La Escuela, como cansada, incapaz de afrontar los retos de hoy

     Tal vez no existe un lugar más asaltado por las presiones de los agentes externos que la Escuela —y no precisamente por el robo de los delincuentes comunes—. Los principales asaltantes provienen de las elites de poderes remotos, inalcanzables para los ciudadanos que trazan las coordenadas de la política educativa a nivel mundial, que se traducen en reforma y en política educativa a través de los ministerios y las secretarias de educación. Son ellos los que quieren hacernos creer que existe un sendero único por donde transitar, con un pensamiento único que ahora se erige como salvador de nuestra situación de naciones subdesarrolladas y díscolas. Me refiero al neoliberalismo educativo que enseña que los saberes tienen que ser útiles y rentables, la obsesión por que las carreras, las asignaturas o las disciplinas tengan que demostrar ser rentables en el mundo económico o en el mundo laboral, todo esto ha llevado a un

empobrecimiento del sistema escolar.

     En nombre de la utilidad se han barrido las ciencias sociales y humanas, las lenguas, el arte… Se han convertido las escuelas de filología en escuelas de idiomas, las facultades de educación en escuelas de negocios y se ha decretado la muerte de la filosofía.

     Ese utilitarismo pobre y mediocre llegó hace algún tiempo a la escuela secundaria y nos cogió a mitad de baño —en pelotas y enjabonados— y nos dice que vale más un martillo que una poesía, un asiento contable que una partitura musical, una llave que un cuadro pictórico, y ahora para colmo, afirma que valen más un conjunto de consejos prácticos para montar un negocio que los saberes clásicos y humanísticos sobre los que se asienta la civilización.

     Es una educación ‘muy útil’ que enseña a buscar empleo donde no lo hay, a conocer las formas jurídicas de las empresas y los trámites para montarlas. Pero lo paradójico de todo esto es que quienes enseñan estas cátedras de emprendimiento nunca han montado una empresa ni en la puerta de su casa. Tanto así, que ante los pobres

 resultados obtenidos por los estudiantes en la prueba Pisa en Colombia hace unos años, el ministerio de educación nacional, M.E.N, impuso como requisito para el ascenso a los profesores de la educación básica secundaria, mostrar evidencias de la clase a través de la grabación de un video con sus estudiantes. ¿Por qué esto?, podríamos preguntarnos. Al parecer, el Banco Mundial puso como condición a los ministerios de educación de los países de la Región saber qué hacen los maestros en sus salones, después de haber grabado ellos —el Banco Mundial— a los profesores de los países latinoamericanos. Lo que da a entender esto es que la banca mundial les mostro a los dirigentes de los estados de la Región que sus profes no están cumpliendo con los lineamientos de la política educativa de formar en emprendimiento y eficacia, a los estudiantes. Es decir, que

están haciendo mal la tarea y toca espiarlos entonces.

     Olvida esta medida, que el tejido socio cultural de América Latina está lejos de parecerse al mundo europeo y al norteamericano. Para bien o para mal, no somos una sociedad capitalista —aunque pretendamos o simulemos serlo—. No obstante, estemos sumergidos en un mercado globalizado inevitable, esto no significa que la vida cotidiana de la población latinoamericana sea la de Europa y Norteamérica. No está de más advertir que el capitalismo es una sociedad que gira en torno a la empresa, la renta y la acumulación. Nosotros no giramos así, —a excepción de las elites gobernantes-vergonzantes—, somos más bien desentendidos en ese aspecto, ese traje que nos impusieron no termina de quedarnos mal puesto, es un traje que se desfigura en un cuerpo ajeno, no corresponde a nuestra medida, se le salen las mangas, los pliegues y los botones no le lucen.

     Ante esta situación, es un imperativo recordar que la escuela no está para eso, la escuela está es para pensar y conocer sin prisa, y no para enseñarle a sus alumnos su futuro laboral, ni a pensar cómo ganarse el pan.

     Por eso, debe volverse a la idea simple pero luminosa de: escuela es un proceso de la vida, no preparación para la vida. Así como nuestra juventud no es preparación para la vida madura, es simplemente vida. No se trata de preparar a los estudiantes para que sean alguien en la vida sino a vivir la vida.

     El conocimiento vale por sí mismo, la clase vale en sí. Ir a la escuela también es el valor del saber por sí mismo, eso no se enseña en las empresas, ni en el mundo laboral. Lo que encubre ideológicamente ese discurso son las responsabilidades colectivas del Estado, que se trasladan como culpabilidad individual, porque no somos capaces de crear empresas, porque no somos emprendedores, y eso implica aumentar el número de horas de

emprendimiento en la escuela y ojalá ponerlas desde séptimo grado.

     Una cosa es la política laboral para pequeños y medianos empresarios —que es en efecto responsabilidad de los grupos económicos de un país y por supuesto del Estado— y otra cosa es el discurso ideológico neoliberal   es distinta la política económica a una doctrina ideológica.

     Ante esta situación, lo primero que se percibe es un tufillo a calaverina, un malestar en la cultura escolar. Ahora, además de encerrada y aislada, la escuela es bombardeada por una política educativa que ha terminado desfigurándola de cara a su quehacer pedagógico, poniéndola a correr a dictar unos saberes técnicos empresariales extraños a su esencia institucional.

     En la actualidad, muchos estudiantes empiezan a preguntarse sobre el sentido de su asistencia a la escuela. Asimismo, desde distintos ámbitos académicos asociados al campo de la investigación se cuestiona lo que esta ofrece a la vida de los estudiantes.

     En plena segunda década del siglo XXI, cuando el saber es más importante que nunca antes en la historia, la escuela aparece cansada, incapaz de responder a los retos de hoy.

     Es una escuela cuya función esencial es repetir un saber almacenado, codificado, sin savia, cuya transmisión con frecuencia produce sopor, carente de novedad y de audacia. Un saber transmitido por enseñantes profesionales: quienes enseñan, rara vez tienen que ver con las fuentes del saber.

     La escuela vieja clásica, surgida de los ideales de la ilustración y las revoluciones de las burguesías europea, es un fósil que ha sobrevivido a varios glaciales, que se mueve perezosamente, que apenas si de tanto en tanto da una señal de vida, como la de… ‘del ahogao, el sombrero’.