De tres en tres, Guillermo otra vez... ¿ves?

     En 1969 el programa de mayor sintonía de la televisión nacional era ‘Gran Sábado Gran’ y lo conducía Alejandro Michel Talento.

     En uno de esos episodios se presentó Rodolfo Aicardi con Los Hispanos. En Bogotá, decenas de personas se agolpaban en los almacenes de electrodomésticos para verlo. En las casas se reunían familias enteras para escucharlo. Sus seguidores estaban felices con las interpretaciones que hizo de ‘Así fue que empezaron papá y mamá’, ‘Adiós, adiós corazón’ y ‘Cien años de Macondo’, entre otrs.

     Era el ídolo del momento. No había otro. En los almacenes de discos, las filas para comprar su más reciente producción eran de dos cuadras. Nadie había despertado tanta pasión por la música tropical en Colombia como él.

     Cada diciembre imponía sus canciones. En los equipos de sonido se dejaban rodar todos los temas 

El cronista Guillermo Romero Salamanca con Rodolfo Aicardi y una allegada del cantante.

de un lado a otro. Sus gritos como “hasta las seis de la mañana” y “huey, huey, huey…” eran himnos.

Después de cada novena se escuchaba “Si la cumbia se vistiera de luto, solamente que se muera el cumbión, si la cumbia llorara como vela solamente que se muera el cumbión” y las parejas saltaban a la pista improvisada, porque se corrían el comedor, las sillas de la sala, la nevera… todo. Después venía: “Yo tengo un lindo clavel, lo más bello de la vida y por falta de rocío el clavel se está muriendo… Las aguas se han ausentado pa´que mi clavel no viva, adiós lindo clavelito”… Algarabía total.

     El otro diciembre venía con “Muchachita muchachita la peineta, ponete al pelo, vamos pa’misa, el pañuelo colorado no te pongas porque en la iglesia se escandalizan”. Era la locura.

     Rodolfo siguió con sus éxitos. En Colprensa escribí un perfil para ‘Pantallazos’. Quedó un poco extenso, pero con el visto bueno del maestro Orlando Cadavid Correa se envió a los periódicos. El Colombiano le dedicó una página entera.

     El sábado siguiente estaba de turno en la agencia, cuando entró una llamada. Contesté y al otro lado me preguntaron: “¿Guillermo Romero Salamanca? Soy Rodolfo Aicardi, estoy en Bogotá y quiero invitarlo a comer. Estoy en el Hotel Normandía en la 22. Vente y luego nos vamos para Facatativá. Tráete una amiga”. Quedé pasmado.

     Posteriormente, cada vez que se acercaba a Bogotá, estaba en primera fila. Sogamoso, Duitama, Tunja, Ubaté, Girardot y decenas de pueblos más estuvimos cantando y bailando. Nació así una amistad de varios años.

     Rodolfo no se movía en el escenario. Hablaba poco. Era muy tímido. No era amante de las entrevistas a los medios de comunicación. De hecho, se cuentan con los dedos de las manos sus reportajes: uno muy especial que le hiciera Marco Aurelio Álvarez, otro Ricardo Bicenty y dos especiales en el Show de las Estrellas.

     Vendió más de 800 millones de discos. En cada casa en Colombia hay un disco de Rodolfo. Es el artista tropical colombiano número uno en popularidad. Cantó baladas, vallenato, música popular, pero con la música tropical no tuvo competencia.

     Posteriormente, cada vez que se acercaba a Bogotá, estaba en primera fila.

Entonces, Rodolfo era feliz...

Sogamoso, Duitama, Tunja, Ubaté, Girardot y decenas de pueblos más estuvimos cantando y bailando. Nació así una amistad de varios años.

     Rodolfo no se movía en el escenario. Hablaba poco. Era muy tímido. No era amante de las entrevistas a los medios de comunicación. De hecho, se cuentan con los dedos de las manos sus reportajes: uno muy especial que le hiciera Marco Aurelio Álvarez, otro Ricardo Bicenty y dos especiales en el Show de las Estrellas.

     Vendió más de 800 millones de discos. En cada casa en Colombia hay un disco de Rodolfo. Es el artista tropical colombiano número uno en popularidad. Cantó baladas, vallenato, música popular, pero con la música tropical no tuvo competencia.

