La Columna Cultural

La noche de velitas en Colombia

     Durante la noche del 7 y la madrugada del 8 de diciembre, las casas y calles de Colombia se iluminan con miles de velas multicolores, en medio de un gran ambiente de fiesta. Esta tradición de luces se conoce como ‘La noche de velitas’, festejo en honor a la virgen Inmaculada Concepción.

     En este día-noche las familias se juntan y encienden velas afuera de sus casas o las cuelgan para trazar el camino por donde pasará la Virgen Inmaculada. Se prepara una comida especial y en algunos lugares se reza el Rosario y se hacen novenas.

     El origen de esta práctica se remonta a la bula Ineffabilis Deus que fue emitida en 1854 por el Papa Pío IX y donde se afirma que la Virgen María fue concebida sin pecado original.

Se dice que en ese día los católicos de todo el mundo encendieron velas y antorchas para celebrar este acontecimiento (Aciprensa, 2017).

     La tradición judía habla de un milagro, en el que pudo encenderse el candelabro del Templo durante ocho días consecutivos con una exigua cantidad de aceite, que alcanzaba solo para uno. Esto dio origen a la principal costumbre de la festividad, que es la de encender, en forma progresiva, un candelabro de nueve brazos llamado ‘januquiá’ (uno por cada uno de los días más un brazo «piloto»). La festividad acontece el 25 de Kislev del calendario judío, fecha que acaece entre fines de noviembre y fines de diciembre del calendario gregoriano (Wikipedia, 2017).

     En Colombia, desde 1854, el día de las velitas sirve para homenajear a la Virgen Inmaculada y es la celebración que marca el inicio de las festividades navideñas. El teólogo Álvaro Rodríguez Vásquez explica que la “noche de las

Velitas significa la iluminación que hizo Dios en la Virgen y la aceptación de ella de ese proceso divino” (Aciprensa, 2017).

     En Medellín, se colocan luces a lo largo del río. En Barranquilla se adornan las calles con velas. Las decoraciones y los desfiles que se organizan varían según la provincia. También se colocan banderas de colores blanco y azul, utilizados por la Virgen durante esta celebración (Aciprensa, 2017).

     En Cali, la tercera ciudad 

más grande del país, después de Medellín, miles de personas se reúnen en el cementerio Jardines de la Aurora, en donde encienden velas y faroles para celebrar con ellos el inicio de la Navidad. Además, los habitantes del lugar llevan a los difuntos serenatas y queman pólvora en una fiesta que se prolonga hasta avanzadas horas de la noche (LaRazón, 2016).

     En Buenaventura se celebra el día de las velitas la noche del 7 de diciembre. En las casas se disponen faroles, bien sea colgantes o en el antejardín y en las casas prenden las velas y las colocan sobre unas tablas.

Al final, un solo sentir

     Al final, cuando hablamos de la fiesta de Velitas en Colombia, nos damos cuenta de que en todas las regiones el festejo es igual; cambian los lugares, cambian los dialectos, pero en sí no cambian los sentimientos. Son momentos en que la comunidad de todas las regiones colombianas se une para encender las velas, hay unión entre las familias los días 7 y/o 8 de cada diciembre, acompañada de música, fiesta, platos típicos y conversaciones amistosas. Las costumbres de los pueblos varían, por supuesto, mas no así esos sentimientos que se albergan en el corazón.

     Con estas celebraciones navideñas nos convencemos de que el corazón del colombiano es uno, lleno de tristezas, de amarguras, tal vez de resentimientos y dolor. Pero en el momento de la Natividad todos, unidos, le damos gracias a Dios; el colombiano es creyente desde cada esquina de sus religiones profesadas, pero creyente al fin.

     Las tradiciones han ido cambiando con el devenir del tiempo. Aquellas sanas charlas de grupos amistosos sentados en bordillos de las esquinas cuando con cerveza en mano se charlaba de todo, ha cambiado. Aquella confianza de poder madrugar caminando por las calles mientras va saliendo la aurora o bien recorriéndolas en carro, también es diferente. La inseguridad ha tornado en encerramiento lo que antes se daba al aire libre; las terrazas 

caseras ya no son tan populares para llenarse de amistades; la quema de castillos todavía se da, pero con miedo, miedo a que recriminen las autoridades, miedo a que los volcanes estallen y quemen niños inocentes alejados de la mala fe de quienes los mal fabrican, miedo de que la alegría se convierta en tristeza. Pero a pesar de todo se siguen realizando.

     En Cúcuta, la tradición es encender las velitas en los cementerios de La Esperanza y Jardines de San José, al mismo tiempo se inauguran las luces de navidad principalmente en el sector conocido como el Malecón. La gente enciende velas desde la noche del 7 de diciembre.

     En el Pacífico, la llanura selvática que va hasta el océano pacífico, la tradición de las velas es especialmente popular en el pueblo de Guapi, Cauca. La costumbre es adornar las balsas y potrillos —especie de canoas—, con velas y luces, y hacerlas pasar en la noche del 7 frente al desembarcadero. Allí espera la población, mientras entonan cantos tradicionales conocidos como arrullos y alabaos. En algunas de las balsas van conjuntos tradicionales de marimba, tocando la música típica de la región. En fin, la intención es pasar una noche de jolgorio y alegría, aunque casi no se vislumbren el rezo de los rosarios ni novenas a la Virgen Inmaculada, sino en escasos hogares a puerta cerrada.

     Pero lo importante es que las familias se unen más en esa noche, lo que quiere significar que todos los sentimientos son iguales, unos más extensos que otros, pero iguales al fin. Y ese es el ser humano que no admite soledad, quiere siempre estar acompañado, demostrando el amor, regalando las ganas de vivir.

     En definitiva, es de pensar que en el ser humano la experiencia de una emoción por lo general involucra un conjunto de cogniciones, actitudes y creencias sobre el mundo y sus entretelones, las que se utilizan para valorar diferentes situaciones concretas que influyen, de modo rotundo, en quien percibe esas situaciones. En eso radica el amor humano.

Nury Ruiz Bárcenas

Escritora-Periodista cultural

Orden Álvaro Cepeda Samudio

 funescritoresdelmar@gmail.com