados paseos por tercera clase, permitiéndole que regresara antes de las diez de la noche a su camarote y a su refugio para que les contara sobre todo lo que veía en el día y en el pedazo de noche que le permitían, pues era el mejor remedio para olvidar el sufrimiento de la pieza dental dañada.

     Eran aproximadamente las 

tres de la tarde del sábado 19 de febrero de 1955 cuando el vapor 

Era sábado de carnaval y los barranquilleros, brazos abiertos, les daban la bienvenida a ‘El motiloncito’ y su familia.

hizo su ingreso a la dársena sur del terminal de Barranquilla. Se sentía una brisa agradable en el ambiente y los empleados de la Naviera Colombiana, se apresuraron a ayudar con sus maletas y carga a los pasajeros que, presurosos, se dirigían hacia la zona de taxis y vehículos que los llevarían a su destino final. Los Rincón Chaves sabían que, en el embarcadero, se encontraba Carlos Julio junto al señor Víctor Carrillo, dueño de un carro Ford modelo 50 y quien estaba casado con una sobrina de Ana Inés. El recibimiento fue muy alegre. Los dos hermanos, se abrazaron fuertemente, pues para ellos había culminado un viaje que habían planeado desde el arroyito que pasaba por el patio de la casa solariega y con los datos que José Joaquín había logrado descifrar en los mapas de la escuela El Escorial. Para Inés, la dicha del reencuentro con parientes de su tierra natal Cácota y para Teódulo Rincón Patiño, el infinito deseo de haber arribado a un bastión liberal.

     En el vehículo del señor Carrillo se acomodaron todos y subieron desde el terminal, por la carrera 38. A eso de las cuatro y cuarto de la tarde debieron pasar por el cruce del Paseo Bolívar con la Carrera 13 de junio y vieron como una multitud de disfraces, de grupos musicales y de carrozas les daban la bienvenida. Era sábado de carnaval y en ese momento se coronaba a la Reina Central Lucía Ruiz Armenta. Una muchacha, disfrazada de rumbera cubana, le guiño el ojo al hermano mayor y, para entonces, José Joaco ya había olvidado su dolor de muelas.

     Desde la distancia y entre la abigarrada multitud, le alcanzaron a llegar las notas alegres de una canción que decía: “Yo te amé con gran delirio/ con pasión desenfrenada/ te reías del martirio, te reías del martirio/ de mi pobre corazón…” y una alegría indescriptible, se fue apoderando de su alma…

JOSE JOAQUIN RINCON CHAVES

Continuará