     Un día en Santiago de Cali vimos una cartelera que anunciaba la presentación de Rodolfo Aicardi. Fuimos hasta el lugar. Era un cuchitril. Unas cuantas parejas lo esperaban, mientras otras bailaban, muchachas de tres en conducta y con diminutas minifaldas nos miraban con suspicacia. Al rato llegó el ídolo. Le pasó un casete al maestro de la música, las luces multicolores se prendieron y anunciaron la presentación de Rodolfo. Cantó ‘Nayla’, después ‘Porque te quiero me voy’,  ‘Qué quiere esa música esta noche’, ‘Una lágrima y un recuerdo’.

     Cuando entonó ‘Sufrir’, cada una de sus letras era como una puñalada: “Sufrir, me tocó a mí en esta vida… Llorar, es mi destino hasta el morir… no importa que la gente me critique… si así lo quiere Dios, si así lo quiere Dios… yo tengo que cumplir”. 

     Salimos del grill y nos fuimos con Rodolfo a comer chuleta al Bochinche. Esta vez lo invité. Estaba muy triste porque sus canciones ya no se escuchaban en la radio. La salsa, el merengue y otros artistas dominaban los listados. Ya no tenía su programa diario en Radio Juventud. En discos Fuentes no le prestaban casi

Carátula y contracarátula de elepé en el cual venía ‘Sufrir’, un éxitazo que se vendió por ‘arrumes’.

atención. El gran vendedor y animador de las fiestas decembrinas estaba derrumbado. Amilanado. No sabía 

qué decirle. Hablaba de su soledad, de su amargura, de cómo se le había ido la vida y de cómo el público era desagradecido. Lloró un rato. Me pidió que lo acercara a un hotel de un cuarto de estrella. Antes de despedirnos, le dije: “Siempre habrá una segunda oportunidad”.

     Años después volvía con ‘Cariñito’ y ‘Boquita de caramelo’. Grabó también ‘Se va la vida’ y ‘Feliz Nochebuena’. Se presentó en Francia con ‘Colegiala’. Las emisoras volvían a ponerle sus temas.

     En el 2006 lo encontré de nuevo en Discos Dago. Hablamos con Darío Gómez. Era un encuentro de ídolos, pero ya aquejaba su enfermedad, su diabetes. Lo animé para presentarse cerca a Bogotá, a donde fue a dar uno de sus últimos conciertos. Quiso que le acompañara en la tarima y me prestó una guacharaca. Cantamos juntos: “Ay que buena es noche buena, con felicidad, pasarla entre amigos, con felicidad, bebiendo y tomando, con felicidad, caballero, con felicidad. Loleyloleylololeyloleylololeyloleylololeylolaloleyloleylololeylolay”.

     Rodolfo Aircardi, el ídolo, el personaje, el hombre de mil anécdotas, el más popular, era, tristemente, ‘el rey de los diciembres’.  

     Se le podría calificar como un enfermo por la música. Durante 52 años escuchó toda clase de ritmos, canciones, tonadas, composiciones, cantantes, orquestas, para volverlos éxitos. Su mundo giraba en torno a los estudios de grabación, ferias de discos, cintas, casetes, acetatos y contratos.

     “No jugué bolas, ni fútbol. Sólo oía música”. En 1966 ingresó a RCN, gracias a su voz, a presentar canciones. Era un joven locutor con futuro. Estaba feliz. Pero cuando conoció a los Yetis, a los primeros artistas de la Nueva Ola y pudo entrar como ‘Pedro por su casa’ a Discos Fuentes y se metía a los estudios cuando grababan Fuko,

Píper Pimienta, Rodolfo Aicardi, La Sonora Dinamita, Los Hispanos y el genial grabador Mario Rincón y le dejaban que estuviera allí, halló

Javier García, en aquellos años, al lado de John Wayne.

su paraíso. Se conocía los catálogos de las empresas discográficas y Codiscos lo contrató como director nacional de promoción del sello Zeida.

     Ese era su mundo. Lo transformó. Y a partir de ese momento, sólo tenía una intensión en su vida: grabar éxitos, ponerlos en primeros lugares y venderlos.

     Se convirtió entonces en un ir y venir entre Fuentes y Codiscos. Ganó congos de oro con sus productos. Participaba en encuentros musicales en diferentes países. Podía levantarse en Estados Unidos y acostarse en México. No tenía otro pensamiento sino en hacer éxitos, en ganarle a la competencia, en conquistar el mundo a través de las notas musicales. No dormía. A veces comía. No tenía horarios. Bien podían ser jornadas de 8, 16, 24 o algo más oyendo y oyendo canciones.

     Era como loco compulsivo por programar canciones.

     Lo recuerda ahora. “Logramos un exitazo con Pepe Aguilar por el tema ‘Con mujeres como tú’, pero Paquita nunca tuvo tiempo para venir a Colombia a dedicarle un buen rato a la promoción”.

     Ahora evoca sus años dorados con Pastor López, Alfredo Gutiérrez, Los Hermanos Martelo, Juan Piña, Rodolfo, Fruko, Latin Brothers, Afrosound —“eso fue mío, yo soy el creador”—, La Sonora Dinamita  y, aclara, de una vez por todas: “Nunca he trabajado, siempre me he divertido con la música”.

     Gozaba como nadie al observar a miles de personas bailando en diciembre sus canciones. Le fascinaba observar las filas que hacían para comprar ‘Los 14 cañonazos bailables’. Disfrutaba oyendo en las emisoras sus éxitos que, con tanto cariño, había trabajado y que, a finales de año, la gente se los gozara.

     —¿Cómo conoció a Rodolfo Aicardi?

     “En La voz de Medellín había un programa nacional que se llamaba El Club del Clan. Allí llegó Rodolfo, cantó acompañado de una guitarra, ‘Una chica yeyé’ de Manolo Muñoz. Yo trabajaba en Radio Ritmos, la emisora número uno. Tenía unos 20 años y encontré un acetato que había llevado Octavio Ramírez de discos Fuentes, lo presenté y nos hicimos amigos con Rodolfo. Yo tenía una novia y él fue a cantarle una serenata.

     Rodolfo era un muchacho normal, de buena figura, tenía una gran voz, un don de gente, pero en el escenario se transformaba. Es una gracia que Dios les da a las personas. Es de los mejores que he visto en un escenario y en un estudio de grabación. Su éxito fue muy rápido, poseía un carácter muy fuerte. Participamos con Jaime Ayala en la 

grabación de ‘Sufrir’, número uno en Nueva York.

     Luego, cuando se fue Gustavo Quintero de ‘Los hispanos’, estos buscaban una voz y se quedó con ellos. Rodolfo hacía dos elepés por año, cuando llegaba a grabar se sabía ya las canciones, no había que empatarle, ni editarle, eso era de una. A veces pedía que le repitieran algo. Era perfeccionista. Era un genio en el estudio. Muy consagrado”.

     —¿Cuántos discos vendió?

     “¡Arrumes! De ‘Sufrir’, el primer pedido fue de 150 mil. Lo pedían en Venezuela, Ecuador, Perú, Centroamérica. Con ‘La colegiala’ vendió millones en Europa. Lo vendimos hasta en Arabia. Con el apoyo de disqueras independientes lo vendimos por muchos rincones del mundo. Esto era un mercado virgen y a la gente le gustaba. Fue el primer colombiano en aparecer en los listados de la Billboard. No se puede calcular cuántos discos vendió, pero sí fueron arrumes.

     Fuimos muy amigos. La última vez que hable con él, sabía que estaba enfermo, pero no tanto… y me dijo: «Siempre pensaste en mi bien… siempre pensaste en lo mejor para mí». A los dos meses

A Javier le encomendaron programar ‘Los 14 cañonazos’, siempre con sensuales carátulas.

 falleció. Era un buen muchacho. A los artistas los enloquecen, les dan cosas y se los tiran… Él siempre 

quiso ser el mejor. Rodolfo no gastaba, se quedaba encerrado en su casa, tuvo casas, apartamentos.

     Nos sentábamos horas a escuchar música. Tuvo un bajón, pero después rehicimos ‘Tabaco y ron’ y comenzó a despegar nuevamente. ¡Qué gran artista era Rodolfo!”.
     Javier García viajaba cada semana. Vivió con un número reducido de verbos: escuchar, grabar, promocionar y vender. No sabía que era descansar. Iba a Caracas como ir a hacer mercado. Se recorría medio mundo. Llevaba a Londres, París, Madrid y Roma las nuevas canciones que se hacían en Medellín. Se quedaba corto. Le pedían hasta del Japón.

     Regresaba a Colombia y se metía al estudio y escuchaba nuevos éxitos ‘El cocinero mayor’, ‘El patillero’, ‘A la memoria del muerto’, ‘El preso’, ‘El Ausente’, ‘Las caleñas’, ‘Lloró mi corazón’, ‘Cariñito’…

     Se metía en su oficina, un rincón que le había acondicionado Fuentes en el tercer piso y seguía escuchando canciones. No le alcanzaba el tiempo para oír producciones que le llegaban de Perú, Ecuador, México y de distintas partes de Colombia.

     Durante 18 años tuvo la responsabilidad de programar ‘Los 14 cañonazos bailables’. En agosto mínimo ya tenía siete como grandes éxitos. Se inventó un nuevo producto para sacarlo a mitad de año ‘Síganme los buenos’, rase universalizada por ‘Chapulín colorado’, de Roberto Gómez Bolaño.

     Bebía como loco, fumaba como prisionero. Ir a su oficina era encontrar a un hombre que no paraba de hablar, era nervioso, ponía una y otra canción. Decía “esta puede funcionar, con esto no pasa nada…”. Parecía un robot.

     «Javier, vamos a almorzar», le decía el doctor Conrado Domínguez, presidente de Discos Fuentes.

     “Vayan ustedes, no tengo tiempo, ahora pido cualquier cosa”, se excusaba.

     Trajo a Colombia a Franco de Vitta, presentó a Jesucristo Super Star y Los Galos y se puso feliz en 1974 cuando impactó con ‘La Roncona’. Compraba licencias.

Vendía temas. Negociaba aquí y allá.

     Sólo le importaba vender “arrumes de discos”.

     “Desde luego que muchas cosas no funcionaron, pero 

Hoy, Javier se obsesiona por la fotografía. Y desde las 5 de la mañana manda a sus amigos de Facebook sus tomas del momento.

nos pagaban para que nos equivocáramos menos. La música había que trabajarla al mayor común denominador posible. Todo el catálogo tropical se hizo a base de cariño y de buena música”, dice quien, en 1986, comenzó a frenar su carrera. Dejó el licor. En el 2000, el cigarrillo.

     Ahora, retirado, se dedica a escuchar sus propios éxitos, en su IPad. “Hoy sí disfruto de la música, antes la trabajé…ahora no tengo competencia. Ahora sí me puedo gozar los diciembre”, dice.

     El hombre que decía en sus charlas que “es más importante una canción que un artista”, ahora es un obsesionado por la fotografía. Desde las 5 de la mañana manda a sus amigos de Facebook tomas de lunas llenas, de montañas verdes, de paisajes inmensos.

     ¡Es un lunático feliz!

Reynaldo Rueda, chofer de 'El cóndor'

     Miguel Ángel Calero volaba. Cubría con sus prolongados brazos y sus estiradas piernas los arcos que defendía, atajaba penas máximas claves para definir campeonatos, saltaba más que ninguno, metía golazos de cabeza, animaba a las barras y gritaba a sus defensas para que estuvieran atentos. Fue el guardameta ideal para cualquier equipo. Se llevó inimaginables honores para un cancerbero. Era el guardapalos que cambiaba los llantos por sonrisas y las amarguras por los dulces sonidos de un gol.

     Calero se pudo equivocar muchas veces, pero nunca dudó a la hora de lanzarse a una esquina, saltar para apuñetear un balón y despejar el área. Era flexible como un felino, sagaz como un zorro, dominador como un cóndor.

     Miguel Ángel Calero, ‘El show Calero’, disputó 945 partidos, récord hasta ahora inalcanzable en el fútbol nacional.

     Fredy Maffla, un hincha furibundo del Deportivo Cali, estaba en el Pascual Guerrero cuando Calero llevó a su equipo al título de 1996. “Se me humedecen los ojos cuando recuerdo aquel día. Habían pasado 22 años sin ver la ver la gloria. Calero lo fue todo para el equipo, impulsaba, trabajaba, animaba, era un gran ser humano, pero sobre todo nos dio muchas satisfacciones a quienes vivimos este deporte”.

     Además de ‘El cóndor’ y ‘El show Calero’, el otro apodo que le hubiera quedado bien era el de ‘Campeón’. Lo fue con el Cali en el 2006, con el Nacional en el 2009 y con el Pachucas de México en el 2003, en el 2006 y en el 2007.

     Obtuvo títulos internacionales como Copa Merconorte con el Atlético Nacional en 1998, Copa América con la Selección Colombia en el 2001, Copa Concacaf con el Pachuca en el 2002, 2007, 2008 y 2010 y la Súper Liga Norteamericana con el Pachuca en el 2007.

     Había nacido el 14 de abril de 1971 en Ginebra, Valle del Cauca, tierra del famoso Festival del Mono Núñez, cocina de espléndidos sancochos de gallina, cuna de brisas con olor a caña de azúcar y fraternidad por doquier.

     Desde muy pequeño mostró sus destrezas para el arco y fue formado en la Escuela Carlos Sarmiento Lora. A los 15 años ya disputaba puesto con otros dos grandes del fútbol colombiano: Óscar Córdoba y Faryd Mondragón.

     La Escuela Sarmiento Lora había hecho un negocio bien particular con al Real Independiente de Ginebra donde lo descubrieron: les dieron diez balones, uniformes y 150 mil pesos. Pero al que le van a dar le guardan. Calero encontró a un ángel de la guarda: Reynaldo Rueda, el hoy finalista de la Copa Suramericana con el Flamengo de Brasil —que eliminó a Junior, pero que va perdiendo la serie final—, campeón con Nacional y director técnico de las selecciones de Colombia, Ecuador y Honduras.

     El profe Rueda dictaba clases en el colegio Mayor de Yumbo, la capital 

industrial del Valle del Cauca —tierra de Rosemberg Pabón el mal recordado 

Reynaldo Rueda, gran señor...

‘Comandante uno’ del grupo guerrillero M-19—, donde adelantaba el bachillerato Miguel Ángel Calero.

     En una edición de la revista ‘El Cali’, el licenciado en Educación Física y Salud en la Universidad del Valle, Reynaldo, lo recordó: “Recogía a Miguel todos los días a las 6:15 de la mañana en Santa Librada, ya que él vivía en La Loma de la Cruz, gracias a un cuarto que le pagaba la Escuela Sarmiento; llegábamos tipo 7 al colegio, a las 12:40 p.m. salíamos y lo dejaba en su casa a la 1:30 p.m. Luego nos veíamos de nuevo a las 3:00 p.m. en las canchas panamericanas. Fui su chofer durante 10 meses”.

     Pero en esos recorridos la cátedra sobre fútbol era grande, comentarios sobre el Deportivo Cali, las nuevas noticias de El América, los sufrimientos de la Selección y, de pronto, sobre el futuro de cada uno de ellos con la esperanzadora frase: “Que se haga lo que Dios quiera”.

     Y Dios lo quiso.

     El 4 de julio de 1999 fue histórico. Se jugaba la segunda fecha del Grupo C de la Copa América, en Paraguay. Partido: Colombia versus Argentina. En el arco Miguelito Calero. Al frente del equipo albiceleste, ‘El mono’ Martín Palermo. Minuto cinco y penalti errado por Palermo. Le pegó en el palo. Minuto 76 otro penalti y el argentino lo mandó a las nubes. Al final, otro penalti. Cobra el goleador del Boca Junior y Calero le adivina las negras intenciones. Por el país anotan Córdoba, Congo y Montaño. Tres a cero, pero Palermo estaba de manicomio.  

     El guardavallas triunfó en Colombia y en México se volvió un ídolo. Le dieron hasta la nacionalidad. Lo querían. Lo estimaban como el salvador en los momentos difíciles. Le veían atrapar balones imposibles, atajar pelotazos que deseaban romper su red, pero él, con su infaltable cachucha sonreía después de cada jugada. Una vez, faltando unos segundos para terminar un partido clasificatorio contra el Atlas, se metió en la montonera, despistó a los defensas y Aquivaldo Mosquera metió un gol con un cabezazo limpio, abajo, humillando al portero y a la fanaticada roja. Los locutores narraron la diana como si hubiera sido de ‘El Show Calero’, lo ensalzaron, lo subieron a las nubes, pero después, cuando ya todo el estado cambiaba el llanto por la felicidad, aclararon la situación.

     El 25 de noviembre del 2012 se despertó, bajó unas escalas de su casa y sintió unos mareos. Se lo dijo a su familia, pero en un principio no le creyeron. Después se asustaron cuando ‘El Show Calero’ no podía caminar. Lo llevaron en el carro del vecino al hospital. En el camino sufrió un infarto, se superó pero días después tuvo una recaída y el 4 de diciembre marchaba al cielo de los ángeles.

     Sus seguidores en el Pachuca le rindieron el más sentido homenaje en la cancha donde tantas veces les dio glorias. Le cantaron los himnos del equipo. No lo entendían y con profundos sollozos despidieron a su arquero. Desde ese momento, el número 1 nunca más

El #1... Calero... El irreemplazable en en Pachuca de México.

volvió a utilizarse en ese equipo, porque el primero, el

más grande, era imposible de reemplazarlo.

     En Colombia, Reynaldo, quien había sido el chofer de Miguel Ángel, le rodaban gotas saladas por su mejilla. ¡Cuántas emociones le había dado su pupilo de Ginebra!